Filosofía y educación

Los pilares de la falta de fe

(1) Los pilares de la falta de fe – Maquiavelo

  • PETER KREEFT

Debemos hablar de “enemigos” de la fe porque la vida de la fe es una verdadera guerra.

Machiavelli1De todos modos, intentamos evitar hablar de enemigos. En parte, por miedo a confundir enemigos espirituales con materiales; odiar al pecador junto con el pecado; olvidar que “nuestra lucha no es contra la carne y la sangre, sino contra los Principados, contra las Potestades, contra los Dominadores de este mundo tenebroso, contra los Espíritus del Mal que están en las alturas”. (Ef. 6, 12).

Sin embargo, el miedo de incurrir en ese error es más infundado hoy en día que en el pasado. Nuestra era es, sin duda, la más militarizada y aterrorizada por los horrores de la guerra. Ninguna era fue tan proclive a confundir pecado con pecador, pero no aborreciendo al pecador junto con el pecado, sino amando al pecado junto con el pecador. Solemos utilizar la “compasión” como sinónimo del relativismo moral.

También somos blandos, no nos gusta la lucha porque conlleva sufrimiento y sacrificio. La guerra puede no ser como el infierno, pero es muy desagradable. De todos modos, no estamos seguros de que haya algo por lo cual valga la pena luchar. Tal vez no tenemos coraje porque no encontramos un motivo para tenerlo.

Esta es la manera en que pensamos como modernos y no como católicos.  Como católicos, sabemos que la vida es una guerra espiritual y que hay enemigos espirituales.  Una vez que lo admitamos, el siguiente paso será inevitable.  En toda guerra, es fundamental conocer al enemigo ya que de lo contrario sus espías pasarán inadvertidos.  Entonces, esta serie de artículos está dedicada a conocer a nuestros enemigos espirituales en la lucha por el corazón del hombre moderno. Analizaremos a seis pensadores modernos que han tenido un gran impacto en nuestra vida diaria y que también le hicieron mucho daño a la mentalidad cristiana.

Sus nombres: Maquiavelo, el inventor de “la nueva moralidad”; Kant, el “subjetivizador” de la verdad; Nietzsche, quien se autoproclamó como el “anticristo”; Freud, el fundador de la “revolución sexual”; Marx, el falso Moisés de las masas; y Sartre, el apóstol de lo absurdo.

Nicolás Maquiavelo (1496-1527) fue el fundador de la filosofía política y social moderna y rara vez en la historia del pensamiento hubo una revolución más absoluta.  Maquiavelo era consciente de su radicalidad. Comparó su trabajo con el de Colón como descubridor de un nuevo mundo y a sí mismo con Moisés como el líder de un nuevo pueblo elegido que se liberaría de la esclavitud de las ideas morales hacia una nueva tierra prometida de poder y de lo práctico.

La revolución de Maquiavelo puede resumirse en seis puntos.

Para todos los pensadores sociales anteriores, el objetivo de la vida política era la virtud.  Una buena sociedad era concebida como aquella en la que las personas son buenas.  No había una “doble moral” entre la bondad individual y la social.  Con Maquiavelo, la política dejó de ser el arte de lo bueno para pasar a ser el arte de lo posible.  Su influencia en este punto fue enorme.  Todos los filósofos sociales y políticos más importantes que vinieron luego (Hobbes, Locke, Rousseau, Mill, Kant, Hegel, Marx, Nietzsche, Dewey) rechazaron la meta de la virtud. Maquiavelo relajó la norma moral haciéndola menos rigurosa y casi todos rindieron homenaje a esta bandera por él enarbolada.

Maquiavelo sostenía que la moral tradicional se parecía a las estrellas: era hermosa, pero muy distante para iluminar nuestro camino terrenal.  Necesitamos en cambio faroles artificiales, en otras palabras, objetivos alcanzables.  Debemos encontrar nuestro rumbo desde la tierra y no desde el cielo; a partir de lo que los hombres y las sociedades realmente hacen y no de lo que deberían hacer.

La esencia de la revolución de Maquiavelo consistió en juzgar lo ideal por lo real, más que lo real por lo ideal.  Para él un ideal es bueno sólo si es práctico, por consiguiente podemos llamarlo el padre del pragmatismo. No sólo “el fin justifica los medios” -cualquier medio que funcione- sino que los medios incluso justifican el fin, en el sentido de que vale la pena perseguir un fin sólo si hay medios prácticos para alcanzarlo.  En otras palabras, el nuevo summum bonum o el sumo bien es el éxito.  (¡Maquiavelo no sólo suena como el primer pragmático, sino que como el primer pragmático estadounidense!)

Maquiavelo no se limitó a quitarle rigurosidad a las normas morales, sino que las eliminó directamente. En este sentido, más que un pragmático, fue un anti-moralista.  La única relación que le parecía que la moralidad podía tener con el éxito era interponerse en su camino.  Enseñó que un príncipe exitoso debía “aprender el arte de no ser bueno” (El Príncipe, cap. 15), el arte de romper promesas, mentir, engañar y robar (cap. 18).

Debido a esas opiniones desvergonzadas, algunos de los contemporáneos de Maquiavelo sostuvieron que “El Príncipe” era una obra literalmente inspirada por el demonio.  Sin embargo, los pensadores modernos en general consideran que dicha obra surge de la ciencia.  Defienden a Maquiavelo arguyendo que no negaba la moralidad, sino que simplemente escribió un libro sobre otro tema, sobre lo que “es” en vez de lo que “debería ser”.  Incluso lo elogian por no ser hipócrita, sugiriendo por ende que moral es sinónimo de hipocresía.

Es muy común en nuestros días malinterpretar la hipocresía, entendiéndola como no hacer lo que se predica.  En ese sentido, todos los hombres son hipócritas a menos que cesen con sus prédicas.  Matthew Arnold definió a la hipocresía como “el tributo que el vicio le paga a la virtud”. Maquiavelo fue el primero en rehusarse a pagar incluso ese tributo. Superó la hipocresía, pero no elevando la práctica al nivel de la prédica, sino rebajando la prédica al nivel de la práctica, ajustando el ideal a lo real, más que lo real al ideal.

De hecho, realmente está diciendo: “Papá, ¡no me sermonees!” [“Papa, don’t preach“] — como dice la canción de rock (ndt: de la cantante Madonna).  ¿Pueden imaginarse a Moisés diciéndole a Dios: “Papá, ¡no me sermonees!” en el Monte Sinaí? ¿A María diciéndoselo al ángel? ¿O que Cristo lo haya dicho en Getsemaní en vez de “Padre, que no se haga mi voluntad, sino la tuya?”. Si pueden hacerlo, están imaginando el infierno, pues nuestra esperanza de alcanzar el cielo depende de que esas personas justamente le dijeran a Dios “Papá, ¡sermonéame!

De hecho, hemos definido mal la “hipocresía”. La hipocresía no consiste en no poner en práctica lo que uno predica, sino que en no creer en eso.  La hipocresía es la propaganda.

Según esta definición, Maquiavelo fue por poco el inventor de la hipocresía, dado que fue prácticamente el inventor de la propaganda.  Fue el primer filósofo que tuvo la esperanza de convertir a todo el mundo a través de la propaganda.

Maquiavelo entendía que su vida era una guerra espiritual contra la Iglesia y su propaganda. Creía que todas las religiones eran piezas de propaganda cuya influencia duraba entre 1.666 y 3.000 años.  Pensaba que el cristianismo desaparecería mucho antes del fin del mundo, probablemente cerca del año 1666, ya por invasiones bárbaras de oriente (lo que ahora es Rusia) o por el ablandamiento y debilitamiento del occidente cristiano desde dentro, o ambos.  Todos sus aliados fueron cristianos tibios que amaban a su patria terrenal más que al Cielo, al César más que a Cristo, al éxito social más que a la virtud.  Ellos fueron los destinatarios de su propaganda.  Dado que una absoluta franqueza en cuanto a sus objetivos sería inviable y un ateísmo confeso resultaría fatal, puso mucha atención en no caer en una herejía explícita.  Sin embargo, su meta fue la destrucción de la “farsa católica” y empleó como medio una agresiva propaganda laicista. (Uno puede sostener, generalizando quizás en exceso, que fue el padre delestablishment mediático moderno).

Descubrió que se necesitaban dos herramientas para manejar la conducta de los hombres y así controlar la historia de la humanidad: la pluma y la espada, propaganda y armas.  De este modo podrían dominarse las mentes y los cuerpos… y la dominación era justamente su meta.

