Filosofía y educación

Sobre la sociedad civil*

*por Jesús López García

La mejor manera de conocer la naturaleza de la sociedad civil es la consideración de sus causas, a saber, la eficiente, la final, la material y la formal.

a) El origen natural de la sociedad civil.

Investigar la causa eficiente de la sociedad civil equivale a señalar su origen. Pues bien, el origen de la susodicha sociedad hay que ponerlo en la inclinación natural de hombre a vivir en sociedad. Existe, en efecto, tal inclinación natural, o dicho de otro modo, el hombre es por naturaleza social.

En su obra Sobre el reino señala Santo Tomás tres razones por las que se echa de ver que el hombre tiende naturalmente a vivir en sociedad. La primera, que no se basta a sí mismo para atender a las necesidades de la vida. La segunda, que precisa de la ayuda de otros para conocer lo que necesita para su subsistencia, y la tercera, que es esencialmente comunicativo, como lo demuestra el hecho del lenguaje. Veamos estas razones en las mismas palabras de Santo Tomás:

«Es natural al hombre el ser animal social y político, y el vivir en sociedad, y esto más que todos los otros animales, como lo declara la misma necesidad natural. Pues a los demás animales la naturaleza los ha dotado del alimento necesario y de piel recubierta de pelos y de instrumentos de defensa, como los dientes los cuernos o las uñas, o al menos de velocidad para la fuga. Pero el hombre no tiene por naturaleza nada de esto, sin que en su lugar se le ha dado la razón, por medio de la cual y con el auxilio de sus manos puede procurarse todas esas cosas. Sin embargo, un hombre solo no basta para proveerse de todo lo necesario, y así un hombre no puede por sí solo llevar una vida digna o suficiente. Y por eso le es natural que viva en sociedad con muchos» [1]

«Los otros animales poseen de una manera innata y natural el conocimiento de todo, lo que les es útil o nocivo (…). Pero el hombre, en relación con las cosas necesarias para la vida, tiene sólo, por naturaleza, un conocimiento en común, para que, sirviéndose de su razón, puede llegar desde los principios universales al conocimiento de las cosas singulares que son necesarias para la vida humana. Pero no es posible que un hombre solo alcance por su razón todas las cosas de esta manera, y así es necesario que viva entre otros muchos, para que unos a otros se ayuden, y se ocupen unos en inventar unas cosas, y otros en otras» [2] .

«Es propio del hombre usar del lenguaje, mediante el cual un hombre puede expresar totalmente sus conceptos a otros, mientras que los demás animales se expresan mutuamente sus pasiones sólo en común, como el perro expresa la ira con sus ladridos, y otros animales expresan sus pasiones de otros modos. Y así un hombre es más comunicativo para otro que los animales que andan y viven juntos, como las grullas, las hormigas y las abejas» [3] ,

Siendo esto así, el nacimiento de la sociedad civil no se debe a ningún pacto más o menos explícito, ni al mutuo consentimiento entre los hombres, como ocurre, por ejemplo, en el matrimonio, sino que se debe a una imperiosa inclinación de la naturaleza y a una necesidad ineludible para la inmensa mayoría de los hombres. Además, los hombres ya nacen de hecho en el seno de la sociedad civil; al principio de su vida la necesitan ineludiblemente, y cuando llegan a la edad adulta no se pueden separar de ella totalmente sino con grave quebranto para su bienestar físico y aun para su adelantamiento moral. El origen de la sociedad civil es, pues, natural.

b) El bien común como fin de la sociedad civil.

Por lo que se refiere al fin o a la causa final de la sociedad política, Santo Tomás lo pone en el bien común. Pero es preciso delimitar claramente ese concepto.

Como escribe Santiago Ramírez, «el término bien común no significa una especie ni un género, como hombre o como animal, sino un análogo con dos significaciones diversas y escalonadas, que son el bien común inmanente y el bien común trascendente. El bien común inmanente está dentro de la misma sociedad política y es dependiente de ella; el bien común trascendente está fuera de la sociedad política y es de ella independiente» [4] .

