Filosofía y educación

La última hija del marxismo – Alejandro Navas

Domingo, 28 de Diciembre de 2008 21:19

 La Vanguardia publicó el 1 de abril una entrevista a Beatriz Preciado, profesora de Teoría de Género en la Universidad de París VIII. Es un texto ilustrativo. Cuando el periodista argumenta que “hay hombres y hay mujeres”, ella responde que ha decidido dedicar su vida a “dinamitar ese binomio”. Y añade: “Eso de hombre y mujer son construcciones culturales (…). Esgrimir rasgos anatómicos (o bioquímicos) para fijar identidades sexuales ¡es cultural!”. Las frases entrecomilladas pueden parecer afirmaciones excéntricas, pero responden a un género que se extiende por Occidente y que viene a ser la última versión de la corrección política: la ideología de género, que pretende instaurar una sociedad en la que todos los individuos sean iguales y en la que cada uno escoja su identidad de género y su orientación sexual con independencia de la biología.
HAY QUIEN SOSTIENE que la ideología de género es hija del feminismo radical y del marxismo: este último pretendía eliminar las diferencias sociales a través de la lucha de clases y lo que ahora se intenta es destruir el dualismo sexual con el pretexto de igualar al hombre y a la mujer. Es decir: los seres humanos ya no son hombres y mujeres, masculinos o femeninos, sino heterosexuales, bisexuales, gays, lesbianas o transexuales.
La aspiración descrita puede parecer una utopía delirante e irrealizable, pero lo cierto es que ha logrado introducirse por la puerta grande en el ordenamiento jurídico español. María Lacalle Noriega, profesora de Derecho Civil de la Universidad Francisco de Vitoria (Madrid) ha explicado que la ley del “matrimonio homosexual”, la ley contra la violencia de género o la regulación del cambio de sexo en el Registro Civil suponen una implantación formal de la ideología de género en España. Las iniciativas de carácter legislativo podrían completarse próximamente con una modificación de la ley del aborto que introduzca los “derechos reproductivos”. El panorama es inquietante. A juicio de María Lacalle, desde la llegada de los socialistas al poder en marzo de 2004, la ideología de género ha logrado imponerse en tres ámbitos legislativos clave: la identidad personal, la familia y la educación.
Más aún, España se ha convertido en uno de los países que marcan la pauta. La presidenta del gobierno chileno, Michelle Bachelet, declaró que su modelo era José Luis Rodríguez Zapatero. Es posible que otros mandatarios compartan su impresión; no en vano, la vicepresidenta María Teresa Fernández de la Vega ha tratado de exportar la cruzada a favor de la igualdad de género a distintos países de Iberoamérica. “Madrid se ha convertido en una capital de la libertad de los seres humanos y de la libertad sexual”, pudo afirmar con justicia la entonces ministra de Cultura, Carmen Calvo, momentos antes del inicio de la marcha del Orgullo Gay en Madrid, en junio de 2007. Pocos días después se celebró en Barcelona la segunda edición catalana del Loveball, un festival que reunió a cerca de 30.000 homosexuales. Las entusiastas declaraciones de los visitantes extranjeros permitieron subtitular al diario El Mundo: “Gays de Europa y América ven en las ciudades españolas los epicentros del ambiente”.

 