Según él, la vida humana y la historia de la humanidad estaban determinadas solamente por dos fuerzas: virtu (ímpetu) y fortuna (suerte).  La sencilla fórmula para el éxito era la maximización de la virtu y la minimización de la fortuna.  Su obra “El Príncipe” termina con esta horrorosa imagen: “la fortuna es mujer y, si se quiere dominarla, hay que golpearla y coaccionarla” (capítulo 25). En otras palabras, el secreto del éxito es una especie de violación.

Para lograr el control, además de la propaganda, Maquiavelo era un halcón.  Decía que “no puede haber buenas leyes donde no hay buenas armas y donde hay buenas armas es inevitable que haya buenas leyes” (capítulo 12).  En otras palabras, la justicia “sale del cañón de una pistola”, para adaptar la frase de Mao Tse-tung.  Maquiavelo creía que “todos los profetas armados han triunfado y todos los desarmados han perecido” (capítulo 6). Entonces, Moisés debió haber utilizado armas que la Biblia omitió informar. Y Jesús, el sumo profeta desarmado, pereció: lo crucificaron y no resucitó. Sin embargo, su mensaje conquistó el mundo mediante la propaganda a través de armas intelectuales. Esta fue la guerra que desató Maquiavelo.

El relativismo social también emergió de la filosofía de Maquiavelo.  No reconoció ninguna ley universal por sobre las diferentes sociedades y dado que estas leyes y sociedades se originaron de la fuerza, más que de la moralidad, la moralidad se fundamenta en la inmoralidad.  El argumento es el siguiente: la moralidad sólo puede provenir de la sociedad, dado que no existe un Dios ni una ley moral natural universal dada por Dios.  Todas las sociedades surgieron de alguna revolución o de la violencia; por ejemplo, la sociedad romana, que fue el origen del derecho romano, emergió tras la muerte de Remo a manos de su hermano Rómulo.  La historia de la humanidad comienza cuando Caín mata a Abel.  En consecuencia, la ley se cimienta en la anarquía y la moralidad se cimienta en la inmoralidad.

El argumento es sólo tan fuerte como su primera premisa que — como en el relativismo sociológico que domina la mente de los escritores y lectores de casi todos los libros actuales de sociología – consiste en un ateísmo implícito.

Maquiavelo criticó a los ideales cristianos y clásicos de la caridad con un argumento similar.  Preguntaba: ¿cómo consiguen los bienes que dan? A través de una competencia egoísta.  Todos los bienes se obtienen a expensas de otros: si mi porción de pastel es mucho más grande es porque la de otros es mucho más pequeña.  Así, la generosidad depende del egoísmo.

Este argumento presupone el materialismo porque los bienes espirituales no disminuyen cuando se comparten o se dan y no privamos a otros de tenerlos cuando los adquirimos. Cuanto más dinero consiga, menos dinero tendrán los demás y cuanto más dinero dé, menos voy a tener.  Pero el amor, la verdad, la amistad y la sabiduría aumentan en vez de disminuir cuando los compartimos.  El materialista simplemente no puede ver u ocuparse de esto.

Maquiavelo creía que todos somos intrínsecamente egoístas.  Para él no existe nada como la conciencia innata o el instinto moral.  Entonces el único medio para lograr que las personas se comporten con moralidad es el uso de la fuerza, de hecho una fuerza totalitaria, que obligue a actuar en contra de la propia naturaleza.  Así podemos afirmar que los orígenes del totalitarismo moderno también se remontan a Maquiavelo.

Si el hombre es intrínsecamente egoísta, sólo puede moverse realmente por miedo y no por amor.  Así fue que Maquiavelo escribió: “Es mucho mejor ser temido que amado … [debido a que] los hombres se preocupan menos de hacerle daño a quien se hace amar que a quien se hace temer.  El amor es un vínculo que los hombres, perversos por naturaleza, rompen según su conveniencia, pero el miedo se acrecienta por temor al castigo que siempre es eficaz” (capítulo 17).

Lo más sorprendente de esta filosofía cruel es que conquistó a la mente moderna, si bien atenuando o disimulando sus aspectos más oscuros.  Los sucesores de Maquiavelo moderaron su ataque a la moralidad y a la religión, pero no regresaron a la idea de un Dios personal o de la moralidad objetiva y absoluta como el cimiento de la sociedad.  El reduccionismo de Maquiavelo comenzó a aparecer como una apertura, una liberación.  Simplemente eliminó el piso más alto del edificio de la vida; sin Dios, sólo hombre; sin alma, sólo cuerpo; sin espíritu, sólo materia; sin debería, sólo es.  De todos modos este edificio aplastado parecía (a través de la propaganda) la Torre de Babel. Este confinamiento fue presentado como una liberación de los “encierros” de la moralidad tradicional, como si nos desajustáramos el cinturón.

El diablo no es un personaje de un cuento de hadas; no sólo es un estratega y psicólogo brillante sino que también es absolutamente real.  La línea de argumento de Maquiavelo es una de las mentiras más exitosas de las que el diablo se vale hasta nuestros días.  Todas las veces que somos tentados, el diablo está utilizando esta mentira para hacernos creer que lo malo es bueno y deseable, para hacer que la esclavitud parezca libertad y que “la libertad gloriosa de los hijos de Dios” parezca esclavitud.  Al “padre de las mentiras” no le fascina decir mentiras leves sino, La gran Mentira, que consiste en invertir la Verdad, poniendo debajo lo que debería estar encima.  Y se sale con la suya, a menos que nosotros desenmascaremos a los espías del enemigo.

(2) Los pilares de la falta de fe – Nietzsche

  • PETER KREEFT

Friedrich Nietzsche se autodenominó el “anticristo” y escribió un libro con ese título.

nietzscheSe pronunció a favor del ateísmo de la siguiente manera: “Ahora voy refutar la existencia de los dioses. Si hubiera dioses, ¿como podría yo soportar no ser un dios? En consecuencia, no hay dioses”.

Desdeñaba tanto la razón como la fe, e incluso muchas veces se contradecía a propósito “una burla es mucho más noble que un silogismo” y apelaba a la pasión, al odio retórico e incluso deliberado, más que a la razón.

Consideraba que el amor era “el mayor de los peligros” y que la moralidad era la peor debilidad del género humano. Murió de sífilis, demente y en un asilo: donde firmó su última carta, “El crucificado”. Los Nazis, quienes lo consideraban como su filósofo “semioficial”, lo adoraban.

Sin embargo, las mentes más prominentes de nuestro siglo lo admiran por ser profundo y sabio. ¿Cómo puede ser?

Hay tres escuelas de pensamiento sobre Nietzsche. La más popular entre los académicos es la escuela de los “nietzscheanos moderados”, que sostiene que Nietzsche fue, de hecho, un cordero con piel de lobo; que sus ataques no deben tomarse literalmente y que en realidad era un aliado y no un enemigo de las instituciones y valores occidentales que denunciaba.

Estos pensadores se asemejan a los teólogos que interpretan la frase “nadie va al Padre sino por mí” de Jesús como “todas las religiones son igualmente válidas”, y que creen que “el que se casa con una mujer divorciada, comete adulterio” significa “dejen que sus divorcios sean creativos y razonables”.

En segundo lugar, están los nietzscheanos “radicales”, que al menos le hacen un cumplido a Nietzsche tomándolo en serio. Están representados en el pie de página de un viejo libro católico sobre filosofía moderna, que dice tan solo que Nietzsche existió, que era ateo y que murió demente: un destino que puede esperarse de cualquiera que investigue el contenido de sus libros durante demasiado tiempo.

Una tercera escuela de pensamiento considera que Nietzsche es un lobo y no un cordero, pero también cree que es un pensador importante que le revela a la civilización occidental moderna su propio corazón oscuro y su futuro. Es fácil convertir en chivos expiatorios y señalar con el dedo a “ovejas negras” como Nietzsche y Hitler, pero ¿no es que hay un “Hitler en nosotros mismos” (para citar el título del libro de Max Picard)? ¿No fue Nietzsche quien develó el secreto? ¿Un secreto demoníaco oculto bajo el manto respetable del humanismo secular? Una vez que “Dios haya muerto”, morirá el hombre, la moralidad, el amor, la libertad, la esperanza, la democracia, el alma y a la larga la cordura. Nadie puede demostrarlo de una manera más gráfica que el propio Nietzsche. Es probable que él mismo haya sido responsable (sin la más mínima intención) de muchas conversiones.