Del bien común trascendente, que es Dios [5] , no nos vamos a ocupar en este momento, sino que trataremos de él más adelante. Ahora nos interesa centrar la atención en el bien común inmanente.

Que dicho bien común es el fin de la sociedad política lo repite Santo Tomás en infinidad de textos. Véanse algunos: «En las cosas humanas existe algún bien común que es el bien de la ciudad o de la sociedad» [6]

«En las cosas humanas dirigir el bien común es propio de aquél que está al frente de la sociedad» [7] . «Toda ley se ordena al bien común» [8] .

El fin de la sociedad es, pues, el bien común, pero ¿en qué consiste dicho bien común?

Una primera respuesta puede ser ésta: aquello que hace posible la vida virtuosa de los ciudadanos. Porque en efecto, según Santo Tomás:

«Los hombres se reúnen en sociedad para vivir dignamente, lo que no puede conseguirse si todos y cada uno no viven así individualmente. Pero la vida humana digna es la que se conforma a la virtud.. Por consiguiente, la vida virtuosa es el fin de la sociedad civil» [9] .

Mas para el logro de esa vida digna o virtuosa se requieren otros muchos bienes, tanto corporales como espirituales, y además convenientemente ordenados o jerarquizados, y todo esto es lo que constituye el bien común de la sociedad civil.

Santiago Ramírez expone así el pensamiento de Santo Tomas en este punto:

«El bien común inmanente de la sociedad política debe contener de un modo perfecto todas estas clases de bienes: bienes exteriores (riqueza, abundancia y suficiencia de bienes útiles), bienes interiores del cuerpo (salubridad, robustez: suficiencia y abundancia de medios para el perfecto desarrollo y conservación de la raza, con su cortejo de bienestar corporal: suficiencia de bienes deleitables), y bienes interiores del alma (suficiencia y abundancia de .recursos para el perfecto desarrollo de las facultades y de los hábitos del alma: artes, ciencias, cultura, virtud: suficiencia de bienes honestos) (…). Y tanto más perfecta será la sociedad política cuanto mayor suficiencia posea de todos estos bienes y mejor jerarquizados los tenga, de suerte que los bienes útiles y exteriores se ordenan al contento y bienestar social –bienes deleitables conforme a razón–, y todos ellos al bien honesto, es decir, a la vida plenamente moral y virtuosa de los hombres asociados; cuanto más fomente, favorezca y procure esos bienes humanos de cultura intelectual y moral, ora en su aspecto cualitativo de perfección intensiva, ora en su aspecto cuantitativo de perfección extensiva al mayor número de miembros de la misma» [10]

Por lo demás, ese bien común, que contiene en sí todos los bienes que acabamos de enumerar, con la conveniente jerarquía entre ellos, es llamado por Santo Tomás: orden, tranquilidad, paz, unidad, amistad, bienestar, salud pública como puede verse en algunos textos que citamos a continuación:

«El bien y la salud de la sociedad civil está en que se conserve su unidad que también se llama paz, pues si ésta se pierde, carece de utilidad la vida social (…). Lo que el rector de la comunidad debe buscar sobre todo es la unidad de la paz (…). Y cuando un régimen es más eficaz para conservar la unidad de la paz, tanto es más útil» [11] .

«Entre todos los bienes del mundo no hay ninguno que pueda dignamente preferirse al de la amistad. Ella es la que concilia en unidad a los virtuosos, y la que conserva y promueve la virtud. Ella es la que todos los hombres necesitan en la ejecución de cualquier negocio, para no engreírse en la prosperidad ni abandonar en la adversidad. Ella es la que proporciona los mayores deleite pues todas las cosas deleitables producen tedio sin los amigos. Las cosas difíciles las torna fáciles y que casi no cuestan» [12] .