EN EL ORIGEN, SIMONE DE BEAUVOIR
Ni las leyes ni los festivales citados se han promovido por casualidad. Son el fruto de una campaña más o menos larvada durante décadas y que ahora ha encontrado en algunos países –España, sin ir más lejos– el contexto político para salir a la superficie. Sin dejar de tener en cuenta a Freud, Mead, Reich o Marcuse como antecedentes de referencia obligada, se puede decir que casi todo empezó en 1949. cuando Simone de Beauvoir publicó Le deuxième sexe. Se trata de una obra voluminosa, dividida en dos partes que salieron a la calle en mayo y octubre respectivamente. La segunda comienza con una frase que se ha convertido en el lema del moderno feminismo y de la ideología de género: “On ne nait pas femme: on le devient” (Una no nace mujer, una se convierte en mujer). La autora afirmaba, a continuación, que es el conjunto de la civilización el que elabora ese producto intermedio entre el macho y el castrado que llamamos mujer.
Piedra angular de esta ideología es la diferenciación entre sexo y género. Mientras que el sexo designa la realidad biológica, el género es una construcción cultural. Los conceptos de “identidad de género” o “rol de género” fueron formulados por primera vez por John Money, un psiquiatra nacido en 1921 en Nueva Zelanda que haría luego carrera en Estados Unidos. Se doctoró en Harvard con una investigación sobre el hermafroditismo, que junto con la transexualidad sería el tema central de su actividad terapéutica, docente e investigadora el resto de su vida (murió en 2006), y trabajó en el más prestigioso centro médico estadounidense, Johns Hopkins University. Desde mediados de los años cincuenta Money sostuvo que la sexualidad es psicológicamente indiferenciada en el momento de nacer y se vuelve masculina o femenina en el curso de las variadas experiencias del desarrollo.
Money era toda una personalidad: brillante, trabajador incansable, dominador de la retórica y del lenguaje de los medios, jefe autoritario e implacable, que no toleraba crítica alguna a su labor, y se lanzó enseguida con el celo del visionario a una especie de cruzada contra la moral tradicional victoriana. Se convirtió en un ardiente defensor y promotor de las prácticas menos convencionales, por expresarlo con suavidad: sexo en grupo, bisexualidad, los así llamados fucking games para niños; comportamientos que todo el mundo solía considerar perversiones graves, como el asesinato con estupro, no le parecían más que simples parafilias, es decir, preferencias que se apartan sin más de la normalidad estadística.

 

EL CASO DE LOS GEMELOS REIMER
La energía empleada en defender su causa y su notable capacidad persuasiva convencieron a las autoridades de la Johns Hopkins, que abrieron la Gender Identity Clinic, la primera del mundo en practicar la reasignación quirúrgica de sexo en adultos. Esa praxis se extendería rápidamente por otros países occidentales. Ayudó a su difusión el cambio en el clima de opinión pública llevado a cabo en Occidente. Después del predominio de tesis biologistas deterministas, que formaron el caldo de cultivo de políticas eugenésicas en diversos países –y no sólo en la Alemania nazi–, el terreno estaba abonado para una nueva orientación de la cultura, en la que se subrayaría la importancia del ambiente social frente al determinismo anterior.

Las propuestas de Money encajaban plenamente en este nuevo contexto cultural. Pero el avance de Money no se pareció en absoluto a un paseo triunfal, ya que sus tesis también encontraron críticas en la comunidad científica y médica. En el momento en que la controversia era más intensa, Money creyó que podría presentar a la comunidad científica un caso definitivo para probar la validez de su teoría, el de los hermanos Reimer, dos gemelos univitelinos. Uno de ellos perdió el pene al ser operado de fimosis cuando tenía seis meses, y Money convenció a los padres para fuera educado como una niña, para lo que se le practicó también la oportuna cirugía. De esta forma, Money confiaba en demostrar cómo la biología era irrelevante frente a la influencia de la cultura y la educación –sin renunciar a la cirugía y las hormonas, por supuesto–: habría dos individuos con idéntico equipamiento genético, educados uno como varón y otro como mujer.

El tratamiento se prolongó durante trece años y acabó en un clamoroso fracaso, que Money se negó a aceptar y procuró enmascarar hasta el final de su vida. A partir de 1980 Money dejó de citar el caso Reimer en apoyo de su postura, pero continuó defendiendo la reasignación de sexo en general, y de modo particular en los casos de lesión o pérdida del pene. Los escándalos se multiplicaron y la Johns Hopkins cerró la clínica de Money. Hoy ya nadie sigue sus propuestas para el tratamiento de la intersexualidad. El diario El Mundo publicó en 2004 un reportaje sobre el caso, y aunque el autor del comentario simpatizaba con la ideología de género, se vio obligado a reconocer que “la literatura científica parece no apoyar la hipótesis del doctor Money… Las evidencias científicas apoyan que la identidad de género viene establecida por la biología por encima de la educación”.
En los años sesenta y setenta Money se convirtió en estrecho y aliado y coartada científica de los movimientos feminista y homosexual, y lo más notable es que hasta el día de hoy sigue siendo una de las principales “fuentes científicas” invocadas por los representantes de la ideología de género en la justificación de sus posiciones.