Los puntos principales de la filosofía de Nietzsche se pueden resumir citando los títulos de sus principales obras. Cada una de dichas obras es, de un modo u otro, un atentado contra la fe. El núcleo de la filosofía de Nietzsche siempre es el mismo: está tan centrado en Cristo como lo está San Agustín, sólo que su obra gira en torno a Cristo como enemigo.

El primer libro de Nietzsche, El nacimiento de la tragedia en el espíritu de la música, revolucionó por sí solo la visión aceptada de los antiguos griegos de que todo es “dulzura y luz”, razón y orden. Para Nietzsche, los grandes griegos fueron los poetas trágicos, y redujo a los filósofos, comenzando por Sócrates, a una categoría de menor importancia, además de considerarlos sosos y poco apasionados. El mundo occidental siguió a Sócrates y a su racionalismo y moralismo, y negó el otro lado más oscuro del hombre, el trágico.

Nietzsche en cambio exaltó la tragedia, el caos, el desorden y la irracionalidad, simbolizada por el dios Dionisio, el dios del crecimiento y de las orgías de embriaguez. Sostenía que Sócrates logró que el mundo se volcara a la adoración de Apolo, el dios del sol, de la luz, del orden y de la razón. Pero el destino del dios de Nietzsche, Dionisio, pronto lo superaría a él mismo. Del mismo modo que los Titanes, monstruos sobrenaturales del infierno, descuartizaron literalmente a Dionisio, los Titanes que habitaban en su interior partieron al medio la mente de Nietzsche.

“El uso y el abuso de la Historia” continuó con el tema de lo dionisíaco contra lo apolíneo. El “abuso de la historia” es (según Nietzsche) teoría, ciencia, verdad objetiva. La historia debe servir para mejorar la “vida”. Se contraponen la vida y la verdad, el fuego y la luz, Dionisio y Apolo, la voluntad y el intelecto. Vemos aquí que Nietzsche se parte al medio dado que éstas no son más que las dos partes del yo.

Ecce Homo fue un egotismo descarado y pseudo-autobiográfico. A pesar de que en la guerra fue un simple camillero, Nietzsche se autodenomina como “un arrogante y viejo artillero” adorado por todas las mujeres. De hecho, era un viejo solitario que no podía soportar ver sangre, un enano emocional que se pavoneaba como Napoleón. Lo más aterrador es que abrazaba su falsedad y fantasía por voluntad propia. Es coherente con su filosofía o con preferir “cualquier cosa que mejore la vida” antes que la verdad. “¿Por qué no vivir una mentira?”, pregunta.

En La genealogía de la moral sostuvo que la moral es un invento de los débiles (especialmente de los judíos y luego de los cristianos) para socavar a los fuertes. El cordero convence al lobo para que se comporte como un cordero. Esto es antinatural, dice Nietzsche, y si vemos el origen antinatural de la moral en el resentimiento ante la inferioridad, nos liberaremos del poder que ejerce sobre nosotros.

Veía a Cristo precisamente como su principal enemigo y rival.  El espíritu del anticristo nunca recibió una formulación tan completa.  Nietzsche no sólo fue el filósofo favorito de la Alemania nazi, sino que también es el filósofo favorito del infierno.

Más allá del bien y del mal es la moral alternativa o la “nueva moral” de Nietzsche. La “moral del amo” es totalmente diferente a la “moral del siervo”, según Nietzsche. Lo que ordena el amo es bueno por el simple hecho de que él lo ordena. Los débiles corderos tienen una moral de obediencia y conformidad. Los amos tienen el derecho natural de hacer lo que les plazca, dado que, al no haber un Dios, todo está permitido.

El ocaso de los ídolos explora las consecuencias de “la muerte de Dios”. (Por supuesto que Dios nunca vive realmente, sino la fe en Él. Pues bien, ahora está muerta, según Nietzsche). Con Dios mueren todas las verdades objetivas (dado que no existe una mente superior a la nuestra) y junto con ellas los valores objetivos, las leyes y la moral (dado que no existe una voluntad superior a la nuestra). El alma, el libre albedrío, la inmortalidad, la razón, el orden, el amor – todos son “ídolos”, pequeños dioses, que mueren ahora que el gran Dios murió.

¿Cómo se reemplaza a Dios? El mismo ser que reemplazará al hombre: el superhombre. La obra maestra de Nietzsche, Así habló Zaratustra [Thus Spake Zarathustra], es un canto a este nuevo dios.

Nietzsche le dio al Zaratustra el nombre de nueva Biblia y le dijo al mundo “desháganse de todos los demás libros, ahora tienen mi Zaratustra”. Se trata de una retórica tóxica que cautivó a adolescentes por generaciones y generaciones. Se escribió en unos pocos días, tal vez en un arrebato de “escritura automatizada” literalmente inspirada por el demonio. Ningún libro antes escrito contiene tantos arquetipos jungianos, como si se desatara un espectáculo de fuegos artificiales, pero con imágenes del inconsciente.

Su mensaje esencial es la condena del hombre actual como un alfeñique y el anuncio de la próxima especie: el superhombre, que vive según la “moral del amo” en vez de la “moral del siervo”. Dios está muerto, ¡viva el nuevo dios!

Sin embargo, en El Eterno Retorno Nietzsche descubre que todos los dioses mueren, y entre ellos el Superhombre. Creía que la historia se movía necesariamente en un ciclo que repetía infinitas veces todos los eventos del pasado: “No hay nada nuevo bajo el sol”. Nietzsche arribó a esta conclusión desvaída a partir de dos premisas: (1) un cantidad finita de materia y (2) una cantidad infinita de tiempo (dado que no hay creador ni creación). Así, toda combinación posible de partículas elementales, cada palabra posible, ocurre una cantidad infinita de veces, dado el tiempo infinito. Todos, incluso el Superhombre, volverán a ser polvo y evolucionarán como gusanos, simios, hombre y Superhombre, una y otra vez.

En vez de abatirse, como en el Eclesiastés, ante esta nueva historia de desesperación, Nietzsche aprovechó la oportunidad para celebrar la irracionalidad de la historia y el triunfo de la “vida” sobre la lógica. La virtud suprema es el coraje de la voluntad de afirmar esta vida sin sentido, más allá de la razón, sin ningún motivo.

Sin embargo, en la última obra de Nietzsche, La voluntad de poder, la ausencia de un propósito o meta parece demoníaca y refleja el carácter demoníaco de la mente moderna. Sin un Dios, un Cielo, una Verdad y una Bondad absolutas a que aspirar, el sentido de la vida se convierte simplemente en “la voluntad de poder”. El poder se convierte en su propia meta, no en un medio. La vida es como una burbuja, vacía por dentro y por fuera, pero su significado es la autoafirmación, el egotismo, explotar la burbuja y expandir el yo sin sentido en un vacío sin sentido. “Sólo la voluntad” es el consejo de Nietzsche. No importa cuál es tu voluntad ni por qué.

Ahora estamos en condiciones de entender por qué Nietzsche es un pensador de crucial importancia, no a pesar de su demencia, sino debido a ella. Nadie en la historia, excepto el Marqués de Sade posiblemente, ha formulado de una manera tan clara, franca y coherente la alternativa completa al cristianismo.

Las sociedades y filosofías precristianas (o sea las paganas) fueron como vírgenes. Las sociedades y filosofías poscristianas (o sea las modernas) son como divorciadas. Nietzsche no es precristianismo pagano, sino el esencial poscristianismo y anticristianismo modernos. Veía a Cristo precisamente como su principal enemigo y rival. El espíritu del anticristo nunca recibió una formulación tan completa. Nietzsche no sólo fue el filósofo favorito de la Alemania nazi, sino que también es el filósofo favorito del infierno.

Podemos agradecer la estupidez que cometió Satanás al “desenmascararse” en este hombre. Como el nazismo, Nietzsche puede hacernos asustar y ayudarnos a salvar a nuestra civilización e incluso a nuestras almas, apartándolas aterrorizadas antes de que sea demasiado tarde.

(3) Los pilares de la falta de fe – Karl Marx

  • PETER KREEFT

Entre los muchos oponentes de la fe cristiana, el marxismo no es la filosofía más importante, imponente o impresionante de la historia.

marxSin embargo, hasta hace poco, ha sido claramente la más influyente. Si comparamos los mapas mundiales de 1917, 1947 y 1987 veremos de qué manera inexorable este sistema de pensamiento se dispersó para inundar un tercio del mundo en tan sólo dos generaciones – una proeza histórica sólo equiparable con los primeros tiempos del Cristianismo y con el comienzo del Islam.
Diez años atrás, todos los conflictos políticos y militares en el mundo, desde América Central hasta el Medio Oriente, giraron en torno al comunismo versus anticomunismo.