«Para la vida buena de un hombre se requieren dos cosas: una principal, que es la operación según la virtud (pues la virtud es por lo que se vive bien); y otra secundaria e instrumental, a saber, la suficiencia de bienes corporales, cuyo uso es necesario para los actos de virtud. Ahora bien, la unidad de un hombre es causada por la naturaleza, pero la unidad de la sociedad, que se llama la paz, ha de ser procurada por la industria del gobernante. Así, pues, para promover la vida buena de la sociedad se requieren tres cosas. Primero, que la sociedad se constituya en la unidad de la paz. Segundo, que la sociedad unida por el vínculo de la paz, se dirija al bien obrar, pues así como el individuo no puede actuar bien sino presupuesta la unidad de todas sus partes, así la sociedad tampoco puede obrar bien si carece de la unidad de la paz, pues mientras lucha contra sí misma impide el bien obrar. Tercero, que el gobernante procure la abundancia suficiente de bienes necesarios para vivir bien» [13] .

«El fin de todo gobierno es la paz; la paz, en efecto, y la unidad de los súbditos es el fin del gobernante» [14] .

«La gobernación no es otra cosa que la dirección de los gobernados al fin, que es algún bien. Pero la unidad pertenece a la razón de bondad (…), pues así como todas las cosas tienden al bien, tienden también a la unidad, sin la cual no pueden existir (…). Por tanto, aquello a lo que se encamina la intención del gobernante es la unidad o la paz» [15] .

A esta concepción del bien común inmanente a la sociedad política no se opone; sino que sé concilia perfectamente con ella, la que se encuentra en algunos documentos pontificios y conciliares bienrecientes, como se ve en la siguiente definición:

«El bien común es el conjunto de aquellas condiciones de la vida social en las cuales los hombres, las familias y las asociaciones pueden lograr con mayor plenitud y facilidad su propia perfección» [16] .

c) Los constitutivos esenciales de la sociedad civil.

Y ahora pasemos a considerar los constitutivos esenciales de la sociedad política, como si dijéramos su materia y su forma.

La materia de la sociedad son los individuos humanos, pues de ellos está hecha la sociedad. Ahora bien, hay sociedades imperfectas, elementales, como la familia, y otras más perfectas y complejas, como la aldea, compuesta de diversas familias, y el ayuntamiento, compuesto de diversas aldeas o de diversas familias en número suficientemente grande, y así sucesivamente la provincial, la región, el estado. Y es importante hacer notar que los individuos no se integran en la sociedad política perfecta, esto es, el estado, sino a través de las sociedades inferiores: de la familia en primer lugar, y después de la ciudad y de la región. Por eso la sociedad mayor, que es el estado, no debe absorber a las sociedades menores, sino que debe mantenerlas y superarlas. El cuerpo social es un cuerpo organizado; no una mera yuxtaposición de individuos.

La unidad de la sociedad es unidad de orden, que permite y respeta las diferencias de los individuos y las relaciones que estos mantienen entre sí antes de integrarse en la sociedad civil perfecta. Si esas diferencias se borran la sociedad perece por exceso de uniformidad. Santo Tomás lo dice claramente: «Si la ciudad fuese más una de lo que debe, ya no habría ciudad» [17]. Y también: «La unidad máxima destruye la ciudad» [18].

Por su parte, Santiago Ramírez apostilla así estos textos:

«Respeto, amor y comprensión mutuas entre la nación y el estado y entre las diversas naciones que eventualmente pueden existir dentro de un mismo estado y lo mismo sucede con las regiones, con las provincias, con los municipios, con las familias, con los individuos. Todo esto es naturalmente anterior al estado y, por consiguiente, no son creación de él ni se derivan del mismo sus derechos fundamentales. Sus diferencias y características respectivas deben subsistir sin detrimento de su incorporación y sumisión al estado, lo mismo que la unidad de éste debe compaginarse con las libertades y variedades de sus partes, sin absorberlas ni reducirlas a una uniformidad absoluta. La persona humana, la familia, el municipio, la provincia, la región, la nación son partes del estado sin dejar de ser ellas mismas. Más aún: no pueden ser partes sino a condición de permanecer intactas en su propio ser de partes orgánicas o heterogéneas. La absoluta uniformidad de las partes del estado es contraria a la misma naturaleza» [19] .