LA BATALLA DE LOS HOMOSEXUALES
Una de las más encarnizadas batallas en torno a la manera de entender y vivir la sexualidad se libró durante ese tiempo en la psiquiatría norteamericana. Hoy se conocen los entresijos del auténtico golpe de mano –una operación diseñada y financiada por la NGTF (National Gay Task Force)– que llevó a cabo el lobby homosexual para mover a la junta directiva de la APA (American Psychiatric Association) a dejar de considerar la homosexualidad como una patología.
Ocurrió además que en un clima de opinión cada vez menos adverso, el movimiento homosexual creció y pasó al ataque. En febrero de 1988 se celebró en Warrenton (Virginia) una “Conferencia de guerra” a la que asistieron 175 activistas que representaban a organizaciones de todo el país. En aquella cumbre se adoptó una estrategia que dos de los participantes, el neuropsiquiatra Marshall Kirk y el experto en marketing Hunter Madsen, pusieron a continuación por escrito. Los objetivos eran ambiciosos: abandonar las técnicas utilizadas hasta el momento por el activismo gay, propias de una actitud más bien defensiva, y aplicar de modo consecuente los recursos de la propaganda y las relaciones públicas para llevar a cabo una auténtica revolución que derrotase de modo definitivo la moral tradicional, conservadora y mojigata. Desde el punto de vista del márketing y la opinión pública, la estrategia y su aplicación constituyeron un ejemplo insuperable de inteligencia y eficacia.
Ente los puntos centrales de aquella iniciativa organizada se encontraban los siguientes: difundir la idea de que el 10% de la población es homosexual; mostrar a destacados personajes históricos, que tienen un valor ejemplar como homosexuales, reales o supuestos: presentar la homosexualidad como algo de nacimiento, genético; denominar a los enemigos de la homosexualidad; y dar siempre una imagen positiva y atractiva del estilo de vida homosexual.
¿Qué se pretendía con esta política? ¿Cuál era el sentido último de la revolución preconizada en el manifiesto emanado de la cumbre de Warrenton? ¿Se trataba de la ampliación de derechos que recientemente ha proclamado el presidente del Gobierno español, José Luis Rodríguez Zapatero? En parte sí, pero el logro de algunos derechos no es más que una meta parcial, casi una cortina de humo. La realidad es que los homosexuales tienen muy poco interés en casarse entre sí, allí donde la ley lo permite, y España no ha sido una excepción. Entablar relaciones monógamas estables no suele ser un objetivo prioritario para estas personas. Por lo general, tampoco les interesa adoptar. De lo que se trata en el fondo, más allá de debates jurídicos de detalle, es de suprimir la idea de normalidad, de eliminar la realidad de una naturaleza independiente de la voluntad.
Las reivindicaciones homosexuales se dan aquí la mano con una vieja aspiración que está en el núcleo de la cultura moderna: el dominio absoluto, tanto de la realidad física como de la social, y ahora también de la personal. No hay nada que merezca respeto y consideración, todo debe quedar disponible, manipulable según el capricho de cada cual. Judith Butler, una de las más destacadas pensadoras de género de la actualidad, lo dice de modo inequívoco: “La teoría queer se opone a toda reivindicación de identidad, incluyendo la asignación de un sexo estable”. Aceptar una identidad, aunque fuera construida al modo de Money, constituiría una esclavitud intolerable. Como resultado de la deconstrucción del género, un concepto clave sería ahora el de “transición”. La identidad de género no está dada de una vez por todas, sino que puede cambiar de modo constante. “La tarea de la política internacional de gays y lesbianas es nada menos que rehacer la realidad, reconstruir lo humano y negociar los términos de lo que se considera habitable y lo que no”, añade Butler.
La cuestión no es únicamente un debate académico ajeno a los intereses prácticos del gran público. Es muy elocuente el modo en el Butler afronta las implicaciones del diagnóstico de GID (Gender Identification Disorder): “Recibir el diagnóstico de GID es ser considerado malo, enfermo, descompuesto, anormal y sufrir cierta estigmatización. Por ello, algunos psiquiatras y activistas trans han argumentado que la diagnosis debería ser completamente eliminada, que la transexualidad no es un trastorno y que no debería ser concebida como tal, y que debería entenderse a los trans como personas comprometidas con una práctica de autodeterminación, personas que ejercen su autonomía. Así pues, por una parte el diagnóstico continúa valorándose porque proporciona una forma económica de transicionar (permite que el seguro médico financie la intervención quirúrgica). Por otra, la oposición es firme porque el diagnóstico continúa considerando como un trastorno patológico lo que debería concebirse como una entre las muchas posibilidades humanas de determinar el propio género”.
