Filosofía y educación

Aguinis y los desperdicios*

Por el honor de San Cirilo de Alejandría

*Por Antonio Caponnetto

La función fabulatriz

Desde las páginas de La Nación –siempre prontas a albergar mendacidades– Marcos Aguinis ha vuelto por el tema que eternamente lo perturba y desquicia, el ataque a la Iglesia Católica.

Sucedió el viernes 7 de agosto, en una densa y declinante nota que tituló Mujer excluida…¡qué desperdicio!, más el didáctico agregado previo de una volanta quejosa: Sigue la desigualdad de los géneros.

Aguinis viene de recibir un sopapo de su paisano Verbitsky, que el domingo 2 de agosto, desde Página 12, lo llamó “pavo real”, y lo desplumó como tal con el recuerdo de ingratos menesteres; entre otros, su vinculación con Massera, el cobro de una holgada jubilación de privilegio y algunas mentiras enhebradas al voleo. Dispuesto a no arredrarse por estas menudencias, y sabedor de que su perruno agresor es hombre de taleguillas sucias, Aguinis siguió con su oficio preferido, el de invertir la Cruz.

Tiene la nota de marras los tópicos remanidos del freudismo y del feminismo, y una obsecuencia hacia la mujer, que acaba degradándola; como suele pasar cuando los maridos parranderos quieren atemperar con lisonjas melifluas los desvaríos de alguna noche crapulosa. Tiene incluso el escrito curiosos reproches al cristianismo, como el de haberse dejado ganar por “el pueblo judío”, que “fue el primero en abolir el analfabetismo de los varones ¡cinco siglos antes de la era cristiana!”. Fatídico cargo, sobre todo si se piensa que cuanto no hicieron los cristianos antes de existir se debe a la horrible culpabilidad de no haber existido.

Mas en medio de naderías antes risibles que indignantes, el filósofo de Río Cuarto presenta el núcleo de su argumentación. Se trata de la historia de Hypatia de Alejandría, una científica de nota en la plenitud del siglo IV, que tras destratos varios por parte de los cristianos, habría sido asesinada en el año 415, mediante un crudelísimo linchamiento ejecutado “por un grupo de monjes” que no dejó tortura por infligirle a la desdichada sabia. Según Aguinis, “los historiadores coindicen en responsabilizar” a Cirilo de Alejandría “por el asesinato de Hypatia”;como responsable habría sido, asimismo, de “la masacre que en aquel año se realizó contra los judíos”.

Machismo, incultura y antisemitismo, he aquí un verdadero combo de acusaciones infames lanzadas impunemente contra el catolicismo, para seguir escribiendo otras diatribas después con la misma desaprensión intelectual. Ya se sabe de sobra que el diario que otrora fue de los Mitre y ahora es de los peores, no concederá análogo espacio para la réplica. También se sabe que la Jerarquía eclesiástica nada dirá, ocupada como está en conciliar las próximas tertulias interreligiosas con rabinos, imanes, sufíes, gurúes y el Padre Pepe de Paola.

No obstante, llega tarde el fabulador Aguinis con su histórico hallazgo. La historia de Hypatia –convertida en mito en la doble acepción de la palabra; esto es, como ficción y como símbolo– ha dado ya innúmeras y trilladísimas vueltas por la novelística, la cinematografía, las tablas, el ensayo, el amarillismo lésbico y hasta por el cómic de Hugo Pratt y las extravagancias cósmicas de Carl Sagan. Voltaire se le adelantó en su Examen important de Milord Bolingbroke ou le tombeau du fanatisme –sin contar con que a él mismo se le habían adelantado los gnósticos y los protestantes– y Umberto Eco, hace ya casi una década, evocó a la fémina en Baudolino.

Vueltas y piruetas tan abundantes cuanto torvas las de este personaje, pues cargan todas con el común denominador de las leyendas negras contra la Iglesia. En rigor, no hay ignorante infatuado que haya podido sortear la tentación de apelar a esta heroína para desfogar el odio anticatólico, aunque para lograr tal cometido tuvieran todos que falsificar burdamente los hechos y matar mil veces a Hypatia, como bien lo sostiene Miguel Ángel García Olmo, recientemente, en un ensayo notable a propósito del film Agora de Alejandro Amenábar (cfr. Las mil muertes de Hipatia, Alfa y Omega, n. 643, Madrid, 28-V-09).

