Filosofía y educación

Mero cristianismo

por CLIVE S. LEWIS

Edición Original: 1952 
Edición Electrónica: 2011

INDICE

Semblanza de C. S. Lewis

PREFACIO

LIBRO PRIMERO

EL BIEN Y EL MAL COMO CLAVE  PARA EL SENTIDO DEL UNIVERSO

1. LA LEY DE LA NATURALEZA HUMANA

2. ALGUNAS OBJECIONES

3. LA REALIDAD DE LA LEY

4. LO QUE HAY TRAS LA LEY

5. TENEMOS MOTIVO PARA ESTAR INQUIETOS

LIBRO SEGUNDO

EN QUE CREEN LOS CRISTIANOS

1. LAS OPUESTAS CONCEPCIONES DE DIOS

2. LA INVASION

3. LA TERRIBLE ALTERNATIVA

4. EL PERFECTO PENITENTE

5. LA CONCLUSION PRACTICA

LIBRO TERCERO

COMPORTAMIENTO CRISTIANO

1. LAS TRES PARTES DE LA MORAL

2. LAS “VIRTUDES CARDINALES”

3. MORAL SOCIAL

4. MORAL Y PSICOANALISIS

5. MORAL SEXUAL

6. MATRIMONIO CRISTIANO

7. PERDON

8. EL GRAN PECADO

9. CARIDAD

10. ESPERANZA

11. FE

12. FE

LIBRO CUARTO

MAS ALLA DE LA PERSONALIDAD

O PRIMEROS PASOS EN LA DOCTRINA DE LA TRINIDAD.

1. HACER Y ENGENDRAR

2. EL DIOS TRIPERSONAL

3. TIEMPO Y MAS ALLA DEL TIEMPO

4. BUENA INFECCION

5. LOS PORFIADOS SOLDADOS DE JUGUETE

6. DOS NOTAS

7. HAGAMOS COMO SI

8. ¿ES DIFICIL O FACIL EL CRISTIANISMO?

9. CALCULANDO EL COSTO

10. GENTE AGRADABLE U HOMBRES NUEVOS

11. LOS HOMBRES NUEVOS


Semblanza de C. S. Lewis

C. S. LewisQuienes vieron las películas de lasCrónicas de Narnia ya conocen a C. S. Lewis. Es el autor de los libros sobre los cuales están basadas esas películas:El León, la Bruja y el Armario, El príncipe Caspian, La travesía del Viajero del Alba, La silla de plata, El caballo y el muchacho, El sobrino del mago y La última batalla. De modo que, para muchos, C. S. Lewis no necesita presentación.

Menos conocido, sin embargo, es que C. S. Lewis no se limitó a escribir cuentos para niños. De hecho no sólo es una personalidad múltiple y muy interesante sino que forma parte de todo un grupo de pensadores y escritores que se influenciaron mutuamente, en gran medida impulsados por una genuina e intensa inquietud religiosa.

C. S. Lewis fue un gran amigo de R. R. Tolkien, el autor del monumental El Señor de los Anillos. A su vez, su fe cristiana estuvo fuertemente influenciada por G. K. Chesterton. Quien a su vez fue amigo y contemporáneo de Hilaire Belloc y amable adversario de George Bernard Shaw. Hay todo un círculo de amistades y relaciones e influencias mutuas en este grupo de personas que resulta muy interesante estudiar y cuyos efectos se reflejan en las obras de todos ellos.

Clive Staples Lewis nació un 29 de Noviembre de 1898 en Belfast, Irlanda. A lo largo de su vida llegó a ser novelista, académico especializado en la Edad Media, crítico literario, ensayista, teólogo laico y apologista cristiano. Junto con Tolkien fue una figura destacada de Oxford y, junto con otros amigos, formaron el grupo literario informal conocido como los “inklings”. La palabra “inkling” en inglés es difícil de traducir. Significa algo así como sutil sugerencia, leve insinuación, sugestión o propuesta.

Según sus propias memorias, después de haber sido bautizado en la Iglesia de Irlanda al nacer, Lewis se volvió ateo, o por lo menos agnóstico. Sin embargo, bajo la influencia de Tolkien y Hugo Dyson, a la que cabe agregar las lecturas de Chesterton – especialmente su El Hombre Eterno – a los 32 años recuperó su fe y (para cierto disgusto de Tolkien, quien esperaba atraerlo al catolicismo) se convirtió en un miembro de la Iglesia anglicana. Así y todo, en varios de sus escritos se observa una obvia influencia católica, más allá del hecho que buena parte del anglicanismo nunca se alejó demasiado de la doctrina católica tradicional.

Joy Davidman GreshamEn 1956 se casó con Joy Davidman, una escritora y poetisa norteamericana de ascendencia judía, con antecedentes radicalmente comunistas y ateos. Su primer marido fue el novelista William Lindsay Gresham, un alcohólico y abusador con quien tuvo dos hijos y del cual se divorció. Bajo la influencia de los escritos de Lewis, Joy Davidman se convirtió al cristianismo hacia fines de la década de los años ’40 y emigró a Inglaterra. Ambos se encontraron en 1952 después de dos años de correspondencia y establecieron una relación estable y duradera aunque, tiempo después, a Joy le diagnosticaron cáncer óseo. En realidad, el matrimonio se celebró estando ella en la cama del hospital.

La enfermedad de Joy tuvo un breve período de remisión y el matrimonio pudo llevar una vida relativamente normal pero el cáncer recrudeció hasta que en 1960 la pareja hizo un breve viaje a Grecia luego del cual Joy falleció al corto tiempo. El libro de LewisA Grief Observed (Una Pena en Observación) es la obra que escribió luego del fallecimiento de su esposa. Es un relato tan crudo, directo y personal de la vida cotidiana y de las dolorosas preguntas acerca de la fe, la voluntad de Dios y la casi imposibilidad de entenderla, que decidió publicarlo bajo el seudónimo de “N.W.Clerck” haciendo figurar a Joy como “H”. Sin embargo, al final, cansado de que sus propios amigos le recomendaran el libro para aliviar su pena, terminó reconociendo su autoría. Años después, en 1993, la obra inspiraría la películaShadowlands con Anthony Perkins y Debra Winger.

Hacia 1961 la salud de Lewis también se resintió. Después de varios incidentes, entre los cuales sufrió un ataque cardíaco y varias fallas renales, poco antes de cumplir 65 años, C. S. Lewis falleció el 22 de Noviembre de 1963. El mismo día del asesinato de John F. Kennedy y también el mismo día en que también fallecía Aldous Huxley, el autor de Un Mundo Feliz.

Simplemente, Cristianismo

La obra Mero Cristianismo que aquí presentamos – traducida a veces como Cristianismo y nada más – es un libro adaptado de una serie de transmisiones radiales que Lewis leyó ante los micrófonos de la BBC durante la Segunda Guerra Mundial.

Denes Martos
Marzo 2011


PREFACIO

El contenido de este libro fue emitido primero a través del aire, y luego publicado en tres partes separadas comoCharlas radiales (1942), Comportamiento cristiano (1943) yMás allá de la personalidad (1944). En la versión impresa hice algunos agregados a lo que había dicho frente al micrófono, pero, más allá de eso, dejé el texto casi sin modificaciones. Una “charla” en la radio, creo, debería ser lo más parecida posible a una verdadera charla, y no sonar como un ensayo leído en voz alta. En mis charlas, por lo tanto, había usado las formas coloquiales que normalmente utilizo en la conversación, y las reproduje en la versión impresa. Y siempre que en ellas había resaltado la importancia de una palabra con el énfasis de la voz, imprimí en cursivas. Tiendo a pensar ahora que fue un error, un ingrato híbrido entre el arte de hablar y el arte de escribir. Un hablante debe usar variaciones de la voz para dar énfasis, porque el medio que utiliza lo lleva naturalmente a ese método; pero un escritor no debe utilizar cursivas con el mismo fin. Tiene medios propios, diferentes, para destacar las palabras claves, y debe usarlos. En esta edición he suprimido los coloquialismos y reemplazado la mayor parte de las cursivas, reformulando las oraciones en que aparecían, pero sin alterar -espero- el tono “popular” o “familiar” que desde un comienzo me había propuesto. También he añadido y suprimido cosas cada vez que creí entender algún aspecto de mi tema mejor ahora que hace diez años, o cuando sabía que la versión original había sido malinterpretada por otros.

Debo advertir al lector que no ofrezco ayuda alguna a nadie que esté vacilando entre dos “denominaciones” cristianas. No aprenderán de mí si deben hacerse anglicanos, católicos romanos, metodistas o presbiterianos. Esta omisión es intencional (incluso la lista que he dado va en orden alfabético). No hay misterio alguno respecto a mi propia posición. Soy un muy común lego de la Iglesia de Inglaterra, no especialmente “alto” ni especialmente “bajo”, ni especialmente ninguna otra cosa. Pero en este libro no intento convertir a nadie. Desde que me hice cristiano he pensado que el mejor, quizás el único servicio que podía hacer por mi prójimo no creyente, era explicar y defender la creencia común a casi todos los cristianos en todos los tiempos. Tenía más de un motivo para pensar esto. En primer lugar, los asuntos que dividen a los cristianos entre sí implican a menudo puntos de alta teología o incluso de historia eclesiástica, que nunca deberían ser tratados sino por verdaderos expertos. Habría estado perdido en esas aguas: más necesitado de ayuda que capaz de ayudar a otros. Y en segundo lugar, debemos admitir que la discusión de esos puntos polémicos no conduce exactamente a atraer hacia la congregación cristiana a quien se encuentre fuera de ella.Es mucho más probable que el escribir o hablar acerca de tales puntos lo disuada de entrar en cualquier comunión cristiana, antes que llevarlo a la nuestra. Nunca se deberían discutir nuestras divisiones si no es en la presencia de los que ya creen que hay un solo Dios y que Jesucristo es Su único Hijo. Finalmente, me dio la impresión de que en esas controversias ya estaban ocupados muchos más autores, y con más talento, que los dedicados a la defensa de lo que Baxter[1] llama “mero” cristianismo. Esa parte de la línea donde yo creía ser más útil era también la parte que parecía más débil. Y a ella naturalmente me dirigí.

Hasta donde yo sé, éstos fueron mis únicos motivos, y me agradaría mucho que la gente no sacara conclusiones fantásticas de mi silencio en ciertas materias en disputa.

Por ejemplo, tal silencio no significa necesariamente que yo no haya tomado partido. A veces no lo he hecho. Hay asuntos en discusión entre cristianos respecto a los cuales no creo se nos haya dado la respuesta. Hay otros cuya respuesta quizás nunca sabré: si preguntara, incluso en un mundo mejor, podría (por lo que a mí alcanza) obtener la misma respuesta que obtuvo alguien mucho más grande que yo: “¿Y eso a ti, qué? Tú, sígueme”. Pero hay otros asuntos frente a los cuales definitivamente he tomado partido, y aun así no he dicho nada. Porque no escribo para exponer algo que podría llamar “mi religión”, sino para exponer el “mero” cristianismo, que es lo que es y era lo que era mucho antes de que yo naciese, me guste o no me guste.

Algunas personas sacan conclusiones injustificadas del hecho de que nunca digo más acerca de la Bendita Virgen María que lo implicado en afirmar el Nacimiento Virginal de Cristo. Pero, ¿no es obvia la razón por la que no lo hago? Decir más me llevaría de inmediato a territorio altamente contencioso. Y no hay otra contienda entre cristianos que requiera ser tocada con la delicadeza que ésta exige. Las creencias católicas romanas respecto a este tema son sostenidas no sólo con el fervor usual en toda creencia religiosa sincera, sino (muy explicablemente) con esa peculiar y, por así decido, caballerosa sensibilidad que un hombre muestra cuando está en juego el honor de su madre o de su amada. Así, es muy difícil disentir de esas creencias sin correr el riesgo de parecer no sólo un hereje, sino también un villano. Y al contrario, las creencias protestantes opuestas convocan en este tema sentimientos que se hunden en las raíces mismas de todo monoteísmo. A los protestantes radicales les parece que se pone en peligro la distinción entre Creador y criatura (por sagrada que esta última sea): que vuelve a surgir el politeísmo. Así, es difícil disentir de ellos sin parecer algo peor que un hereje: un pagano. Si pudiera escogerse un tópico que con toda seguridad haría zozobrar un libro sobre “mero” cristianismo, si hay un tópico que constituya una lectura absolutamente inútil para quienes todavía no creen que el hijo de la Virgen es Dios, con toda seguridad es éste.

Curiosamente, de mi silencio frente a puntos polémicos no se puede concluir ni siquiera si los considero importantes o sin importancia. Porque éste es en sí mismo uno de los puntos en disputa. Una de las cosas en que los cristianos están en desacuerdo es la importancia de sus desacuerdos. Cuando dos cristianos de diferente denominación comienzan a discutir, en general no transcurre demasiado tiempo antes que uno pregunte si tal y tal punto “realmente importa”, y que el otro responda: “¿Importar? Pero si es absolutamente esencial”.

Digo todo esto simplemente para aclarar qué tipo de libro intentaba escribir, no para ocultar mis propias creencias o para no hacerme responsable por ellas. Al respecto, como dije antes, no hay secreto. Para citar al tío Toby: “Están escritas en el Libro de Oraciones”.

Claramente, el peligro residía en colocar como cristianismo común, cosas peculiares de la Iglesia de Inglaterra o (peor aun) de mí mismo. Traté de protegerme enviando el manuscrito original de lo que ahora es el Libro II a cuatro clérigos (anglicano, católico romano, metodista, presbiteriano), y solicitándoles su opinión. El metodista pensaba que no había hablado lo suficiente de la Fe, y el católico romano creía que había ido un poco demasiado lejos en la relativización de las teorías explicativas de la Redención. Fuera de eso, los cinco estuvieron conformes. No sometí el resto de los libros a semejante “examen” porque las diferencias que pudieran surgir al leerlos serían diferencias entre individuos o escuelas de pensamiento, no entre iglesias.

En la medida en que puedo juzgar a partir de reseñas y de las numerosas cartas que me han escrito, el libro, no importa cuán defectuoso sea en otros aspectos, por lo menos sí logró presentar un consensual, o común, o central, o “mero” cristianismo. En esesentido, puede ser útil para silenciar el parecer según el cual, si omitimos los puntos polémicos, nos quedaremos con sólo un vago y exangüe Máximo Común Divisor. El M.C.D. resulta ser algo no sólo positivo, sino punzante; escindido de todas las creencias no-cristianas por un abismo al que las peores divisiones en el interior de la Cristiandad no se le comparan en absoluto. Si no he colaborado directamente con la causa de la reunificación, quizás he aclarado por qué deberíamos estar reunificados. Sin duda me he topado con poco del legendario odium theologicum por parte de miembros convencidos de comuniones distintas a la mía. La hostilidad ha surgido más bien de gente que vacila entre pertenecer a la Iglesia de Inglaterra o estar fuera de ella: personas no exactamente obedientes a ninguna comunión. Esto me parece curiosamente consolador. En su centro, donde habitan sus hijos más fieles, cada comunión se encuentra más cercana a todas las otras en espíritu, si no en doctrina. Y esto sugiere que en el centro de cada una hay un algo, o un Alguien que, contra todas las distancias en la fe, todas las diferencias de temperamento, todos los recuerdos de persecuciones mutuas, habla con la misma voz.

Eso en cuanto a mis omisiones doctrinales. En el Libro III, que trata de moral, también he mantenido silencio respecto a ciertas cosas, pero por una razón diferente. Desde que presté servicio en la infantería durante la Primera Guerra Mundial, me disgustan profundamente las personas que, ellas mismas cómodas y a salvo, exhortan a los hombres que se encuentran en primera línea. Como consecuencia, soy renuente a hablar demasiado acerca de tentaciones a las que yo mismo no estoy expuesto. Ninguna persona, supongo, se ve tentada por todos los pecados. Sucede que el impulso que lleva a la gente a juegos de azar ha quedado fuera de mi constitución; y, qué duda cabe, pago por ello con la carencia de algún buen impulso del cual es el exceso o la perversión. Así, no me sentí calificado para dar consejo acerca de juegos de azar permisibles o no permisibles; si es que hay alguno permisible, porque no afirmo saber ni siquiera eso. Tampoco he dicho nada sobre control de la natalidad. No soy mujer, ni siquiera un hombre casado, y tampoco soy sacerdote. Pensé que no me correspondía tomar una posición firme respecto a sufrimientos, peligros y gastos de los cuales estoy protegido, ya que ningún deber pastoral me obligaba a ello.

Pueden existir objeciones mucho más profundas -y han sido manifestadas- frente a mi uso de la palabra cristiano en el sentido de uno que acepta las doctrinas comunes del cristianismo. La gente pregunta: “¿Y quién es usted para determinar quién es, o no es, cristiano?” O: “¿No podría suceder que muchas personas incapaces de creer en esas doctrinas sean en verdad más cristianas, estén más cerca del espíritu de Cristo, que las que lo hacen?” Ahora bien, esta objeción es, en un sentido, muy justa, muy caritativa, muy espiritual, muy sensible. Tiene todas las cualidades existentes, excepto la de ser útil. Simplemente no podemos, sin producir un desastre, utilizar el lenguaje de la manera en que esos objetores desean que lo hagamos. Intentaré aclarar esto recurriendo a la historia de una palabra de importancia mucho menor.

La palabra caballero originalmente significaba algo reconocible: alguien que tenía un escudo de armas y poseía tierras. Cuando se llamaba a alguien “un caballero”, no se le estaba haciendo un cumplido, sino simplemente estableciendo un hecho. Si se decía que “no era un caballero”, no se le estaba insultando, sino dando información. No había más contradicción en afirmar que Juan era un estafador y un caballero, que la que hay en decir que Jaime es un tonto y un licenciado universitario. Pero entonces apareció gente que decía -tan justa, caritativa, espiritual, sensiblemente, tan de todo menos útilmente- “Ah, ¿pero no es verdad que lo importante en un caballero no es el escudo de armas y las tierras, sino el comportamiento? ¿Acaso el verdadero caballero no es el que se comporta como debiera hacerlo un caballero? ¿Acaso, en ese sentido, no es Eduardo más verdaderamente caballero que Juan?” Su intención era buena. Ser honorable y cortés y valiente es por supuesto mucho mejor que tener un escudo de armas. Pero no es lo mismo. Peor aún, no es algo en que todos vayan a estar de acuerdo. Llamar a un hombre “caballero” en este sentido nuevo, refinado, no se transforma en un modo de dar información acerca de él, sino en una manera de alabarlo; negar que es “caballero” se convierte simplemente en una forma de insultarlo. Cuando una palabra deja de ser un término descriptivo y se transforma en un término laudatorio, ya no transmite información acerca del objeto: tan sólo comunica la actitud del hablante sobre ese objeto. (Una comida “agradable” sólo significa una comida que le gusta al hablante.) Caballero, una vez que el término ha sido espiritualizado y refinado más allá de su sentido grueso y objetivo, significa muy poco más que hombre que agrada al hablante. Como consecuencia, caballero es hoy una palabra sin utilidad. Ya teníamos numerosos términos de aprobación, así es que no era necesaria para ese uso; por otra parte, si alguien (por ejemplo, en una obra de historia) desea usarla en su sentido antiguo, no puede hacerlo sin explicaciones. Se la ha echado a perder para tal propósito.

Entonces, si permitimos que la gente comience a espiritualizar y refinar o, como podrían decir, hacer más “profundo” el sentido de la palabra cristiano, también ella se transformará rápidamente en una palabra inútil. En primer lugar, los mismos cristianos no podrán aplicarla nunca a nadie. A nosotros no nos corresponde decir quién, en el sentido más profundo, está o no está próximo al espíritu de Cristo. No podemos ver en el corazón de los hombres. No podemos juzgar, y, en verdad, se nos prohíbe juzgar. Actuaríamos de modo maligno y arrogante si dijéramos que un hombre es, o no es, cristiano en este sentido refinado. Y, obviamente, una palabra que no podemos aplicar no va a ser una palabra muy útil. En lo que respecta a los no creyentes, sin duda pueden disfrutar con el uso de la palabra en su sentido refinado. En sus bocas resultará simplemente un término de alabanza. Al llamar cristiano a alguien, querrán decir que lo creen un buen hombre. Pero ese uso de la palabra no significará un enriquecimiento de la lengua, porque ya tenemos la palabra bueno. Entre tanto, la palabra cristiano se habrá echado a perder para cualquier propósito realmente útil al que pudiera haber servido.

Debemos, por lo tanto, apegamos al significado original, obvio. El nombre de cristianos se dio primero en Antioquía (Hechos 11,26) a “los discípulos”, a aquellos que aceptaban la enseñanza de los apóstoles. No se limitaba en modo alguno a los que sacaban el máximo provecho de esa enseñanza. De ninguna manera abarcaba a los que de una forma refinada, espiritual, íntima, se encontraban “más cerca del espíritu de Cristo” que el menos satisfactorio de los discípulos. No se trata de un punto teológico o moral. Es sólo cuestión de usar las palabras para que todos entendamos lo que se dice. Cuando alguien que acepta la doctrina cristiana no vive de acuerdo con ella, es más claro decir que es un mal cristiano, y no que no es cristiano.

