Filosofía y educación

El restablecimiento de la filosofía ¿por qué?

G. K. Chesterton

La mejor razón para un resurgimiento de la filosofía es que, a menos que un hombre tenga una filosofía, le ocurrirán cosas, ciertamente, horribles. Será práctico, progresista; cultivará la eficiencia; confiará en la evolución; realizará el trabajo que tenga más a mano; se dedicará a los hechos, no a las palabras. Así, derribado por sucesivos golpes de ciega estupidez y destino fortuito, andará a los tumbos hasta su miserable muerte, sin otro consuelo que una serie de reclamos, tales como los que antes catalogué. Todo esto no es más que un simple sustituto para los pensamientos. En algunos casos, son los apéndices y los extremos de los pensamientos de otro.

Esto significa que un hombre que se niega a tener su propia filosofía no tendrá siquiera las ventajas de una bestia bruta, que vive según su instinto. Sólo tendrá los restos usados de la filosofía de otro; y eso es algo que las bestias no se ven obligadas a heredar; de allí su felicidad. Los hombres siempre tienen una de estas dos cosas: una filosofía completa y consciente o la aceptación inconsciente de los pedacitos rotos de alguna filosofía incompleta, destrozada y a menudo, desacreditada. Esos pedacitos son las frases ya citadas: eficacia, evolución, etc. La idea de ser «práctico», así aislada, es todo lo que queda de un pragmatismo que no puede sustentarse. Es imposible ser práctico sin ser pragmático. ¿Qué ocurriría si acudiéramos al primer hombre práctico que encontrásemos y le dijéramos al pobre: «Dónde está tu pragma»?

Hacer el trabajo más cercano es una tontería evidente; sin embargo, se la ha repetido en muchos lugares. En nueve de cada diez casos, significaría realizar el trabajo para el cual estamos menos capacitados, tal como limpiar ventanas o golpear al vigilante en la cabeza. «Hechos, no palabras» guarda en sí mismo un ejemplo excelente de «Palabras, no pensamientos». Es un hecho arrojar una piedra a un lago y es una palabra la que envía un prisionero a la horca. Mas, realmente, existen palabras muy fútiles; y esta especie de filosofía periodística y ciencia popular está formada casi enteramente por ellas.

Algunos temen que la filosofía los aturda o aburra, porque creen no solamente que es una retahíla de largas palabras, sino que es una maraña de complicadas ideas. A esas personas se les escapa el punto importante de la situación moderna. Ésos son exactamente los males que todavía existen principalmente por falta de una filosofía. Los políticos y los periódicos siempre están usando largas palabras. No es un consuelo que las usen mal. Las relaciones políticas y sociales están complicadas por encima de toda esperanza. Son mucho más complicadas que cualquier página de metafísica medieval; la única diferencia está en que los hombres de la Edad Media podían desenredar la maraña y seguir las complicaciones; y los hombres modernos no pueden. En nuestros días, las cosas más prácticas, tales como las finanzas y la política, son terriblemente complicadas. Nos resignamos a tolerarlas porque nos contentamos con comprenderlas mal, no con entenderlas. El mundo de los negocios necesita de la metafísica… para que lo simplifique.

Sé que estas palabras podrán recibirse con desprecio y con ásperas aseveraciones de que éste no es el momento para las tonterías y las paradojas, y que lo que realmente se necesita es un hombre práctico que se haga presente y aclare el barullo. Y sin duda, aparecerá un hombre práctico; y sin duda, irá y sacará unos cuantos millones para sí y dejará el lío más embarullado que antes; como ha hecho anteriormente cada uno de los otros hombres prácticos. La razón es perfectamente simple. Este tipo de persona, un tanto burda e inconsciente, siempre agrega a la confusión; porque ella misma tiene dos o tres diferentes motivos al mismo tiempo y no distingue entre ellos. Enredados en su mente, sin esperanza, un hombre tiene: primero, un deseo intenso y humano por el dinero; segundo, un deseo un tanto pedante y superficial de progreso o de marchar al ritmo del mundo; tercero, un profundo disgusto porque lo crean demasiado viejo para estar a la altura de la gente joven; cuarto, un cierto patriotismo o espíritu público, vago mas genuino; quinto, un concepto falso de un error cometido por H. G. Wells, en forma de un libro sobre la evolución.

Cuando un hombre tiene todo esto en la cabeza y ni siquiera trata de clasificarlo, por consentimiento y aclamación unánime se lo llama un hombre práctico. Pero no es esperable que un hombre práctico enmiende la confusión impracticable, pues no puede aclarar la confusión de su propia mente, y mucho menos la de su propia comunidad y civilización, extraordinariamente complejas. Por algún extraño motivo, se suele decir que este tipo de hombre práctico «conoce sus propias ideas». Obviamente, eso es lo que no conoce. En unos pocos y afortunados casos, probablemente sepa lo que quiere, como lo sabe un perro o un niño de dos años; pero ni aun entonces sabe para qué lo quiere. Y es el cómo y el porqué los que deben ser considerados cuando se investiga el modo en que cierta cultura o tradición se ha llegado a ver en un embrollo. Lo que necesitamos, como lo comprendieron los antiguos, no es un político que sea a la vez hombre de negocios, sino un rey que sea filósofo.