Incluso el fascismo se volvió popular en Europa y todavía sigue siendo una fuerza que debe tenerse en cuenta en América Latina, en gran medida debido a su oposición al “espectro del comunismo”, como lo llama Marx en la primera oración de su “Manifiesto comunista”.

El “Manifiesto” constituyó uno de los momentos clave de la historia. Publicado en 1848, el año de las revoluciones en toda Europa, básicamente se trata, como la Biblia, de una filosofía de la historia, del pasado y del futuro. La historia pasada se reduce a luchas de clases entre el opresor y el oprimido, el amo y el siervo, ya sea el rey contra sus súbditos, el sacerdote contra el parroquiano, el maestro de un oficio contra el aprendiz o incluso el esposo contra la esposa y el padre contra el hijo.

Esta es una visión de la historia aún más cínica que la de Maquiavelo. El amor se niega e ignora por completo y la competencia y la explotación son la ley universal.

No obstante, esto puede cambiar, según Marx, debido a que ahora, por primera vez en la historia, no tenemos tantas clases sino sólo dos – la burguesía (los “ricos” que son los dueños de los medios de producción) y el proletariado (los “pobres” que no son dueños de los medios de producción).

Estos últimos deben venderse a sí mismos y vender su mano de obra a los dueños hasta la revolución comunista, que “eliminará” (eufemismo para “asesinará”) a la burguesía y así abolirá las clases y los conflictos de clases para siempre, instituyendo una era de paz e igualdad. Después de ser completamente cínico respecto del pasado, Marx deviene completamente ingenuo respecto del futuro.

¿Qué hizo que Marx fuera lo que es? ¿Cuáles son los orígenes de este credo?

Marx dio un giro deliberado de 180 grados desde (1) el supernaturalismo y (2) el carácter distintivo de su ascendencia judía para abrazar (1) el ateísmo y (2) el comunismo. El marxismo toma todos los factores estructurales y emocionales más importantes de la religión bíblica y les da una forma secularizada. Marx, como Moisés, es el profeta que libera al pueblo elegido, el proletariado, de la esclavitud del capitalismo llevándolo a la tierra prometida del comunismo a través del Mar Rojo de la sangrienta revolución mundial pasando temporalmente por un período de sufrimiento dedicado al partido, el nuevo sacerdocio.

La revolución es el nuevo “Día de Yahweh”, el día del juicio; los portavoces del partido son los nuevos profetas; y las purgas políticas dentro del partido para mantener la pureza ideológica son los nuevos juicios divinos de los Elegidos y sus líderes sobre la rebeldía. El tono mesiánico del comunismo hace que sea estructural y emocionalmente más parecido a una religión que a cualquier otro sistema, excepto el fascismo.

Podemos afirmar que así como tomó la forma y el espíritu, pero no el contenido, de su herencia religiosa, también hizo lo mismo con su herencia filosófica hegeliana, ¡transformando el “idealismo dialéctico” en “materialismo dialéctico”! “Marx puso a Hegel de cabeza”, como dice el dicho. Marx heredó siete ideas radicales de Hegel:

Monismo: la idea de que todo es uno y que la distinción del sentido común entre materia y espíritu es ilusoria. Para Hegel, la materia fue sólo una forma del espíritu; para Marx, el espíritu fue sólo una forma de la materia.

Panteísmo: la noción de que la distinción entre Creador y creatura, una idea particularmente judía, es falsa. Según Hegel, el mundo es un aspecto de Dios (Hegel era panteísta); según Marx, Dios se reduce al mundo (Marx era ateo).

Historicismo: la idea de que todo cambia, incluso la verdad; de que no hay nada superior a la historia para juzgarlo; y que entonces lo que es verdad en una era es falso en la otra o viceversa. En otras palabras, el tiempo es Dios.

Dialéctica: la idea de que la historia se mueve sólo por conflictos entre fuerzas que se oponen, una “tesis” contra una “antítesis” integrándose en una “síntesis superadora”. Esto se aplica a clases, naciones, instituciones e ideas. El vals de la dialéctica sonará en el salón de bailes de la historia hasta que venga el reino de Dios – que Hegel prácticamente identificaba con el estado Prusiano. Marx lo internacionalizó en el estado comunista mundial.

Determinismo o fatalismo: la idea de que la dialéctica y su resultado son inevitables y necesarios, no libres. El marxismo es una suerte de predestinación calvinista sin un predestinador divino.

Estatismo: ya que no hay verdad o ley eterna o metahistórica, el estado es supremo y no se lo puede criticar. Marx nuevamente internacionalizó el nacionalismo de Hegel.

Militarismo: como no hay una ley natural universal o eterna por encima del estado para juzgar y resolver diferencias entre ellos, la guerra es inevitable y necesaria en la medida que haya estados.

Como muchos otros pensadores antirreligiosos que surgieron a partir de la Revolución francesa, Marx adoptó el secularismo, el ateísmo y el humanismo de la Ilustración del siglo XVIII, junto con su racionalismo y su confianza en la ciencia como potencialmente omnisciente y en la tecnología como potencialmente omnipotente. De nuevo las formas, la sensibilidad y la función de la religión bíblica se transfieren a otro dios y a otra fe, dado que el racionalismo es una fe, no una prueba. La creencia que afirma que la razón humana puede saber todo lo que es real, no puede probarse con la razón misma, y la creencia que sostiene que todo lo que es real puede probarse con un método científico, no puede en sí misma probarse de esa manera.

Una tercera influencia sobre Marx, además del hegelianismo y el racionalismo de la ilustración, fue el reduccionismo económico: la reducción de todo a lo económico. Si Marx estuviera leyendo este análisis, diría que el origen de mis ideas no es la facultad de mi mente de conocer la verdad, sino las estructuras económicas capitalistas de la sociedad que me “produjo”. Marx creía que el pensamiento del hombre está totalmente determinado por la materia; que cada hombre está totalmente determinado por la sociedad; y que la sociedad está totalmente determinada por la economía. Se puede decir que ello invierte la visión tradicional de que la mente gobierna al cuerpo, el hombre gobierna a la sociedad y la sociedad gobierna su economía.

Finalmente, Marx adoptó la idea de propiedad colectiva de los bienes y el medio para producirlos de los pensadores “socialistas utópicos” anteriores. Marx dice que “La teoría del comunismo puede resumirse en una sola frase: abolición de la propiedad privada”. Sin embargo, las únicas sociedades en la historia que lograron practicar el comunismo con éxito fueron los monasterios, los kibbutz, las tribus y las familias (que Marx también quería abolir). Todos los gobiernos comunistas (tales como el de la U.S.S.R.) transfirieron las propiedades al estado y no al pueblo. Se comprobó que la confianza de Marx en que el estado se “desvanecería” de motu propio una vez que hubiera eliminado el capitalismo y colocado al comunismo en su lugar es increíblemente ingenua. Una vez que se confisca el poder, sólo la sabiduría y la santidad podrán liberarlo.

El recurso más profundo del comunismo, especialmente en los países del tercer mundo, no ha sido la voluntad del comunalismo sino la “voluntad del poder”, como lo llama Nietzsche. Nietzsche estudió el corazón del comunismo con más profundidad que Marx.

¿Cómo hace Marx con las objeciones evidentes al comunismo: que suprime la privacidad y la propiedad privada, la individualidad, la libertad, la motivación de trabajar, la educación, el matrimonio, la familia, la cultura, las naciones, la religión y la filosofía? No niega que el comunismo las elimina, sino que dice que el capitalismo ya lo hizo. Por ejemplo, sostiene que “el burgués considera a su mujer como un mero instrumento de producción”. Respecto de los temas más sensibles e importantes, familia y religión, ofrece una retórica más que una lógica, por ejemplo: “Esas declamaciones burguesas sobre la familia y la educación, sobre la intimidad de las relaciones entre padres e hijos, son tanto más repugnantes…”. Y he aquí la “respuesta” a las objeciones religiosas y filosóficas: “Las acusaciones que se hacen contra el comunismo, desde el punto de vista religioso-filosófico e ideológico en general no merecen un examen serio”.

