Filosofía y educación

Josef Pieper y el Humanismo Tomista

Dr. Abelardo Lobato, O.P.

 

Josef Pieper llegó al final de su fecunda existencia hace tres años, el 6 de noviembre de 1997, en Münster, Westfalia. Dejó tras sí una larga estela de admiración, de reconocimiento, tanto a su persona cuanto a su ingente producción literaria. El homenaje que le tributaron sus discípulos en el año 1994, al cruzar el umbral de los 90 años, fue elocuente. Más de 600 intelectuales de todos los continentes se dieron cita en Münster para venerar a un maestro. Le admiraron sobre todo los jóvenes que perciben la miseria de la cultura presente y la urgencia de dar respuesta a los retos que plantea el tercer milenio a las puertas.

 

Pieper es un ejemplo de pensador cristiano. Está muy por encima de la seducción del presente que a tantos arrastra. Él se apoya en la tradición ya consolidada del pasado, pero no para repetirla sino para dar un salto hacia delante. Su recia personalidad deja un impacto positivo que las generaciones de jóvenes estudiosos saben apreciar. Juan Pablo II se ha unido a ese homenaje de los estudiosos por medio de una carta de felicitación por la lección de vida y de pensamiento que nos ha dado. El Papa le elogia porque ha sabido insertar su pensamiento en la rica tradición del pensar cristiano y ha tenido en cuenta al gran maestro Tomás de Aquino. “Ha puesto a los jóvenes en contacto con el rico patrimonio de la filosofía cristiana. El pensar de su propio maestro Santo Tomás de Aquino, de cuya obra polifacética supo como ningún otro, extraer tantas enseñanzas de una manera desacostumbrada, llegó a ser para las generaciones más jóvenes un instrumento, que en base a la imagen cristiana del hombre, es apto para penetrar en la realidad del tiempo y de la eternidad. De esa manera les ha comunicado una sólida base existencial. Y ha orientado todo su esfuerzo filosófico únicamente al servicio de la verdad, que se encuentra en Jesucristo”[1].

 

El discípulo de Tomás tiene clara esta conexión entre el pensar y el ser, entre el entender y la verdad. Tiene sin duda su interés el saber lo que los hombres han pensado, pero en buena parte eso no perfecciona nuestro entendimiento. Sólo la verdad de lo que han pensado tiene el don de contribuir a nuestra perfección. Sólo la verdad tiene una fuerza invencible. El maestro es el que lleva a la verdad. En este homenaje a un ilustre pensador que ha elegido la escuela de Tomás yo me limito a evocar su lección de humanismo, en tres instancias: Cómo leer hoy a Tomás de Aquino, cómo a través de su ejemplo, ser en verdad un pensador cristiano, cómo forjar el humanismo del tercer milenio desde el cultivo de las virtudes.

 

 

Acoger hoy a Tomás de Aquino

 

Pieper se siente a gusto con Tomás, pero no tanto con la escuela, con los tomistas. Es de aquellos que dan gracias a Dios porque le ha liberado del peligro de estudiar esas obras indigestas que se dicen escritas “ad mentem D Thomae”. Se enfrenta con todo lo que trate de trasmitir una doctrina a base de esos libros que se llaman “manualia”. Coincide con Unamuno que pedía el destierro de tales libros, a los que en vez de manuales habría que llamar “pedalia”. Tomás sí, pero “tomistas” no. Pieper observa que el gran maestro Tomás de Aquino tuvo maestros geniales, pero sólo tuvo discípulos mediocres o imbéciles, que no estuvieron a su altura. Por ello hay que ir directamente a Tomás y dejarse de los intermediarios, de quienes se ocupan de hacerlo digerible para estómagos delicados.

 

A lo largo de su vida Pieper se ocupó de Tomás y trató de desvelar su humanidad. Le irrita que se trate de encerrar a Tomás en un sistema acabado, donde todo está ya de antemano definido. Tomás dejó su obra inconclusa, porque conocía a fondo los límites del humano entendimiento, y estaba cierto de lo mucho que quedaba más allá de sus fronteras. El discípulo de Tomás es el que se comporta como el maestro frente a la realidad de las cosas y en la entrega sin condiciones a la verdad.