En el fondo, la persona homosexual se sabe distinta, anómala, y esa sensación no suele ser agradable. La etiología de la homosexualidad puede ser muy variada –aunque si hay algo claro hasta el momento es que no se ha encontrado el gen responsable de ese trastorno– y las influencias que determinan su aparición pueden actuar durante fases diversas de la vida de las personas, y contar o no con su consentimiento. Hay homosexuales que se inician como adultos de modo voluntario en esa forma de vida y otros que lo son de modo involuntario a consecuencia del enfoque de su socialización primaria. La vuelta a la normalidad puede resultar difícil –aunque a la vez hay una abundante experiencia que indica que se puede lograr– y muchos ni siquiera la quieren. Esa sensación de anomalía desaparecerá si antes lo hace la propia noción de normalidad. Si ya no hay una referencia normal, canónica, todas las opciones se vuelven equivalentes. En el caso de la sexualidad esto significa equiparar la tradicional heterosexualidad con las diversas orientaciones posibles: homosexualidad, bisexualidad, transexualidad, además de otras variantes, y con la dimensión añadida de la transición: ninguna de estas orientaciones, que se eligen libremente, debe entenderse como una condición permanente.
LA HOMOSEXUALIDAD Y LOS MEDIOS
De ahí la notable importancia simbólica, que no real, del actual debate acerca de la transexualidad y la identidad de género. Una vez más, España ha sido pionera en el mundo y ha aprobado una ley que permite el cambio de género por una simple decisión voluntaria, al margen de la biología. Como en tantas otras ocasiones, el papel del boletín oficial lo soporta todo. Interesa hacer lo posible para otorgar carta de naturaleza a esas otras orientaciones sexuales. En este contexto, por ejemplo, se entiende que un diario como El País dé gran importancia a la noticia de que “en el Ayuntamiento de Gerona se ha casado la primera pareja de transexuales que se sienten mujeres y además son lesbianas”. Noticias como esa, debidamente aireadas, pueden contribuir a generar el deseado cambio de opinión.
El papel de los medios de comunicación españoles en el paisaje descrito no es en absoluto inocuo. No hace falta realizar un minucioso análisis de su contenido durante los dos o tres últimos años para comprobar que hay un tema estrella, tanto de la información como de la ficción, omnipresente en las páginas de diarios y revistas y en todo tipo de programas radiofónicos o televisivos –ficción, informativos, late night shows, talk shows, magazines, series de ficción nacionales o extranjeras e incluso en los Lunnis–: la problemática de género y, más en concreto, la homosexualidad.
En televisión ya es habitual que los representantes del colectivo GLBT (gays, lesbianas, bisexuales, transexuales) sean inteligentes, honrados, sensibles y generosos, frente a heterosexuales despreciables y sin educación. Esta focalización podría no ser más que una expresión lógica de la sexualización de todos los ámbitos de la vida que afecta a Occidente, perceptible de modo especial en los sectores de la comunicación y el entretenimiento. Y como esos mismos medios se han vuelto cada vez más sensibles a las demandas de sus lectores y audiencias, por la propia evolución del mercado de la comunicación, que lleva a un peso creciente de la demanda frente al anterior mayor protagonismo de la oferta, sería lógico suponer que la población exige con avidez ese tipo de contenidos, tal vez para compensar tantos decenios de abstinencia forzosa. Sería una nueva manifestación del movimiento pendular que parece caracterizar la evolución social española. Pero los datos de la investigación empírica no avalan esta hipótesis. Cuando el barómetro del CIS pregunta mes a mes a los ciudadanos españoles por los temas que les preocupan, tanto en general como en particular, lo relativo a la homosexualidad y al género no aparece siquiera en la lista con la treintena de asuntos mencionados en las respuestas de la muestra.
¿Cómo se explica este desfase entre la agenda de los medios y las preferencias de los intereses del público? Cuando los representantes de los medios hablan de sí mismos, suelen presentarse como el “espejo de la sociedad”, a modo de notarios que se limitan a levantar acta del acontecer social. Este papel, investido además de una noble aureola ética, les obligaría a mostrar también el lado sombrío de nuestra realidad social, lo que justifica la deriva de los contenidos y programaciones hacia el morbo y la basura. No hacerlo así, dicen, sería incluso una falta de responsabilidad. Confrontar al público con los aspectos más terribles de la condición humana puede convertirse incluso en requisito indispensable para suscitar los necesarios debates públicos y ayudar así a la solución de esos problemas. Parece claro que estas circunstancias no concurren en el caso de la homosexualidad. Aquí los medios se emplean muy a fondo, con abundantes recursos materiales y personales, para mantener en el orden del día de la agenda pública un asunto por el que la gran mayoría de la gente no muestra interés.