Lejos, pues, del consejo bergsoniano, la función fabulatriz de Aguinis no irrumpe para atemperar el racionalismo, sino para sumarse al coro corrupto de los sepultadores de la verdad.

Los cristianos e Hypatia

La verdad, como siempre, es distinta y opuesta a la versión de estos incendiarios de Roma.

Se empieza por no contar con datos precisos sobre la biografía de Hypatia, a pesar –o por lo mismo- de que una vasta bibliografía ha dado cuenta de ella y de sus sucesos. Y tales son las brumas y las imprecisiones al respecto, que el historiador judío Heinrich Graetz, en el volumen segundo de su History of the Jews, aún cargándole el crimen a Cirilo, no tiene a la víctima por mujer sino por hombre.

Hypatia –mujer al fin– no fue menoscabada en vida por los cristianos, ni desecharon ellos su ciencia con orgullo a causa de su condición femenina. La misma María Dzielska, de la Universidad de Jagellónica, en su Hipatia de Alejandría –de la que hay versión castellana, por lo que puede constatarse su ausencia de toda apologética católica– narra que la filósofa contaba con cristianos entre sus alumnos, como el Obispo Sinesio de Cirene (cuyo intercambio epistolar conocemos gracias a la obra ingente de Agustín Fitzgerald, The Letters of Synesius of Cyrene, Londres, 1925), o el “digno y santo” sacerdote Teotecno, y los prestigiosos Olimpio, Herculiano e Isión.

José María Martínez Blázquez, por su parte, en su Sinesio de Cirene, intelectual –que ha tenido la gentileza de volcar digitalmente– menciona las buenas relaciones de Hypatia con el curial Amonio y el Patriarca Teófilo, así como los nombres de cristianos fervientes que, contemporáneos con los sucesos, no dudaron en defender su personalidad. Tal, por ejemplo, Timoteo, en su Historia Eclesiástica. También fue un cristiano, Sócrates Escolástico, quien en su Historia Eclesiástica (VII,15), escrita con posterioridad a la muerte de la alejandrina, la encomió como “modelo de virtud”.

Entonces, la versión aguiniana de fanáticos católicos machistas opuestos a Hypatia por su género y por su paganismo, es puro cuento, trufa insidiosa y bola insensata echada a rodar con lamentable incultura.

La muerte de Hypatia

Si no le es imputable a los cristianos el maltrato a esta mujer singular, tampoco lo es su muerte, ni mucho menos a San Cirilo de Alejandría.

El origen de tan amañada y dañina versión, según lo explica eruditamente Bryan J.Whittield en The Beauty of Reasoning: A Reexamination of Hypatia of Alexandra , hay que buscarlo en el desencajado Damascio, último escolarca de la Academia de Atenas, quien exiliado en Persia tras su cierre por orden de Justiniano, y dispuesto a azuzar las maledicencias contra Cirilo, a quien tuvo por rival –en un tiempo de rivalidades religiosas fortísimas y extremas– le atribuyó el homicidio sin más fundamento que sus propias conjeturas. Sin más fundamento que sus propias conjeturas, repetimos. Porque esto y no otra cosa es lo que, desde entonces y hasta hoy, siguen haciendo  cuantos rivalizan endemoniadamente contra la Fe Verdadera. Han pasado siglos desde el lamentable episodio y nadie ha podido aportar otro cargo contra el gran santo de Alejandría que no fuera la sospecha, el rumor, la hipótesis trasnochada o la presunción prejuiciosa.

No hay mentira mayor que la sostenida por Aguinis, y según la cual “los historiadores coinciden en responsabilizar a Cirilo de Alejandría por el asesinato de Hypatia”.