 

El interés de Pieper por Tomás de Aquino le llevó reiteradas veces a bucear en la obra aquiniana. Trataba de vivir en sintonía con ese estilo de pensar. Y para conocerlo a fondo le dedicó muchos ensayos. El más extenso de los que se ocupan de su vida es el estudio biográfico Tomás de Aquino, Vida y obras[2] . A través de los diversos capítulos de esta obra emerge el perfil que Pieper tenía del maestro Tomás.

 

Pieper estima que para comprender a Tomás hay que situarlo en su tiempo, en medio de la gran aventura del s.XIII. Lejos de ser éste un siglo tranquilo, es muy agitado. El Islam rodea la cristiandad, las herejías dividen a los cristianos, el Papa y el Emperador están enfrentados, se edifican las maravillas de las catedrales, nace la universidad, el pensamiento griego penetra en las escuelas cristianas de la universidad, el evangelio se proclama en China. No todo es oro y progreso. En el pueblo cristiano hay pastores muy indolentes. La crítica de los superiores se ha hecho ya usual. Cuenta la Legenda que el diablo en persona se le aparece a Tomás de Cantimpré, un fraile dominico, compañero de estudios de Tomás en Colonia, invitado a predicar al Sínodo de los obispos, y le deja el siguiente mensaje diabólico: “Diles solamente esto: los príncipes de las tinieblas infernales, saludan a los príncipes de la iglesia y les dan alegremente las gracias por conducir hacia nosotros a sus fieles, porque por su negligencia casi todo el mundo está en poder de las tinieblas”[3]. La Orden dominicana no se puede comprender sin su prehistoria herética. Domingo da origen a la Orden en medio de las disputas contra los herejes, de los cuales toma muchas de sus armas, el amor a la pobreza, el estilo de evangelizar, la difusión de la palabra. Le ayuda en esto el obispo Fulco, un trovador, como Ramón Lull, que un día con su mujer y sus hijos pide entrar en la orden cisterciense, porque es abad y obispo de Toulouse, apoyando la idea de Domingo de vencer a los herejes con sus propias armas.

 

Tomás pertenece totalmente a ese mundo por la vía de la familia, por la experiencia de Montecasino, por el encuentro con los mendicantes en Nápoles, por su plena inmersión en la vida universitaria. Para Pieper en medio de ese mundo agitado, Tomás no elige una parte, abraza la totalidad, se esfuerza por la unión de los contrarios en el mismo sujeto, familia y vocación, papado e imperio, mendicante y culto, Nápoles, Colonia y París, filosofía y teología, Agustín y Aristóteles. Pieper piensa que Tomás encontró en París el medio natural para su obra. En París se cultivan los dos saberes de alcance universal, la filosofía y la teología. Este es su estilo. A lo largo de su vida Tomás optará siempre por una visión de la totalidad, por la armonía de los contrarios: Aristóteles y Plotino, Dionisio y Averroes, Guillermo de Saint Amour y Buenaventura. Y en esa opción por la totalidad se le da el acceso a las tres sabidurías, en las cuales deja su impronta, la filosófica que hereda de Aristóteles, la teológica que le viene de los Padres y de los maestros y la mística que es el don de experimentar las cosas divinas con la penetración en la palabra revelada.

 

Tomás se ve a sí mismo como uno de los obreros que trabajan por el encuentro con la verdad, impulsado por una sola pasión, la de conocer la realidad, lograr la comprensión del ser, conocer un poco más. Toda su vida será el mismo sujeto agitado a fondo por una gran pasión, por la verdad, y por un misterio infinito, el de Dios. Lo revela la pregunta que le hacía a los monjes de Montecasino, cuando era un niño despierto: Por favor, dime, ¿quién es Dios?, Dic mihi, quid ets Deus?.Este gran hombre ha tenido una vida breve y agitada. No le dejan en paz más de tres años en un mismo lugar. Su obra es el espejo de los esfuerzos anteriores y la consolidación de sus fundamentos. Tomás es el ideal de cuantos buscan la verdad y saben que sólo son obreros en la viña. Cuando el 18 de julio de 1323 el papa Juan XXII lo canoniza, eleva a los altares por vez primera a un hombre honrado por el solo milagro de serlo. Los testigos no tienen de él otras pruebas que las de un hombre fiel a su trabajo de maestro de teología, que predica, disputa y lee la Escritura. No ha hecho milagros en vida, pero ha escrito infinitos artículos cada uno de los cuales resulta ser un milagro para bien de la humanidad. Es el Doctor de la Cristiandad, el maestro de la inteligencia. Nunca ha dicho nadie tantas cosas en tan pocas palabras.