 

REVOLUCIÓN FRENTE A NATURALEZA
En cualquier caso, parece que los signos de los tiempos son favorables a la causa de la ideología de género, aunque el objetivo que se ha marcado el movimiento es muy ambicioso y no siquiera la estrategia mejor diseñada puede asegurar el triunfo de la revolución. En algunos medios del activismo reina una sensación de victoria. Cuando en el verano de 2007 se estrenó en Estados Unidos con gran éxito la serie televisiva Rick & Steve, una especie de South Park en versión gay protagonizada por the happiest gay couple, el crítico de televisión de The New York Times lanzaba emocionado las campanas al vuelo y sentenciaba categórico: “Rick & Steve es la prueba más poderosa de que un lado ha ganado”. Pero no hay que olvidar que Nueva York o California no representan ni mucho menos la totalidad de los Estados Unidos. Basta recordar el vapuleo electoral sufrido por el activismo gay en las votaciones realizadas en diversos estados con ocasión de las elecciones legislativas de noviembre de 2006: a pesar de los millones invertidos por la causa gay en sofisticadas campañas de opinión, una abrumadora mayoría de los ciudadanos estadounidenses sigue pensando que el matrimonio es sólo de hombre y mujer. Y en aplicación de una ley física tan básica como la acción y reacción, mucha gente empieza a reaccionar ante la agresividad de los lobbies homosexuales. Por ejemplo, los bomberos de San Diego, que han llevado a los tribunales a sus superiores por haberles ordenado que participaran, vestidos de uniforme, en la Gay Pride Parade.
¿Cuál será el desenlace de esa batalla española? La cuestión tiene relevancia más allá de la Península Ibérica, por el papel pionero que ejercen los gobiernos –central y algunos autonómicos– en esa cruzada, que los convierte en referencia para otros países. Desde el punto de vista de la opinión pública, España se convierte así en un experimento digno de observación. ¿Podrá la acción concertada de la clase política y mediática cambiar los modos de pensar de la mayoría de la población? La presión de la corrección política y fenómenos del tipo de la espiral del silencio hacen que políticos o periodistas que en principio deberían oponerse al activismo gay callen por miedo a ser tildados de retrógrados. Diarios como El País o El Mundo, antagonistas políticos, se dan la mano en este punto. Y otros medios que en principio deberían enfrentarse a esa tendencia si fueran coherentes con su línea editorial –por ejemplo ABC y los diarios de Vocento La Razón o La Vanguardia– tiene las manos atadas: ¿cómo van a criticar la ideología de género si obtienen pingües ganancias de los anuncios clasificados de contenido sexual? Una vez más, el negocio derrota a la moral.
Mientras los grandes de la política o de la comunicación actúan con agresividad o callan con complicidad, la oposición a esa nueva cultura oficial se refugia en pequeñas formaciones políticas alternativas o en medios de escasa difusión, aunque la tecnología en forma de internet acude en ayuda de su causa, y la mayoría silenciosa empieza a despertar y aprende a movilizarse en la calle. Habrá que seguir con atención el desarrollo del clima de opinión a este respecto. Los promotores del cambio o “ampliación de derechos” se emplean a fondo y cuentan con abundantes recursos. ¿Conseguirán su objetivo revolucionario? Lo dudo, pues la realidad o la naturaleza no dejan de existir por mucho que el BOE se empeñe en lo contrario. Como decía El Gallo, lo que no puede ser no puede ser, y además es imposible.■

 

 
* Alejandro NAVAS, “La última hija del marxismo”: Nuestro Tiempo n.º 647 (mayo 2008) 103-109

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