La refutación más simple del marxismo es que su materialismo se contradice a sí mismo. Si las ideas no son nada más que el producto de fuerzas materiales y económicas, tales como autos o zapatos, entonces las ideas comunistas también lo son. Si ninguna de nuestras ideas queda determinada por llegar a entender mejor la verdad, sino por los movimientos necesarios de la materia, si no podemos evitar que nuestras lenguas se muevan, podemos decir que los pensamientos de Marx no son más ciertos que los pensamientos de Moisés. Así pues, atacar las bases del pensamiento es atacar su propio ataque.

Marx lo puede ver y lo admite. Reinterpreta a las palabras como armas, y no como verdades. Las funciones de las palabras del “Manifiesto” (y en última instancia, incluso de la “Capital” más extensa y más pseudocientífica) no consisten en probar lo que es verdad sino en alentar la revolución. “Los filósofos sólo interpretaron el mundo; lo único que hay que hacer es transformarlo”.

Marx es básicamente un pragmático, pero incluso en este nivel pragmático hay una auto-contradicción. El “Manifiesto” termina con este famoso llamamiento: “Los comunistas, no tienen por qué encubrir sus ideas e intenciones. Abiertamente declaran, que sus objetivos sólo pueden alcanzarse, derrocando por la violencia todo el orden social existente. Tiemblen si quieren las clases gobernantes, ante la perspectiva de una revolución comunista. Con ella, los proletarios no tienen nada que perder, salvo sus cadenas. Por el contrario, tienen todo un mundo entero que ganar. ¡Proletarios de todos los países, uníos!”. Pero este llamamiento es, siguiendo la lógica de Marx, innecesario dado que niega el libre albedrío y que, según él, todo está predestinado; la revolución es “inevitable”, no importa si quiero unirme o no. No puede apelarse al libre albedrio y al mismo tiempo negarlo.

Hay fuertes objeciones prácticas al comunismo además de estas dos objeciones filosóficas. Por un lado, sus predicciones no funcionaron. La revolución no tuvo lugar cuando y donde el marxismo lo predijo. El capitalismo no desapareció como así tampoco el estado, la familia ni la religión. Por último, el comunismo no trajo aparejada satisfacción ni igualdad en ningún lugar en que haya ganado poder.

Todo lo que Marx pudo hacer es jugar a ser Moisés y hacer que los tontos regresaran a la esclavitud de Egipto (mundanalidad). El verdadero Liberador está esperando tras bastidores al bufón que ahora “se oscurece y se impacienta el tiempo que le toca estar en el tablado” (NDT: Tomado de la quinta escena de Macbeth de Shakespeare) para llevar a sus tontos seguidores “a la polvorienta muerte” (idem) el único tema que los filósofos marxistas se niegan a enfrentar.

(4) Los pilares de la falta de fe – Kant

  • PETER KREEFT

Muy pocos filósofos en la historia han sido tan complicados y difíciles de leer como Immanuel Kant. Muy pocos, también, han tenido un impacto tan devastador en el pensamiento humano.

kantSe dice que el fiel sirviente de Kant, Lumppe, leyó todas las obras publicadas por su amo. Sin embargo, cuando Kant publicó su trabajo más importante, “Crítica de la razón pura”, Lumppe comenzó a leerlo, pero no lo terminó porque, según dijo, de haberlo leído hasta el final hubiera quedado internado en un psiquiátrico. Desde entonces, muchos estudiantes hicieron eco de sus sentimientos.

Así pues, este profesor abstracto, que escribía en un estilo abstracto acerca de temas abstractos es, según mi parecer, la fuente primaria de la idea que hoy en día pone en peligro la fe (y así a las almas) más que cualquier otra: la idea de que la verdad es subjetiva.

Los simples habitantes de su ciudad natal, Konigsburg, en Alemania, donde vivió y escribió durante la última mitad del siglo XVIII, lo entendieron mejor que los pensadores profesionales, ya que lo apodaron Kant “El Destructor” y le ponían su nombre a los perros.

Era un hombre cordial, dulce y piadoso, tan puntual que sus vecinos ajustaban la hora de los relojes según su caminata diaria. La intención básica de su filosofía fue noble: restituir la dignidad humana en medio de un mundo escéptico que adoraba a la ciencia.

Su propósito se entiende a través de una simple anécdota. Kant asistió a la conferencia de un astrónomo materialista que hablaba sobre el lugar del hombre en el universo. El astrónomo concluyó su conferencia con la siguiente frase: “Entonces verán que, hablando en términos astronómicos, el hombre es completamente insignificante”. Kant le contestó: “Profesor, olvidó lo más importante, el hombre es el astrónomo”.

Kant impulsó, más que cualquier otro pensador, el giro típicamente moderno de lo objetivo a lo subjetivo. Esto puede parecer bueno hasta que caemos en la cuenta de que para él se trató de la redefinición de la verdad misma como subjetiva. Por cierto, las consecuencias de esta idea han sido catastróficas.

Si conversamos sobre nuestra fe con no creyentes, sabemos por experiencia que el obstáculo más común en estos días no radica en una dificultad a nivel de comprensión intelectual, como por ejemplo el problema del mal o el dogma de la Trinidad, sino en suponer que la religión no puede en ningún caso tratarse de hechos o de una verdad objetiva. Todo intento de convencer a otra persona de que nuestra fe es verdadera -objetivamente verdadera, verdadera para todos- se traduce en una arrogancia inconcebible.

Según esta mentalidad la religión debe ocuparse de la práctica, no de la teoría; de valores, no hechos; de algo subjetivo y privado, no de algo objetivo y público. El dogma es un “extra” y un “extra” perjudicial porque fomenta el dogmatismo. La religión, en resumen, equivale a ética. Teniendo en cuenta que la ética cristiana es muy similar a la ética de la mayoría de las religiones, no importa si eres cristiano o no; lo único que importa es si eres una “buena persona”. (Las personas que creen esto también suelen creer que casi todas las personas, excepto Adolfo Hitler y Charles Manson, son “buenas personas”).

Kant es sumamente responsable de esta forma de pensar. Ayudó a enterrar la síntesis medieval entre fe y razón. Describió su filosofía como un “limitar las pretensiones de la razón para dar lugar a la fe”: como si fe y razón fueran enemigos y no aliados. En Kant, se concreta el divorcio entre fe y razón de Lutero.

Kant pensaba que la religión nunca podría ser una cuestión de razón, evidencia o argumento, como así tampoco una cuestión de conocimiento, sino más bien de sentimiento, intención y actitud. Este supuesto ejerció una profunda influencia en la mente de la mayoría de los educadores religiosos (por ejemplo, los escritores del catecismo y los departamentos de teología) de nuestros días, quienes han quitado su atención de los fundamentos básicos de la fe y de los hechos objetivos narrados en las Sagradas Escrituras y resumidos en el Credo de los Apóstoles. Divorciaron la fe de la razón y la casaron con la psicología popular, porque han aceptado la filosofía de Kant.

“Dos cosas me llenan de asombro”, confesó Kant, “el cielo estrellado sobre mí y la ley moral dentro de mí”. Lo que maravilla al hombre es lo que llena su corazón y dirige su pensamiento. Es necesario destacar que Kant se maravilla sólo de dos cosas: que no son Dios, ni Cristo, ni la Creación, ni la Encarnación, ni la Resurrección o el Juicio, sino “el cielo estrellado sobre mí y la ley moral dentro del mí”. “El cielo estrellado sobre mí” es el universo físico como lo conoce la ciencia moderna. Kant relega todo lo demás a la subjetividad. La ley moral no se encuentra “fuera” sino “dentro”, no es objetiva sino subjetiva, no se trata de una ley natural de aciertos y errores objetivos que proviene de Dios sino de una ley hecha por el hombre que decidimos acatar. (Pero si la acatamos porque lo decidimos, ¿estamos realmente obligados?). La moral es una cuestión de intención subjetiva únicamente que no tiene un contenido que la fundamente, salvo la regla de oro (el “imperativo categórico” de Kant).

Kant señala que si la ley proviene de Dios más que del hombre, entonces el hombre no sería libre en el sentido de ser autónomo. Esto es verdad… luego Kant continúa sosteniendo que el hombre debe ser autónomo, entonces la ley moral no proviene de Dios sino del hombre. La Iglesia argumenta desde la misma premisa que la ley moral en realidad proviene de Dios y que entonces el hombre no es autónomo. El hombre es libre de elegir si obedece o desobedece la ley moral, pero no es libre de crear la ley misma.