Espero que ningún lector suponga que aquí se ofrece el “mero” cristianismo como una alternativa a los credos de las comuniones existentes, como si se lo pudiera adoptar prefiriéndolo al congregacionismo o a la ortodoxia griega o a cualquier otra denominación. Se parece más a un vestíbulo desde el cual se abren puertas hacia diversas habitaciones. Si puedo conducir a alguien a ese vestíbulo, habré logrado lo que intentaba. Pero en las habitaciones, y no en el vestíbulo, están los fuegos encendidos, las sillas y la comida. El vestíbulo es un lugar de espera, un lugar desde el cual probar las distintas puertas, no un lugar donde vivir. Para ello, la peor de las habitaciones (cualquiera de ellas) es, a mi parecer, preferible. Es verdad que algunas personas se encontrarán con que tienen que esperar en el vestíbulo un tiempo considerable, mientras otras casi de inmediato sienten con certeza cuál es la puerta a la que deben golpear. No sé a qué se debe esta diferencia, pero estoy seguro de que Dios no deja a nadie esperando a menos que vea que le conviene esperar. Cuando por fin penetras en tu habitación, descubres que la larga espera te ha hecho un bien que de otra manera no habrías alcanzado. Pero debes considerarlo espera, no campamento. Debes continuar orando para que se te ilumine; y, por supuesto, incluso en el vestíbulo, debes empezar a tratar de obedecer las reglas comunes de toda la casa. Y, sobre todo, debes indagar acerca de cuál es la verdadera puerta, no cuál te agrada más por su pintura y artesonado. En lenguaje sencillo, la pregunta no debería ser: “¿Me gusta ese tipo de servicio religioso?”, sino “¿Son verdaderas estas doctrinas: está aquí lo santo? ¿Me empuja mi conciencia hacia esto? ¿Es mi orgullo el que me hace renuente a llamar a esta puerta, o son mis simples preferencias, o mi antipatía personal por este portero en especial?”

Cuando hayas llegado a tu propia habitación, sé bondadoso con los que han escogido puertas diferentes y con los que todavía están en el vestíbulo. Si están en un error, necesitan en mayor grado tus oraciones; y si son tus enemigos, entonces se te ha ordenado rezar por ellos. Es una de las reglas comunes a toda la casa.

LIBRO PRIMERO

 

EL BIEN Y EL MAL COMO CLAVE PARA EL SENTIDO DEL UNIVERSO

1. LA LEY DE LA NATURALEZA HUMANA

Todo el mundo ha escuchado peleas. A veces suena divertido y otras, simplemente desagradable; pero no importa cómo suene, creo que podemos aprender algo muy importante del tipo de cosas que se dicen las personas en esas ocasiones. Cosas como: “¿Qué te parecería si alguien te hiciera lo mismo?” “Ese es mi asiento, yo estaba aquí primero”. “Déjalo, no te está haciendo ningún daño”. “¿Por qué te vas a meter tú primero?” “Dame un pedazo de tu naranja, yo te di un pedazo de la mía”. “Vamos, me lo prometiste”. La gente -instruida y no instruida, niños y adultos- dice ese tipo de cosas todos los días.

Ahora bien, lo que me interesa en todas esas observaciones es que la persona que las hace no está simplemente diciendo que el comportamiento del otro no llega a agradarle. Está apelando a cierto tipo de norma de comportamiento que supone que el otro conoce. Y la otra persona muy raramente replica: “Al diablo con tu norma”. Casi siempre trata de demostrar que lo que ha estado haciendo en realidad no va contra la norma o que, si lo hace, hay una excusa especial para ello. Pretende que hay alguna razón especial en este caso particular para que la persona que cogió primero el asiento no deba quedarse con él, o que las cosas eran muy diferentes cuando a él le dieron el trozo de naranja, o que algo ha sucedido que le permite romper su promesa. De hecho, es como si ambas partes tuvieran en mente algún tipo de Ley o Regla de juego limpio, o de comportamiento decente, o de moral, o como quieran llamarlo, en torno a la cual realmente estuvieran de acuerdo. Y la tienen. Si no la tuvieran, podrían, por supuesto, pelear como animales, pero no podrían disputar en el sentido humano de la palabra. Disputar significa tratar de demostrar que el otro está equivocado. y no tendría sentido intentarlo a no ser que ambos estén de alguna manera de acuerdo en lo que es el Bien y el Mal, tal como no tendría sentido decir que un jugador de fútbol ha cometido una falta si no hubiera algún acuerdo sobre las reglas del fútbol.

Ahora, esta Ley o Regla sobre el Bien y el Mal se solía llamar la Ley Natural. Actualmente, cuando hablamos de las “leyes naturales”, en general nos referimos a cosas como la fuerza de gravedad, o la herencia, o las leyes químicas. Pero cuando los antiguos pensadores llamaban a la Ley del Bien y del Mal “la Ley Natural”, lo que realmente querían decir es la Ley de la Naturaleza Humana. La idea era que, tal como todos los cuerpos obedecen a la ley de gravedad, y los organismos a las leyes biológicas, la criatura llamada. hombre también tenía su ley. Pero con esta gran diferencia: que un cuerpo no podía elegir si obedecer la ley de gravedad o no hacerlo; en cambio, un hombre podía elegir ya sea obedecer la Ley de la Naturaleza Humana, o desobedecerla.

Podemos plantear esto en otros términos. Cada hombre está sujeto en todo momento a varios conjuntos diferentes de leyes, pero existe uno solo al cual es libre de desobedecer. En tanto cuerpo, está sujeto a la gravedad y no puede desobedecerla; si se lo deja sin apoyo en medio del aire, no tiene más elección respecto a caer que la que tendría una piedra. En cuanto organismo, está sujeto a diversas leyes biológicas que no puede desobedecer, tal como un animal está impedido de hacerlo. Esto es, no puede desobedecer aquellas leyes que comparte con otras cosas o seres; pero la ley que es peculiar a su naturaleza humana, la ley que no comparte con animales o vegetales o cosas inorgánicas, es la que puede desobedecer si así lo elige.

Llamaban Ley Natural a esta ley porque se creía que todos la conocían por naturaleza y no necesitaba ser enseñada. No se referían, por supuesto, a que no se pudiera encontrar a un individuo aislado aquí y allá que no la conocía, tal como hay unas pocas personas que son ciegas al color o carecen de oído para la música. Pero tomando a la raza en su conjunto, pensaban que la idea humana de lo que es comportamiento decente era obvia para todos. Y creo que tenían razón. Si no fuera así, todo lo que en su momento dijimos acerca de la guerra fueron tonterías. ¿Qué sentido tenía decir que el enemigo estaba en el error, a no ser que el Bien sea algo real que, en el fondo, los nazis conocían tan bien como nosotros y debieron haber practicado? Si no hubieran tenido idea alguna acerca de lo que llamamos el bien, entonces, aunque quizás igual hubiéramos tenido que luchar en su contra, no podríamos haberlos culpado por ello con más razón que por el color de sus cabellos.

Sé que para algunas personas la idea de una Ley Natural o del comportamiento decente conocida por todos no es sustentable, porque civilizaciones diferentes en épocas diferentes han tenido una moral completamente diferente.

Pero esto no es verdad. Ha habido diferencias entre sus sistemas morales, pero nunca se ha llegado a una diferencia total. Si alguien se tomara la molestia de comparar las enseñanzas morales de, por ejemplo, los antiguos egipcios, babilonios, hindúes, chinos, griegos y romanos, lo que realmente le sorprendería sería constatar cuán semejantes son entre sí y con las nuestras. He reunido algunas de las pruebas de esto en el apéndice de otro libro llamado La abolición del hombre; pero, para nuestros fines actuales, sólo necesito pedirle al lector que piense en lo que significaría una moral totalmente diferente. Piense en un país donde se admirara a las personas que huyen en una batalla, o donde un hombre se sintiera orgulloso de traicionar a todos aquellos que han sido bondadosos con él. Es lo mismo que tratar de imaginar un país donde dos más dos sean cinco. Los hombres han discrepado respecto de con quiénes debemos no ser egoístas, si sólo con la propia familia, o con los compatriotas, o con todo el mundo. Pero siempre han concordado en que uno no debe ponerse a sí mismo en primer lugar. Nunca se ha admirado el egoísmo. La gente ha discrepado en si se debe tener una esposa o cuatro. Pero siempre se ha concordado en que uno no debe simplemente tener cualquier mujer que le guste.

Pero lo más notable es esto. Siempre que se encuentra a un hombre que dice no creer en un Bien o Mal real, un momento después se lo encontrará retractándose de ello. Puede faltar ala promesa hecha, pero si se intenta romper una que se le haya hecho a él, estará en un santiamén quejándose de que “no es justo”. Una nación puede decir que los tratados no importan; y, al minuto siguiente, se contra dirá al sostener que el tratado específico que desea romper era injusto. Pero si los tratados no importan, y si no existe el Bien ni el Mal -en otras palabras, si no hay Ley Natural-, ¿qué diferencia hay entre un tratado justo y uno injusto? ¿No se les ha caído la máscara dejando a la vista que, sin importar lo que digan, en verdad conocen la Ley Natural como todo el mundo?

Pareciera, entonces, que estamos obligados a creer en un Bien y un Mal reales. En ocasiones la gente puede equivocarse respecto a ellos, tal como puede caer en errores al sumar; pero no son cuestión de gusto o de opinión más de lo que puede serlo la tabla de multiplicar. Y si estamos de acuerdo en eso, avanzaré a mi siguiente punto, que es éste: ninguno de nosotros está realmente cumpliendo con la Ley Natural. Si hay algunas excepciones entre ustedes, les pido disculpas. Sería mejor que leyeran otro libro, porque nada de lo que voy a decir les concierne. Y ahora, dirigiéndome a los seres humanos corrientes que quedaron: espero que no malinterpreten lo que voy a decir. No estoy predicando, y Dios sabe que no pretendo ser mejor que nadie. Tan sólo trato de llamar la atención sobre un hecho; el hecho de que este año, o este mes, o más probablemente este mismo día, hemos fallado en practicar nosotros mismos el tipo de comportamiento que esperamos de los demás. Podemos tener todo clase de excusas. La vez que fuiste tan injusto con los niños fue cuando estabas muy cansado. Ese asunto de dinero un poco oscuro -el que casi has olvidado- sucedió en ocasión en que pasabas por grandes apuros. y lo que prometiste hacer por fulano y nunca has hecho… bueno, nunca lo habrías prometido si hubieras sabido lo terriblemente ocupado que ibas a estar. Y en lo que se refiere a tu conducta con tu esposa (o marido) o hermana (o hermano), si yo supiera cuán irritantes pueden ser, no me extrañaría… ¿y quién diantres soy yo, por lo demás? Soy exactamente igual. Quiero decir, no logro cumplir muy bien la Ley Natural, y apenas alguien me dice que no lo estoy haciendo, se me empieza a formar en la cabeza una sarta de excusas más largas que un brazo. La pregunta no es si son buenas excusas. El punto es que constituyen una prueba más de la profundidad con que, nos guste o no nos guste, creemos en la Ley Natural. Si no creemos en el comportamiento decente, ¿por qué con tanta ansiedad elaboraríamos excusas por no habernos portado decentemente? La verdad es que creemos tanto en la decencia -sentimos tan fuerte la presión de la Ley Natural que no podemos hacer frente al hecho de que estamos rompiéndola, y en consecuencia intentamos desviar la responsabilidad. Porque notarán que sólo para nuestro mal comportamiento encontramos todas estas explicaciones. Es sólo nuestro mal humor el que achacamos a estar cansados o preocupados o con hambre; nuestro buen humor nos lo atribuimos a nosotros mismos.

Estos son, entonces, los dos puntos que quería establecer. Primero, que los seres humanos, en todo el mundo, tienen esta curiosa idea de que debieran comportarse de una determinada manera, y no pueden librarse de ella. Segundo, que de hecho no se comportan de esa manera. Conocen la Ley Natural y la rompen. Estos dos hechos son el fundamento de todo pensamiento claro acerca de nosotros mismos y del universo en que vivimos.

2. ALGUNAS OBJECIONES

Si son el fundamento, mejor haría en detenerme para hacerlo firme antes de proseguir. Algunas de las cartas que he recibido muestran que una buena cantidad de personas encuentra difícil entender qué es exactamente esta Ley Natural, o Ley Moral, o Regla del Comportamiento Decente.

Por ejemplo, algunas personas me escribieron diciendo, “Lo que usted llama la Ley Moral, ¿no es simplemente nuestro instinto gregario, y no se ha desarrollado igual que el resto de nuestros instintos?” Ahora, no niego que podamos tener un instinto gregario: pero no es a eso que me refiero al hablar de la Ley Moral. Todos sabemos cómo se siente el ser impulsado por el instinto -por el amor materno o el instinto sexual o el instinto de comer-o Significa que se siente una fuerte necesidad o deseo de actuar de determinada manera. Y, por supuesto, en ocasiones sí sentimos ese tipo de deseo de ayudar a otra persona: sin duda ese deseo obedece al instinto gregario. Pero sentir el deseo de ayudar es completamente diferente a sentir que debes ayudar, lo quieras o no. Supongamos que escuchas un grito de socorro de un hombre en peligro. Probablemente sentirás dos deseos: uno, un deseo de dar ayuda (debido al instinto gregario); el otro, un deseo de evitar el peligro (debido al instinto de conservación). Pero además de estos dos impulsos, encontrarás en ti una tercera cosa que te dice que debes seguir el impulso de ayudar, y suprimir el impulso a huir. Ahora, esto que juzga entre dos instintos, que decide cuál debe ser alentado, no puede ser en sí mismo ninguno de ellos. Igual podría afirmarse que la página de música que te indica, en un momento dado, tocar una nota en el piano y no otra, es ella misma una nota del teclado. La Ley Moral nos dice la melodía que debemos tocar: nuestros instintos son meramente las teclas.

Otra forma de ver que la Ley Moral no es simplemente uno de nuestros instintos, es ésta. Si dos instintos están en conflicto, y no hay nada en la mente de una criatura excepto esos dos instintos, obviamente el más fuerte de ellos debe ganar. Pero en aquellos momentos en que estamos más conscientes de la Ley Moral, generalmente parece estamos diciendo que nos pongamos de parte del más débil de los dos impulsos. Es probable que quieras estar a salvo mucho más de lo que quieres ayudar al hombre que se ahoga: pero la Ley Moral te dice que igual lo ayudes. Y, con toda seguridad, ¿no nos dice a menudo que intentemos hacer el impulso correcto más fuerte de lo que por naturaleza es? Quiero decir, a menudo sentimos que es nuestro deber estimular el instinto gregario despertando nuestra imaginación y excitando nuestra compasión y así sucesivamente, de tal manera de acumular el vapor suficiente para hacer lo correcto. Pero claramente no estamos actuando desde el instinto cuando nos aprestamos a hacer un instinto más fuerte de lo que es. Aquello que te dice “Tu instinto gregario está dormido. Despiértalo”, no puede ser el instinto gregario mismo. Aquello que te dice cuál nota del piano debe ser tocada más fuerte no puede ser en sí mismo esa nota.

Y aquí va una tercera forma de vedo. Si la Ley Moral fuera uno de nuestros instintos, deberíamos poder señalar un cierto impulso en el interior nuestro que fuese siempre lo que llamamos “bueno”, siempre de acuerdo con la regla del comportamiento correcto. Pero no podemos hacerla. No hay ninguno de nuestros impulsos que la Ley Moral en alguna ocasión no nos diga que suprimamos, y ninguno que en alguna ocasión no nos diga que alentemos. Es un error pensar que algunos de nuestros impulsos -digamos el amor materno, o el patriotismo- son buenos, y otros, como el sexo o el instinto de lucha, son malos. Todo lo que decimos es que las ocasiones en que el instinto de lucha o el deseo sexual deben ser refrenados son algo más frecuentes que aquellas en que se debe refrenar el amor materno o el patriotismo. Pero hay ocasiones en que es deber del hombre casado alentar su impulso sexual, y del soldado alentar su instinto de lucha. También hay ocasiones en que el amor de una madre por sus hijos o el amor de un hombre por su país tienen que ser suprimidos, o llevarán a injusticias respecto de los hijos de otra gente u otros países. Estrictamente hablando, no hay tal cosa como impulsos buenos o malos. Pensemos otra vez en un piano. No tiene dos clases de notas, las notas “correctas” y las “incorrectas”. Cada nota es correcta en un momento dado e incorrecta en otro. La Ley Moral no es ningún instinto en particular ni ningún conjunto de instintos: es algo que hace un tipo de melodía (la melodía que llamamos bien o conducta correcta), y lo hace dirigiendo los instintos.

A propósito, este punto es de una gran importancia práctica. Lo más peligroso que se puede hacer es tomar cualquiera de los impulsos de la propia naturaleza e instituido como aquello que debemos seguir a toda costa. No hay uno solo de ellos que no nos transforme en demonios si lo erigimos en guía absoluto. Podría pensarse que el amor a la humanidad en general es seguro, pero no lo es. Si se deja fuera la justicia, nos encontraremos rompiendo acuerdos y falsificando evidencia en los juicios “por el bien de la humanidad”, transformados finalmente en hombres crueles y traicioneros.

Otras personas me escribieron diciendo: “Lo que usted llama la Ley Moral, ¿no es simplemente una convención social, algo impuesto en nosotros por la educación?” Creo que hay aquí un malentendido. La gente que hace esa pregunta en general está dando por sentado que si hemos aprendido algo de los padres o maestros, entonces ello debe ser un mero invento humano. Pero, por supuesto, no es así. Todos aprendimos la tabla de multiplicar en la escuela. Un niño que creciera solo en una isla desierta no la sabría. Pero, con toda seguridad, de ello no se infiere que la tabla de multiplicar sea simplemente una convención humana, algo que los seres humanos han inventado para sí mismos y podrían haber hecho de otra manera si hubieran querido. Concuerdo plenamente en que aprendimos la Regla de Comportamiento Decente de nuestros padres y maestros, y de amigos y libros, tal como aprendemos todo lo demás. Pero algunas de las cosas que aprendimos son meras convenciones que podrían haber sido diferentes -aprendimos a manejar por un lado de la carretera, pero la regla bien pudo ser manejar por el otro-, y otras, como las matemáticas, son verdades reales. El punto es a cuál de esas clases pertenece la Ley de la Naturaleza Humana.

Hay dos razones para decir que pertenece a la misma clase que las matemáticas. La primera es, como dije en el primer capítulo, que aunque hay diferencias entre las ideas morales de una época o país y las de otros, esas diferencias no son realmente muy grandes -ni aproximadamente tan grandes como imagina la mayoría de las personas- y se puede reconocer la misma ley que las recorre a todas; las meras convenciones, en cambio, como la regla de tránsito o el tipo de ropa que usa la gente, pueden diferir en cualquier medida. La otra razón es ésta: cuando se consideran estas diferencias entre la moral de un pueblo y de otro, ¿se piensa que la moral de un pueblo es siempre mejor o peor que la de otro? ¿Alguno de los cambios ha significado mejorías? Si no es así, entonces por cierto jamás podría haber progreso moral alguno. El progreso significa no solamente cambio, sino cambio para mejor. Si ningún conjunto de ideas morales fuera más verdadero o mejor que otro, no tendría sentido preferir la moral civilizada a la moral salvaje, o la moral cristiana a la moral nazi. De hecho, por supuesto, todos creemos que algunos sistemas morales son mejores que otros. Creemos que algunos de los que intentaron cambiar las ideas morales de su época eran lo que podríamos llamar Reformadores o Precursores, gente que entendía la moral mejor que sus coetáneos. Bien, entonces. Cuando decimos que un conjunto de ideas morales puede ser mejor que otro, de hecho estamos midiendo a ambos de acuerdo a un patrón, estamos diciendo que uno de ellos se conforma a ese patrón de manera más estrecha que el otro. Pero el patrón con que se miden dos cosas es diferente a cualquiera de ellas. De hecho, los estamos comparando con una cierta Moral Real, admitiendo que existe eso que puede llamarse un Bien Real, independiente de lo que la gente piense, y que las ideas de algunas personas se aproximan más a ese Bien Real que las de otras. O dicho de otra manera. Si nuestras ideas morales pueden ser más verdaderas, y las de los nazis menos verdaderas, debe haber algo -alguna Moral Real- respecto a la cual ser verdaderas. La razón por la que la idea de ustedes sobre Nueva York puede ser más verdadera, o menos, que la mía, es que Nueva York es un lugar real, con existencia completamente aparte de lo que cualquiera de nosotros piense. Si cuando cada uno de nosotros dice “Nueva York”, cada uno se refiere meramente a “la ciudad que me estoy imaginando en mi propia cabeza”, ¿cómo podría uno de nosotros tener ideas más verdaderas que el otro? No habría cuestión de verdad o falsedad. Del mismo modo, si la Regla del Comportamiento Decente significara simplemente “cualquier cosa que una nación apruebe”, no tendría sentido decir que una nación dada haya alguna vez estado más en lo correcto que otra respecto a lo que aprueba; no tendría sentido decir que el mundo pudiera o haya podido hacerse mejor o peor moralmente.