 

El perfil que Pieper percibe de Tomás es singular y se diferencia de todos los demás pensadores en su apertura a la totalidad, su pasión por la verdad, su confianza en la inteligencia como base y fundamento de la cultura, su capacidad de diálogo con todos los que buscan la verdad, sus dotes para comunicarla. Nada tan provechoso para la humanidad como la conquista de la verdad y la lucha contra el error. Este es un sendero que nadie recorre del todo, pero que las generaciones están llamadas a continuar. La pasión por la verdad se traduce en una búsqueda incesante, apoyada en lo que ya es patrimonio de la humanidad y en una tarea de comunicación a los que vienen detrás de nosotros. Tomás se siente llamado a trasmitir la verdad que ha recibido. Hasta 13 veces cita estas palabras de Salomón y se las apropia: “Lo que he recibido sin ficción, la comunico sin envidia: Quam (Sapientiam) sine fictione didici, sine invidia communico”[4] .

 

Tal es el Tomás histórico, al que es preciso conocer y asimilar. Pieper admira en Tomás la nobleza del espíritu y la fuerza de su magisterio. El núcleo de su obra, el espíritu que la anima no se puede percibir sino en el diálogo permanente con su obra escrita. Pero Tomás nunca podrá separarse de su obra, expresarse en una síntesis cerrada, reflejarse en la obra de uno de sus discípulos. Pieper invita a ir a Tomás, y a dejar de lado todos los intentos de servirlo en píldoras. Nuestro tiempo tiene necesidad de maestros de vida y de pensamiento. Acoger hoy a Tomás no es repetir en tesis abstractas lo que él ha dicho, sino seguir su ejemplo penetrando en el corazón de los problemas del hombre actual. Para Pieper Tomás es maestro de valor perenne y de tal categoría, que no se le hace un honor al acogerlo en nuestro estilo de pensar, porque Tomás no necesita de nuestras alabanzas, ni las agradece, sino que somos nosotros, los obreros de un tiempo indigente, quienes lo necesitamos a él, porque remedia nuestra pobreza cultural y al acogerlo nos enriquecemos.

 

Todo indica que Pieper ama contarse entre los discípulos directos de Tomás, no entre los tomistas. Una cosa no puede soportar Pieper, ni siquiera de lejos, y que de algún modo toca a Tomás, por dominico y pensador de su tiempo, “esa cosa terrible que se llama inquisición”. Tomás la conocía. Y se interroga si el hereje debe ser tolerado, soportado, y responde que no. Como la sociedad no puede soportar al falsificador de monedas, tampoco puede soportar al hereje que falsifica la fe. Si nadie puede ser obligado a profesar la fe, una vez que la ha abrazado puede ser obligado a que sea fiel a lo que profesa[5].

 

Pieper no puede olvidar que la misión del sabio es buscar la verdad y una vez encontrada abrazarla, pero al mismo tiempo para Tomás lo es denunciar el error y extirparlo porque es un mal de la inteligencia y por ello del hombre. Pieper se siente más afín a ser designado como discípulo de Tomás, pero sólo al estilo de los que se autodenominan “Tomasianos”, y hasta hacen un dilema: Tomás, sí, tomismo no. No parece fácil pasar de las meras palabras a las realidades designadas. Porque Tomás es el primero en sentirse incómodo con ese lenguaje. Toda la vida se la pasó objetivando su saber, tratando de que la verdad crezca y él disminuya bajo el resplandor de su luz. El perfil auténtico de Tomás es el de quien asume con todas sus consecuencias la profesión de maestro de la verdad revelada. Pieper lo sabe y admira el modo cómo Tomás lo ha realizado a lo largo de su existencia. Ese modelo de sabio tiene vigencia en todos los tiempos y por ello Tomás será siempre modélico, maestro ejemplar.