Si bien Kant se consideraba cristiano, negaba explícitamente que pudiéramos saber que realmente existe (1) Dios, (2) el libre albedrío y (3) la inmoralidad. Decía que debemos vivir como si estas tres ideas fueran ciertas porque si creemos en ellas tomaremos la moral en serio y si no, no lo haríamos. Esta justificación de creer por razones puramente prácticas es un terrible error. Kant no cree en Dios porque sea cierto sino que porque le es útil. ¿Entonces por qué no creer en Santa Claus? Si yo fuera Dios, favorecería más a un ateo honesto que a un creyente deshonesto y Kant, para mí, es un creyente deshonesto porque existe una sola razón honesta para creer en algo: porque es verdadero.

Quienes quisieron vender la fe cristiana con un sentido kantiano, como un “sistema de valor” más que como una verdad, han fracasado por generaciones de generaciones. Con tantos “sistemas de valor” competitivos en el mercado, ¿por qué deberíamos preferir la variación católica a otras más simples con menos bagaje teológico u otras más sencillas que tienen menos exigencias morales inconvenientes?

Puede decirse que Kant se rindió, en realidad, retirándose del campo de batalla de los hechos. Creyó en el gran mito del siglo XVIII, la “Ilustración” (¡qué nombre irónico!): que la ciencia newtoniana estaba aquí para quedarse y que el cristianismo debía encontrar, para sobrevivir, un nuevo lugar en el paisaje mental diseñado por la ciencia. El único lugar que quedaba era la subjetividad.

Ello significó ignorar o interpretar como mito las afirmaciones sobrenaturales y milagrosas del cristianismo tradicional. La estrategia de Kant fue esencialmente la misma que la de Rudolf Bultmann, el padre de la “desmitologización” y el hombre que podría ser el primer responsable de que más estudiantes universitarios católicos perdieran su fe. Muchos profesores de teología son seguidores de sus teorías de crítica que reducen a meros “mitos” e “interpretaciones piadosas” las narraciones de los testigos que presenciaron los milagros escritos en la Biblia.

Bultmann dijo lo siguiente acerca del supuesto conflicto entre fe y ciencia: “La visión del mundo científico está aquí para quedarse y reafirmará su derecho contra toda teología, por imponente que sea, que entre en conflicto con ella”. Resulta irónico que la misma “visión científica del mundo” de la física newtoniana que Kant y Bultmann aceptaron como absoluta e inalterable, ¡ha sido hoy en día casi universalmente rechazada por los mismos científicos!

La pregunta básica de Kant fue: ¿cómo podemos conocer la verdad? En las primeras etapas de su vida, aceptó la respuesta del racionalismo, que afirma que conocemos la verdad por el intelecto, más que por los sentidos, y que el intelecto posee sus propias “ideas innatas”. Luego, leyó al empirista David Hume, quien, según dijo Kant, “me despertó del sueño dogmático”. Como otros empiristas, Hume creía que sólo podemos conocer la verdad a través de los sentidos y que no tenemos “ideas innatas”. Sin embargo, las premisas de Hume lo llevaron a la conclusión del escepticismo, es decir, la negación de que alguna vez podamos conocer la verdad con certeza. Kant consideraba que tanto el “dogmatismo” del racionalismo como el escepticismo del empirismo eran inaceptables y buscó una tercera vía.

Existía una tercera teoría desde los tiempos de Aristóteles, que era la filosofía del sentido común del realismo. Según el realismo, podemos conocer la verdad tanto a través del intelecto como de los sentidos, sólo si éstos trabajan adecuadamente y en tándem, como las dos cuchillas de una tijera. En vez de volver al realismo tradicional, Kant inventó una nueva teoría completa del conocimiento, denominada en general idealismo. La llamó su “revolución copernicana en la filosofía” y también se la designa con un término más sencillo: subjetivismo. El subjetivismo consiste en redefinir la verdad misma como subjetiva, no objetiva.

Todos los filósofos anteriores asumieron que la verdad era objetiva. Es simplemente lo que, desde nuestro sentido común, queremos decir con la “verdad”: conocer lo que realmente es, ajustando la mente a la realidad objetiva. Algunos filósofos (los racionalistas) pensaban que podíamos alcanzar este objetivo sólo a través de la razón. Los primeros empiristas (como Locke) pensaban que podían conseguirlo a través de la sensación. Hume, el empirista escéptico que apareció más tarde, pensaba que nunca podríamos alcanzarlo con certeza. Kant negaba el supuesto común a las tres filosofías en competencia, es decir, que deberíamos alcanzarlo, y que la verdad significa conformidad con la realidad objetiva. “La revolución copernicana” de Kant redefine a la verdad misma como la realidad ajustándose a las ideas. “Hasta ahora se ha asumido que todo nuestro conocimiento debe ajustarse a los objetos… puede avanzarse mucho más si asumimos la hipótesis contraria de que los objetos del conocimiento deben ajustarse a nuestro pensamiento”.

Kant sostenía que todo nuestro conocimiento es subjetivo. Ahora bien, ¿ese conocimiento es subjetivo? Si lo fuera, entonces el conocimiento de ese hecho también es subjetivo, etcétera, y quedaríamos reducidos a un salón de espejos infinitos. La filosofía de Kant es una filosofía perfecta para el infierno. Puede que los condenados piensen que en realidad no están en el infierno, que todo está en su mente. Y tal vez así sea; quizás eso es el infierno.

(5) Los pilares de la falta de fe – Sigmund Freud

  • PETER KREEFT

Freud fue el Colón de la psique. Ningún psicólogo vivo escapa de su influencia.

freudSin embargo, junto con los destellos de genialidad, en sus escritos nos encontramos con las ideas más extrañas y retorcidas: por ejemplo, que las madres acunan a sus bebés sólo para sustituir sus deseos de tener relaciones sexuales con ellos.

La enseñanza más influyente de Sigmund Freud fue su reduccionismo sexual. Como ateo, Freud reduce a Dios a un sueño del hombre. Como materialista, reduce al hombre a su cuerpo, el cuerpo humano al deseo animal, el deseo al deseo sexual y el deseo sexual al sexo genital. Todas ellas son simplificaciones excesivas.

Freud fue un científico y en cierto modo un gran científico, pero sucumbió a un riesgo ocupacional: el deseo de reducir lo complejo a lo controlable. Quería hacer de la psicología una ciencia, incluso una ciencia exacta. Sin embargo, ello es imposible ya que su objeto, el hombre, no es sólo un objeto sino que también un sujeto, un “yo”.

En los cimientos de la “revolución sexual” de nuestro siglo hay una demanda de satisfacción y una confusión entre lo que necesitamos y lo que deseamos. Todos los seres humanos normales tienen apetitos o deseos sexuales, pero es absolutamente falso, como sostiene Freud constantemente, que ellos sean necesidades o derechos; que no puede esperarse que nadie viva sin satisfacerlos; o que suprimirlos es psicológicamente enfermo.

Esta confusión entre necesidades y deseos surge de la negación de los valores objetivos y de una ley moral natural objetiva. Nadie provocó más estragos en esta área crucial que Freud, especialmente en lo que hace a la moral de la sexualidad. El ataque moderno al matrimonio y a la familia, para el que Freud sentó las bases, hizo más daño que cualquier otra guerra o revolución política. ¿De qué otro lugar podemos aprender la lección más importante de la vida — el amor generoso — si no en las familias estables que lo predican con la práctica?

No obstante, con todos sus defectos, Freud todavía sigue en el podio de las psicologías que lo reemplazaron en la cultura popular. A pesar de su materialismo, explora algunos de los misterios más profundos del alma. Tiene un gran sentido de la tragedia, el sufrimiento y la desdicha. Los ateos honestos suelen ser infelices, mientras que los ateos deshonestos son felices. Freud fue un ateo honesto.

No cabe duda de que su honestidad fue la que hizo que fuera un buen científico. Consideraba que el mero acto de sacar represiones o miedos de la oscuridad oculta del inconsciente hacia la luz de la razón nos liberaría de su poder sobre nosotros. Se trataba de la creencia de que la verdad es más poderosa que la ilusión y que la luz es más poderosa que la oscuridad. Desgraciadamente, Freud clasificó a toda religión como la ilusión más fundamental del género humano y al cientificismo materialista como su única luz.

Deberíamos distinguir claramente tres dimensiones diferentes en Freud. Primero, como el inventor de la técnica práctica y terapéutica del psicoanálisis, es un genio y todos los psicólogos están en deuda con él. Del mismo modo que es posible que filósofos cristianos, como San Agustín o Santo Tomás de Aquino, utilicen las categorías de filósofos no cristianos como Platón y Aristóteles, es posible que un psiquiatra cristiano se valga de las técnicas de Freud sin estar de acuerdo con su forma de entender la religión.