Pido perdón por la palabra «rey», que no es necesaria estrictamente, pero sugiero que sería una de las funciones del filósofo detenerse en tales palabras y determinar su importancia y su falta de importancia. La República romana y todas sus ciudades, hasta su fin, tuvieron horror a la palabra «rey». Como consecuencia, inventaron y nos impusieron la palabra «emperador». Los grandes republicanos que fundaron América también tenían horror a la palabra «rey», que entonces reapareció con la calificación especial de Rey del Acero, Rey del Petróleo, Rey del Puerto y otros similares monarcas, hechos de similares materiales. La tarea del filósofo no es necesariamente condenar la innovación o negar la distinción, pero tiene el deber de preguntarse qué es exactamente lo que hay en la palabra «rey» que le disgusta a él y a los otros. Si lo que le disgusta es que un hombre use la piel manchada de un animal llamado arminio, o que un clérigo le coloque a un hombre un aro de metal en la cabeza, actuará de un modo; si lo que le disgusta es que un hombre tenga poderes vastos e irresponsables sobre otros hombres, puede decidir de otra manera. Si lo que le disgusta es que la piel o tales poderes pasen de padre a hijo, deberá averiguar si esto ocurre actualmente en el mundo del comercio. Pero, de todas maneras, tendrá la costumbre de examinar el asunto por el pensamiento, por la idea de lo que le gusta o le disgusta; y no solamente por la manera en que suena una sílaba o como lucen las tres letras que comienzan con «R».

La filosofía es sólo el pensamiento que ha sido pensado. A menudo, es muy tediosa. Pero el hombre no tiene alternativa, excepto sufrir la influencia de pensamientos que han sido pensados y no sufrir la influencia de pensamientos que no han sido pensados. A esto llamamos comúnmente cultura y civilización. Pero el hombre siempre sufre la influencia de pensamientos de alguna clase, los propios o los de algún otro hombre; los de alguien en quien confía o los de alguien de quien nunca oyó hablar; pensados de primera, segunda o tercera mano; pensados desde leyendas explotadas o rumores no verificados; pero siempre hay algo como la sombra de un sistema de valores y una razón de prelación. El hombre siempre examina todo a través de algo. La cuestión aquí es saber si alguien examinó, alguna vez, el examen.

Tomaré un ejemplo entre los miles que existen. ¿Cuál es la actitud de un hombre común cuando se le cuenta un suceso extraordinario, un milagro? Me refiero a eso que vagamente se denomina sobrenatural, pero que debería llamarse más exactamente preternatural. Pues la palabra «sobrenatural» se aplica sólo a lo que es más alto que el hombre, y una buena cantidad de milagros modernos tienen la apariencia de venir de lo que es considerablemente más bajo. De cualquier manera, ¿qué dicen los hombres modernos cuando aparentemente se los enfrenta con algo que (para usar una frase hecha) no puede ser explicado naturalmente? Pues bien, la mayoría de los hombres modernos, de inmediato, comienzan a decir tonterías. Cuando algo así es mencionado en novelas, periódicos o revistas, el primer comentario es siempre algo así: «¡Pero, mi querido señor, estamos en el siglo XX!» Vale la pena tener cierto entrenamiento en filosofía, aunque sólo sea para evitar hacer el tonto de una manera tan horrible. A fin de cuentas, tiene menos sentido que decir: «¡Pero, mi querido señor, estamos en la tarde del martes!» Si los milagros no pueden ocurrir, no pueden hacerlo ni en el siglo XX ni en el siglo XI. Si pueden ocurrir, nadie es capaz de probar que existe una época en que no puedan ocurrir.

Lo mejor que puede decirse del escéptico es que no puede decir lo que piensa y, por lo tanto, pensare lo que pensare, no puede pensar en lo que dice. Mas si solamente quiere decir que se puede creer en los milagros en el siglo XII, pero no se puede creer en ellos en el siglo XX, entonces nuevamente se equivoca, tanto en teoría como de hecho. Se equivoca en teoría porque el reconocimiento inteligente de las posibilidades no depende de una fecha sino de una filosofía. Un ateo podría no creer en el siglo I y un místico podría seguir creyendo en el siglo XX. Y se equivoca de hecho, porque todo muestra que habrá muchos milagros y mucho misticismo en el siglo XXI; y sin duda alguna, su cantidad va en aumento en el siglo XX.

Pero sólo he tomado esa primera agudeza superficial porque hay un significado en el simple hecho de que viene primero; y su misma superficialidad revela algo de lo subconsciente. Son agudezas casi automáticas; y las palabras automáticas tienen cierta importancia en psicología.