Concluyo, entonces, que aunque las diferencias entre las ideas de la gente sobre el Comportamiento Decente a menudo hacen sospechar que no existe una real Ley de Comportamiento de orden natural, las cosas que nos vemos obligados a pensar acerca de esas diferencias en verdad prueban justamente lo contrario. Pero una palabra antes de terminar. He conocido personas que exageran las diferencias, porque no han distinguido entre diferencias de moralidad y diferencias en creencias relativas a hechos. Por ejemplo, un hombre me dijo: “Hace trescientos años, en Inglaterra se mataba a las brujas. ¿Es eso lo que usted llama la Regla de la Naturaleza Humana o de la Conducta Correcta?” Pero, con toda seguridad, la razón por la que hoy no ejecutamos a las brujas es que no creemos que existan. Si lo creyéramos -si realmente pensáramos que había gente por ahí que se había vendido al diablo y a cambio recibido de él poderes sobrenaturales, y que estaba usando esos poderes para matar a sus vecinos o volverlos locos o atraer el mal tiempo-, ¿no estaríamos con toda seguridad de acuerdo en que, si alguien merecía la pena de muerte, serían esos asquerosos traidores a su especie? No hay aquí diferencia de principio moral: la diferencia se refiere simplemente a un asunto de hechos. No creer en brujas puede significar un gran avance en el conocimiento; no hay avance moral en no ejecutarlas cuando no se cree que anden por ahí. No llamaríamos humano a un hombre por dejar de colocar trampas para ratones, si lo hiciera pensando que no hay ratones en la casa.

3. LA REALIDAD DE LA LEY

Vuelvo ahora a lo que dije al terminar el primer capítulo, respecto a que había dos cosas extrañas en los seres humanos. Primero, que los obsesionaba la idea de un cierto comportamiento que debían practicar, lo que podría llamarse juego limpio, o decencia, o moralidad, o la Ley Natural. Segundo, que de hecho no lo practicaban. Ahora, alguno de ustedes podría preguntarse por qué llamé extraño a esto. Podría parecerles lo más natural del mundo. En particular, podrían haber pensado que yo era algo duro con los seres humanos. Después de todo, podrían decir, lo que yo denomino romper la Ley del Bien y del Mal, o la Ley Natural, sólo significa que las personas no son perfectas. ¿Y por qué diantres debería esperar que lo fueran? Sería una buena respuesta si mi intención fuera determinar la cantidad exacta de culpa que nos corresponde por no comportamos como esperamos que otros se comporten. Pero ésa no es en absoluto mi tarea. El asunto que me ocupa en este momento no es la culpa; estoy tratando de encontrar la verdad. Y desde ese punto de vista, la sola idea de algo que es imperfecto, que no es lo que debiera ser, tiene ciertas consecuencias.

Si tomamos algo como una piedra o un árbol, es lo que es y no parece tener mucho sentido decir que debería haber sido de otra manera. Por supuesto se puede decir que una piedra tiene “una forma inadecuada”, si la queremos usar para una jardinera, o que un árbol es un mal árbol porque no da tanta sombra como esperábamos. Pero todo lo que queremos decir con eso es que la piedra o el árbol no sirven a nuestros propósitos. A no ser en broma, no se les está culpando por ello. En verdad sabemos que, dados el clima y los suelos existentes, el árbol no podría haber sido distinto. Lo que, desde nuestro punto de vista, llamamos un “mal” árbol, está obedeciendo las leyes de su naturaleza tanto como uno “bueno”.

Ahora bien, ¿se dan cuenta de lo que se infiere de eso? Se infiere que lo que generalmente llamamos las leyes de la naturaleza -la manera en que el clima actúa sobre un árbol, por ejemplo- pueden en realidad no ser leyes en sentido estricto, sino tan sólo en un modo de hablar. Cuando decimos que las piedras que caen obedecen la ley de gravedad, ¿no equivale a decir que la ley sólo significa “lo que siempre hacen las piedras”? En verdad no pensamos que cuando se suelta una piedra, ésta de repente recuerda que se encuentra bajo el mandato de caer a tierra. Sólo decimos que, de hecho, cae. En otras palabras, no podemos estar seguros de que haya algo por encima y más allá de los hechos mismos, una ley respecto a lo que debería suceder, distinta de lo que sucede. Las leyes naturales, en tanto aplicadas a piedras o árboles, podrían significar tan sólo “lo que la Naturaleza, de hecho, hace”. Pero si miramos la Ley de la Naturaleza Humana, la Ley del Comportamiento Decente, es otra cosa. La ley por supuesto no significa “lo que los seres humanos, de hecho, hacen”; porque, como dije antes, muchos de ellos no obedecen en absoluto esta ley, y ninguno la obedece por completo. La ley de gravedad dice lo que hacen las piedras si las sueltan; pero la Ley de la Naturaleza Humana nos dice lo que los seres humanos deberían hacer, y no hacen. En otras palabras, cuando se trata de humanos, interviene algo que está por sobre y más allá de los hechos mismos. Tenemos los hechos (cómo se comportan los hombres en la realidad) y también tenemos algo más (cómo deberían comportarse). En el resto del universo no necesita haber nada más que hechos. Los electrones y las moléculas se comportan de una cierta manera, y se derivan unos ciertos resultados, y puede que eso sea todo.[2] * Pero los hombres se comportan de una cierta manera, y ahí no termina la historia, porque en todo momento sabemos que deberían comportarse de modo diferente.

Ahora, esto es, realmente, algo tan peculiar, que dan ganas de dar excusas más que explicaciones. Por ejemplo, podríamos pretender que decir que alguien no debiera actuar como lo hace, significa lo mismo que decir que una piedra tiene una forma incorrecta; es decir, que lo que está haciendo resulta ser inconveniente para nosotros. Pero eso es simplemente falso. Un hombre que ocupa el asiento de la ventanilla en el tren porque llegó primero, y el que se coló ahí mientras le daba la espalda, y sacó mi equipaje, ambos son igualmente inconvenientes. Pero acuso de incorrección al segundo, y no al primero. No me enojo -excepto, quizás, por un momento, antes de volver a mis cabales- con alguien que tropieza accidentalmente conmigo; me enojo con alguien que trata de hacerme tropezar, incluso si no lo logra. Y, sin embargo, el primero me hizo daño y el segundo, no. En ocasiones el comportamiento que llamo malo no me es en absoluto inconveniente, sino al contrario. En la guerra, contar con un traidor en el otro lado puede ser muy útil para cada parte. Pero aunque lo usan y le pagan, lo consideran una sabandija humana. Así es que no puede decirse que lo que llamamos comportamiento decente en otros es simplemente aquel que por algún azar nos es útil. Y en cuanto al comportamiento decente en nosotros mismos, supongo que es bastante obvio que no significa aquel que nos beneficia. Significa cosas como contentarse con treinta chelines cuando podrías haber conseguido tres libras, hacer las tareas escolares honestamente cuando sería fácil hacer trampas, dejar tranquila a una niña cuando querrías seducirla, quedarse en lugares peligrosos cuando podrías ir a uno más seguro, cumplir promesas cuando preferirías no hacerlo, y decir la verdad incluso cuando te hace quedar como un tonto.

Algunos dicen que si bien la conducta decente no significa aquello que beneficia a una persona particular en un momento dado, de todas maneras significa lo que beneficia a la raza humana en su conjunto; y que, en consecuencia, no hay misterio en ella. Los seres humanos, después de todo, tienen algo de juicio; ven que no se puede tener ninguna seguridad o felicidad real excepto en una sociedad donde todos juegan limpio, y es porque ven esto que tratan de comportarse decentemente. Ahora, por cierto, es totalmente verdadero que la seguridad y la felicidad sólo pueden originarse en individuos, clases o naciones que son honestos y justos y bondadosos entre sí. Es una de las verdades más importantes del mundo. Pero como explicación de por qué sentimos como lo hacemos acerca del Bien y del Mal, simplemente no da en el blanco. Si preguntamos: “¿Por qué tendría que evitar ser egoísta, por qué tendría que ser altruista?” y respondes “Porque es bueno para la sociedad”, podemos preguntar a continuación, “¿Por qué debería importarme lo que es bueno para la sociedad, excepto cuando me beneficia a mí personalmente?”, y entonces tendrás que decir, “Porque no debes ser egoísta”… y estamos de vuelta donde comenzamos. Estás diciendo algo verdadero, pero no avanzas nada. Si alguien preguntara cuál es el sentido de jugar fútbol, no sería una buena respuesta decir “para meter goles”, porque tratar de hacer goles es el juego mismo, no la razón por la que se juega, y en realidad todo lo que se estaría diciendo es que el fútbol es el fútbol -lo que es verdad, pero no algo que valga la pena decir-o Del mismo modo, si alguien pregunta para qué portarse decentemente, no sirve responder “para beneficiar a la sociedad”, porque tratar de beneficiar a la sociedad, en otras palabras, ser altruista (porque, después de todo, “sociedad” significa tan sólo “otras personas”), es una de las cosas en que consiste el comportamiento decente; todo lo que en realidad estás diciendo es que el comportamiento decente es comportamiento decente. Habrías dicho lo mismo si te hubieras detenido en la afirmación “Los hombres no deben ser egoístas, deben ser altruistas”.

Y ahí es donde yo me detengo. Los hombres deben ser altruistas, deben ser justos. No que los hombres son altruistas, no que les gusta ser altruistas, sino que deben serlo. La Ley Moral, o la Ley de la Naturaleza Humana, no es simplemente un hecho del comportamiento humano en el sentido en que la Ley de Gravedad es, o puede ser, simplemente un hecho del comportamiento de los objetos pesados. Por otra parte, no es una mera fantasía, porque no podemos desechar esa idea; si lo hiciéramos, la mayoría de las cosas que decimos y pensamos acerca del hombre quedarían reducidas a un sin sentido. Y no es simplemente una afirmación referida a cómo nos gustaría que se comportara la gente para nuestra propia conveniencia; porque el comportamiento que llamamos malo o injusto no es exactamente lo mismo que el comportamiento que encontramos inconveniente, y hasta puede ser lo opuesto. En consecuencia, esta Regla del Bien y del Mal, o Ley de la Naturaleza Humana, o como quiera que se la llame, de una forma u otra debe ser una cosa real, una cosa que realmente está ahí, no fabricada por nosotros. Y, sin embargo, no es un hecho en el sentido ordinario de la palabra, de la misma manera que nuestro comportamiento real es un hecho. Empieza a parecer como si tuviéramos que admitir que hay más de un tipo de realidad; que, en este caso particular, hay algo por sobre y más allá de los hechos ordinarios del comportamiento humano, y sin embargo definitivamente real: una ley real, que ninguno de nosotros hizo, pero que se nos impone, nos presiona.

4. LO QUE HAY TRAS LA LEY

Veamos hasta dónde hemos llegado. En el caso de las piedras y árboles y cosas de ese tipo, lo que llamamos las Leyes de la Naturaleza pueden no ser nada más que una manera de hablar. Cuando decimos que la naturaleza está gobernada por ciertas leyes, esto puede significar tan sólo que la naturaleza, de hecho, se comporta de un cierto modo. Las así llamadas leyes puede que no sean nada real, nada por sobre y más allá de los hechos mismos que observamos. Pero en el caso del hombre, vimos que esto no es así. La Ley de la Naturaleza Humana, o del Bien y del Mal, debe ser algo por sobre y más allá de los hechos mismos del comportamiento humano. En este caso, además de los hechos mismos, tenemos algo más, una ley real que no inventamos y que sabemos que debemos obedecer.

Ahora quiero considerar lo que esto nos dice acerca del universo en que vivimos. Desde que los hombres fueron capaces de pensar, han estado preguntándose qué es realmente este universo y cómo llegó a estar ahí. Y, muy gruesamente, han existido dos puntos de vista. Primero, está lo que se denomina punto de vista materialista. Las personas que lo siguen piensan que la materia y el espacio simplemente existen por azar, y siempre han existido sin que nadie sepa por qué; y que la materia, que se comporta en ciertos modos fijos, ha producido simplemente al azar, por una suerte de chiripa, criaturas como nosotros, capaces de pensar. En una probabilidad en mil, algo golpeó nuestro sol e hizo que produjera los planetas; y por otra probabilidad entre miles, aparecieron en estos planetas las sustancias químicas necesarias para la vida, y la temperatura adecuada, y así en parte de la materia de esta tierra surgió la vida; y luego, por una larga serie de casualidades, las criaturas vivientes evolucionaron hasta ser cosas como nosotros. El otro punto de vista es el religioso.[3]  De acuerdo a él, lo que hay tras el universo se asemeja más a una inteligencia que a cualquier otra cosa que conozcamos. Es decir, es consciente, tiene propósitos, y prefiere una cosa por sobre otras. Y en esta perspectiva hizo el universo, en parte con propósitos que no conocemos, pero en parte, de todos modos, para producir criaturas como ella misma -quiero decir, como ella misma en cuanto poseedoras de inteligencia-o Por favor, no piensen que uno de estos puntos de vista se dio hace mucho tiempo y el otro ha ido poco a poco tomando su lugar. Dondequiera que ha habido hombres pensantes, han existido ambos puntos de vista. Y observen esto también: no puede descubrirse cuál es el correcto apelando a la ciencia, en su sentido ordinario. La ciencia opera por experimentación. Observa cómo se comportan las cosas. A la larga, todo juicio científico, por complicado que parezca, en realidad significa algo como “enfoqué el telescopio a tal y cual parte del cielo el 15 de enero a las 2.20 a.m. y vi esto y aquello”, o “puse un poco de esto en un recipiente y lo calenté a tal y cual temperatura y se comportó de esta manera”. No crean que estoy hablando contra la ciencia: sólo estoy diciendo qué es lo que hace. Y mientras más científico es un hombre, más (creo) estará de acuerdo conmigo en que ésta es la labor de la ciencia, una labor muy útil y necesaria, por lo demás. Pero por qué algo llegó a estar ahí, y si hay algo tras las cosas que observa la ciencia -algo de naturaleza diferente-, no son interrogantes científicas. Si hay “Algo Atrás”, entonces tendrá que mantenerse enteramente desconocido para el hombre, o darse a conocer de alguna manera diferente. Ni la afirmación de que existe ese algo, ni la afirmación de que no existe ese algo, son juicios que la ciencia pueda hacer. Y los científicos verdaderos no suelen hacerlos. Quienes caen en tales afirmaciones son generalmente periodistas y novelistas populares que han picoteado retazos de ciencia a medio cocinar en distintos manuales. Después de todo, es en verdad cosa de sentido común. Suponiendo que alguna vez la ciencia llegara a estar completa, de manera que supiera cada una de las cosas de todo el universo: ¿no es evidente que las preguntas “por qué hay un universo”, “por qué funciona como lo hace”, “tiene algún sentido”, seguirían tal como estaban?

Ahora bien, la situación tendría bien poca salida si no fuera por esto. Hay una cosa, y sólo una, en todo el universo, de la cual sabemos más de lo que podríamos aprender por observación externa. Esa cosa única es el hombre. No nos limitamos a observar a los hombres, somos hombres. En este caso tenemos, por decirlo así, información desde adentro: estamos en el secreto. Y por tal razón, sabemos que los hombres se encuentran bajo una ley moral, una ley que ellos no hicieron, la que no pueden realmente olvidar aunque lo intenten, y que saben que deben obedecer. Pongan atención al siguiente punto: cualquiera que estudiara al hombre desde fuera, como nosotros estudiamos la electricidad o los repollos, sin conocer nuestro lenguaje y, en consecuencia, sin acceso a ningún conocimiento desde adentro que podamos tener, debiendo limitarse a observar lo que hacemos, jamás tendría la menor evidencia acerca de que tenemos esta ley moral. ¿Cómo podría tenerla?, porque sus observaciones sólo mostrarían lo que hacemos, y la ley moral es sobre lo que deberíamos hacer. Del mismo modo, si hubiera algo por sobre o tras los hechos observados en el caso de las piedras o el clima, nosotros, estudiándolos desde fuera, jamás podríamos esperar descubrirlo.

La situación de la pregunta es, entonces, como sigue: queremos saber si el universo es lo que es simplemente por azar y sin razón alguna, o si hay un poder tras él que lo hace ser lo que es. Desde que ese poder, si existe, sería no uno de los hechos observados sino una realidad que los hace, ninguna mera observación de los hechos podría descubrirlo. Hay sólo un caso en que podemos saber si hay algo más, y ése es nuestro propio caso. Y en ese único caso, encontramos que sí lo hay. O pongámoslo a la inversa. Si hubiera un poder controlador fuera del universo, no podría mostrársenos como uno de los hechos de ese mismo universo -no más de lo que el arquitecto de una casa pudiera en verdad ser un muro o una escalera o una chimenea de esa casa-. La única manera en que podríamos esperar que se mostrara sería en nuestro interior, como una influencia o un mandato que intenta hacer que nos comportemos de un cierto modo. Yeso es justamente lo que encontramos en nuestro interior. ¿Esto, ciertamente, debería hacemos entrar en sospechas? En el único caso en que se puede esperar obtener una respuesta, la respuesta resulta ser Sí; y en los otros casos, en que no se llega a una respuesta, uno ve por qué no la obtiene. Supongamos que alguien me preguntara cuando veo a un hombre de uniforme azul que va por la calle dejando paquetitos de papel en cada casa, por qué supongo que ellos contienen cartas. Le respondería: “Porque cada vez que me deja a mí un paquetito similar, encuentro que sí contiene una carta”. Y si entonces esa persona me objetara, “pero usted nunca ha visto todas esas cartas que supone que la gente recibe”, le diría, “por supuesto que no, y no esperaría verlas, porque no están dirigidas a mí. Doy una explicación de los paquetes que no se me permite abrir a partir de los que sí se me permite abrir”. Lo mismo ocurre con esta interrogante. El único paquete que se me permite abrir es el hombre. Cuando lo hago, especialmente cuando abro a ese hombre particular llamado Yo Mismo, encuentro que no existo de manera independiente, que estoy sujeto a una ley; que alguien o algo quiere que me comporte de una determinada manera. Por supuesto, no creo que si pudiera meterme adentro de una piedra o un árbol encontraría lo mismo, tal como no creo que el resto de las personas de la calle reciba cartas iguales a las mías. Podría esperar, por ejemplo, descubrir que la piedra tiene que obedecer la ley de gravedad; que mientras el remitente de las cartas simplemente me dice que obedezca la ley de mi naturaleza humana, obliga a la piedra a obedecer las leyes de su naturaleza pétrea. Pero podría esperar encontrar que había, por así decirlo, un remitente de cartas en ambos casos, un Poder tras los hechos, un Director, un Guía.

No crean que voy más rápido de lo que en realidad lo hago. Todavía no me acerco ni a cien millas del Dios de la teología cristiana. Todo lo que tengo es un Algo que dirige el universo, y que aparece en mí como una ley que me urge a hacer lo correcto y me hace sentir responsable e incómodo cuando hago lo incorrecto. Pienso que debemos asumir que se asemeja más a una inteligencia que a cualquier otra cosa que conozcamos, porque, después de todo, la única otra cosa que conozco es la materia, y difícilmente uno se puede imaginar un trozo de materia dando instrucciones. Pero, por cierto, no tiene necesariamente que ser como una inteligencia, menos aún como una persona. En el capítulo siguiente veremos si podemos descubrir algo más acerca de él. Pero una palabra de advertencia: en los últimos cien años se ha intentado hacer de Dios algo fácil y falsamente atractivo. Eso no es lo que ofrezco. Pueden olvidarse de ello.

NOTA.
Con el objetivo de mantener esta sección suficientemente corta, cuando fue transmitida por radio mencioné sólo los puntos de vista materialista y religioso. Pero para ser exhaustivo, debería mencionar el punto de vista intermedio, llamado filosofía de la Fuerza Vital, o evolución creativa, o evolución emergente. Las más ingeniosas exposiciones de tal postura se encuentran en la obra de Bernard Shaw, pero las más profundas en la de Bergson. Las personas que sostienen este punto de vista dicen que las pequeñas variaciones, a través de las cuales la vida en este planeta “evolucionó” desde las formas inferiores hasta el hombre, se debieron no al azar, sino al “esfuerzo” o “propósito” de una Fuerza Vital. Cuando la gente dice esto, debemos preguntarle si por Fuerza Vital entiende algo con inteligencia o no. Si la respuesta es afirmativa, “una inteligencia que da existencia a la vida y la conduce a su perfección” es realmente un Dios, y su punto de vista es así idéntico al religioso. Si la respuesta es negativa, entonces, ¿qué sentido tiene decir que algo sin inteligencia, sin una mente, se “esfuerza” o tiene “propósitos”? Esto me parece fatal para su posición. Una razón por la cual tanta gente encuentra tan atractiva la evolución creativa es que ofrece mucho del consuelo emocional que da creer en Dios, y ninguna de las consecuencias menos gratas. Cuando te sientes bien y brilla el sol y no quieres creer que el universo completo sea una mera danza mecánica de átomos, es agradable poder pensar en esta Fuerza misteriosa avanzando como una gran ola a través de los siglos y sosteniéndote sobre su cresta. Si, por otro lado, quieres hacer algo un poco ruin, la Fuerza Vital, como es nada más que una fuerza ciega, sin moral ni inteligencia, no va a interferir contigo como ese molesto Dios que nos enseñaron de niños. La Fuerza Vital es una especie de Dios domesticado. Puedes activarlo cuando quieres, pero no te va a molestar. Todas las emociones de la religión y nada del costo. ¿No es la Fuerza Vital el mayor logro que el mundo haya visto en cuanto al pensar de manera ilusa, confundiendo lo que se desea con lo que es?