Coinciden los enemigos frenéticos de la Iglesia Católica, no los historiadores o los genuinos estudiosos del caso, a algunos de los cuales llevamos citados en estas prietas líneas. No coinciden –y discrepan con la leyenda negra oficial impuesta finalmente por el Iluminismo– el arriano Filostorgio, el sirio Juan de Éfeso, los jansenistas Le Nain de Tillemont y Claude Pierre Goujet o el erudito Christopher Haas en su Alexandria in Late Antiquity: Topography and Social Conflict, publicado en 2006. No coincide tampoco Thomas Lewis, quien redactara ya en 1721 la célebre impugnación de la mentira a la que tituló sugestivamente “La Historia de Hypatia, la imprudentísima maestra de Alejandría: asesinada y despedazada por el populacho, en defensa de San Cirilo y el clero alejandrino. De las calumnias del señor Toland”.

No coincide el mencionado Miguel Ángel García Olmo, quien advierte en la maniobra acusadora un “afán de mancillar la ejecutoría  de un pastor teólogo de vida esforzada y ejemplar como fue Cirilo de Alejandría, venerado en Oriente y en Occidente”; y ni siquiera se atreve a coincidir Gonzalo Fernández, quien en su obra La muerte de Hypatia, del año 1985, a pesar de la ninguna simpatía que manifiesta hacia el santo, llamando tiránico a su ministerio, concluye en que  “ninguna de las fuentes sobre el linchamiento de Hipatia alude a la presencia de parabolani entre sus asesinos”. Los parabolani eran los miembros de una hermandad de monjes alistados voluntariamente para el servicio, principalmente entre los enfermos, y que en su momento respondieron incondicionalmente a San Cirilo, recibiendo la acusación de consumar el linchamiento de Hypatia. Recuérdese que también Aguinis, en el suelto que le objetamos, menciona a “un grupo de monjes”, como causa instrumental del delito.

No coinciden los hechos. Porque el mismo Cirilo, que lamentó y reprobó el crimen de Hypatia, amonestó enérgicamente en su Homilía Pascual del 419, a la plebe alejandrina dada a participar en turbamultas feroces y sanguinarias como la que puso desdichado fin a la vida de la filósofa. Si no se le cree al santo, las novelas de Lawrence Durrel –concretamente las de su Cuarteto de Alejandría– resultan una buena fuente para conocer el carácter sangriento y cruel de esas tropelías feroces del populacho alejandrino. Sin olvidarnos de que fueron esas mismas hordas las que dieron muerte a dos obispos cristianos, Jorge y  Proterio, en el 361 y 457 respectivamente.

Aguinis, claro, además de la versión falseada de la muerte de Hypatia, sólo quiere recordar la expulsión de los judíos ordenada por San Cirilo, sin aclarar primero qué participacion tenían los hebreos en aquellos episodios luctuosos. Episodios que podían llegar a terribles excesos, como lo reconoce el ya citado Graetz, comentando los modos que solían tomar entonces los festejos del Purim. Porque como dice Maurice Pinay –en el capítulo VIII del segundo volumen de su Complot contra la Iglesia– los judíos “califican siempre esas medidas defensivas de los Estados Cristianos, de persecuciones provocadas  por el fanatismo y el antisemitismo del clero católico”, pero son incapaces de ver las enormes vigas en los propios ojos. Tiene sobradas razones el exhaustivo Alban Butler, cuando en su voluminoso santoral, en la fecha correspondiente a la festividad del santo, el 9 de febrero, explica que Cirilo tomó legítimamente la decisión de expulsar a los judíos, tras comprobar “la actitud sediciosa y los varios actos de violencia cometidos por ellos”.

No coinciden, al fin, los juicios de la Santa Madre Iglesia, quien mucho tiempo después de agitadas las pasiones terrenas, disipadas las dudas, superadas las conjeturas malintencionadas, estudiadas las causas, investigadas las acciones, consideradas las objeciones y sopesadas las acciones, elevó dignamente a los altares a Cirilo de Alejandría, y lo proclamó Doctor de la Iglesia en 1882, bajo el Pontificado de León XIII. Años más tarde, en 1944, el Papa Pío XII, en su Orientalis Ecclesiae, lo llamó “lumbrera de la sabiduría cristiana y héroe valiente del apostolado”. Y hace muy poco, en la Audiencia General del miércoles 3 de octubre de 2007, Benedicto XVI se abocó por entero a su encomio, recordando su defensa de la ortodoxia contra la herejía nestoriana. Para el Santo Padre, San Cirilo de Alejandría es el “custodio de la exactitud, que quiere decir custodio de la verdadera fe”; el varón justo que comprendió y predicó que “la fe del pueblo de Dios es expresión de la tradición, es garantía de la sana doctrina”.