Segundo, como psicólogo teórico, Freud se parece a Colón en cuanto que fue el primero en trazar el mapa de nuevos continentes, pero también cometiendo errores graves. Algunos de ellos son excusables, como los de Colón, debido a la novedad del territorio. Pero otros son prejuicios implícitos, tales como la reducción de toda culpa a un sentimiento patológico o el no ser capaz de comprender que la fe en Dios pueda tener algo que ver con el amor.

Tercero, como filósofo y pensador religioso, Freud es un completo amateur y poco más que un adolescente. Veamos estos puntos uno por uno.

No hay dudas de que el trabajo más importante de Freud es “La interpretación de los sueños”. La investigación de los sueños como una copia del subconsciente parece obvia hoy en día. Sin embargo, para los contemporáneos de Freud fue una absoluta novedad. Su error no consistió en poner demasiado énfasis en las fuerzas del subconsciente que nos mueven, sino en poner poco énfasis en su profundidad y complejidad, del mismo modo que el explorador de un nuevo continente podría confundirlo con una isla de gran tamaño.

Freud descubrió que podía ayudar a los pacientes histéricos que parecían no tener motivo racional para sus trastornos con lo que él llamó la “cura del habla”, valiéndose de la “asociación libre” y prestando atención a los “actos fallidos” como pistas del subconsciente. En pocas palabras, esta técnica funcionó a pesar de las deficiencias en la teoría que la respaldaba.

Desde el punto de vista de la teoría psicológica, Freud dividió la psique entre id (ello), ego (yo) y superego (superyó). A simple vista, esto parece ser bastante similar a la división tradicional y comúnmente aceptada de apetito, deseo e intelecto (y conciencia) que comenzó con Platón. Sin embargo, aparecen diferencias cruciales.

Primero, el “superyó” de Freud no es el intelecto o la conciencia, sino que es la presencia no libre y pasiva de las restricciones sociales sobre los deseos individuales en la psiqué de cada persona: son los “no se debe”. Lo que creemos que es nuestra propia comprensión del bien y mal verdadero es sólo un espejo de leyes sociales hechas por el hombre, según Freud.

Segundo, el “yo” no es el libre albedrío, sino más bien una mera fachada. Freud negó la existencia del libre albedrio, fue determinista y veía al hombre como un complejo animal-máquina.

Finalmente, el “id” (“ello”) es el único verdadero yo, según Freud, y está compuesto simplemente de deseos animales. Es impersonal; de allí su nombre “ello”. De este modo Freud niega la existencia de una verdadera personalidad, del yo individual. Del mismo modo que niega a Dios (“Yo Soy”) así también niega la imagen de Dios, el “yo” humano.

Las ideas filosóficas de Freud se expresan con toda franqueza en sus dos obras antirreligiosas más famosas, “Moisés y la religión monoteísta” y “El porvenir de una ilusión”. Como Marx, rechazaba todo tipo de religión por ser infantil sin evaluar seriamente sus afirmaciones y argumentos. Sin embargo, planteó una explicación detallada del supuesto origen de esta “ilusión”, que básicamente consta de cuatro partes: ignorancia, miedo, fantasía y culpa.

En lo que respecta a la ignorancia, la religión consiste en adivinar, a través del conocimiento pre-científico, cómo funciona la naturaleza: si hay un trueno, debe haber un Tronante, un Zeus. En cuanto al miedo, la religión es nuestra invención de un sustituto celestial para nuestro padre terrenal cuando muere, envejece, se va o hace que sus hijos salgan de la seguridad del hogar hacia el temible mundo de la responsabilidad. Como fantasía, Dios es el producto de la realización del deseo de que exista una fuerza providencial todopoderosa detrás de las apariencias horriblemente impersonales de la vida. Por último, como culpa, Dios es quien garantiza la conducta moral.

La explicación de Freud del origen de la culpa es el punto más débil de su teoría. Se remonta a la historia de que una vez, mucho tiempo atrás, un hombre mató a su padre, el jefe de una gran tribu. Desde entonces, ese asesinato primario persiguió a la memoria subconsciente del género humano. Sin embargo esta explicación no fundamenta la aparición de la culpa: ¿por qué sintió culpa ese primer asesino? La pregunta queda sin respuesta.

La obra más filosófica de Freud fue la última, “La civilización y sus descontentos”, en la que planteó la cuestión tan importante del summum bonum (sumo bien), el significado de la vida y la felicidad humana. Llegó a la misma conclusión que el Eclesiastés, que no puede alcanzarse. De hecho dice “vanidad de vanidades, todo es vanidad”. En cambio, prometió movilizarnos a través de una psicoterapia exitosa, “de una inmanejable desdicha a una desdicha manejable”.

Uno de los motivos de su pesimismo fue su creencia de que existe una contradicción inherente en la condición humana; a esto se refiere el título de su obra, “La civilización y sus descontentos”. Por una parte, somos animales que buscan placer, motivados únicamente por el “principio del placer”. Por otro lado, necesitamos el orden de la civilización para salvarnos del dolor del caos, pero las restricciones de la civilización coartan nuestros deseos. Entonces, la misma cosa que inventamos como un medio para nuestra felicidad se convierte en un obstáculo.

Hacia el final de su vida, el pensamiento de Freud se tornó aún más oscuro y más misterioso cuando descubrió el thanatos, el deseo de la muerte. El principio del placer nos lleva hacia dos direcciones opuestas: el eros y el thanatos. El eros nos lleva hacia adelante, a la vida, al amor, al futuro y a la esperanza. El thanatos nos lleva de regreso al vientre materno, al lugar en donde estamos solos y no sentimos dolor.

Nos molestan la vida y nuestras madres por habernos traído al dolor. Este odio a la madre corre en paralelo con el famoso “complejo de Edipo” o el deseo subconsciente de matar a nuestro padre para casarnos con nuestra madre: que es una perfecta explicación del propio ateísmo de Freud, ofenderse con Dios Padre para casarse con lo terrenal.

Hacia el final de la vida de Freud, Hitler llegaba al poder. Freud pudo ver, proféticamente, el poder del deseo de la muerte en el mundo moderno y no estaba seguro de cuál de estas dos “fuerzas celestiales”, como él las llamaba, se impondría. Murió ateo, pero casi místico. Tenía suficiente de pagano dentro suyo para ofrecer algunas visiones profundas mezcladas en general con puntos ciegos escandalosos. Esto nos trae a la memoria la descripción que C.S. Lewis hace de la mitología pagana: “destellos de vigor celestial y belleza cayendo en una jungla de suciedad e imbecilidad”.

Lo que hace que Freud supere por mucho a Marx y al humanismo secular es su comprensión del demonio en el hombre, de la dimensión trágica de la vida y de nuestra necesidad de salvarnos. Lamentablemente, consideraba al judaísmo que rechazó y al cristianismo que desdeñó como cuentos de hadas, demasiado buenos para ser ciertos. Su sentido trágico estaba arraigado en la separación drástica entre la verdad y el bien, “el principio de realidad” y la felicidad.

Sólo Dios puede unirlos en la cima.

(6) Los pilares de la falta de fe – Sartre

  • PETER KREEFT

Es posible que Jean-Paul Sartre sea el ateo más famoso del siglo XX. Como tal, reúne todos los requisitos para estar incluido en cualquier lista de “pilares de la falta de fe”.

sartreSin embargo, seguramente logró muchas más conversiones que aquellos que “miraban la fe de costado” en comparación con la mayoría de los apologetas cristianos, ya que Sartre hizo del ateísmo una experiencia casi insoportable, tan demandante, que muy pocos pudieron aguantarla.

Los ateos cómodos que lo leyeron se convirtieron en ateos incómodos y el ateísmo incómodo es un gran paso para acercarse más a Dios. En sus propias palabras, “El existencialismo no es otra cosa que un esfuerzo por extraer todas las consecuencias de una postura atea coherente”. Deberíamos estarle agradecidos por esto.

Sartre llamó “existencialismo” a su filosofía basada en la tesis de que la “existencia precede a la esencia”. Esto significa concretamente que “el hombre no es otra cosa que lo que él se hace”. Como no existe un Dios para diseñar al hombre, el hombre no tiene ningún molde, no tiene esencia. Su esencia o naturaleza no proviene de Dios como su Creador, sino de su propia elección libre.