5. TENEMOS MOTIVO PARA ESTAR INQUIETOS

Terminé el último capítulo con la idea de que en la Ley Moral alguien o algo allende el universo material estaba realmente llegando a nosotros. Y supongo que cuando llegué a ese punto, algunos de ustedes sintieron un cierto fastidio. Incluso pueden haber pensado que les había jugado una mala pasada, que cuidadosamente había estado disfrazando de filosofía lo que resulta ser otra “cháchara religiosa”. Pueden haber sentido que estaban dispuestos a escucharme en tanto pensaran que tenía algo nuevo que decir; pero si resulta ser sólo religión, bueno, el mundo ya la ha probado y no se puede hacer retroceder el reloj. Si cualquiera está sintiendo de esa forma, me gustaría decirle tres cosas.

Primero, en cuanto a hacer retroceder el reloj. ¿Pensarían que estaba bromeando si dijera que se puede hacer retroceder un reloj, y que si el reloj anda mal, hacerlo retroceder es a menudo algo muy sensato? Preferiría, sin embargo, dejar de lado la idea de los relojes. Todos queremos progreso. Pero progreso significa acercarse al lugar donde queremos estar. Y si hemos tomado un camino equivocado, entonces seguir adelante no nos acerca más. Si estamos en la ruta equivocada, progresar significa darse media vuelta y retroceder al camino correcto; y en ese caso, el que se devuelve antes es el más progresista. Todos hemos visto esto al hacer ejercicios aritméticos. Cuando hemos comenzado un cálculo de manera errónea, mientras más pronto lo admitamos y retrocedamos y comencemos de nuevo, más pronto llegaremos a la respuesta correcta. No hay nada progresista en ser obstinado y rehusar admitir un error. Y pienso que si se mira el estado actual del mundo, es bastante evidente que la humanidad ha estado cometiendo algún gran error. Estamos en el camino equivocado. Y si es así, debemos retroceder. Retroceder es el camino más rápido hacia adelante.

Luego, en segundo lugar, esto todavía no se ha transformado exactamente en una “cháchara religiosa”. Todavía no hemos llegado al Dios de ninguna religión existente, menos aun al Dios de esa religión particular llamada cristianismo. Tan sólo hemos llegado a un Alguien o Algo tras la Ley Moral. No hemos tomado nada de la Biblia ni de las Iglesias, estamos intentando ver qué podemos descubrir acerca de este Alguien a partir de nuestra propia capacidad. Y quiero dejar muy claro que lo que descubrimos a partir de nuestra propia capacidad es algo que nos produce un gran sobresalto. Tenemos dos partículas de evidencia acerca de ese Alguien. Una es el universo que El ha hecho. Si utilizáramos eso como nuestra única clave, entonces creo que debiéramos concluir que El es un gran artista (porque el universo es un lugar muy hermoso), pero también que es bastante inmisericorde y no amigo del hombre (porque el universo es un lugar muy peligroso y aterrador). El otro trozo de evidencia es la Ley Moral que El ha puesto en nuestras mentes. Y ésta es una mejor evidencia que la anterior, porque es información desde adentro. Nos enseña más acerca de Dios la Ley Moral que el universo en general, tal como se aprende más acerca del hombre escuchando su conversación que mirando una casa construida por él. Ahora, a partir de este segundo trozo de evidencia, concluimos que el Ser tras el universo se interesa intensamente en la conducta correcta -en el juego limpio, la falta de egoísmo, la valentía, buena fe, honestidad y verdad-. En ese sentido deberíamos concordar con la declaración del cristianismo y algunas otras religiones, de que Dios es “bueno”. Pero no vayamos demasiado rápido aquí. La Ley Moral no da base alguna para pensar que Dios es “bueno” en el sentido de ser indulgente, o blando, o compasivo. No hay nada indulgente en la Ley Moral. Es dura como el acero. Te dice que hagas lo correcto, y no parece importarle cuán doloroso o peligroso o difícil sea. Si Dios es como la Ley Moral, entonces no es blando. No sirve de nada, a estas alturas, decir que un Dios “bueno” significa para uno un Dios que puede perdonar. Es ir demasiado rápido. Sólo una Persona puede perdonar. Y todavía no hemos llegado a un Dios personal; tan sólo a un poder tras la Ley Moral, y más semejante a una inteligencia que a cualquier otra cosa. Pero aún puede ser algo muy diferente a una Persona. Si es una inteligencia pura impersonal, puede que no tenga sentido pedirle que sea indulgente con uno o que lo perdone, tal como no tiene sentido pedirle a la tabla de multiplicar que nos perdone cuando hacemos mal un cálculo. Con seguridad no obtendremos la respuesta que esperamos. Y tampoco sirve de nada decir que si hay un Dios así -un bien absoluto impersonal-, entonces no nos gusta y no vamos a molestamos con El. Porque el problema es que una parte de nosotros está de Su lado y realmente concuerda con su condena de la codicia y la mentira y la explotación entre los hombres. Puede que queramos que haga una excepción en nuestro caso, que nos perdone por esta vez; pero en el fondo sabemos que a no ser que el poder tras el mundo deteste de manera real e inalterablemente ese tipo de conducta, no puede ser bueno. Por otra parte, sabemos que si de verdad existe un bien absoluto, debe odiar la mayor parte de lo que hacemos. Este es el terrible dilema en que nos encontramos: si el universo no está gobernado por un bien absoluto, entonces todo lo que hacemos es, a la larga, esfuerzo perdido. Pero si lo está, entonces día a día nos enemistamos con ese bien, y no hay mayores posibilidades de que lo hagamos mejor mañana, y así otra vez somos un caso perdido. No podemos arreglárnosla sin él, y no podemos arreglárnosla con él. Dios es el único consuelo, pero El es también el terror supremo: aquello que nos es indispensable y aquello de lo cual más queremos escondemos. El es nuestro único aliado posible, y nos hemos hecho enemigos Suyos. Algunos hablan como si encontrarse con la mirada del bien absoluto pudiera ser divertido. Les conviene repensar el asunto. Todavía tan sólo están jugando con la religión. El bien es o la gran salvación o el gran peligro, según como reaccionemos ante él. Y hemos reaccionado de manera equivocada.

Ahora, mi tercer punto. Cuando elegí aproximarme a mi verdadero tema dando estos rodeos, no estaba tratando de hacerles trampa alguna. Mi motivo era otro. Mi motivo era que el cristianismo no tiene sentido sino hasta que uno enfrenta el tipo de hechos que he estado describiendo. El cristianismo le dice a la gente que se arrepienta y le promete perdón. Por lo tanto, no tiene nada que decir (que yo sepa) a las personas que no saben que han hecho algo de que arrepentirse y que no sienten que necesitan perdón alguno. Es después de haber tomado conciencia de la existencia de una real Ley Moral, y de un Poder tras la ley, y de haber roto esa ley y haberse malquistado con ese Poder; es después de todo esto, y no un segundo antes, que el cristianismo empieza a hablar. Cuando sabes que estás enfermo, escuchas al doctor. Cuando tomas conciencia de que nuestra posición es casi desesperada, comienzas a comprender de qué están hablando los cristianos. Ofrecen una explicación sobre cómo llegamos a nuestro estado actual, de a la vez odiar y amar el bien. Ofrecen una explicación sobre cómo Dios puede ser esta inteligencia impersonal tras la Ley Moral, y también una Persona. Te dicen cómo los imperativos de esta ley, que ni tú ni yo podemos cumplir, han sido establecidos para nuestro bien, cómo Dios mismo se hace hombre para salvar al hombre de la condena de Dios. Es una vieja historia, y si quieres meterte en ella, sin duda consultarás a personas que tienen más autoridad que yo para hablar a ese respecto. Todo lo que yo estoy haciendo es pedirle a la gente que enfrente los hechos, que comprenda las interrogantes para las cuales el cristianismo dice tener respuestas. Y son hechos realmente aterradores. Ojalá fuera posible decir algo más agradable. Pero debo decir lo que creo es la verdad. Por supuesto, concuerdo totalmente en que la religión cristiana es, a la larga, un consuelo inefable. Pero no comienza en el consuelo; comienza en el desaliento que he descrito, y no sirve de nada intentar ir a ese consuelo sin pasar primero por ese desaliento. En la religión, como en la guerra y en todas las demás cosas, el consuelo es precisamente la cosa que no puedes obtener yendo tras ella. Si buscas la verdad, puedes encontrar consuelo al final; si buscas consuelo, no lograrás ni consuelo ni verdad: sólo vaciedades e ilusiones para empezar y, al final, desesperación. La mayoría de nosotros ha superado los pensamientos ilusos de antes de la guerra en relación a la política internacional. Es hora de que hagamos lo mismo en cuanto a la religión.


LIBRO SEGUNDO

EN QUE CREEN LOS CRISTIANOS

1. LAS OPUESTAS CONCEPCIONES DE DIOS

Se me ha pedido que les diga en qué creen los cristianos, y comenzaré diciéndoles una cosa que los cristianos no necesitan creer. Si alguien es cristiano, no necesita creer que todas las otras religiones están equivocadas de principio a fin. Un ateo sí tiene que creer que el punto central de todas las religiones del mundo es simplemente un gran error. Si se es cristiano, se es libre de pensar que todas las religiones, incluso las más extrañas, contienen al menos un indicio de la verdad. Cuando yo era ateo, tenía que persuadirme de que la mayoría de la raza humana siempre ha estado equivocada en aquello que le importa más; cuando me hice cristiano, mi perspectiva se amplió. Pero, por supuesto, ser cristiano sí significa pensar que allí donde el cristianismo difiere de otras religiones, el cristianismo está en lo correcto y las otras están equivocadas. Como en aritmética: hay sólo una respuesta correcta en una suma, y todas las otras están equivocadas; pero algunas de las respuestas erróneas están mucho más cerca de ser correctas que otras.

La primera gran división de la humanidad es entre la mayoría, que cree en algún tipo de Dios o dioses, y la minoría, que no cree. En este punto, el cristianismo hace filas con la mayoría; se alinea con los antiguos griegos y romanos, los salvajes modernos, los estoicos, los platónicos, los hindúes, los mahometanos, etc., en contra de los materialistas modernos de Europa occidental.

Continúo con la siguiente gran división. Las personas que creen en Dios pueden dividirse de acuerdo al tipo de Dios en que creen. Hay dos ideas muy diferentes al respecto. Una de ellas es la idea de que Él está más allá del bien y del mal. Nosotros, los humanos, llamamos buena a una cosa y mala a otra. Pero, de acuerdo a algunas personas, ése es meramente nuestro punto de vista humano. Estas personas dirían que mientras más sabio eres, menos deseas calificar de buenas o malas las cosas, y con más claridad ves que todo es bueno en un sentido y malo en otro, y que nada podría haber sido diferente. En consecuencia, estas personas creen que al acercarte al punto de vista divino, y aun estando muy lejos de él, la división habría desaparecido por completo. Llamamos malo al cáncer, dirían, porque mata a un hombre; pero igualmente podríamos llamar malo a un cirujano exitoso porque mata un cáncer. Todo depende del punto de vista. La idea opuesta es que Dios es muy definitivamente “bueno” o “justo”, un Dios que toma partido, que ama el amor y odia el odio, que desea que nos comportemos de un cierto modo y no de otro. La primera de estas posiciones -la que considera a Dios más allá del bien y del mal- se denomina panteísmo. La sostuvo el gran filósofo prusiano Hegel y, en la medida en que puedo comprenderlos, los hindúes. La otra posición es la de los judíos, mahometanos y cristianos.

Y junto con esta gran diferencia entre el panteísmo y la idea cristiana de Dios, generalmente va otra. Los panteístas en general creen que Dios, por así decirlo, anima el universo como uno anima su cuerpo: que el universo casi es Dios, de tal manera que si aquél no existiera El tampoco existiría, y que todo lo que se encuentra en el universo es una parte de Dios. La idea cristiana es bastante diferente. Los cristianos piensan que Dios inventó e hizo el universo, como un hombre pinta un cuadro o compone una melodía. Un pintor no es una pintura, y no muere si se destruye su pintura. Podrían decir, “ha puesto mucho de sí mismo en ella”, pero lo único que ello significa es que toda la belleza e interés del cuadro ha salido de la cabeza de quien lo pintó. Su habilidad no está en el cuadro de la misma manera que está en su cabeza, o incluso en sus manos. Espero que vean cómo esta diferencia entre los panteístas y los cristianos es paralela a la otra. Si no se toma muy en serio la distinción entre el bien y el mal, es fácil decir que todo lo que se encuentra en este mundo es parte de Dios. Pero, por supuesto, si creemos que algunas cosas son realmente malas, y Dios realmente bueno, no podemos hablar de esa manera. Tenemos que creer que Dios está separado del mundo y que algunas de las cosas que vemos en éste son contrarias a Su voluntad. Frente a un cáncer o frente a una barriada miserable, el panteísta puede decir, “si tan sólo pudieras verlo desde el punto de vista divino, te darías cuenta de que esto también es Dios”. El cristiano responde, “no digas esas malditas tonterías”.[4] Porque el cristianismo es una religión de lucha. Piensa que Dios hizo el mundo; que el espacio y el tiempo, el calor y el frío, y todos los colores y sabores, y todos los animales y plantas, son cosas que Dios “sacó de su propia cabeza”, como un hombre arma un cuento. Pero también piensa que muchas cosas andan mal en el mundo que Dios hizo y que Dios insiste, e insiste con mucha fuerza, en que las pongamos en buen camino otra vez.

Y, por supuesto, eso suscita una gran pregunta. Si un Dios bueno hizo el mundo, ¿por qué ha ido mal? Por muchos años simplemente me negué a escuchar las respuestas cristianas a esta pregunta, porque no dejaba de sentir, “no importa lo que digan, ni lo inteligentes que sean sus argumentos, ¿no es mucho más simple y más fácil decir que el mundo no fue hecho por un poder inteligente? ¿No son todos sus argumentos simplemente un complicado intento de evitar lo obvio?” Pero eso me llevaba a otra dificultad.

Mi argumento contra Dios era que el universo parecía tan cruel e injusto. Pero, ¿de dónde había sacado yo esta idea de justo einjusto? Uno no considera torcida una línea, a no ser que tenga alguna noción de una línea recta. ¿Con qué estaba comparando este universo cuando lo llamaba injusto? Si todo el espectáculo era malo y sin sentido de la A a la Z, por así decirlo, ¿por qué yo, que se suponía era parte del espectáculo, me encontraba reaccionando tan violentamente contra él? Las personas se sienten mojadas cuando se caen al agua, porque no son animales acuáticos: un pez no se sentiría mojado. Por supuesto podría haber abandonado mi idea de justicia diciendo que no era sino una noción privada mía. Pero si lo hacía, también colapsaba mi argumento contra Dios, porque tal argumento estaba sujeto a la afirmación de que el mundo era realmente injusto, no simplemente que de alguna manera no me llenaba el gusto. Así, en el mismo acto de tratar de probar que Dios no existía -en otras palabras, que la realidad toda carecía de sentido- me encontraba obligado a asumir que una parte de la realidad -a saber, mi idea de justicia- estaba plena de sentido. En consecuencia, el ateísmo se vuelve algo demasiado simple. Si todo el universo carece de sentido, jamás habríamos descubierto que no tiene sentido; tal como si no hubiera luz en el universo y, así, tampoco ninguna criatura con ojos, nunca habríamos sabido que estaba oscuro. Oscuro sería una palabra sin sentido.

2. LA INVASION

Muy bien, entonces, el ateísmo es demasiado simple. Y les diré otra opinión que también es demasiado simple. Es aquella que llamo cristianismo-y-agua, la que simplemente dice que hay un Dios bueno en el Cielo y todo está bien, y deja afuera todas las difíciles y terribles doctrinas acerca del pecado y el infierno y el demonio, y la redención. Ambas son filosofías de niños.

No sirve de nada pedir una religión simple. Después de todo, las cosas reales no son simples. Parecen, pero no lo son. La mesa frente a la que me siento parece simple; pero pregúntenle a un científico de qué está hecha realmente -todo acerca de los átomos, y cómo las ondas luminosas rebotan desde ellos e impactan mis ojos y lo que le hacen al nervio óptico y lo que éste le hace al cerebro- y, por supuesto, encontrarán que lo que llamamos “ver una mesa” lleva a misterios y complejidades cuyo fin difícilmente se alcanza. Un niño que dice una oración infantil, parece simple. Y si están satisfechos de no ir más allá, está bien. Pero si no lo están -y el mundo moderno generalmente no lo está-, si quieren seguir adelante y preguntar qué está pasando en realidad, entonces prepárense para a1go difícil. Si buscamos algo más que simplicidad, es tonto quejarse porque ese algo más no es simple.

A menudo, sin embargo, adoptan este tonto proceder personas que no son tontas, pero que, consciente o inconscientemente, quieren destruir el cristianismo. Esas personas elaboran una versión del cristianismo apropiada para un niño de seis años, y hacen de ella el objeto de su ataque. Cuando se intenta explicarles la doctrina cristiana tal como realmente la sustenta un adulto instruido, se quejan de que les están haciendo dar vueltas la cabeza y que es demasiado complicado y que si en verdad hubiera un Dios están seguros de que habría hecho la “religión” simple, porque la simplicidad es tan hermosa, etc. Hay que estar en guardia frente a estas gentes, porque van a cambiar de posición a cada minuto y tan sólo nos harán perder el tiempo. Noten, también su idea de un Dios que “hace la religión simple”; como si la “religión” fuera algo que Dios inventó, y no Su afirmación de ciertos hechos inalterables respecto a Su propia naturaleza.

Además de ser complicada, la realidad, según mi experiencia, es generalmente extraña. No es pulcramente definida, no es obvia, no es lo que uno espera. Por ejemplo, cuando uno ha entendido que la Tierra y los otros planetas giran alrededor del Sol, naturalmente esperaría que calzaran entre sí, que hicieran juego: todos a igual distancia entre sí, por ejemplo, o que las distancias se incrementaran de manera regular, o todos del mismo tamaño, o quizás agrandándose o achicándose al alejarse del Sol. De hecho, no se encuentra razón ni medida (que podamos ver) ni entre los tamaños ni entre las distancias; y algunos tienen una luna, uno tiene cuatro, uno tiene dos, algunos no tienen ninguna, y uno tiene un anillo.

De hecho, la realidad en general es algo que uno no habría imaginado. Esa es una de las razones por las que creo en el cristianismo. Es una religión que uno no podría haber imaginado. Si nos ofreciera exactamente el tipo de universo que siempre habíamos esperado, sentiría que nosotros la estábamos inventando. Pero, de hecho, no es la clase de cosa que alguien habría inventado. Tiene el exacto toque de cosa extraña que tienen las cosas reales. Así es que olvidémonos de todas estas filosofías de niños, estas respuestas simples en demasía. El problema no es simple y la respuesta tampoco va a ser simple.

¿Cuál es el problema? Un universo que contiene muchas cosas obviamente malas y aparentemente sin sentido, pero que contiene criaturas como nosotros, que sabemos qué es malo y qué es algo sin sentido. Hay sólo dos posiciones que se hacen cargo de todos los hechos. Una es la cristiana, según la cual éste es un mundo bueno que se ha degradado, pero que todavía retiene la memoria de lo que debió haber sido. La otra es la posición llamada dualismo. Dualismo significa la creencia en que hay dos poderes iguales e independientes tras todo lo que existe, uno bueno y otro malo, y que este universo es el campo de batalla en el que llevan a cabo una guerra sin fin. Personalmente creo que, después del cristianismo, el dualismo es el credo más valeroso y sensato en el mercado. Pero hay una falla en él.

Se supone que los dos poderes, o espíritus, o dioses -el bueno y el malo- son totalmente independientes. Ambos han existido por toda la eternidad. Ninguno de ellos hizo al otro, ninguno de ellos tiene más derecho que el otro a llamarse a sí mismo Dios. Presumiblemente cada uno piensa que es bueno y que el otro es malo. A uno de ellos le gusta el odio y la crueldad, al otro le gusta el amor y la misericordia, y cada uno respalda su propia posición. Ahora, ¿qué queremos decir cuando llamamos a uno de ellos el Poder Bueno y al otro el Poder Malo? O estamos simplemente diciendo que sucede que preferimos a uno por sobre el otro -como preferir la cerveza a la sidra-, o estamos diciendo que, sin importar lo que los poderes piensen acerca de ello, y más allá de lo que a nosotros los humanos, en un momento dado, nos guste, uno de ellos está realmente en el error, equivocado, al considerarse bueno. Ahora, si sólo queremos decir que sucede que preferimos al primero, entonces debemos dejar de una vez por todas de hablar del bien y del mal. Porque el bien significa lo que debemos preferir, sin importar lo que nos gusta en un momento dado. Si “ser bueno” significara simplemente adherir a aquello hacia lo cual tenemos inclinación, por ninguna razón valedera, entonces el bien no merecería ser llamado bien. Así es que el significado de nuestras palabras debe ser que uno de los dos poderes está verdaderamente errado, y el otro verdaderamente en lo correcto.