Va de suyo que el lector honrado sabrá a quién creer al respecto. Si a la Iglesia, que para canonizar a alguien se toma siglos de estudios, pidiendo milagros y virtudes heroicas al candidato, o a un ropavejero de las letras, alucinado de odio a la Cruz, que súbitamente y sin más trámites que su audacia, declara asesino a un santo, y misógino a quien veneró a la más excelsa de las mujeres: María Santísima.

La pobreza del escándalo

Bien está que exista el escándalo de la pobreza, porque la sangre del pobre –decía León Bloy– es el dinero mal habido de todos los rapaces. Pero a condición de que no se caiga en la pobreza del escándalo; esto es, en el raquitismo de un escándalo flaco y magro, sólo susceptible ante cuestiones terrenas, salariales o sociológicas.

Tomar en vano el nombre de Dios, profanar lo sacro, agraviar a los santos y mostrarse impiadoso y blasfemo, debería movilizar los ánimos y los actos reactivos de los católicos, antes y con mayor intensidad que las injusticias sociales. El Reino de Dios y su justicia sigue siendo lo primero. La añadidura se le ordena como lo subalterno a lo principal.

No pretendemos que lo entiendan nuestros obispos.

Consejos para un feminista mórbido

En cuanto a Aguinis, si anda buscando machismo en las religiones, le sugerimos una repasadita al Libro del Zohar o al Schulchan Arukh. O algo más próximo: el conocimiento descarnado y patético de  las mujeres ultrajadas y prostituidas por la Zwi Migdal.

Y si su feminismo mórbido lo impulsa –como en la nota que le objetamos– a extasiarse en la descripción del linchamiento de Hypatia, para cargar las tintas y disponer las sensibilidades contra su odiado catolicismo, no le vendría mal retratar del mismo modo los horrendos crímenes rituales de Agnes Hruza y Marta Kaspar, cristianas ambas y víctimas probadas de la demencia judaica. La una desangrada salvajemente en el bosque de Brezin, el 1º de abril de 1899; la otra descuartizada en Paderborn, el 18 de marzo de 1932. Los detalles de este tipo de endemoniados acontecimientos se los dará la obra de Albert Monniot, Le crime rituel les juifs. Si la juzgara nazi –porque ya se sabe que, en la guerra semántica, da lo mismo que su autor la escribiera antes de la aparición de Hitler en la historia- podrá acudir a Las pascuas sangrientas del insigne judío Ariel Toaf. Y si recusara esta obra aduciendo la supuesta retractación que su autor hiciera de la misma, deberá entonces acudir a la obra de otro israelita honestísimo, El poder de la judería, de Israel Adán Shamir.

No dirá Aguinis que lo dejamos sin alternativas.

Por el honor de San Cirilo de Alejandría

No; categóricamente no. La coincidencia de la historia no está en retratar un Cirilo obtuso, asesino y odiador de mujeres. Eso queda para los recolectores de desperdicios usurpando el papel de escritores; para los escribas de ascosidades elevados al podio de intelectuales; para los ignorantes de invencible memez adornados con los oropeles baratos de la decadencia posmoderna. Eso queda para los hijos del Padre de la Mentira y los sepulcros blanqueados.

En lo que coincide la vera historia sobre el santo y corajudo defensor de María como Madre de Dios, podrá contemplarlo y admirarlo el cristiano fiel y el hombre de voluntad recta adentrándose en sus escritos, que son muchos y ricos y bien sazonados en precisión, certidumbre y hondura. Quasten, Moliné, Altaner, Luis de Cádiz, Bardenhewer y la monumental obra de Migne, son sólo las principales patrologías que podrá consultar con provecho quien desee aproximarse al gran apologista.

A la derecha del Padre donde ahora se encuentra, y bajo el regazo celeste de María Theotokos, de quien fue su caballero en lisa enamorada y sapiente, no lo rozan las diatribas indoctas de un hábil especialista en cantar las gestas de la marranería.

San Cirilo de Alejandría: ora pro nobis.

Se agradece difundir

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