 

 

Tomás, el modelo del pensador cristiano

 

Tomás de Aquino tomó muy en serio la condición “racional” del hombre, ya que es su nota distintiva, de cuyo ejercicio depende su plena realización. Ser hombre es ser racional y comportarse como tal. Esta condición le sitúa en un nivel intermedio, en una frontera difícil de definir con precisión. Por encima de su condición hay que situar todo un mundo de espíritus cuya condición es ser “inteligencias”, cuyo modo de conocer es la intuición. Por debajo del hombre Dios ha colocado el mundo de los seres cognoscentes confinados en la sensibilidad. Tales son los animales, diversificados en incontables especies. Es el alma humana la que establece esta frontera, anima quasi horizon et confinium[6]. Por esa condición el ser humano es habitante de dos mundos. A veces asciende a los principios y goza de esa luz como si fuera un cierto espíritu -paulo minus ab angelis!-, a veces desciende a las profundidades del instinto que brota con fuerza desde sus mismas raíces y lo arrastra -trahit sua quemque voluptas!-. Lo típicamente humano es la razón, el ser racional, el vivir conforme a la razón, la cual procede gradualmente, como paso a paso y busca su refugio “a la sombra de la inteligencia”[7].

 

Pieper ha captado muy bien esta posición de Tomás de Aquino y su audaz defensa de la razón humana para desvelar la verdad, y para comportarse como hombre. Tomás nunca pensó en ser filósofo, cuyo oficio en su tiempo era atribuido a los pensadores paganos, pero ya en vida no pudo evitar el ser tenido por tal, y con el andar del tiempo la posteridad le reconoce como el creador de la primera filosofía cristiana, y lo cuenta entre los grandes pensadores de la humanidad, unus de magnis, como decía él de Plotino[8]. Al mismo tiempo que Tomás reivindica el puesto que compete a la razón en la vida humana, le señala sus límites. La razón no sólo se abre a la inteligencia, sino que se dispone para acoger la revelación que viene de Dios al hombre y sólo puede ser acogida por la fe. Buena parte de la obra de Tomás se concentra en ser un diálogo entre la razón humana y la fe que se apoya en la palabra revelada.

 

El tema de las relaciones entre la razón y la fe traspasa toda la obra de Tomás. La razón actúa no sólo en el campo de las verdades que están a su alcance, sino también al interno del acto de acogida y comprensión en cierta medida de las verdades que la exceden. La Summa contra Gentiles es una de las obras cumbres del diálogo entre la razón y la fe. Nada semejante se encuentra antes de esta obra, con ese rigor y esa profundidad, y después no podemos afirmar que haya sido superada. La obra de Pieper es una continuación de esta acogida de la razón en diálogo con la fe. El tema ha sido una de las grandes cuestiones disputadas en los años 30. Se ponía en tela de juicio la expresión “filosofía cristiana”, y en ella se afrontaban las posibles relaciones entre la filosofía y la fe cristiana, entre la razón que demuestra y la fe que acoge. Los pareceres resultaban muy discordes. La mayor parte de los filósofos en boga, especialmente los herederos de la tradición iluminista, opinaba que eran incompatibles: la razón demuestra las verdades, la fe las acoge a ciegas. La filosofía exige rigor en la demostración, la fe se confía y acepta.

 

A Tomás le había dado una pista el judío Maimónides, en su condición de teólogo, en la obra Dux perplexorum, que conoció ya cuando era un estudiante en Nápoles. La razón humana es capaz de la verdad, pero las verdades definitivas, últimas, son difíciles y superan la capacidad de la mayor parte. Por ello Dios ha querido venir en su ayuda y las ha propuesto para todos, con el mínimo esfuerzo y con la máxima certeza. La fe viene en ayuda de la razón y del hombre en camino hacia la verdad, sobre todo hacia Dios. Averroes había seguido la misma senda de aproximación entre razón y fe, pensando que entre ambos caminos debe haber un acuerdo porque en definitiva, la verdad procede Dios, autor de la razón y de la revelación. La verdad no puede contradecir a la verdad. Todo ello había sido glosado por Tomás y había nutrido el diálogo del pensar cristiano con los filósofos.