Pero apenas decimos eso, estamos poniendo en el universo una tercera cosa, agregada a los dos poderes: una ley o norma o regla de lo bueno a la que se conforma uno de los poderes y frente a la cual el otro falla. Pero desde que se juzga a los dos poderes a partir de esta norma, entonces ella, o el Ser que la hizo, está más allá o más arriba de cualquiera de los dos poderes, y El es el verdadero Dios. De hecho, lo que implicamos al llamarlos bueno y malo resulta ser que uno de ellos está en una relación correcta con el Dios verdadero último, y el otro en una relación errónea.

Se puede establecer el mismo punto de otra manera. Si el dualismo es verdadero, entonces el Poder malo debe ser un ente al que le agrada la maldad por sí misma. Pero en realidad no tenemos experiencia alguna de nadie a quien le guste la maldad por el solo hecho de que es mala. Lo más cercano es lo que sucede en la crueldad. En la vida real, sin embargo, la gente es cruel por una de dos razones: ya sea porque son sádicos, esto es, muestran una perversión sexual que hace de la crueldad una causa de placer sensual para ellos; o porque van a obtener algo de ella, como dinero, poder o seguridad. Pero el placer, el dinero, el poder y la seguridad, todos son, en sí mismos, buenas cosas. Lo malo es perseguirlos mediante métodos malos, o de mala manera, o en demasía. No quiero decir, por supuesto, que las personas que hacen esto no son desesperadamente perversas. Lo que quiero decir es que la maldad, cuando se la examina, resulta ser la búsqueda de algún bien de una mala manera. Puedes ser bueno simplemente por amor a la bondad; no puedes ser malo por simple afán de maldad. Puedes realizar una acción bondadosa cuando no te sientes bondadoso y no te da placer alguno, simplemente porque la bondad está bien; pero nadie jamás hizo una acción cruel simplemente porque la crueldad es mala, sino sólo porque la crueldad era placentera o útil para él. En otras palabras, la maldad no puede triunfar ni siquiera en ser mala del mismo modo en que el bien es bueno. Lo bueno es, por así decido, él mismo; lo malo es únicamente el bien que se ha corrompido y tiene que haber algo bueno primero, antes de que se corrompa. Llamamos sadismo a una perversión sexual; pero primero hay que tener una idea de sexualidad normal, antes de poder decir que se ha pervertido y se pueda ver cuál es la perversión, porque se puede explicar lo pervertido a partir de lo normal, y no se puede explicar lo normal a partir de lo pervertido. Se infiere que este Poder Malo, que se supone estar en igual pie que el Poder Bueno, y amar lo malo del mismo modo en que el Poder Bueno ama lo bueno, es un simple espantajo. Para ser malo debe tener cosas buenas que desear y luego buscadas de modo equivocado; debe tener impulsos que fueron originalmente buenos, para poder pervertidos. Pero si es malo, no puede suministrarse a sí mismo ni buenas cosas que desear ni buenos impulsos que pervertir. Debe obtener ambos del Buen Poder. Y si es así, entonces no es independiente. Es parte del mundo del Poder Bueno: fue hecho ya sea por el Poder Bueno, o por algún poder sobre ambos.

Hagámoslo más simple todavía. Para ser malo, debe existir y tener inteligencia y voluntad. Pero la existencia, la inteligencia y la voluntad son en sí mismas buenas. Por lo tanto, deben provenirle del Poder Bueno: hasta para ser malo debe tomar prestado o robar a su oponente. ¿Comienzan a ver ahora por qué el cristianismo siempre ha dicho que el demonio es un ángel caído? No es simplemente un cuento para niños. Es un real reconocimiento del hecho de que el mal es parásito, no una cosa original. Los poderes que permiten que el mal subsista son poderes que le ha otorgado el bien. Todas aquellas cosas que permiten a un hombre malo ser efectivamente malo, son en sí mismas buenas: tesón, habilidad, buena apariencia, la existencia misma. Es por eso que el dualismo, en sentido estricto, no funciona.

Pero admito libremente que el cristianismo real (diferente del cristianismo-y-agua) anda mucho más cerca del dualismo de lo que la gente cree. Una de las cosas que me sorprendió la primera vez que leí el Nuevo Testamento seriamente, es que hablaba tanto acerca de un Poder Oscuro en el universo: un poderoso espíritu malo considerado el Poder tras la muerte y la enfermedad, y tras el pecado. La diferencia está en que el cristianismo piensa que este Poder Oscuro fue creado por Dios, y era bueno cuando fue creado, y se extravió. El cristianismo concuerda con el dualismo en que este universo está en guerra. Pero no cree que sea una guerra entre poderes independientes. Piensa que es una guerra civil, una rebelión, y que vivimos en una parte del universo ocupada por el rebelde.

Territorio ocupado por el enemigo: eso es lo que es este mundo. El cristianismo es la historia de cómo el rey justo ha llegado a esta tierra, podemos decir que ha llegado disfrazado, y nos llama a tomar parte en una gran campaña de sabotaje. Cuando vas a la iglesia, en realidad estás escuchando a escondidas la radio secreta de nuestros amigos: es por eso que el enemigo está tan ansioso de impedir que vayamos. Lo hace pulsando las notas de nuestra vanidad y pereza y esnobismo intelectual. Sé que alguien me va a preguntar, “¿de verdad usted quiere, en estos tiempos, re introducir a nuestro viejo amigo el demonio, con pezuñas y cuernos y todo lo demás?” Bueno, qué tienen que ver los tiempos con esto, la verdad es que no lo sé. Y no soy exigente en cuanto a pezuñas y cuernos. Pero en otros aspectos, mi respuesta es “sí, eso quiero”. No alego conocer nada acerca de su apariencia personal. Si alguien de verdad quiere conocerlo mejor, le diría, “no se preocupe. Si de verdad lo quiere,1o logrará. Ahora, si le gustará o no cuando eso suceda, ya es otra cosa”.

3. LA TERRIBLE ALTERNATIVA

Los cristianos, entonces, creen que un poder maligno se ha hecho por el momento Príncipe de este Mundo. Y, por supuesto, eso suscita problemas. Este estado de cosas, ¿está de acuerdo con la voluntad de Dios, con lo que Dios quiere, o no? Si lo está, es un extraño Dios, dirán ustedes; y si no lo es, ¿cómo puede suceder algo contrario a la voluntad de un ser con poder absoluto?

Pero todo el que ha gozado de autoridad sabe que algo puede estar de acuerdo con nuestra voluntad, con nuestros deseos, en un aspecto, y no en otro. Puede ser muy sensato que una madre diga a sus hijos, “no vaya obligarlos a ordenar la sala de estudios cada noche. Tienen que aprender a mantenerla ordenada ustedes solos”. Luego sube una noche y encuentra el osito de peluche y la tinta y la Gramática Francesa, todos tirados en la chimenea. Eso es contrario a sus deseos. Ella preferiría que los niños fueran ordenados. Pero, por otra parte, es su voluntad la que dio libertad a los niños para ser desordenados. Lo mismo sucede en cualquier regimiento o sindicato o escuela. Determinas que algo será voluntario, y la mitad de la gente no lo hace. No es lo que deseabas, pero tu voluntad lo ha hecho posible.

Probablemente es lo mismo en el universo. Dios creó cosas que tenían libre albedrío. Eso significa criaturas que pueden actuar bien o mal. Algunos piensan que pueden imaginar una criatura libre, pero sin posibilidad de actuar mal; yo no puedo. Si algo tiene libertad para ser bueno, también la tiene para ser malo. Y el libre albedrío es lo que ha hecho posible el mal. ¿Por qué, entonces, les dio libre albedrío? Porque el libre albedrío, aunque hace posible el mal, es también lo único que hace posible cualquier amor o bondad o alegría dignos de tenerse. Un mundo de autómatas -o de criaturas que trabajaran como máquinas- difícilmente sería digno de crearse. La felicidad que Dios destina para sus criaturas superiores es la felicidad de estar unidos a El y entre sí libre y voluntariamente, en un éxtasis de amor y deleite comparado con el cual el más extático amor entre un hombre y una mujer en esta tierra es pura leche yagua. Y para eso tienen que ser libres.

Por cierto Dios sabía lo que iba a pasar si usaban su libertad de manera equivocada; aparentemente, pensó que el riesgo valía la pena. Quizás nos sintamos inclinados a discrepar con El. Pero hay un problema en discrepar con Dios. El es la fuente de donde viene todo tu poder de raciocinio: no podrías estar en lo correcto y El equivocado más de lo que un arroyo puede subir más arriba de su fuente. Cuando argumentas contra El, estás argumentando contra el poder mismo que en último término hace posible que argumentes: es como cortar la rama en que estás sentado. Si Dios piensa que este estado de guerra en el universo es un precio digno de pagarse por el libre albedrío -esto es, por hacer un mundo vivo en que las criaturas pueden hacer un bien real o daños reales y donde pueden suceder cosas de real importancia, en vez de Un mundo de juguete que sólo se mueve cuando El jala de las cuerdas-, entonces podemos estar seguros de que es digno de pagarse.

Cuando hayamos entendido el libre albedrío, veremos lo tonto que es preguntar, como alguien me preguntó una vez: “¿Por qué hizo Dios una criatura con un material tan podrido, que se echó a perder?” Mientras mejor sea la materia de que está hecha una criatura -mientras más hábil y fuerte y libre sea-, mejor será si toma el buen camino, pero también peor si toma el malo. Una vaca no puede ser muy buena ni muy mala; un perro puede ser mejor o peor; un niño mejor o peor todavía; un hombre común, más aún; un hombre de genio, mucho más; un espíritu sobrehumano, el mejor -o peor- de todos.

¿Cómo fue que el Poder Oscuro se hizo malo? Aquí, sin duda, hacemos una pregunta a la cual los seres humanos no pueden responder con certeza alguna. Se puede, sin embargo, ofrecer una suposición razonable (y tradicional), basada en nuestra propia experiencia de tomar el mal camino. Desde el momento en que se tiene una identidad, un “sí mismo”, existe la posibilidad de ponerse uno mismo en primer lugar, queriendo ser el centro, queriendo -de hecho- ser Dios. Ese fue el pecado de Satanás: y ése fue el pecado que enseñó a la raza humana. Algunos piensan que la caída del hombre tuvo algo que ver con el sexo, pero eso es un error. (La historia en el libro del Génesis sugiere más bien que una cierta corrupción en nuestra naturaleza sexual siguió a la caída y fue su resultado, no su causa.) Lo que Satanás puso en la cabeza de nuestros ancestros remotos fue la idea de que podían “ser como dioses”: podían ser autónomos como si se hubieran creado a sí mismos, ser sus propios amos, inventar algún modo de felicidad para sí mismos más allá de Dios, aparte de Dios. Y de ese intento sin esperanzas viene casi todo lo que podemos llamar historia humana -dinero, pobreza, ambición, guerra, prostitución, clases sociales, imperios, esclavitud-, la larga y terrible historia del hombre intentando encontrar algo distinto a Dios que lo haga feliz.

La razón por la cual nunca puede lograrlo es ésta: Dios nos hizo; nos inventó como un hombre inventa una máquina. Un automóvil está hecho para funcionar con gasolina, y no funcionaría bien con ninguna otra cosa. Ahora bien, Dios diseñó la máquina humana para que funcionara con El. El es el combustible que admite el diseño de nuestros espíritus, El es la comida que puede alimentarlos. No hay otro. Tal es la razón por la que no sirve de nada pedirle a Dios que nos haga felices a nuestra propia manera, sin molestamos con la religión. Dios no puede damos felicidad y paz aparte de El mismo, porque no se encuentran en otra parte que El. No existen tales cosas.

Esa es la clave de la historia. Se gasta una tremenda cantidad de energía, se construyen civilizaciones, se inventan excelentes instituciones, pero cada vez algo no funciona. Una falla fatal lleva siempre a las personas egoístas y crueles a la cima, y todo retrocede hundiéndose en la miseria y la ruina. De hecho, la máquina deja de funcionar. Parece partir bien y andar unos pocos metros, y luego se estropea. Están tratando de alimentarla con el jugo equivocado. Eso es lo que Satanás nos ha hecho a nosotros, los humanos.

¿Y qué hizo Dios? Primero que todo, nos dejó la conciencia, el sentido de lo correcto y lo incorrecto; y a través de toda la historia, ha habido gente tratando (algunos con gran esfuerzo) de obedecerla. Nadie lo ha logrado totalmente. En segundo lugar, envió a la raza humana lo que yo llamo buenos sueños: quiero decir, esas curiosas historias esparcidas a través de las religiones paganas acerca de un dios que muere y vuelve a la vida y, por su muerte, de alguna manera ha dado nueva vida a los hombres. En tercer lugar, El escogió un pueblo particular y pasó muchos siglos martille ando en sus cabezas el tipo de Dios que era, que era uno solo y que le importaba nuestra conducta correcta. Ese pueblo era el judío, y el Antiguo Testamento hace un recuento del proceso de martilleo.

Y entonces sucede el real escándalo. Aparece de súbito entre estos judíos un hombre que anda hablando como si El fuera Dios. Pretende que perdona los pecados. Dice que siempre ha existido. Dice que vendrá a juzgar al mundo al final de los tiempos. Ahora, dejemos esto bien claro. Entre los panteístas, como los hindúes, cualquiera podría decir que era parte de Dios, o uno con Dios: no habría nada demasiado extraño en ello. Pero este hombre, desde que era un judío, no podía estarse refiriendo a ese tipo de Dios. Dios, en su lenguaje, significaba el Ser fuera de este mundo que lo había hecho y que era infinitamente diferente a cualquier otra cosa. Y cuando uno ha comprendido eso, ve que lo que este hombre decía era, muy simplemente, la cosa más escandalosa que jamás ha salido de labios humanos.

Una parte de lo que El decía tiende a pasársenos inadvertida, porque la hemos escuchado tan a menudo que ya no vemos qué implica. Quiero decir, el reclamo de perdonar los pecados: cualesquiera pecados. Ahora, a no ser que el que habla sea Dios, es tan descabellado que llega a ser cómico. Todos podemos comprender cómo alguien perdona las ofensas contra sí mismo. Me pisas un pie y te perdono, me robas el dinero y te perdono. Pero, ¿qué pensarías de un hombre a quien nadie ha robado ni pisado, que anunciara que te perdonaba a ti por pisar y robar a otros hombres? Necia fatuidad es la descripción más bondadosa que haríamos de su conducta. Y esto fue lo que hizo Jesús. Les dijo a algunas personas que sus pecados estaban perdonados, y no se detuvo a preguntar nada a las otras personas a quienes esos pecados indudablemente habían agraviado. Sin vacilar, se comportaba como si El fuera la principal parte interesada, la persona principalmente ofendida en todas las ofensas. Esto tiene sentido sólo si El realmente era el Dios cuyas leyes rompe y hiere cada pecado. En boca del hablante que no es Dios, tales palabras entrañarían lo que sólo se puede considerar como una tontería y vanidad sin paralelo en ningún otro personaje de la historia.

Y sin embargo (y esto es lo extraño y significativo), incluso Sus enemigos, cuando leen los Evangelios, en general no tienen la impresión de tontería y vanidad. Menos aún los lectores no prejuiciados. Cristo dice que El es “manso y humilde” y le creemos, sin damos cuenta de que, si fuera simplemente un hombre, la mansedumbre y la humildad son las últimas características que podríamos atribuir a algunas de Sus palabras.

Estoy intentando con esto prevenir el que alguien diga esa majadería que a menudo se dice de El: “Estoy dispuesto a aceptar a Jesús como un gran maestro moral, pero no acepto Su pretensión de ser Dios”. Eso es precisamente lo que no debemos decir. Un hombre que fuera simplemente un hombre y dijera la clase de cosas que Jesús decía, no sería un gran maestro moral. Sería ya sea un lunático -en el mismo nivel que el que dice que es un huevo escalfado-, o el Demonio del Infierno. Tienen que elegir: o este hombre era, y es, el Hijo de Dios; o un loco, o algo peor. Pueden encerrarlo como a un loco, pueden escupirlo y matarlo como a un demonio; o pueden caer a Sus pies y llamarlo Señor y Dios. Pero no vengamos con tonterías condescendientes acerca de que El era un gran maestro humano. No nos dejó abierta esa posibilidad. No tenía ninguna intención de hacerlo.

4. EL PERFECTO PENITENTE

Nos vemos enfrentados, entonces, a una pavorosa alternativa. O este hombre del que hablamos era (y es) exactamente lo que El decía, o un loco, o algo peor. Ahora, me parece obvio que no era ni un loco ni un demonio; en consecuencia, por extraño o aterrador o improbable que parezca, tengo que aceptar que El era y es Dios. Dios ha aterrizado en este territorio ocupado por el enemigo, en forma humana.

Y ahora, ¿cuál fue el propósito de todo ello? ¿Qué es lo que El vino a hacer? Bueno, por supuesto, vino a enseñar; pero apenas uno mira el Nuevo Testamento o cualquier otro escrito cristiano, encuentra que constantemente hablan de algo diferente, de Su muerte y Su vuelta a la vida. Es obvio que los cristianos piensan que allí está lo principal de la historia. Piensan que lo más importante que El vino a hacer a la tierra, fue sufrir y que lo mataran.

Antes de hacerme cristiano, tenía la impresión de que lo primero en que tenían que creer los cristianos era una. teoría particular sobre cuál era el sentido de esa muerte. De acuerdo a esa teoría, Dios quería castigar a los hombres’ por haber desertado y haberse unido al Gran Rebelde, pero Cristo se había entregado voluntariamente para ser castigado en lugar nuestro, y así Dios nos exonera. Admito ahora que incluso esta teoría no me parece tan inmoral y tonta como antes; pero ése no es el punto que quiero establecer. Lo que más tarde pude ver fue que ni esta teoría, ni ninguna otra, es el cristianismo. La creencia cristiana central es que la muerte de Cristo de alguna manera nos ha puesto bien con Dios y nos ha permitido empezar de nuevo. Las teorías acerca de cómo lo logró, son asunto aparte. Se ha elaborado una buena cantidad de teorías diferentes al respecto; pero en lo que concuerdan todos los cristianos, es en que sí lo logró. Les diré cómo pienso yo que es. Toda la gente sensata sabe que si estás cansado y hambriento, te hará bien una comida. Pero la teoría moderna de la nutrición -todo sobre vitaminas y proteínas- es otra cosa. La gente comía y se sentía mejor mucho antes de que se supiera nada de la teoría de las vitaminas; y si alguna vez se abandona la teoría de las vitaminas, igual seguirán con sus comidas. Las teorías acerca de la muerte de Cristo no son el cristianismo: son explicaciones sobre cómo funciona. No todos los cristianos concordarían en la importancia de estas teorías. Mi propia iglesia -la Iglesia de Inglaterra- no propone ninguna de ellas como la verdadera. La Iglesia de Roma va un poco más allá. Pero pienso que todas concordarán en que la cosa misma es infinitamente más importante que cualesquiera explicaciones que los teólogos hayan producido. Pienso que probablemente admitirían que ninguna explicación será nunca completamente adecuada a la realidad. Pero como lo dije en el prefacio de este libro, tan sólo soy un lego, y en este punto estamos entrando en aguas profundas. Sólo puedo decirles, por lo que valga, cómo veo yo, personalmente, la cuestión.

Desde mi punto de vista, las teorías en sí mismas no son lo que se nos pide aceptar. Sin duda muchos de ustedes habrán leído a Jeans o Eddington.[5] Lo que ellos hacen cuando quieren explicar el átomo, o algo de ese tipo, es dar una descripción a partir de la cual uno puede construir una imagen mental. Pero entonces te advierten que esta imagen no es realmente lo que creen los científicos. Lo que los científicos creen es una fórmula matemática. Las imágenes están ahí sólo para ayudarte a entender la fórmula. No son realmente verdaderas en el sentido en que lo es la fórmula; no entregan la cosa real, sino sólo algo más o menos parecido a ella. Su único propósito es ayudar, y si no lo hacen, bien puede abandonárselas. La cosa misma no puede ser puesta en imágenes, sólo puede ser expresada matemáticamente. Aquí estamos en el mismo bote. Creemos que la muerte de Cristo es exactamente ese punto en la historia en que algo absolutamente inimaginable, proveniente de afuera, se hace visible en nuestro propio mundo. Y si no podemos ver en nuestra imaginación ni siquiera los átomos de que está construido nuestro propio mundo, obviamente no seremos capaces de imaginamos esto. En verdad, si nos encontráramos con que podemos comprenderlo completamente, ese mismo hecho nos demostraría que no era lo que profesa ser: lo inconcebible, lo no creado, la cosa de más allá de la naturaleza, cayendo en la naturaleza como un rayo. Pueden preguntar de qué puede servimos si no lo entendemos. Pero eso se contesta fácilmente. Una persona puede comer sin entender con exactitud cómo el alimento la nutre. Una persona puede aceptar lo que Cristo ha hecho sin saber cómo funciona: en verdad, no sabría ciertamente cómo funciona hasta haberlo aceptado.