Aquí se advierte una intuición profunda, aunque es inmediatamente subvertida. La intuición consiste en comprender que el hombre determina quién será por sus elecciones libres. Dios es quien crea todo lo que es el hombre y éste es quien moldea su propia y única individualidad. Dios da origen a nuestro qué, pero nosotros formamos nuestro quién. Dios nos da la dignidad de estar presentes en nuestra propia creación o co-creación. Nos asocia consigo mismo en la tarea de co-crearnos a nosotros mismos. Sólo crea la materia prima objetiva, a través de la herencia genética y del ambiente. Cada uno le dará la forma final a su propia individualidad a través de sus elecciones libres.

Lamentablemente, esta libertad de autodeterminarse que Sartre descubrió en el hombre, lo llevó a sostener que Dios no existe, porque, de haber un Dios, el hombre quedaría reducido a un mero artefacto Suyo y por ende no sería libre. Es una constante en su pensamiento la afirmación de que la libertad y la dignidad humanas suponen necesariamente el ateísmo. Su actitud es parecida a la de un vaquero en un western diciéndole a Dios, como si fuera su enemigo: “Este pueblo no es lo suficientemente grande para ti y para mí. Uno de los dos tiene que irse”.

De este modo, la legítima preocupación de Sartre por la libertad humana y su comprensión acerca de cómo esta hace a las personas esencialmente diferentes, a partir de cosas que apenas lo son, lo llevaron al ateísmo porque (1) confunde libertad con independencia, y porque (2) el único Dios que él puede concebir es uno que nos quitaría la libertad humana, en vez de crearla y mantenerla: una suerte de fascista cósmico. Además, (3) Sartre comete el error adolescente de equiparar libertad y rebelión. Dice que la libertad es sólo “la libertad de decir que no”.

Sin embargo, esta no es la única libertad, también existe la libertad de decir que sí. Sartre piensa que comprometemos nuestra libertad cuando decimos que sí, cuando optamos por afirmar los valores que nos han enseñado nuestros padres, la sociedad o la Iglesia. Entonces, lo que Sartre quiere decir por libertad es muy parecido a lo que los beatniks de los años 50 y los hippies de los años 60 llamaron “hacer tu vida” y lo que la generación del yo (“ME Generation”) de los 70 llamó “cuidarse a sí mismo en primer lugar”.

Otro concepto que Sartre toma en serio, pero del que hace mal uso, es la idea de la responsabilidad. Piensa que creer en Dios comprometería necesariamente la responsabilidad humana porque entonces culparíamos a Dios más que a nosotros mismos de lo que somos. Ello no es así. Ni mi Padre del Cielo ni mi padre terrenal son responsables de mis elecciones o del carácter que voy modelando a través de dichas elecciones; yo soy el responsable. Además, esta teoría de la responsabilidad llevaría necesariamente a negar no sólo la existencia del Padre Celestial sino también la del padre terreno.

Sartre es sumamente consciente del mal y de la perversidad humana. Dice “Hemos aprendido a tomar al mal en serio… El mal no es una apariencia… Conocer sus causas no acaba con él. El mal no puede redimirse”.

Sin embargo, también dice que al no existir Dios y siendo en consecuencia nosotros mismos los que creamos nuestros propios valores y leyes, en realidad no existe ningún mal: “Elegir ser esto o aquello es afirmar al mismo tiempo el valor de lo que elegimos, por eso nunca podemos elegir mal”. De este modo Sartre por un lado le da mucho realismo al mal (“El mal no puede redimirse”) y por otro lado le da demasiado poco (“nunca podemos elegir mal”).

El ateísmo de Sartre no dice simplemente que Dios no existe, sino que la existencia de Dios es imposible. Al menos le rinde una suerte de homenaje a la noción bíblica de Dios como “Yo Soy”, llamándola la idea más auto-contradictoria que jamás haya imaginado, “la síntesis imposible” del ser por sí mismo (personalidad subjetiva, el “Yo”) con el ser en sí (perfección objetiva eterna, el “Soy”).

Dios significa la persona perfecta y esto para Sartre es una contradicción. Cosas o ideas perfectas, tales como la Justicia o la Verdad, son posibles; y las personas imperfectas, como Zeus o Apolo, son posibles. Pero la persona perfecta es imposible. Zeus es posible, pero no real. Dios es único entre los dioses: no sólo es irreal sino que también es imposible.

Dado que Dios es imposible y considerando que Dios es amor, el amor es imposible. Lo más escandaloso en Sartre es probablemente su negación de la posibilidad de un amor genuino y altruista. La mayoría de los ateos sustituyen a Dios con el amor humano, como aquello en lo que pueden creer, pero Sartre sostiene que el amor es imposible. ¿Por qué?

Porque si no hay Dios, cada individuo es Dios. Pero sólo puede haber un único Dios absoluto. De este modo, todas las relaciones interpersonales son fundamentalmente relaciones de rivalidad. En esta premisa, Sartre se hace eco de Maquiavelo. Cada uno de nosotros juega necesariamente a ser un Dios para el otro; cada uno de nosotros, como el autor del juego de su propia vida, reduce forzosamente a los demás a personajes del teatro de su propia vida.

Hay una pequeña palabra que la gente común cree que denota algo real y que los enamorados creen que denota algo mágico. Sartre cree que denota algo imposible e ilusorio. Es la palabra “nosotros”. No puede existir un “sujeto nosotros”, comunidad ni amor desinteresado si siempre estamos intentando ser Dios, el único sujeto Yo que existe.

La obra más famosa de Sartre, “A puerta cerrada”, coloca a tres hombres muertos en una habitación y observa cómo cada uno de ellos se convierte en un infierno para los otros simplemente jugando a ser Dios entre ellos: no en el sentido de ejercer un poder externo, sino simplemente cosificando a los otros, conociéndolos como objetos. La lección más horrible de la obra es que “el infierno son los otros”.

Hay que tener una mente profunda para decir algo tan profundamente falso. La verdad es que el infierno es precisamente la ausencia de otras personas, tanto humanas como divinas. El infierno es la soledad absoluta. El Cielo son los otros, porque es el lugar en el que se encuentra Dios, y Dios es la Santísima Trinidad. Dios es amor, Dios “son los otros”.

La tenaz honestidad de Sartre lo hace casi atractivo, a pesar de sus conclusiones repelentes, como la falta de sentido de la vida, la arbitrariedad de los valores y la imposibilidad del amor. Sin embargo, su honestidad, independientemente de la fuerza con que se haya arraigado en su carácter, se transformó en trivial y sin sentido debido a esta negación de Dios y por ende de la Verdad objetiva. Si no hay una mente divina, tampoco hay verdad, excepto la verdad que cada uno hace de sí mismo. Entonces, si no hay otra cosa que me haga ser honesto excepto yo mismo, ¿qué significado tiene la honestidad?

No obstante, no podemos evitar emitir un veredicto mixto sobre Sartre ni estar satisfechos con sus conceptos tan repelentes, ya que emanan de su coherencia. Nos muestra la verdadera cara del ateísmo: el absurdo (empleando un término abstracto) y la náusea (la imagen concreta que utiliza y el título de la primera y mejor de sus obras).

“La náusea” es la historia de un hombre que, después de una búsqueda ardua, se encuentra con la terrible verdad de que la vida no tiene sentido, que es simplemente un exceso nauseabundo, como el vómito o el excremento. (Sartre tiende a emplear imágenes obscenas adrede porque siente que la vida misma es obscena).

No podemos evitar estar de acuerdo con William Barret cuando dice que “a los que estén dispuestos a valerse de esta [náusea] como una excusa para echar por tierra toda la filosofía sartriana, podemos decirles que es mejor encontrar nuestra propia existencia en el asco que nunca encontrarla”.

En otras palabras, la importancia de Sartre es como la del Eclesiastés: hace la más importante de todas las preguntas, con coraje y sin vacilar, y podemos admirarlo por eso. Lamentablemente, también da la peor respuesta posible, tal como lo hizo el Eclesiastés: “Vanidad de vanidades, todo es vanidad”.

Sólo podemos tenerle lástima por eso y junto a él a los muchos otros ateos que son lo suficientemente lúcidos como para ver, tal como él lo hizo, que “sin Dios todo está permitido”, pero nada tiene sentido.

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Agradecimiento

Kreeft, Peter. “The Pillars of Unbelief” The National Catholic Register, (enero – febrero de 1988).

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