 

Entre los filósofos del s.XX Heidegger había causado gran impacto en este tema, al defender la irreductibilidad de la razón a la fe, y hacer actual el dilema, o se conoce por demostración o se cree. Hay que optar por la filosofía o por la fe. Entre ambas hay una oposición contradictoria. Hablar de “filosofía cristiana” es lo mismo que proponer un “hierro de madera”: Holzenes Eisen!. El filósofo tiene que renunciar a toda acogida superior y cargar con el peso de la conquista de la verdad. Aceptar la fe es renunciar a la filosofía. Al lado de Heidegger se alinean muchos otros pensadores. Pieper en cambio mantiene la línea y la posición de Tomás. El creyente sabe de antemano la respuesta última, pero esto no le prohibe poder buscar la inteligibilidad que encierra. La arrogancia de la razón se erige en tribunal supremo y rechaza cualquiera otra verdad que pueda parecer superior, y en cambio la actitud sencilla de quien comprende el ser finito del hombre, se dispone para dejarse vencer por quien excede infinitamente al hombre.

 

No hay lugar para “las dos verdades”, como Tomás denuncia en los averroistas, pero sí hay un doble orden de la verdad; un horizonte al alcance de la razón y otro que la excede infinitamente. Y si Dios ha querido comunicar al hombre algo de ese misterio que lo caracteriza, el hombre hace bien en acogerlo. Hay por tanto dos vías para el acceso a la verdad. Una es la de la razón que demuestra, sea al modo científico, o al modo filosófico. Y otra es el de la fe que se confía a alguien que le puede ayudar al trasmitirle verdades últimas. En polémica con Heidegger, a quien inculpa de cerrarse ante la verdad revelada, Pieper le recuerda que hasta Sócrates confesaba seguir las dos sendas hacia la verdad, la de la razón y la de la fe y en ésta encontraba mayor certeza: Confiesa Sócrates que no se avergüenza “de reconocer que las verdades últimas, las que en verdad dan sentido a la existencia, él no las reconoce por sí mismo, sino porque alguien se la ha manifestado, ‘por haberlas escuchado’, ex akoès”[9].

 

La fe no es un obstáculo para la razón sino una nueva posibilidad de ampliar su horizonte. La filosofía sólo se despliega en la totalidad, en el horizonte donde tiene cabida todo cuanto es real, cuando se propone el ser como objeto. Con Cristo se han abierto horizontes nuevos a la humanidad; por ello la filosofía cristiana tiene su fundamento y prepara al hombre para una comprensión cabal de las cosas, del mundo, del hombre y de Dios, a la luz de esa nueva visión de las cosas, que en vez de excluir las demás aportaciones las integra en una síntesis más alta y profunda. En verdad Tomás ha pensado desde esa posición de total apertura a la verdad, porque venga de donde viniere, en definitiva procede del Espíritu Santo. La filosofía es un camino hacia la verdad. El pensador cristiano no renuncia a su inteligencia, sino que la pone al servicio de la fe, como “obsequio racional”. La filosofía que se ha elaborado en occidente a partir de la Edad Media, por obra y gracia de Tomás de Aquino, lleva ese sello de la totalidad y de la verdad integral acerca del hombre como ser personal. La filosofía moderna, aún la hegeliana, vive de las migajas que han caído de la abundante mesa del cristianismo.

 

 

La virtud y el humanismo cristiano

 

La relación del pensador Josef Pieper con Tomás de Aquino ha sido decisiva a la hora de trazar las líneas básicas de su humanismo cristiano. El hombre es un ser racional, que tiene en Cristo su ejemplar ideal, y por ello está llamado a configurarse con él, mediante la conquista de las virtudes morales. En ellas se pone a prueba el uso de la razón, y su rol en la vida del hombre. Tomás ha tenido muy clara esta trayectoria de la humanización del hombre. He aquí un texto clave que refleja bien la intuición que servirá a Pieper para el desarrollo de su pensamiento. Tomás de Aquino escribe: “La vida humana es la vida proporcionada al hombre. Ahora bien, en todo hombre se da en primer lugar la naturaleza sensible, en la cual coincide con los animales; se da además la razón práctica, típica del hombre en una cierta medida, y se da también el entendimiento especulativo, que no alcanza en el hombre la misma perfección que en los ángeles, sino sólo en la medida de la participación que compete al alma. Por tanto la vida contemplativa no es propiamente humana, sino sobrehumana; la vida voluptuosa, que se deja guiar por los apetitos de los bienes sensibles, no es tampoco humana, sino más bien bestial. Por consiguiente la vida que en realidad es la propia del hombre es la vida activa, que consiste en el ejercicio de las virtudes morales”[10].

