Filosofía y educación

Generosidad

por DONALD DEMARCO

No es la generosidad sino la codicia lo que nos empobrece.

motherofgodHacer un regalo a otra persona está en la naturaleza del dar. En rigor, uno no puede hacerse un regalo a sí mismo. El mejor regalo que podemos hacerle a otro es nosotros mismos.

Si nos damos de esa manera se optimiza la virtud de la generosidad. El ejemplo perfecto de generosidad es Dios, el Creador. Por su generosidad, crea al hombre a su imagen. Para los cristianos, el regalo que nos hizo Dios de sí mismo a través de Cristo representa la forma suprema de generosidad y sirve de modelo para la generosidad humana.

Como Dios crea – o genera – al hombre a su imagen como fruto de su propia generosidad, se implanta en la profundidad del ser del hombre un impulso dinámico hacia la generosidad. En consecuencia, vivir con autenticidad significa dar con generosidad. Entonces, personalidad y generosidad son prácticamente sinónimos. Vivir auténticamente significa darse uno mismo con generosidad. El gran filósofo tomista, Jacques Maritain, recalcó esta unificación de personalidad y generosidad cuando escribió: “¿Acaso no admiramos a los héroes y santos como hombres que alcanzaron los niveles más elevados tanto en personalidad como en generosidad?”
Hay que dar

Cuando una persona está conectada con su interior, se da cuenta de que en el centro mismo de su persona, en forma simultánea con su existencia, hay un impulso hacia la generosidad. Ser es dar; sentirse realizado es haber dado con generosidad. El sentido mismo de la vida no puede separarse de la generosidad.

Todos reconocen que la generosidad es más admirable que la codicia, y más hermosa, más original, más auténtica, más humana… El hecho de que la codicia sea tan común indica que los seres humanos pueden separarse de sí mismos mientras intentan vivir una vida que les es ajena.

Desde los tiempos de Sócrates, los filósofos han estado reiterando la importancia esencial de distinguir entre el orden de ser y de tener. Martin Buber escribió unas bellas palabras acerca de la relación “yo-tú” que cultiva nuestro ser, o nuestra humanidad, y la relación “yo-ello” que nos permite tener las cosas que necesitamos para vivir. Sin “yo-ello” no podemos vivir, pero sin “yo-tú” no podemos ser humanos. Las cosas no pueden humanizarnos, sólo puede hacerlo el amor generoso.

La codicia, que es la antítesis de la generosidad y la negación del ser personal, aparece cuando nuestro apego a las cosas que podemos tener desplaza a la conciencia de nuestro propio ser, pero ninguna medida del tener podrá compensar el abandono del ser. Cuando creemos que si pudiéramos tener más de algo, se saciaría nuestra sed, caemos en una forma de adicción desenfrenada. Lamentablemente, la lógica de la codicia es tal que el apetito crece sobre lo que ella misma alimenta. Este es el fenómeno diabólico que Shakespeare describe en Macbeth, cuando Malcolm dice: “[T]ener más sería como una salsa que más hambre me diera.”

¡Quiero más!

¡Nada excede más que los excesos! La codicia se vuelve más avariciosa a medida que se fortalece. Este efecto paradójico se relaciona con el hecho de que una persona se frustra cada vez más cuanto más ignora su propia capacidad esencial de ser generoso.

Para la mente calculadora, pareciera que ser generoso es costoso. Para el corazón generoso, pareciera que ser codicioso es incomprensible.

Los personajes literarios, tales como el Rey Midas, Silas Marner, Ebenezer Scrooge y el Grinch que se robó la Navidad, se mueven por la codicia de tal modo que cuanto más codiciosos se vuelven, menos humanos parecen. Las conversiones de Midas, Marner, Scrooge y el Grinch son, de hecho, retornos a la humanidad que los lectores reciben con gran júbilo. Las personas generosas no sólo son más agradables que las codiciosas, sino que parecen más humanas, más reales.

Un hombre rico puede fácilmente convertirse en una persona desplazada, ajena a sí misma, si toma sus riquezas con demasiada seriedad. Platón nos advirtió mucho tiempo atrás que no debemos legarles a nuestros hijos riquezas sino más bien reverencia. Sigmund Freud explicó que la riqueza nunca hace feliz a las personas, porque no equivale a un impulso humano básico. Ninguno de nosotros llega al mundo con el deseo de hacer dinero. El impulso de tener no se origina en nuestro ser.

Por otro lado, un hombre pobre, que está en contacto con la generosidad fundamental de su existencia, puede ser productivo, feliz y estar en paz consigo mismo. Hay mayor felicidad en dar que en recibir; pero aún hay mayor felicidad en dar que en tomar. En el análisis final, no podemos llevarnos lo que tenemos. La codicia es una aflicción de los desposeídos. La generosidad es la plenitud de quienes son serenos.
Templanza

Maurice Sendak escribió un precioso libro para niños llamado Higglety Pigglety Pop! Or There Must Be More To Life. En el cuento, los dueños de Jennie, el perro, le dieron de todo. Sin embargo ella pensó: “Debe haber algo más en la vida que tener todo.” Dejó su casa y perdió todo lo que tenía, pero luego, para su gran satisfacción, se convirtió en la estrella principal de una producción teatral. Lo que quiere resaltar este cuento es muy evidente, incluso para un niño de diez años: la felicidad no depende de cuánto tenemos, sino que de quienes somos. Ser es más primordial que tener. Y en el centro de nuestro ser se encuentra el impulso divinamente implantado de dar y de ser generoso.

Para la mente calculadora, pareciera que ser generoso es costoso. Para el corazón generoso, pareciera que ser codicioso es incomprensible. Es la codicia y no la generosidad lo que nos empobrece. La verdadera generosidad, en efecto, nos enriquece cien veces más. Hay una superabundancia dentro de cada uno de nosotros. Si no la liberamos, nos cuesta lo que somos. Entonces nada es más costoso que la codicia; nada es más gratificante que la generosidad.

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Agradecimiento

Donald DeMarco. “Generosity,” de The Many Faces of Virtue (Steubenville, OH: Emmaus Road Publishing, 2000): 181-184.

Este artículo se reproduce con permiso de Emmaus Road Publishing y Donald DeMarco.

Sobre El Autor

demarco1demarco2Donald DeMarco es Senior Fellow de HLI America, una iniciativa educativa de Vida Humana Internacional. También es profesor adjunto en Holy Apostles College & Seminary en Cromwell, Connecticut y Profesor Emérito en St. Jerome’s University en Waterloo, Ontario. Donald DeMarco continúa trabajando como miembro corresponsal de la Pontificia Academia para la Vida. DeMarco escribió cientos de artículos para diversas publicaciones intelectuales y populares, y es autor de veinte libros, entre los que se incluyen The Heart of Virtue, The Many Faces of Virtue, Virtue’s Alphabet: From Amiability to Zeal y Architects Of The Culture Of Death. Donald DeMarco forma parte del comité asesor de Catholic Education Resource Center.

Copyright © 2012 Donald DeMarco

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