Y en cuanto a la forma de la sociedad hay que decir que lo que ordena o estructura a una multitud de individuos, familias, municipios, etc., en la unidad superior del estado o de la sociedad civil perfecta, es la autoridad, en las distintas formas que puede adoptar, y las ordenaciones que de ella emanan y que son las leyes.

La autoridad o el gobierno, de los pueblos no tiene siempre la misma forma, sino que se presenta en formas diversas. Santo Tomás las estudia, en sus líneas fundamentales y son seis, tres buenas y tres malas. Las buenas son éstas: monarquía, aristocracia y democracia; y las malas, éstas: tiranía, oligarquía y demagogia. En este punto el Doctor Angélico no hace más, que recoger el pensamiento de Aristóteles. Además de estas formas de gobierno, que se pueden llamar simples o puras, existen otras mixtas en las que se conjugan varias de las simples.

Oigamos a Santo Tomás:

«Si el gobierno injusto se realiza por uno solo, que busca en él su propio interés y no el bien de la comunidad que le está encomendada, ese tal se llama tirano, nombre derivado de ‘fuerza’, porque oprime con violencia y no gobierna con justicia. Por eso los antiguos llamaban tiranos a todos los poderosos. Y si el gobierno injusto no se hace por uno, sino por varios, con tal que sean pocos, se llama oligarquía, esto es, gobierno de unos pocos, lo que ocurre cuando unos pocos, por las riquezas, oprimen a la plebe, y sólo se diferencian del tirano en que son varios. Y si, por último, el gobierno inicuo se ejerce por muchos se llama demagogia, esto es, gobierno del pueblo que oprimen por la fuerza a los ricos, y así todo el pueblo viene a ser como un solo tirano. De la misma manera se pueden distinguir los gobiernos justos. Así, si el gobierno es de muchos se le llama de modo general democracia. Si el gobierno es de unos pocos y virtuosos, se llama aristocracia, esto es, gobierno óptimo o de los mejores, que por esto se llaman aristócratas. Finalmente, si el gobierno justo es de uno sólo, éste se llama propiamente rey» [20] .

Santo Tomás se plantea la cuestión de cuál de estas formas de gobierno (ya se entiende que de las justas) es la mejor y considerando la cuestión de una manera absoluta responde que la monarquía; de lo cual da varias razones, algunas de las cuales están recogidas en este texto:

«La intención del gobernante debe estar dirigida a procurar el bien de los que tiene a su cargo (…). Pero el bien y la salud de la comunidad política es que conserve su unidad, que se llama paz, y si ésta falta se pierde la utilidad de la vida social, pues sería peor vivir juntos si hay disensiones. Por eso el gobernante debe tender de manera principal a procurar la unidad de la paz (…). Por eso cuando un régimen es más eficaz para conservar la unidad de la paz tanto es más útil, pues llamamos más útil a lo que es más apto para conducir al fin. Pero es manifiesto que la unidad puede lograrse mejor por lo que es esencialmente uno que por muchos (…) Por consiguiente, es más útil el régimen de uno que el de muchos. Además el gobierno de muchos no podría conservar a la comunidad si esos varios estuvieran desunidos entre sí, pues para gobernar se requiere que los varios gobernantes se unan de algún modo entre ellos (…). Pero las cosas no se unen sino por aproximación a lo que es uno. Por consiguiente, mejor gobierna uno que muchos que se aproximan a la unidad» [21] .