 

Esta doctrina de Tomás, de la coincidencia de la perfección humana con el ejercicio de las virtudes morales, está de acuerdo con su tesis de que los actos humanos coinciden con los actos morales, aquellos de los cuales el hombre es dueño y libremente los ejerce[11]. La virtud es un hábito, una segunda naturaleza, mediante la cual el sujeto adquiere la perfección. La virtud es como la máxima expresión de la potencia, un hábito operativo bueno, que no sólo hace bueno el acto que se ejerce, sino que redunda en el sujeto y lo hace bueno. Por esta condición, la virtud se dice ante todo de las virtudes morales. Y en esto se diferencian y superan a las demás virtudes que sólo hacen buena la obra y no al sujeto. El hombre bueno es el que obra conforme a la razón en el orden del actuar. Si la vida humana es la que se guía por la razón práctica, y ésta es la “recta razón” que orienta el nivel moral del sujeto, se sigue que para perfeccionar al hombre hay que ponerle en condiciones de adquirir y ejercer las virtudes morales.

 

Esto que ya era conquista griega, y aparece en Aristóteles, es asumido por Tomás y aplicado a la vida en todas sus manifestaciones, también a la vida cristiana. Entre los olvidos de la hora moderna hay que contar además del “olvido de Dios” y el “olvido del alma”, el olvido de la virtud. Algunos pensadores americanos advierten esta laguna y dan comienzo a una serie de estudios y de investigaciones en torno a la virtud moral, como un camino seguro de humanización. Es preciso enumerar a Richard Niebur, iniciador de este retorno a la ética de la virtud. Le siguen sus discípulos, entre los cuales hay que citar a Gustafson, a J.X. Crossin, Erikson, y de modo ya más próximo a nosotros al psicólogo Erikson y a A. McIntyre con su obra After Virtue, de 1981, y a Irish Murdoch, a los cuales se han agregado algunos tomistas como Jean Porter y Josef Pieper.

 

La ética de los deberes deja paso a la ética de las virtudes. Éstas tienen siempre su importancia, aunque algunas parezcan pequeñas. Todas tienen una relación con la prudencia, como ésta la tiene con la “razón recta”. El hombre en plenitud, el hombre humano, no es tanto el que desarrolla las virtudes intelectuales o las habilidades artísticas, cuanto el que cultiva y conquista las virtudes morales, entre las cuales destaca la prudencia. Esta convicción del valor de la ética en la humanización y perfección del hombre coincide con las tesis tomistas. Tomás ha dado mucha importancia al desarrollo perfectivo del hombre. Y no se ha confiado al desarrollo de los preceptos y obligaciones cuanto al profundo anhelo del hombre de conseguir la felicidad y ser arquitecto de sí mismo.

 

La moral había sido desterrada de los centros de formación. A los filósofos de la modernidad no les parecía materia de enseñanza, ni siquiera en teoría, ese campo de los usos y costumbres culturales, en los cuales creían que no se puede llegar a un saber de tipo científico, demostrable, ni siquiera comunicable a través de la escuela que se apoya en el lenguaje con validez universal. La ética describe pero no prescribe, pensaba Hume. Y tanto en la modernidad como en la posmodernidad lo han seguido por este camino. De hecho la ética queda como discurso, como teoría, pero no como materia de escuela ni como camino de perfección. Los mejores analistas de la situación en que nos encontramos después del 68, concuerdan con la necesidad de volver a recuperar las virtudes. En este horizonte de crisis de la virtud y de la necesidad del retorno con la orientación tomista de la autoconstrucción del sujeto, emerge la figura de Pieper, que se siente muy afín con la intuición de Tomás.

 

En un libro de bolsillo, que lleva el título, “Ser auténticos. Sirven las virtudes?”, Pieper recurre a Tomás para delinear el perfil del hombre en plenitud en el ideal del cristianismo.