No seamos demasiado severos con el digno caballero que informa a su querido señor que estamos en el siglo XX. En las misteriosas profundidades de su ser, hasta ese enorme burro quiere, realmente, decir algo.

El núcleo de la cuestión es que no puede explicar lo que quiere decir; y ésa es la defensa para una mejor educación filosófica. Lo que quiere decir es esto, poco más o menos: «Hay una teoría que explica este misterioso universo, por la cual, en realidad, se inclinó cada vez más gente durante la segunda mitad del siglo XVIII y la primera mitad del siglo XIX; y hasta este punto al menos, la teoría creció con los inventos y los descubrimientos de la ciencia a los cuales debemos nuestra actual organización —o desorganización— social. Esta teoría sostiene que causa y efecto han obrado desde el principio en una secuencia ininterrumpida como un destino fijo; y que no hay voluntad tras ese destino; de manera que debe obrar por sí misma en ausencia de esa voluntad, como una máquina debe funcionar en ausencia del hombre. En el siglo XIX, hubo más personas que sostuvieron esa particular teoría del universo. Yo, particularmente, la sostengo y, por lo tanto, es evidente que no puedo creer en milagros».

Todo esto tiene mucho sentido, mas también lo tiene la afirmación contraria: «Yo no sostengo esa teoría, y por lo tanto es evidente que puedo creer en los milagros».

La ventaja de un hábito filosófico elemental es que le permite a un hombre comprender, por ejemplo, una afirmación como ésta: «Si puede o no haber excepciones a un proceso, depende de la naturaleza de ese proceso». La desventaja de no tener ese hábito es que un hombre se impacientará ante esa perogrullada tan sencilla; y lo llamará jerigonza filosófica.

Pero seguirá hablando y dirá: «No podemos tener esas cosas en el siglo XX». Y eso es verdadera jerigonza. Sin embargo, con seguridad, se le podría explicar la primera aseveración en términos bastante sencillos. Si un hombre ve que un río corre cuesta abajo día tras día y año tras año, se justifica que calcule, hasta podríamos decir que asegure, que seguirá así hasta que desaparezca. Pero no se justifica que diga que no puede correr cuesta arriba hasta que sepa realmente por qué corre. cuesta abajo. Decir que lo hace por gravitación responde a la cuestión física y no a la filosófica. Solamente repite que hay reiteración; no alcanza el tema más profundo de si esa reiteración puede ser alterada por cualquier cosa fuera de ella. Y eso depende de si hay algo fuera de ella.

Por ejemplo, supongamos que un hombre ha visto un río en sueños. Puede haberlo visto en un centenar de sueños, siempre repitiéndose y siempre corriendo cuesta abajo. Pero eso no impediría que el sueño centésimo fuera distinto y el río trepara por la montaña; porque el sueño es un sueño y hay algo fuera de él. La simple repetición no prueba la realidad o la inevitabilidad. Debemos reconocer la naturaleza del objeto y la causa de la repetición. Si la naturaleza del objeto es una Creación y la causa un Creador, en otros términos, si la reiteración misma es sólo la repetición de algo determinado por la voluntad de una persona, entonces no es imposible para esa misma persona determinar algo distinto. Si un hombre es un tonto por creer en un Creador, entonces lo es por creer en un milagro; pero no de otro modo. De otro modo, es simplemente un filósofo que es consecuente con su filosofía. Un hombre moderno tiene la absoluta libertad para elegir una u otra filosofía. Pero lo que en realidad le ocurre al hombre moderno es que no conoce ni siquiera su propia filosofía; sino sólo su propia fraseología. Solamente puede responder al próximo mensaje espiritual de un espiritista o a la próxima cifra confirmada por los médicos de Lourdes, repitiendo lo que, en general, no son más que frases; o, en el mejor de los casos, prejuicios.

De esta manera, cuando un hombre tan brillante como H. G. Wells dice que tales ideas sobrenaturales se han convertido en algo imposible «para personas inteligentes», él (en ese momento) no habla como una persona inteligente. En otros términos, no habla como un filósofo; porque ni siquiera dice lo que quiere significar. Lo que quiere significar no es que sea «imposible para las personas inteligentes», sino «imposible para los monistas» o «imposible para los deterministas inteligentes». Pero no es una negación de inteligencia sostener un concepto coherente y lógico de un mundo tan misterioso. No es una negación de la inteligencia creer que toda experiencia es un sueño. No es signo de falta de inteligencia creer que es una ilusión, como creen ciertos budistas; y aun menos creer que es un producto de una voluntad creadora, como creen los cristianos. Siempre nos dicen que los hombres ya no tendrían que estar divididos de una manera tan brusca en sus diferentes creencias. Como paso inmediato en el progreso, es mucho más urgente que estén divididos más clara y bruscamente en sus distintas filosofías.

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