Se nos dice que Cristo fue muerto por nosotros, que Su muerte nos ha limpiado de nuestros pecados, y que con su muerte El triunfó sobre la muerte misma. Esa es la fórmula. Eso es el cristianismo. Eso es lo que hay que creer. Todas las teorías que construyamos en torno a cómo la muerte de Cristo hizo todo esto son, a mi juicio, totalmente secundarias: meros planos o diagramas que debemos olvidar si no nos ayudan y, aun si nos ayudan, que no debemos confundir con la cosa misma. Pero, de todas maneras, algunas de estas teorías merecen ser examinadas.

La que más personas han escuchado es la que mencionaba antes, aquella sobre haber sido perdonados porque Cristo voluntariamente se había prestado al castigo en lugar nuestro. Ahora, mirada así, es una teoría muy tonta. Si Dios quería perdonamos, ¿por qué no fue y lo hizo? ¿Y qué sentido tendría castigar a una persona inocente a cambio? Ninguno que yo pueda ver, si pensamos en el castigo en el sentido judicial del término. Por otra parte, si se piensa en una deuda, hay bastante sentido en que una persona que tiene capital pague por otra que no tiene. O si se toma el “pagar la pena” no en el sentido de ser castigado, sino en el sentido más general de “hacerse cargo de la cuenta”, entonces, por supuesto, es algo por todos sabido que cuando una persona se mete en un hoyo, el trabajo de sacarla de ahí generalmente recae en un amigo generoso.

Ahora, ¿en qué tipo de “hoyo” se había metido el hombre? Había tratado de hacerse autónomo, de comportarse como si se perteneciera a sí mismo. En otras palabras, el hombre caído no es una criatura imperfecta que necesita ser mejorada: es un rebelde que necesita deponer sus armas. Deponer las armas, rendimos, decir que lo sentimos, damos cuenta de que hemos andado por el camino equivocado y estar dispuestos a comenzar la vida de nuevo desde abajo: es el único modo de salir de nuestro “hoyo”. Este proceso de rendición -este dar marcha atrás a toda máquina- es lo que los cristianos llaman arrepentimiento. Ahora, el arrepentimiento no es nada divertido. Es algo mucho más duro que simplemente bajar la cabeza y someterse. Significa desaprender toda la arrogancia y obstinación en las que nos hemos estado entrenando por miles de años. Significa matar una parte de nosotros mismos, sometiéndonos a una especie de muerte. De hecho, se necesita ser un buen hombre para arrepentirse. Y aquí está la trampa. Sólo una persona mala necesita arrepentirse; sólo una persona buena se puede arrepentir perfectamente. Mientras peor eres, más lo necesitas y menos puedes hacerlo. La única persona que podría hacerlo a la perfección sería una persona perfecta, y ésa no lo necesitaría.

Recuerden, este arrepentimiento, este voluntario sometimiento a la humillación y a una especie de muerte, no es algo que Dios nos pida antes de aceptamos de vuelta y de lo cual pudiera libramos si así lo quisiera: es simplemente una descripción de cómo es volver a El. Si le pedimos a Dios que nos lleve de vuelta sin eso, en realidad le estamos pidiendo que nos deje volver sin volver. No puede hacerse. Bien, entonces, tenemos que pasar por ello. Pero el mismo ser malos que nos hace necesitarlo, nos imposibilita hacerlo. ¿Podemos hacerlo si Dios nos ayuda? Sí, pero; ¿qué queremos decir cuando hablamos de la ayuda de Dios? Queremos decir Dios poniendo en nosotros algo de Sí mismo, por así expresarlo. Nos presta un poco de Su poder de razonar y así es como pensamos: El pone un poco de Su amor en nosotros y así es como nos amamos unos a otros. Cuando le enseñas a escribir a un niño, sostienes su mano mientras forma las letras: esto es, forma las letras porque tú las estás formando. Amamos y razonamos porque Dios ama y razona y sostiene nuestra mano mientras lo hacemos. Desde luego, si no hubiéramos caído, sería cosa fácil. Pero desgraciadamente ahora necesitamos la ayuda de Dios para hacer algo que Dios, en Su propia naturaleza, nunca hace: rendirse, sufrir, someterse, morir. Nada en la naturaleza de Dios corresponde en absoluto con este proceso. De tal manera que ese camino para el cual necesitamos ahora más que nada la guía de Dios, es un camino por el que Dios, en Su propia naturaleza, nunca ha transitado. Dios puede compartir sólo lo que El tiene: esta cosa, en Su propia naturaleza, no la tiene.

Pero suponiendo que Dios se hiciera hombre; conjeturemos que nuestra propia naturaleza, que puede sufrir y morir, se amalgamara con la naturaleza de Dios en una persona; entonces esa persona podría ayudamos. Esa persona podría someter Su voluntad, y sufrir y morir, porque sería un hombre; y podría hacerla con perfección, porque sería Dios. Ustedes y yo podemos vivir este proceso sólo si Dios lo hace en nosotros; pero Dios puede hacerla sólo si se hace hombre. Nuestros intentos de morir de esta manera tendrán éxito sólo si nosotros los hombres compartimos la muerte de Dios, así como nuestro pensar puede tener éxito sólo porque es una gota del océano de Su inteligencia; pero no podemos compartir la muerte de Dios a no ser que Dios muera; y El no puede morir excepto haciéndose un hombre. Ese es el sentido en que El paga nuestra deuda y sufre por nosotros lo que El mismo no necesitaba en absoluto sufrir.

He escuchado a algunas personas reclamar que si Jesús era Dios a la vez que hombre, entonces Su sufrimiento y muerte perdían valor, “porque debe haber sido tan fácil para El”. Otros (con mucha razón) rechazan la ingratitud y displicencia de esta objeción. Lo que me deja perplejo es la mala comprensión que revela. En un sentido, por supuesto, los que la hacen tienen razón. Incluso han subestimado su propia posición. La sumisión perfecta, el perfecto sufrimiento, la muerte perfecta no sólo fueron más fáciles para Jesús porque era Dios, sino que fueron posibles sólo porque era Dios. Pero, ¿no es ésta realmente una curiosa razón para no aceptarlos? El maestro puede formar las letras para el niño porque es un adulto y sabe escribir. Eso, por supuesto, lo hace más fácil para el maestro; y sólo porque es más fácil para él, puede ayudar al niño. Si éste lo rechazara porque “es fácil para los adultos” y esperara a aprender a escribir con otro niño que tampoco supiera escribir (y así no tuviera ninguna ventaja “injusta”), no lo lograría con demasiada rapidez. Si me estoy ahogando en un río torrentoso, alguien que todavía tiene un pie en la orilla puede darme una mano que me salva la vida. ¿Debería yo gritarle (entre boqueadas) “¡No, no es justo! ¡Estás en ventaja! Tienes un pie en la orilla”? Esa ventaja -llámenla injusta, si quieren- es la única razón por la que puede serme de alguna utilidad. ¿Hacia dónde te volverás por ayuda si no es a aquel que es más fuerte que tú?

Tal es mi propia manera de mirar eso que los cristianos llaman la Redención. Pero recuerden que es sólo una imagen más. No la confundan con la cosa misma; y si no los ayuda, desháganse de ella.

5. LA CONCLUSION PRACTICA

Fue Cristo quien se rindió y humilló de manera perfecta: perfecta porque era Dios, rendición y humillación porque era hombre. Ahora, la creencia cristiana ,es que si nosotros de alguna manera compartimos la humildad y sufrimiento de Cristo, también compartiremos Su conquista de la muerte y encontraremos una nueva vida después de morir, y en ella llegaremos a ser criaturas perfectas, y perfectamente felices. Esto significa algo que es mucho más que nuestros intentos de seguir Sus enseñanzas. La gente a menudo pregunta cuándo tendrá lugar el siguiente paso en la evolución, el paso a algo más allá del hombre. Pero desde el punto de vista cristiano, ya ha sucedido. En Cristo, un nuevo. tipo de hombre apareció; y el nuevo tipo de vida que comenzó en El va a ser colocada en nosotros.

¿Cómo se va a hacer esto? Antes, por favor recuerden cómo adquirimos la antigua vida, la corriente. La derivamos de otros, de nuestro padre y madre y de todos nuestros antepasados, sin nuestro consentimiento, y a través de un muy curioso proceso que implica placer, dolor y peligro. Un proceso que nunca habrían imaginado. La mayoría de nosotros pasa unos cuantos años de la niñez intentando adivinarlo; y algunos niños, la primera vez que se les dice, no lo creen, y no estoy seguro de culparlos, porque es muy raro. Ahora bien, el Dios que dispuso ese proceso es el mismo Dios que dispone el modo en que la nueva clase de vida -la vida de Cristo- se propagará. Debemos estar preparados para que también sea raro. El no nos consultó cuando inventó el sexo; tampoco nos ha consultado cuando inventó esto.

Hay tres cosas que propagan la vida de Cristo en nosotros: el bautismo, la fe, y esa misteriosa acción que distintos cristianos llaman con diferentes nombres: la Santa Comunión, la Eucaristía, la Cena del Señor. Al menos, esos son los tres métodos comunes. No estoy diciendo que no pueda haber casos especiales en que no se propague sin uno o más de ellos. No tengo tiempo para entrar en casos especiales, y no sé lo suficiente. Si estás tratando de explicarle a alguien en unos pocos minutos cómo llegar a Edimburgo, le informarás acerca de los trenes; es verdad que puede ir por barco o por avión, pero difícilmente entrarás en ello. Y no estoy diciendo nada acerca de cuál de estas tres cosas es la más esencial. Mi amigo metodista querría que yo dijera más de la fe y menos (en proporción) de las otras dos. Pero no entraré en eso. De hecho, quienquiera que enseñe doctrina cristiana dirá que usemos las tres, lo que es suficiente para nuestros propósitos actuales.

Por mi parte, no logro ver por qué estas cosas deban ser las conductoras de la nueva clase de vida. Pero entonces, si uno no lo hubiera aprendido, jamás habría visto conexión alguna entre un placer físico particular y la aparición de un nuevo ser humano en el mundo. Debemos tomar la realidad tal como nos llega: no sirve de nada andar chachareando sobre cómo debería ser o cómo habríamos esperado que fuera. Pero aunque no puedo entender por qué tendría que ser así, puedo decirles por qué creo que es así. He explicado por qué tengo que creer que Jesús era (y es) Dios. Y parece claro, como asunto de historia, que El les enseñó a sus seguidores que la nueva vida se comunicaba de esta manera. En otras palabras, lo creo basándome en Su autoridad. No se asusten por la palabra autoridad. Creer en algo por un recurso a la autoridad sólo significa creer en ello porque nos lo ha dicho alguien que consideramos confiable. Noventa y nueve por ciento de las cosas en que creemos, las creemos recurriendo a la autoridad. Creo que existe ese lugar que es Nueva York. No lo he visto por mí mismo. No podría probar por razonamiento abstracto que tiene que haber tal lugar. Lo creo porque gente confiable me lo ha dicho. El hombre corriente cree en el sistema solar, los átomos, la evolución y la circulación de la sangre sobre la base de la autoridad, porque los científicos así lo dicen. Ninguno de nosotros ha visto la conquista normanda o la derrota de la Armada. Ninguno de nosotros podría probarlas por lógica pura, como se prueba algo en matemáticas. Lo creemos simplemente porque quienes sí lo vieron han dejado escritos que nos cuentan de ello: de hecho, nos basamos en la autoridad. Una persona que se resistiera al conocimiento sustentado en la autoridad, como algunos lo hacen en el campo de la religión, tendría que contentarse con no saber nada durante toda su vida.

No crean que estoy proponiendo el bautismo y la fe y la Santa Comunión como cosas que pueden bastar en lugar de nuestros propios intentos de imitar a Cristo. Nuestra vida natural deriva de nuestros padres; eso no significa que permanecerá ahí si no hacemos nada al respecto. La podemos perder por negligencia, o la podemos eliminar de nosotros cometiendo suicidio. Debemos alimentarla y cuidarla; pero se debe recordar siempre que no la estamos haciendo,’ tan sólo estamos manteniendo una vida que recibimos de otros. Del mismo modo, un cristiano puede perder la vida de Cristo que ha sido puesta en él, y debe hacer esfuerzos para mantenerla. Pero ni el mejor cristiano que jamás haya existido actúa por sí solo; tan sólo está nutriendo y protegiendo una vida que nunca pudo haber obtenido por sus propios esfuerzos. Y ello tiene consecuencias prácticas. Mientras exista vida natural en un cuerpo, hará mucho por reparar ese cuerpo. Córtenlo, y hasta cierto punto sanará, como ‘no lo hace un cuerpo muerto. Un cuerpo vivo no es uno que jamás recibe daño, sino uno que en cierta medida puede repararse a sí mismo. Del mismo modo, un cristiano no es un hombre que nunca hace el mal, sino uno a quien se le ha hecho posible arrepentirse y levantarse y comenzar de nuevo tras cada tropezón, porque la vida de Cristo está dentro de él, reparándolo todo el tiempo, permitiéndole repetir (hasta cierto punto) la clase de muerte voluntaria que Cristo mismo llevó a cabo.

Tal es la razón de que el cristiano esté en posición diferente a la de otras personas que están intentando ser buenas. Estas tienen la esperanza de, siendo buenas, agradar a Dios, si es que hay uno; o -si piensan que no existe- al menos esperan merecer la aprobación de la gente buena. Pero el cristiano piensa que todo bien que él hace viene de la vida de Cristo que está en su interior. No piensa que Dios nos amará porque somos buenos, sino que Dios nos hará buenos porque nos ama, tal como el techo de un invernadero no atrae el sol porque es brillante, sino que brilla porque el sol lo ilumina.

Y quisiera dejar muy claro que cuando los cristianos dicen que la vida de Cristo está en ellos, no se refieren simplemente a algo mental o moral. Cuando hablan de estar “en Cristo” o de que Cristo está “en ellos”, no es meramente una manera de decir que están pensando en Cristo o imitándolo. Significa para ellos que Cristo está realmente operando a través de ellos; que la masa total de los cristianos es el organismo físico a través del cual Cristo actúa; que somos Sus dedos y músculos, las células de Su cuerpo. Y quizás eso explique una o dos cosas. Explica por qué esta nueva vida se propaga no sólo mediante actos puramente mentales, como la fe, sino por actos corporales como el bautismo y la Santa Comunión. No es la propagación de una idea; es más como una evolución, un hecho biológico o superbiológico. No sirve de nada intentar ser más espiritual que Dios. Dios nunca pensó al hombre como una criatura puramente espiritual. Tal es la razón de que El utilice cosas materiales como pan y vino para poner la nueva vida en nosotros. Podemos pensar que es algo tosco y poco espiritual. Dios no lo cree: El inventó el comer. A El le gusta la materia. El la inventó.

He aquí otra cosa que solía dejarme perplejo. ¿No es terriblemente injusto que esta nueva vida esté circunscrita a la gente que ha escuchado acerca de Cristo y ha podido creer en El? Pero la verdad es que Dios no nos ha dicho cuáles son Sus disposiciones en relación a otras personas. Sabemos que nadie puede salvarse si no es a través de Cristo; no sabemos que sólo aquellos que Lo conocen pueden salvarse a través de El. Entre tanto, si a alguien le preocupa la gente que está afuera, lo menos razonable que puede hacer es quedarse también afuera. Los cristianos son el cuerpo de Cristo, el organismo a través del cual El opera. Cada agregado a ese cuerpo Le permite hacer más. Si se quiere ayudar a los de afuera, hay que agregar nuestra propia pequeña célula al cuerpo de Cristo, el único que puede ayudarlos. Cortarle los dedos a alguien sería una extraña manera de hacer que realice más trabajo.

Otra objeción posible es ésta: ¿por qué Dios llega disfrazado a este territorio ocupado por el enemigo y comienza una especie de sociedad secreta para socavar al demonio? ¿Por qué no llega con todo su poderío, invadiéndolo? ¿Es que no es lo suficientemente fuerte? Bien, los cristianos piensan que El va a llegar en todo su poderío; no sabemos cuándo. Pero podemos aventurar una razón para su tardanza. Quiere damos la oportunidad de ponemos de su lado libremente. No creo que ni ustedes ni yo hubiéramos tenido gran opinión de un francés que hubiera esperado hasta que los Aliados estuvieran entrando en Alemania, para en ese momento anunciar que estaba de nuestro lado. Dios invadirá. Pero me pregunto si la gente que le pide a Dios que interfiera abierta y directamente en nuestro mundo, se da cuenta realmente cómo será cuando lo haga. Cuando eso suceda, será el fin del mundo. Cuando el autor sale al escenario, la representación ha terminado. Dios va a invadir, claro que sí; pero, ¿de qué sirve decir que estás de Su parte cuando ves que todo el universo natural se desvanece como un sueño y otra cosa -algo que jamás te pasó por la mente pudiera existir- entra e irrumpe arrasando con todo lo conocido; algo tan hermoso para algunos de nosotros, y tan terrible para otros, que a ninguno le quedará posibilidad alguna de elegir? Porque esta vez será Dios sin disfraz; algo tan abrumador que va a provocar o irresistible amor o irresistible horror en toda criatura. Será entonces demasiado tarde para elegir lado. No servirá de nada decir que eliges yacer cuando se ha hecho imposible levantarse. No será ése el tiempo de elegir: será el tiempo en que descubramos qué lado realmente hemos escogido, nos hayamos dado cuenta antes o no. Ahora, hoy día, en este momento, es nuestra oportunidad de escoger el lado correcto. Dios se está reteniendo para damos esa oportunidad. No durará para siempre. Debemos tomarla o dejarla.


LIBRO TERCERO

COMPORTAMIENTO CRISTIANO

1. LAS TRES PARTES DE LA MORAL

Hay una historia acerca de un escolar a quien se le preguntó cómo creía que era Dios. Contestó que; en cuanto él podía imaginar, Dios era “la clase de persona que siempre está husmeando por ahí para ver si alguien lo está pasando bien, y entonces tratar de impedírselo”. Y me temo que es la clase de idea que la palabra Moral hace surgir en la mente de muchas personas: algo que interfiere, algo que te impide pasado bien. En realidad, las reglas morales son instrucciones para hacer funcionar la máquina humana. Cada regla moral está ahí para prevenir una avería, un forzamiento o una fricción en el funcionamiento de esa máquina. Es por eso que estas reglas al principio parecen estar interfiriendo constantemente con nuestras inclinaciones naturales. Cuando te enseñan cómo usar una máquina, el instructor se lleva diciendo, “No, no lo hagas así”, porque, por supuesto, hay todo tipo de cosas que se ven muy bien y parecen ser la manera natural de tratar a la máquina, pero que en realidad no funcionan.

Algunas personas prefieren hablar de “ideales” morales en vez de reglas morales, y de “idealismo” moral antes que obediencia moral. Por supuesto, es totalmente verdadero que la perfección moral es un “ideal”, en el sentido de que no podemos alcanzada. En ese sentido, todo tipo de perfección es, para nosotros los humanos, un ideal; no podemos tener éxito en ser perfectos conductores de automóvil o perfectos tenistas o en dibujar líneas perfectamente rectas. Pero, en otro sentido, puede llevar a malentendidos el llamar a la perfección moral un ideal. Cuando un hombre dice que cierta mujer, o casa, barco o jardín, es “su ideal”, no implica (a menos que sea bastante tonto) que todos los demás debieran tener el mismo ideal. En tales asuntos tenemos derecho a diferentes gustos y, por lo tanto, a diferentes ideales. Pero es peligroso describir a un hombre que intenta con mucha fuerza guardar la ley moral como un “hombre de altos ideales”, porque esto podría llevar a pensar que la perfección moral era uno de sus gustos personales, y que el resto de nosotros no estábamos llamados a compartirlo. Esto sería un error desastroso. El comportamiento perfecto puede ser tan inalcanzable como el perfecto cambio de velocidades cuando conducimos un automóvil; pero es un ideal necesario prescrito para todas las personas por la naturaleza misma de la máquina humana, tal como el perfecto cambio de velocidades es un ideal prescrito para todos los conductores por la naturaleza misma de los automóviles. Y sería más peligroso aún estimarse uno mismo como una persona “de altos ideales” porque está tratando de no decir ninguna mentira (en vez de únicamente unas pocas) o nunca cometer adulterio (en vez de ocasionalmente) o no ser un abusador con los demás (en vez de abusar sólo moderadamente). Podría llevar a que te transformaras en un santurrón engreído y a pensar que eras alguien especial que merecía ser felicitado por su “idealismo”. En realidad, igual podrías esperar que te felicitaran porque siempre que haces una suma, tratas de que te salga bien. Por supuesto, la aritmética perfecta es “un ideal”; indudablemente cometerás algunos errores en algunos cálculos. Pero no hay nada muy especial en tratar de ser exacto en cada paso de cada suma. Sería idiota no intentarlo, porque cada error producirá problemas después. Del mismo modo, cada falla moral va a causar problemas probablemente a otros, y ciertamente a uno mismo. Al hablar de reglas y obediencia en vez de “ideales”, nos ayudamos a recordar estos hechos.

