Filosofía y educación

Apertura a la verdad

Por Julián Marías

 

Cada vez me parece más confirmada mi vieja idea de «las raíces morales de la inteligencia». Mi convicción de que sin una considerable dosis de bondad se puede ser «listo», pero no verdaderamente inteligente. Y esto responde, más que a una preocupación moral, a una evidencia intelectual: la de que la inteligencia consiste sobre todo en abrirse a la realidad, dejar que ella penetre en la mente y sea aceptada, reconocida, poseída. Es frecuente que la agudeza, la «listeza», coincida con la maldad, a veces se las asocia; pero si se mira bien se ve que no se trata de inteligencia, es decir, de comprensión de la realidad, sino de su utilización o manipulación.

Por eso hay que estar atento al grado de apertura o cerrazón de las personas, sobre todo de aquellas que pretenden manejar lo real, interpretarlo o explicarlo. Es característico del hombre inteligente el «esperar», no precipitarse, dejar que lo que aparece ante los ojos o intenta penetrar por el oído se manifieste por entero, exhiba sus títulos de justificación, sea examinado por varios lados, desde distintos puntos de vista. Ésta es la razón de que las mujeres, cuando de verdad lo son, quiero decir cuando son fieles a su condición propia, resulten sumamente inteligentes, proporcionalmente más que los hombres, tantas veces apresurados.

Cuando leo a un escritor, lo primero que siento es la posible impresión de apertura. En sus páginas, tal vez desde las primeras líneas, se percibe que algo nuevo está entrando, que se está agregando algo a lo que ya se sabía, o se está dando relieve a un aspecto desatendido. De ahí la impresión de enriquecimiento, que suscita gratitud.

Son los escritores que merecen ser leídos, porque hacen generosa donación de su realidad, nos brindan descubrimientos que han hecho en soledad, o han hecho vivir aspectos mal conocidos de la vida humana, o han hecho vibrar, con una expresión afortunada o una metáfora, facetas de la realidad que empiezan a irradiar belleza.

Otras veces la impresión es bien distinta. El autor aparece encastillado en algunas ideas, rara vez suyas, casi siempre recibidas, que precisamente se interponen entre él y lo que las cosas son –no digamos si se trata de personas-, con lo cual nos priva de todo posible enriquecimiento, de toda dilatación de nuestra propia mente.

El buen catador, quiero decir el buen lector que ha leído, año tras año, muchas páginas y sabe distinguir, se da cuenta pronto de esa diferencia decisiva. Ve que no puede esperar nada, que no va a recibir ninguna innovación. En esta época en que la producción de escritos es ingente, en todas sus formas, en que es inabarcable, no ya el contenido de lo que se publica sobre cualquier cuestión, sino los simples títulos, la capacidad de distinguir es salvadora, acaso la única forma de sobrevivir a la inundación que por todas partes nos acosa.

Hay autores que nos producen la impresión de que «no se enteran de nada», de que, pase lo que pase, se diga lo que se diga, permanecerán en sus trece, repetirán lo que oyeron o leyeron hace largo tiempo, lo que manifestó su error o su falsedad. Recuerdan el cuento de aquel general tan valiente que no se rendía ni a la evidencia.

A veces la cerrazón se debe a la escasez de inteligencia, a la incapacidad de reflexionar sobre lo que se ha leído u oído, incluso lo que se ha pensado en algún momento y ha sido desmentido por los hechos o por una visión más amplia. La pereza, casi siempre olvidada, explica muchas cosas.

Pero hay una forma de cerrazón más profunda y que merece examinarse. No es simple cerrazón, obturación de la mente frente a lo que intenta penetrar en ella. Tiene un carácter defensivo, es una resistencia a lo real, como si fuese una agresión o una amenaza. Por eso esta forma de cerrazón es hostil, casi siempre polémica, beligerante.

El que habla o escribe se siente en peligro, inquieto, agredido, no por una tesis distinta u opuesta, sino por la realidad misma. Es decir, defiende lo que en el fondo sabe que no es verdad, se identifica con ello, como si fuera él mismo, rechaza lo distinto.

No se comprende bien esta actitud. ¿Cómo puede ser «enemiga» la realidad? ¿No es aquello que nos rodea, con lo que tenemos que hacer nuestra vida? La estructura efectiva del mundo, la historia que en realidad ha acontecido, la consistencia de lo humano, las condiciones de la personalidad, ¿cómo puede ser eso algo «adverso», que hay que combatir y rechazar? Si se mira bien, es la expresión máxima de inseguridad, el temor a ver disiparse lo que se ha tomado, sin motivo, como fundamento de la propia vida.

Esa impresión de que hay muchos que «no se enteran de nada», que persisten imperturbables en nociones que no resisten un minuto de reflexión y análisis, de confrontación con los hechos, es descorazonadora. Es particularmente frecuente cuando interviene el apasionamiento político, casi siempre asociado con la mentira –a diferencia de la política noble, que busca, como decía Fichte, «declarar lo que es»–; hay formas extremas que están rigurosamente montadas sobre la falsificación, para las cuales lo real es un veneno mortal.

Pero al lado de esa cerrazón hay síntomas alentadores de apertura; muy en especial entre personas que no tienen grandes pretensiones, que no intentan definir, que no creen que lo saben todo. Son aquellas que buscan precisamente «enterarse» –es decir, integrarse–, que sienten alegría y gratitud cuando se les muestra algo que no habían visto o con lo que no habían contado.

Y esa magnitud es máxima si descubren que estaban en un error, si se ven obligadas a rectificar, es decir, a instalarse en la verdad que se les había escapado. Sienten que son mejores, más reales, que se ha producido un incremento de su propia persona. He aludido a la diferencia entre hombres y mujeres, debida a la diversidad de su forma de vida, y por tanto de su variedad de razón. Se podría investigar la apertura o cerrazón a lo largo del tiempo, según las edades en cada momento, lo que obligaría a pensar en diferencias generacionales. No cabe duda de que ha habido alguna que ha sido sometida a un riguroso tratamiento de «cerrazón» que ha gravitado pesadamente sobre ella, de la que con el paso de los años acaso se ha ido liberando. Creo percibir síntomas de apertura en los jóvenes, que a veces adopta la forma de la desorientación, quizá porque tienen que combatir las tentaciones de cerrazón para intentar ser ellos mismos, aquello que en el fondo desean ser. Si no me equivoco, esto es lo más esperanzador del horizonte.

 

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