 

“Tomás de Aquino, el gran maestro de la cristiandad occidental, trató de delinear la imagen cristiana del hombre en siete tesis, que se pueden expresar del modo siguiente:

El cristiano es el hombre que mediante la fe penetra en la realidad del Dios-Trinidad.

En la esperanza el cristiano se proyecta hacia la plenitud definitiva de su ser en la Vida Eterna.

En la virtud divina de la caridad el cristiano mantiene hacia Dios y hacia el prójimo una disponibilidad a toda prueba que va muy por encima de la capacidad natural del amor.

El cristiano es prudente, es decir su mirada no se deja engañar por el sí o el no de la voluntad; más bien logra que el sí o el no de la voluntad dependa de la verdad, de cómo son en realidad las cosas.

El cristiano es justo, es capaz de vivir “con los demás” en la verdad; es consciente de ser un miembro de la Iglesia, del pueblo y de la sociedad.

El cristiano es valiente, o mejor dicho aún es fuerte, es decir que por la defensa de la verdad y por amor a la justicia, está dispuesto a dejarse herir y si fuera necesario a afrontar la muerte.

El cristiano es un hombre moderado, es decir que no permite que la tendencia hacia el tener y hacia el placer se convierta en destructiva y contraria a su destino”[12].

 

Tal es el itinerario tomista del hombre que tiende a la plenitud humana. Tomás lo había trazado como un camino hacia el fin, que en el campo moral tiene la fuerza de los principios y se recorre mediante los actos humanos, que son los morales, reiterados hasta que se logra el hábito de las virtudes, se reciben los dones del Espíritu y el hombre se conforma con Cristo. En Pieper reaparece constantemente esta profunda convicción, que la moral no es algo añadido a la antropología, sino que es doctrina sobre el hombre, en la cual se consigue la imagen auténtica de lo que el hombre es y de lo que debe ser. El ideal del hombre coincide con el ideal del “hombre bueno”, del hombre que conforma su vida con el orden de la razón, con la recta razón que le debe guiar en la existencia. Sólo el hombre que es capaz de hacer coincidir su ideal de humanidad con el de la virtud es capaz de dar sentido a la existencia, aceptando la verdad profunda de su ser, de alimentarse de la verdad no sólo en el orden del pensar sino mejor aún en el de vivir, y en ese anhelo de vivir en la verdad se encuentra en diálogo constante con los demás hombres.

 

Pero sobre todo la doctrina moral de Tomás de Aquino logra su plena realización sólo en Cristo. No bastan las virtudes naturales para la plenitud. La gracia cristiana da al hombre la posibilidad del ejercicio de las virtudes teologales por las cuales se realiza una simbiosis de la vida humana y la divina. El hombre crece desde dentro y pasa de imagen, a ser hijo de Dios. La síntesis tomista que sólo enuncia las siete virtudes, la explica ampliamente Pieper en su obra Las virtudes fundamentales[13]. Con su ameno estilo de escribir y su profundo modo de pensar, Pieper logra el retorno de esta palabra en desuso con toda la fuerza que tiene en la teología y la moral cristiana.

 

Apenas hemos esbozado algunas pistas del pensamiento de Pieper y su afinidad con Tomás de Aquino en el terreno del humanismo cristiano. Hay una coincidencia de fondo: la virtud moral es el camino del hombre para lograr su pleno desarrollo. Con todo, Pieper se opone a que se pueda designar su pensamiento como “tomista” y su obra como un “neotomismo ético”, como lo había intentado C. Dominici. Porque todos los “ismos” son falacias, y él no es Tomás de Aquino sino Josef Pieper.

 

Pero cuando Pieper describe su currículum no puede olvidar a Tomás como su gran maestro. Le inició en la lectura de Tomás un profesor que había sido un tiempo dominico. Le dio a leer el prólogo del evangelio de San Juan, que le costó digerir, pero ya en adelante no pudo olvidar a Tomás. Llevaba consigo siempre algún libro de Tomás, del cual entresacaba pensamientos y así llegó a escribir en 1928 su disertación sobre La fundamentación metafísica de la moral en Tomás de Aquino. Aún en la guerra llevaba en su mochila un tratado de Tomás del cual recogía sentencias que luego daría a la luz con el nombre “El breviario de Tomás”. Cuando llegó a Notre Dame en América y le preguntaban si se había formado en París o en Louvain, él, que presumía de no haber tenido tomistas como maestros, sino sólo haber leído a Tomás, respondía: “Yo vengo de Tomás: Ich komme von Thomas!”.