Vayamos ahora un paso más allá. Hay dos maneras en que la máquina humana funciona mal. Una es cuando los individuos humanos se alejan entre sí, o chocan con otro y se hacen daño mutuamente, por engaños o abusos. La otra es cuando las cosas fallan adentro del individuo, cuando sus diferentes partes (sus diferentes facultades y deseos, y así sucesivamente) o se separan o interfieren entre sí. La idea puede aclararse si pensamos en nosotros como una flota de barcos navegando en formación. La travesía será un éxito sólo, en primer lugar, si los barcos no chocan ni se estorban mutuamente; y en segundo lugar, si cada barco es apropiado para la navegación marítima y tiene sus máquinas en buen estado. De hecho, no se puede tener ninguna de estas cosas sin la otra. Si los barcos constantemente chocan entre ellos, no se mantendrán aptos para la navegación durante mucho tiempo. Por otra parte, si el mecanismo de dirección no está en buen estado, no será capaz de evitar los choques. O, si prefieren, piensen en la humanidad como una banda de música que toca una melodía. Para obtener un buen resultado, se necesitan dos cosas: el instrumento individual de cada ejecutante debe estar afinado y también cada uno debe entrar en el momento preciso, de manera de combinar con todos los demás.

Pero hay una cosa que todavía no hemos tomado en consideración. No hemos preguntado a dónde intenta llegar la flota, o qué pieza musical está tratando de tocar la banda. Los instrumentos pueden estar todos afinados y entrar en el momento justo, pero aun así la actuación no sería un éxito si hubieran sido contratados para tocar música bailable, y tocaran nada más que marchas fúnebres. y no importa cuán bien navegara la flota, su viaje sería un fracaso si estuviera destinada a llegar a Nueva York y en verdad llegara a Calcuta.

La moral, entonces, parece estar relacionada con tres cosas. Primero, con el juego limpio y la armonía entre los individuos. Segundo, con lo que podría llamarse establecer un orden o armonizar las cosas al interior de cada individuo. Tercero, con el objetivo general de la vida humana como un todo: aquello para lo cual fue hecho el hombre; qué curso debiera seguir la flota; qué melodía quiere el director que toque la banda.

Pueden ustedes haber notado que la gente moderna casi siempre está pensando en lo primero, y olvidando las otras dos cosas. Cuando la gente dice en los periódicos que estamos esforzándonos tras normas morales cristianas, generalmente se refieren a que estamos tras un trato entre naciones, clases e individuos donde primen la bondad y el juego limpio; esto es, están pensando sólo en lo primero. Cuando alguien dice acerca de algo que quiere hacer, “no puede estar mal porque no le hace daño a nadie”, está pensando sólo en lo primero. Está pensando en que no tiene importancia el estado en que esté su barco por dentro, siempre que no se eche encima del barco vecino. Y es bastante natural, cuando empezamos a pensar en la moral, comenzar con la primera cosa, con las relaciones sociales. En primer término, porque los resultados de una mala moral en ese ámbito son muy obvios y pesan en nosotros día a día: la guerra y la pobreza y la corrupción en las esferas públicas y las mentiras y el trabajo chapucero. y también porque mientras no nos apartemos de la primera cosa, hay pocos desacuerdos en cuanto a la moral. Casi toda la gente a través de todos los tiempos ha concordado (en teoría) respecto a que los seres humanos deben ser honestos y bondadosos y ayudarse mutuamente. Pero aunque es natural comenzar con todoeso, si nuestro pensar sobre la moral se detiene ahí, bien podríamos no haber pensado en absoluto. A menos que avancemos a la segunda cosa -el establecer un orden en el interior de cada ser humano-, tan sólo nos estamos engañando.

¿De qué sirve decirles a los barcos que maniobren de tal manera que eviten los choques si, de hecho, son unos armatostes tan ridículamente viejos que no pueden ser maniobrados para nada? ¿De qué sirve establecer, en el papel, reglas de conducta social si sabemos que, de hecho, nuestra codicia, cobardía, mal genio y arrogancia nos van a impedir acatarlas? Ni por un momento quiero decir con esto que no debamos pensar, y pensar mucho, acerca de cómo mejorar nuestro sistema social y económico. Lo que sí digo es que todo ese pensar será sólo fuegos de artificio, a menos que tomemos conciencia de que nada sino el coraje y la generosidad de los individuos hará jamás que ningún sistema funcione adecuadamente. Es fácil eliminar los tipos particulares de corrupción o abuso que proliferan en nuestro sistema actual; pero mientras los hombres sean tramposos o abusadores, encontrarán nuevos modos de seguir con el viejo juego en el nuevo sistema. No se puede hacer buenos a los hombres por ley; y sin hombres buenos, no se puede tener una sociedad buena. Esa es la razón por la que debemos pensar en la segunda cosa: en la moral en el interior del individuo.

Pero tampoco creo que debamos detenemos ahí. Estamos llegando al punto en que diferentes creencias acerca del universo conducen a distintos comportamientos. Y parecería, a primera vista, bastante sensato parar antes de llegar ahí, y continuar con aquellas partes de la moral en las que concuerdan todas las personas sensatas. Pero, ¿podemos hacerlo? Recuerden que la religión implica una serie de aseveraciones acerca de hechos, que tienen que ser o verdaderas o falsas. Si son verdaderas, de ellas se seguirá un conjunto de conclusiones acerca de la correcta navegación de la flota humana; si son falsas, un conjunto completamente diferente. Por ejemplo, volvamos al hombre que dice que algo no puede estar mal a no ser que dañe a otro ser humano. El entiende con claridad que no debe dañar al resto de los barcos del convoy, mas honestamente piensa que lo que le hace a su propio barco es sólo asunto suyo. Pero, ¿no cambia completamente la cosa si su barco es de su propiedad, o si no es suyo? ¿No hay una gran diferencia si soy, por así decirlo, el dueño de mi propia mente y cuerpo, o sólo un inquilino, responsable ante el verdadero propietario? Si otro me hizo para sus propios fines, entonces tengo una gran cantidad de deberes que no tendría si simplemente me perteneciera a mí mismo.

Por otra parte, el cristianismo afirma que cada ser humano individual va a vivir para siempre, y esto tiene que ser verdadero o falso. Ahora, hay muchas cosas por las que no valdría la pena molestarse si uno fuera a vivir sólo setenta años, pero respecto a las cuales haría bien en preocuparse seriamente si se va a vivir para siempre. Quizás mi mal genio o mis celos se hacen gradualmente peores, tan gradualmente que el incremento en setenta años no se notará mucho. Pero podría ser un absoluto infierno en un millón de años: de hecho, si el cristianismo es verdad, Infierno es el término técnico exactamente correcto para lo que sería. Y la inmortalidad plantea esta otra diferencia, que, de paso, se vincula a la diferencia entre totalitarismo y democracia. Si los individuos viven solamente setenta años, entonces un estado, o una nación, o una civilización, que puede durar mil años, es más importante que un individuo. Pero si el cristianismo es verdad, entonces el individuo no sólo es más importante, sino incomparablemente más importante, porque es eterno y, en comparación con él, la vida de un estado o una civilización no es más que un instante.

Parece, entonces, que si vamos a pensar sobre la moral, debemos hacerlo en los tres compartimientos: relaciones entre hombre y hombre, lo existente en el interior de cada hombre, y las relaciones entre el hombre y el poder que lo hizo. Todos podemos cooperar en el primero. Con el segundo comienzan los desacuerdos, y ellos se hacen serios con el tercero. Es al tratar este último que aparecen las principales diferencias entre la moral cristiana y la moral no cristiana. En lo que queda de este libro, vaya asumir el punto de vista cristiano y mirar todo el cuadro como sería si el cristianismo fuera verdad.

2. LAS “VIRTUDES CARDINALES”

Compuse originalmente la sección anterior para darla como una pequeña charla radial.

Si se te permite hablar sólo por diez minutos, hay que sacrificar casi todo lo demás a la brevedad. Una de las principales razones que tuve para dividir la moral en tres partes (con mi imagen de la flota de barcos navegando en convoy) fue que éste parecía el camino más corto de cubrir el ámbito. Aquí quiero plantear otra manera en que antiguos autores han dividido el tema, una forma demasiado larga para haberla usado en mi charla, pero realmente muy buena.

Según este esquema más amplio, hay siete “virtudes”: cuatro de ellas son llamadas virtudes “cardinales”, y las tres restantes, virtudes “teologales”. Las “cardinales” son aquellas que toda persona civilizada reconoce; las “teologales”, aquellas que, como norma, sólo los cristianos conocen. Me ocuparé de las teologales más adelante; por el momento hablaré de las cuatro virtudes cardinales. (La palabra “cardinal” no tiene nada que ver con los “cardenales” de la Iglesia Romana. Viene de un término latino que significa “la bisagra de una puerta”. Se llamó “cardinales” a estas virtudes porque son, podríamos decir, “pivotales”). Ellas sonprudencia, templanza, justicia fortaleza.

La prudencia significa sentido común práctico, tomarse el trabajo de pensar lo que se hace y las consecuencias probables que ello pueda tener. Hoy en día) poco se piensa en la prudencia como una de las “virtudes”. De hecho, como Cristo dijo que podríamos entrar a su mundo sólo siendo como niños, muchos cristianos tienen la idea de que, si eres “bueno”, no importa que seas un necio. Pero eso es un malentendido. En primer lugar, en su mayoría los niños muestran bastante “prudencia” cuando hacen las cosas que realmente les interesan, y las planifican de manera muy sensata. En segundo lugar, como lo señala San Pablo, Cristo nunca quiso decir que debamos mantenemos niños en inteligencia; al contrario, nos dijo que fuéramos no sólo “tan mansos como palomas”, sino también “tan sabios como serpientes”. Cristo quiere el corazón de un niño, pero la cabeza de un adulto. Quiere que seamos sencillos, cándidos, afectuosos y dóciles en el aprendizaje, como lo son los buenos niños; pero también quiere que hasta nuestro último gramo de inteligencia esté alerta en su trabajo y en excelente condición para la pelea. El hecho de dar dinero para una obra de caridad no significa que no se deba indagar acerca de si esa obra es un fraude o no. El hecho de que aquello en que se está pensando es Dios mismo (por ejemplo, cuando se reza), no significa que uno se deba satisfacer con las mismas ideas infantiles que se tenía a los cinco años. Por supuesto, es cierto que Dios no te amará menos, o le servirás menos, si te tocó haber nacido con un cerebro de segunda clase. Tiene lugar para personas con muy poco juicio, pero quiere que todos utilicen el que tengan. El lema correcto no es “sé buena, dulce doncella, y deja la habilidad a los que pueden”, sino “sé buena, dulce doncella, y no olvides que esto implica ser tan habilidosa como puedas”. Dios no tiene más aprecio por los holgazanes intelectuales que por cualquier otro tipo de holgazán. Si estás pensando en hacerte cristiano, te advierto que te estás embarcando en algo que te va a exigir todo lo que eres, incluido el cerebro. Pero, afortunadamente, también funciona a la inversa. Cualquiera que honestamente esté tratando de hacerse cristiano, rápidamente encontrará que se agudiza su inteligencia: una de las razones por las que no se necesita educación especial para ser cristiano, es que el cristianismo es una educación por sí mismo. Tal es la razón por la que un creyente inculto como Bunyan[6] pudo escribir un libro que ha asombrado al mundo entero.

La templanza es, desgraciadamente, una de esas palabras que ha cambiado de significado. En general, ahora significa ser abstemio. Pero en los días en que la segunda virtud cardinal fue bautizada “templanza”, no significaba nada por el estilo. No se refería específicamente a la bebida, sino a todos los placeres; y no significaba abstenerse, sino ser moderado, ir hasta el punto justo y no más allá. Es un error pensar que los cristianos deben ser abstemios; el islamismo, no el cristianismo, es la religión abstemia. Por supuesto puede ser el deber de un cristiano en particular, o de cualquier cristiano, en un momento dado, abstenerse de bebidas fuertes, ya sea porque es la clase de hombre que no puede beber sin hacerla en exceso, o porque se encuentra con gente con tendencia a la ebriedad y no debe animarlos bebiendo él mismo. Pero el punto es que se está absteniendo, por una buena razón, de algo que no condena y de lo cual le agrada ver a otra gente disfrutar. Una de las características de un cierto tipo de mal hombre es que no puede renunciar a algo sin desear que todos los demás lo hagan también. Este no es el modo cristiano de hacer las cosas. Un cristiano como individuo puede encontrar apropiado renunciar a todo tipo de cosas -matrimonio, carne, cerveza o cine- por razones especiales; pero en el momento en que empieza a decir que tales cosas son malas en sí mismas, o que empieza a despreciar a los que las usan, se ha equivocado de camino.

La moderna restricción de la palabra templanza a la cuestión de la bebida ha causado gran daño. Ayuda a que la gente olvide que se puede ser igualmente inmoderado en muchas otras cosas. Un hombre que hace del golf o de su motocicleta el centro de su vida, o una mujer que dedica todos sus pensamientos a la ropa o al bridge o a su perro, están siendo tan “intemperantes” como el que se emborracha cada tarde. Por supuesto, no se manifiesta externamente de manera tan fácil: la manía del bridge o del golf no hace que te caigas en la mitad de la calle. Pero Dios no se deja engañar por externalidades.

La justicia significa mucho más que la clase de cosa que tiene lugar en los tribunales. Es el antiguo nombre para todo lo que ahora llamaríamos “rectitud”; incluye honestidad, dar y tomar, decir la verdad, mantener las promesas, y todo ese lado de la vida. Y lafortaleza incluye los dos tipos de valentía: la que enfrenta el peligro y la que “se aguanta” ante el dolor. “Agallas” es quizás lo más aproximado en nuestro lenguaje. Notarán, por supuesto, que no se puede practicar ninguna de las otras virtudes por demasiado tiempo sin recurrir a ésta.

Hay un punto más acerca de las virtudes que se debe tomar en cuenta. Existe diferencia entre llevar a cabo una acción particular que sea justa o moderada, y ser un hombre justo o moderado. Alguien que no es un buen jugador de tenis puede lograr un buen tiro de vez en cuando. Lo que se entiende por un buen jugador es aquel cuyos ojos y músculos y nervios están tan entrenados por innumerables buenos tiros, que ya se puede confiar en ellos. Tienen un cierto tono o cualidad que está ahí incluso cuando no está jugando, tal como la mente de un matemático tiene un cierto hábito y una perspectiva que están ahí aun cuando no esté haciendo matemáticas. Del mismo modo, un hombre que persevera en realizar acciones justas logra al final una cierta cualidad de carácter. y es esa cualidad, más que las acciones particulares, lo que llamamos “virtud”.

Esta distinción es importante por las siguientes razones. Si pensáramos sólo en las acciones particulares, podríamos conducir a tres ideas equivocadas.

1) Podríamos pensar que, siempre que se haga lo correcto, no importa cómo o por qué se lo haya hecho: de buena o de mala gana, malhumorada o alegremente, por miedo a la opinión pública o por el valor de la acción en sí. Pero la verdad es que las buenas acciones hechas por malas razones no ayudan a construir esa cualidad interna o carácter llamado “virtud”, y es esta cualidad o carácter lo que realmente importa. (Si el mal jugador de tenis golpea muy fuerte, no porque ve que se necesita un golpe fuerte, sino porque perdió la calma, es posible que su tiro, por azar, lo ayude a ganar ese juego en particular; pero no contribuirá a hacer de él un jugador confiable.)

2) Podríamos pensar que Dios quería simplemente obediencia a un conjunto de reglas, cuando lo que El realmente quiere es gente de un cierto tipo.

3) Podríamos pensar que las “virtudes” son necesarias sólo para esta vida; que en el otro mundo podríamos dejar de ser justos porque no habrá nada por qué pelear, y dejar de ser valientes porque no habrá peligros. Y es verdad que en el otro mundo probablemente no habrá ocasión para acciones justas o valerosas, pero habrá todo tipo de ocasiones para ser la clase de personas que podemos llegar a ser sólo como resultado de llevar a cabo tales acciones aquí. No se trata de que Dios te rehusará la entrada a Su mundo eterno si no tienes ciertas cualidades de carácter; se trata de que si las personas no tienen al menos el comienzo de esas cualidades en su interior, ningún tipo de condiciones externas podría ofrecerles un “Cielo”, esto es, podría hacerlas felices con la felicidad profunda, fuerte, inconmovible que Dios nos destina.

3. MORAL SOCIAL

Lo primero que debemos dejar en claro respecto a la moral cristiana entre hombre y hombre es que, en este compartimiento, Cristo no vino a predicar ninguna clase de moral nueva. La Regla de Oro del Nuevo Testamento (Haz como quisieras que hicieran contigo) es un resumen de lo que todos, en el fondo, siempre han sabido que es lo correcto. Los maestros morales realmente grandes nunca introducen nuevas morales: son los charlatanes y chiflados los que lo hacen. Como dijo el Dr. Johnson, “la gente necesita que le recuerden las cosas mucho más a menudo de lo que necesita que le enseñen”. El verdadero trabajo de todo maestro moral es seguir llevándonos de vuelta, una y otra vez, a los viejos y simples principios que todos estamos tan ansiosos de olvidar; como llevar y volver a llevar de vuelta un caballo a la valla que ha rehusado saltar, o llevar y volver a llevar de vuelta a un niño hasta el trozo de su lección que quiere eludir.

Lo segundo que debemos tener claro es que el cristianismo no tiene, ni declara tener, un programa político detallado para aplicar el “Haz como quisieras que hicieran contigo” a una sociedad particular en una época particular. No podría tenerlo. Está pensado para todos los hombres de todas las épocas, y el programa particular que convendría a un lugar o momento no sería adecuado para otro. Y, en todo caso, no es así como opera el cristianismo. Cuando te dice que des de comer al hambriento, no te da lecciones de cocina. Cuando te dice que leas las Escrituras, no te enseña hebreo ni griego, ni siquiera la gramática de tu propio idioma. Nunca ha pretendido reemplazar o suplantar las artes y ciencias humanas corrientes: es más bien un director que dará a cada una su propia función, y una fuente de energía que dará a todas una nueva vida, si tan sólo se ponen a su disposición.

La gente dice, “la Iglesia debiera damos una pauta”. Eso es verdad, si lo dicen en su sentido correcto, pero falso si lo dicen en sentido equivocado. Al hablar de Iglesia deberían referirse al cuerpo total de cristianos practicantes. Y cuando dicen que la Iglesia tendría que damos una pauta, deberían referirse a que algunos cristianos -los dueños de los talentos apropiados- tendrían que ser economistas y estadistas, y que todos los economistas y estadistas debieran ser cristianos, y que todos sus esfuerzos en política y economía tendrían que estar dirigidos a hacer realidad el “Haz como quisieras que hicieran contigo”. Si eso sucediera, y si el resto de nosotros estuviera dispuesto a asumirlo, llegaríamos rápidamente a la solución cristiana a nuestros propios problemas sociales. Pero, por cierto, cuando pide una orientación de la Iglesia, la mayoría de la gente está diciendo que quiere que el clero ofrezca un programa político. Es una tontería. El clero es ese conjunto particular de personas de toda la Iglesia que han sido especialmente entrenadas y reservadas para ocuparse de aquello que nos interesa en tanto criaturas que van a vivir para siempre; y les estamos pidiendo que hagan un trabajo completamente diferente, para el cual no han sido entrenadas. Ese trabajo realmente nos corresponde a nosotros, los laicos. La aplicación de los principios cristianos a, digamos, el sindicalismo o la educación, debe provenir de sindicalistas cristianos y maestros cristianos, tal como la literatura cristiana viene de los novelistas y dramaturgos cristianos, no de concilios de obispos reunidos para tratar de escribir obras de teatro y novelas en su tiempo libre.

De todas maneras, el Nuevo Testamento, sin entrar en detalles, nos da indicios bastante claros de lo que sería una sociedad completamente cristiana. Quizás nos da más de lo que podemos tomar. Nos dice que no habrá pasajeros ni parásitos: si alguien no trabaja, no debiera comer. Todos deben trabajar con sus propias manos y, lo que es más, el trabajo de cada uno será para producir algo bueno: no habrá fabricación de lujos tontos y luego propaganda más tonta aún para persuadimos de comprarlos. Y no hay que “ser un creído” ni “andar dándose aires” ni ser ostentoso. Hasta ese punto, una sociedad cristiana sería lo que hoy llamamos de izquierda. Por otra parte, está siempre insistiendo en la obediencia: obediencia (y manifestaciones externas de respeto) de todos nosotros a los magistrados adecuadamente nominados, de los niños a sus padres, y (temo que esto no va a ser en absoluto popular) de las esposas a los maridos. En tercer lugar, debe ser una sociedad alegre: llena de cantos y gozo, y donde la preocupación y la ansiedad serían consideradas malas. La cortesía es una de las virtudes cristianas; y el Nuevo Testamento odia a los entrometidos y chismosos.