Pero si esto es así de manera abstracta y general, en concreto y atendidas todas las circunstancias es mejor el gobierno mixto, que retenga en sí todo lo bueno que puedan aportar las distintas formas de gobierno justo. Tal es el pensamiento de Santo Tomás, como se echa de ver en el siguiente texto:

«Acerca de la buena ordenación de los gobernantes en alguna ciudad o pueblo, hay que considerar dos cosas. De las cuales la primera es que todos tengan alguna parte en el gobierno, pues así se conserva mejor la paz del pueblo y todos aman y defienden tal ordenación. La segunda es que se, atienda la formación de régimen o de gobierno. Estas formas son varias, pero las mejores de ellas son: la monarquía, en la que gobierna uno con arreglo a la virtud, y la aristocracia, o sea el gobierno de los mejores en la cual gobiernan unos pocos con arreglo a la virtud. Luego la mejor forma de gobierno es aquella en la que hay uno que sobresale en la virtud y que manda a todos, y bajo él hay algunos que también gobiernan con arreglo a la virtud, y además el gobierno pertenece a todos, porque todos pueden ser elegidos gobernantes y porque todos los eligen. Tal es, en efecto, la mejor forma de régimen, compuesta de monarquía, en cuanto que manda uno solo, y de aristocracia, en cuanto que mandan varios con arreglo a la virtud, y de democracia, o sea, el poder del pueblo, en cuanto que del pueblo pueden ser elegidos los gobernantes y pertenece al pueblo la elección de estos» [22] .

Por lo demás, la sociedad así organizada bajo la forma de gobierno que se adopte y, si se trata de la mejor atendidas todas las circunstancias, bajo esa forma mixta de monarquía, aristocracia y democracia, se termina de organizar y estructurar por las distintas leyes (emanadas de la autoridad competente y hechas cumplir también por la autoridad correspondiente), que son otras tantas ordenaciones de la razón del gobernante encaminadas al bien común.

Esta es, muy a grandes rasgos, la concepción tomista de la naturaleza de la sociedad civil, expresada como se ve en sus causas eficiente (origen), final, material y formal.

NOTAS

[1] De regno, lib, l, cap, 1.

[2] De regno, lib. l, cap. l..

[3] De regno, lib. l, cap. 1.

[4] SANTIAGO RAMÍREZ, Doctrina política de Santo Tomás, Madrid 1951, pág. 27.

[5] Santo Tomás escribe: «Bonum autem summum, quod est Deus, est bonum commune, cum ex eo universorum bonum dependeat» (Contm Gentes. III, 17).

[6] Contra Gentes, III, cap. 80.

[7] S. Th., l, q. 105, a. 4.

[8] S. Th., I-II,q, 9, a. 2.

[9] De regno, lib. l, cap. 15.

[10] Doctrina política de Santo Tomás, págs. 30-31.

[11] De regno, lib. 1, cap. 3.

[12] De regno, lib. l, cap. 11.

[13] De regno, lib. l, cap. 16.

[14] Contra Gentes, IV, cap. 76.

[15] S. Th., l. q. 103, a. 3.

[16] Concilio Vaticano Il, Gaudium et spes, nº 74.

[17] In II PoI., lect. 1, nº 179.

[18] In II Palo, lect. 1, nº 183.

[19] Doctrina política de Santo Tomás, págs. 45-46.

[20] De regno, lib. l. cap. 2.

[21] De regno, lib. I, cap. 1

[22] S. Th., I-II q. 105, a.

1 de 7

2 comentarios »

  1. El autor de este texto se llama Jesús López Garcia y puede leerse en http://www.opcolombia.org/estudio/derechoshumanos.html

    Comentario por francocava — 1 noviembre 2010 @ 3:47 | Responder

    • Muchas Gracias por la amabilidad de facilitarnos esta referencia.

      Comentario por Juan Gabriel Ravasi — 1 noviembre 2010 @ 11:05 | Responder


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