 

Participó en las “Semaine des intellectuels” y habló de la esperanza. Intervinieron en la sesión Danielou, Marcel, y Congar. Le escuchaba Teilhard de Chardin, que encontró su exposición poco optimista. Danielou le pidió el texto para publicarlo en su revista “Dieu vivant”, donde apareció con el título “De l´elément negatif dans la philosophie de saint Thomas d´Aquin” (1951). El texto era una prueba más de su estudio constante de Santo Tomás, sin intermediarios, sin la ayuda de los expertos en el tomismo. Pieper lo había leído sin cesar, y lo había asimilado. Su juicio sobre el manual de Gredt, que continuaba a tener ediciones en la editorial Herder, era totalmente negativo, porque estimaba que ese método no servía para acercarse a Tomás sino que llevaba al lector a una región lejana[14].

 

La lección que nos deja este gran lector de Tomás de Aquino, es la de su creatividad y originalidad en la presentación de la doctrina, con un corte moderno de buen gusto, y con un humanismo cristiano a toda prueba. Puede decirse que es demasiado rígido en el juicio sobre los llamados tomistas y sobre la escuela de Tomás, pero al mismo tiempo es un gran lector de Tomás, de cuyo magisterio ha recogido la lección humanista de las virtudes y de la filosofía cristiana, que ha tratado de trasmitir a nuestra cultura. Por este rasgo de humanista y de arquitecto de lo humano ha tenido muchos oyentes. El narra con satisfacción que a veces las aulas no bastaban para escucharle, porque los alumnos se acercaban a los dos mil.

 

Al evocar su memoria advertimos que la mejor herencia que nos deja, es la que ha recogido en la escuela del Aquinate, el amor a la verdad y el valor de la doctrina humanista de las virtudes. Una lección muy actual que puede ser el factor de la promoción del hombre en la hora de poner el pie en el tercer milenio.

 

 

_______

 

[1] Carta publicada en “Gladius”, 41 (1998) p. 169.

[2] J.PIEPER, Thomas von Aquin. Leben und Werke, München, 1958. La traducción española, es de la Editorial Rialp, 1979 con el título: Introducción a Tomás de Aquino.

[3] G.FRACHET, Legenda Fratrum OP, 21.3.

[4] Sap. 7, 13. Cfr. A. DI MAIO, Il concetto di comunicazione, Roma PUG, 1998, p. 314.

[5] SANTO TOMÁS, ST. II.II. q. 11.a.3: “multo magis haeretici, statin ex quo de haeresi convincuntur, possunt non solum excomunicari, sed et iuste occidi”.

[6] Cfr. A. LOBATO, Anima quasi horizon et confinium, en el vol. De AA.VV. “L´anima nell´antropologia di S. Tommaso d´Aquino”, Massimo, Milano, 1987 ‘[Studia PUST. Nº 28].

[7] Tal es la hermosa definición neoplatónica, recordada por el Liber de causis, “Ratio oritur in umbra intelligentiae” Prop. 15.

[8] SANTO TOMÁS, SCG. III, 48.

[9] J.PIEPER. Verteidigunsrede für Philosophie, München, 1966, p. 132.

[10] SANTO TOMÁS, QD. De Virtutibus, 1.

[11] SANTO TOMÁS, ST,I.II, 1,3: “Nam idem sunt actus morales et actus hominis”.

[12] J.PIEPER, Essere autentici. Servono le virtù?. Città nuovam editrice, Roma, 1993.

[13] J.PIEPER, Las virtudes fundamentales, Rialp, Madrid, 1998.

[14] Cfr. W. FISCHGES, Zur Anthropologie des Thommas von Aquin bei Joseph Pieper. Tesina de Licencia, hecha en el Angelicum, Roma, 1994. En Apéndice se inserta un “Gespräch mit Prof. Dr. Joseph Pieper” que el estudiante grabó en la casa del Profesor.

 

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