Si existiera una sociedad como ésa y ustedes o yo la visitáramos, creo que quedaríamos con una curiosa impresión. Sentiríamos que su vida económica era muy socialista y, en ese sentido, progresista, pero su vida familiar y códigos de costumbres algo anticuados, quizás hasta ceremoniosos y aristocráticos. A todos nos gustarían algunas cosas, pero temo que a muy pocos nos gustaría todo. Es justamente lo que habría que esperar, si es que el cristianismo es el plan total para la maquinaria humana. En diferentes modos, todos nos hemos apartado de ese plan total, y cada uno de nosotros quiere hacer parecer que su propia variación del plan original es el plan mismo. Encontraremos esto una y otra vez en todo lo que es realmente cristiano: todos se sienten atraídos por partes de él y quieren tomar esas partes y dejar el resto. Esa es la razón de que no avancemos mucho; y es lo que explica por qué gente que está luchando por cosas harto opuestas puede decir, en ambos casos, que está luchando por el cristianismo.

Ahora, otro punto. Hay un pequeño consejo que nos dan los antiguos paganos griegos, los judíos en el Antiguo Testamento y los grandes maestros cristianos de la Edad Media, y que el sistema económico moderno ha desobedecido completamente. Todos ellos nos dijeron que no prestáramos dinero a interés: y prestar dinero a interés -lo que llamamos inversión- es la base de todo nuestro sistema. Ahora, puede que de ello no se deduzca absolutamente que estamos en el error. Algunos dicen que cuando Moisés y Aristóteles y los cristianos concordaron en prohibir los intereses (o la “usura”, como la llamaban), no podían prever las sociedades anónimas, y sólo pensaban en los prestamistas privados, y que, por lo tanto, no hay por qué preocuparse de lo que dijeron. Se trata de un asunto en el que no puedo emitir un juicio. No soy economista y simplemente no sé si el sistema de inversiones es responsable por el estado en que nos encontramos, o no lo es. Aquí es donde necesitamos un economista cristiano. Pero no habría sido honesto si no les hubiera dicho que tres grande civilizaciones han estado de acuerdo (o así lo parece a primera vista) en condenar la cosa misma en que hemos basado toda nuestra vida.

Un punto más y termino. En el pasaje en que el Nuevo Testamento dice que todos deben trabajar, da como razón el que así se pueda “socorrer a los necesitados”. La caridad -dar a los pobres- es parte esencial de la moral cristiana. En la terrible parábola acerca de cómo serán separados los hombres buenos y los hombres malos, parece ser el punto alrededor del cual todo gira. Hoy en día, algunos dicen que la caridad debiera ser innecesaria, y que en vez de dar a los pobres deberíamos estar produciendo una sociedad en la cual no hubiera pobres a quienes dar. Puede que tengan toda la razón al decir que debiéramos producir tal tipo de sociedad. Pero si alguien piensa que, en consecuencia, se puede dejar de dar en el entretiempo, entonces se ha apartado de toda moral cristiana. No creo que se pueda establecer cuánto se debe dar. Temo que la única regla segura sea dar más de lo que a uno le sobra. En otras palabras, si nuestros gastos en comodidades, lujos, diversiones, etc., están a la altura de lo que es usual entre quienes tienen los mismos ingresos que nosotros, probablemente la cantidad que estamos dando es muy pequeña. Si lo que damos . por caridad no nos significa restricciones ni trabas, diría que es muy poco. Debería haber cosas que nos gustaría hacer y no podemos, porque nuestros gastos en caridad lo impiden. Estoy hablando ahora de “obras de caridad” en el sentido corriente. Los casos especiales de aflicción entre nuestros parientes, amigos, vecinos o empleados, que Dios, por así decirlo, nos obliga a notar, pueden exigir mucho más: incluso debilitar y poner en peligro la propia situación. Para muchos de nosotros, el gran obstáculo a la caridad estriba no en nuestra vida lujosa o el deseo de tener más dinero, sino en nuestro miedo, miedo a la falta de seguridad. A menudo debemos reconocer esto como una tentación. A veces también nuestro orgullo obstaculiza nuestra caridad; caemos en la tentación de gastar más en las formas ostentosas de generosidad (propinas, hospitalidad) y menos de lo que deberíamos en aquellos que realmente necesitan de nuestra ayuda.

Y ahora, antes de terminar, vaya aventurar una opinión sobre cómo esta sección ha afectado a algunos lectores. Mi apuesta es que hay entre ellos algunas personas de izquierda que están muy enojadas porque el texto no ha ido más lejos en esa dirección, y algunas personas de tipo opuesto enojadas porque piensan que ha ido demasiado lejos. Si es así, ello nos coloca directamente frente al real obstáculo de todo este diseñar los planos de una sociedad cristiana. En la mayoría de los casos, no estamos verdaderamente abordando el tema para llegar a descubrir lo que el cristianismo dice: lo abordamos con la esperanza de encontrar apoyo en el cristianismo para las posiciones de nuestro propio partido. Buscamos un aliado allí donde se nos ofrece un Maestro… o un Juez. Yo soy igual. Hay partes de esta sección que quería eliminar. Y ésa es la razón por la que nada en absoluto va a salir de todo ese hablar, a no ser que demos una vuelta mucho más larga. No habrá una sociedad cristiana sino hasta que la mayoría de nosotros realmente la quiera; y no vamos a quererla sino hasta que nos hagamos plenamente cristianos. Puedo repetir “Haz como quisieras que hicieran contigo” hasta ponerme morado, pero no puedo llevarlo en verdad a la práctica sino hasta que ame a mi prójimo como a mí mismo; y no puedo aprender a amar a mi prójimo como a mí mismo sino hasta aprender a amar a Dios; y no puedo aprender a amar a Dios si no es aprendiendo a obedecerlo. Y así, se los advertí, nos vemos llevados a algo más interior, llevados desde asuntos sociales a asuntos religiosos. Porque la vuelta más larga es el camino más corto a casa.

4. MORAL Y PSICOANALISIS

He dicho que nunca tendremos una sociedad cristiana a menos que la mayoría de nosotros se transforme en individuos cristianos. Eso no significa, por supuesto, que podamos postergar el hacer nada en relación a la sociedad hasta alguna fecha imaginaria en el futuro lejano. Significa que debemos comenzar ambas tareas de inmediato: 1) la tarea de ver cómo aplicar en detalle el “Haz como quisieras que hicieran contigo” a la sociedad moderna, y 2) la tarea de llegar a ser la clase de persona que realmente lo aplicaría, si supiéramos la manera de hacerla. Quiero ahora comenzar a considerar la idea cristiana de lo que es un buen hombre, la especificación cristiana de la máquina humana.

Antes de entrar en detalles, hay otros dos puntos generales que querría tocar. Primero que todo, desde que la moral cristiana dice ser una técnica para arreglar la máquina humana, creo que les gustaría saber cómo se relaciona con otra técnica que parece decir algo similar, esto es, el psicoanálisis.

Ahora, es preciso distinguir muy claramente entre dos cosas: entre las verdaderas teorías y técnicas médicas del psicoanálisis, y la visión filosófica general del mundo que Freud y algunos otros han agregado a ellas. La segunda cosa -la filosofía de Freud- está en directa contradicción con el otro gran psicólogo, Jung. Más aún, cuando Freud se refiere a cómo curar neuróticos, habla como un especialista en su propio tema, pero cuando se pone a desarrollar una filosofía general, lo hace como un aficionado. Es entonces bastante sensato escucharlo con respeto en un caso y no en el otro, yeso es lo que hago. Y estoy muy dispuesto a hacerla porque he descubierto que cuando se sale de su propio tema y entra en uno del cual algo sé (esto es, el lenguaje), es muy ignorante. Pero el psicoanálisis mismo, aparte de todos los agregados filosóficos que Freud y otros le han hecho, no es en absoluto contradictorio con el cristianismo. En algunos puntos su técnica se superpone con la moral cristiana, y no sería malo si todo párroco supiera algo de ella; pero no siguen el mismo curso hasta el final, porque las dos técnicas hacen cosas bastante diferentes.

Cuando una persona hace una opción moral, hay dos aspectos implicados: uno es el acto de optar. El otro son los variados sentimientos, impulsos y otros elementos que su disposición psicológica le presenta, y que son la materia prima de su opción. Ahora, esta materia prima puede ser de dos tipos. Puede ser lo que llamaríamos normal: puede consistir en la clase de sentimientos que son comunes a todos los hombres. O puede consistir en sentimientos completamente desnaturalizados, originados en cosas que se han desviado en el subconsciente. Así, el miedo a cosas realmente peligrosas sería un ejemplo del primer tipo; un miedo irracional a los gatos o a las arañas sería un ejemplo del segundo. El deseo de un hombre por una mujer sería del primer tipo; el deseo pervertido de un hombre por otro hombre lo sería del segundo. Ahora, lo que el psicoanálisis intenta es erradicar los sentimientos anormales, esto es, dar a la persona una mejor materia prima para sus actos de opción; a la moral le interesan los actos de opción mismos.

Pongámoslo de esta forma. Imagínense tres hombres que parten a la guerra. Uno tiene el normal y natural miedo al peligro que cualquiera tiene, lo domina a través de un esfuerzo moral y llega a ser valiente. Supongamos que los otros dos tienen, como resultado de elementos existentes en su subconsciente, miedos exagerados, irracional es , frente a los cuales ningún esfuerzo moral, por grande que sea, puede hacer nada. Supongamos ahora que un psicoanalista viene y cura a estos dos; esto es, coloca a ambos en la posición del primero. Bien, es en ese momento que termina el problema psicoanalítico y comienza el problema moral. Porque, ahora que están curados, estos dos hombres podrían tomar caminos muy diferentes. El primero podría decir: “Gracias a Dios me deshice de todas esas cuestiones. Ahora por fin puedo hacer lo que siempre quise: cumplir mi deber para con mi país”. Pero el otro podría decir: “Bien, me alegro de sentirme ahora moderadamente calmado bajo el fuego, aunque, por cierto, eso no cambia el hecho de que todavía estoy de lo más decidido a cuidar al Número Uno y, siempre que pueda, dejar que el otro tipo haga el trabajo peligroso. En verdad, una de las cosas buenas de sentirse menos asustado es que ahora puedo cuidar de mí mismo de manera mucho más eficiente, y ocultar el hecho mucho más inteligentemente”. Ahora bien, esta diferencia es puramente moral, y el psicoanálisis no puede hacer nada al respecto. No importa cuánto se mejore la materia prima de un hombre, siempre queda algo más: su real libertad de elección frente a lo que se le presenta, ya sea para poner su propio interés en primer o en último lugar. Y esta libertad de elección es lo único que interesa a la moral.

El mal material psicológico no es un pecado, sino una enfermedad. Frente a él no se necesita arrepentimiento, sino cura. Y, a propósito, eso es muy importante. Los seres humanos se juzgan entre sí por sus acciones externas. Dios los juzga por sus opciones morales. Cuando, por alguna buena razón, un neurótico que tiene un miedo patológico a los gatos se obliga a coger uno, es posible que a los ojos de Dios haya mostrado más valor que el que necesita un hombre sano para ganar la Cruz de la Victoria. Cuando un hombre al que se ha pervertido en su juventud enseñándosele que la crueldad es lo correcto, realiza un pequeñísimo acto de bondad, o se abstiene de una crueldad que podría haber cometido, y con ello se arriesga quizás a la burla de sus compañeros, puede que, a los ojos de Dios, esté haciendo más de lo que ustedes o yo haríamos si diéramos la vida misma por un amigo.

Pongamos esto también de otra manera. Algunos de nosotros, que parecemos personas bastante agradables, de hecho podemos haber aprovechado tan poco lo bueno que heredamos, o una buena crianza, que en realidad somos peores que aquellos a quienes consideramos malvados. ¿Podemos tener certeza alguna respecto a cómo nos habríamos comportado si nos hubieran cargado con las condiciones psicológicas, y luego con la mala formación, y luego con el poder de, por ejemplo, Himmler? Tal es la razón de que se diga a los cristianos que no deben juzgar. Sólo vemos los resultados de lo que las elecciones de un hombre pueden lograr con su materia prima. Pero Dios no lo juzga en absoluto por su materia prima, sino por lo que ha hecho con ella. La mayor parte de la estructura psicológica del hombre probablemente se debe a su cuerpo; cuando su cuerpo muere, todo eso se desprenderá de él, y el verdadero hombre central, el que eligió, el que hizo lo mejor que pudo o desperdició tal materia, se erguirá desnudo. Un montón de cosas agradables que creímos nos eran propias, pero que en realidad eran consecuencia de una buena digestión, se desprenderán de nosotros; un montón de cosas desagradables debidas a complejos o mala salud, se desprenderán de otros. Entonces, por primera vez, veremos a cada cual como realmente fue. Y habrá sorpresas.

Ello nos conduce a mi segundo punto. A menudo la gente piensa que la moral cristiana es una especie de trato en que Dios dice, “si cumplen un montón de reglas los premiaré, y si no lo hacen, haré lo contrario”. No creo que ése sea el mejor modo de verla. Diría más bien que cada vez que realizamos una elección estamos transformando nuestra parte central, aquella que elige, en algo ligeramente diferente a lo que era antes. Y tomando nuestra vida como un todo, con todas nuestras innumerables elecciones, a lo largo de toda nuestra vida estamos lentamente transformando esta cosa central en una criatura celestial o infernal: una criatura en armonía con Dios, con otras criaturas y consigo misma, o una en estado de guerra y odio con Dios, con sus criaturas hermanas y consigo misma. Ser un tipo de criatura es el cielo; es decir, es gozo y paz y conocimiento y poder. Ser la otra significa locura, horror, imbecilidad, ira, impotencia y soledad eterna. Cada uno de nosotros en cada momento está avanzando a uno u otro estado.

Lo anterior explica lo que siempre me dejaba perplejo en los autores cristianos: parecen ser tan demasiado estrictos en un momento dado, y otras veces tan libres y relajados. Hablan de simples pecados de pensamiento como si fueran inmensamente importantes; y luego se refieren a los más atroces asesinatos y traiciones como si sólo tuvieras que arrepentirte y todo quedara perdonado. Pero he llegado a ver que tienen razón. En lo que siempre están pensando es en la marca que la acción deja en ese minúsculo yo central que nadie ve en esta vida, pero que cada uno de nosotros deberá soportar -o gozar- para siempre. La posición de un hombre quizás haga que su ira derrame la sangre de miles, y la de otro puede significar que, no importa cuán enojado esté, tan sólo consiga que se rían de él. Pero la pequeña marca en el alma puede ser muy semejante en ambos. Cada uno se ha hecho algo a sí mismo que, a no ser que se arrepienta, le volverá más difícil mantenerse alejado de la ira la próxima vez que se vea tentado, y hará peor la ira cuando sí caiga en ella. En cada uno de ellos, si seriamente se vuelve hacia Dios, puede enderezarse otra vez esa desviación en el hombre central; a la larga, ambos están condenados si no lo hacen. La gran magnitud o pequeñez de la cosa, vista desde fuera, no es lo que realmente importa.

Un último punto. Recuerden que, como dije, la dirección correcta lleva no sólo a la paz, sino también al conocimiento. Cuando una persona se hace mejor comprende cada vez más claramente el mal que todavía queda en ella. Cuando se va haciendo peor, comprende menos y menos su maldad. Una persona moderadamente mala sabe que no es muy buena; una completamente mala piensa que está perfectamente bien. Esto es realmente de sentido común. Se comprende el sueño cuando se está despierto, no mientras se está dormido. Se perciben los errores en aritmética cuando la mente trabaja de manera apropiada; cuando se los está cometiendo, no se puede verlos. Es posible comprender la naturaleza de la ebriedad cuando se está sobrio, no cuando se está borracho. La gente buena sabe tanto del bien como del mal; la gente mala no sabe de ninguno de los dos.

5. MORAL SEXUAL

Nos referiremos ahora a la moral cristiana en lo relativo al sexo, lo que los cristianos llaman la virtud de la castidad. No debe confundirse la norma cristiana de la castidad con la norma social de la “modestia” (en un sentido de la palabra); esto es, el decoro o la decencia. La norma social del decoro establece cuánto debe mostrarse del cuerpo humano y de qué temas se puede hablar, y en qué términos, de acuerdo a las costumbres de un círculo social dado. Así, mientras la norma de la castidad es la misma para todos los cristianos en todas las circunstancias, la norma del decoro varía. Una niña de las islas del Pacífico casi sin ninguna ropa y una dama victoriana completamente cubierta de ropa podrían ser igualmente “recatadas”, decorosas o decentes, según las pautas de sus respectivas sociedades; y ambas, en lo que sus vestidos nos permitirían decir, podrían ser igualmente castas (o igualmente no castas). Parte del lenguaje que utilizaban las mujeres castas en tiempos de Shakespeare, lo habría usado en el siglo diecinueve solamente una mujer completamente perdida. Cuando las personas rompen la norma de decoro vigente en su propio tiempo y lugar, si lo hacen para excitar la lujuria en sí mismas o en otros, están realizando una ofensa contra la castidad. Pero si la rompen por ignorancia o descuido, sólo son culpables de mala educación. Cuando, como a menudo sucede, la rompen de manera desafiante para escandalizar o turbar a otros, no necesariamente están faltando a la castidad, sino a la caridad; porque es poco caritativo complacerse en hacer sentirse incómodos a los demás. No creo que las normas de decoro demasiado estrictas o exigentes sean prueba de castidad o ayuden a ser castos, y en consecuencia considero algo bueno la manera en que en mi tiempo se ha hecho tanto más relajada y simple la norma. En su estado actual, sin embargo, tiene el inconveniente de que las personas de distintas edades y diferentes tipos no reconocen la misma pauta, y difícilmente sabemos dónde estamos. Pienso que mientras dure esta confusión, la gente de edad, o a la antigua, debiera ser muy cuidadosa de no asumir que la gente joven o “emancipada” es corrupta cada vez que (según las viejas reglas) aparece como indecorosa; y, a cambio, que los jóvenes no debieran llamar mojigatos o puritanos a sus mayores porque no adoptan con facilidad las nuevas normas. Un verdadero deseo de creer todo lo bueno posible de otras personas y de hacer que se sientan lo más cómodas que se pueda, resolverá la mayoría de los problemas.

La castidad es la menos popular de las virtudes cristianas. No hay forma de escapar de ella: la norma cristiana es “o matrimonio, con completa fidelidad a la pareja, o total abstinencia”. Y esto es tan difícil y tan contrario a nuestros instintos, que obviamente o el cristianismo está mal, o nuestro instinto sexual, tal como es ahora, se ha maleado. Uno u otro. Por supuesto, siendo cristiano, pienso que es el instinto el que se ha maleado.

Pero tengo otras razones para pensarlo. La finalidad biológica del sexo son los hijos, tal como la finalidad biológica de comer es reparar el cuerpo. Ahora, si comemos cada vez que tenemos ganas y tanto como queremos, en verdad la mayoría de nosotros comerá demasiado, pero no terriblemente demasiado. Una persona puede comer por dos, pero no por diez. El apetito va un poco más allá de su finalidad biológica, aunque no exageradamente. Pero si un joven saludable cediera a su apetito sexual cada vez que se sintiera inclinado a ello, y si cada acto produjera un niño, en diez años podría fácilmente poblar una aldea pequeña. Este apetito sobrepasa de manera ridícula y absurda su función.

O tomémoslo de otra manera. Se puede conseguir una gran audiencia para un acto de strip-tease, esto es, para observar a una chica desvistiéndose en el escenario. Ahora, supongamos que se llega a un país donde se pudiera llenar un teatro simplemente poniendo un plato cubierto en el escenario y luego levantando con lentitud la cubierta para que todos pudieran ver, por un instante antes de que se apagaran las luces, que contenía una chuleta de cordero o un pedazo de tocino, ¿no pensarían ustedes que en ese país algo anda mal con el apetito por comida? Y cualquiera que hubiera crecido en un mundo diferente al nuestro, ¿no pensaría que hay algo igualmente raro en el estado en que se encuentra el instinto sexual entre nosotros?

Un crítico dijo que si encontrara un país en que fueran populares tales actos de strip-tease con comida, llegaría a la conclusión de que la gente de ese país estaba muriendo de hambre. Quería decir, por supuesto, que cosas como el striptease eran resultado no de la corrupción sexual, sino de la inanición sexual. Concuerdo con él en que si en algún extraño lugar fueran populares actos parecidos con chuletas de cordero, una de las explicaciones posibles que se me ocurriría sería la hambruna. Pero el paso siguiente sería comprobar nuestra hipótesis investigando si, de hecho, se consumía mucha o poca comida en ese país. Si la evidencia mostrara que se comía una buena cantidad, entonces por supuesto tendríamos que abandonar la hipótesis de la inanición y tratar de imaginar otra. Del mismo modo, antes de aceptar la inanición sexual como la causa del strip-tease, debiéramos buscar evidencia de que de hecho hay más abstinencia sexual en nuestra época que en aquellos tiempos en que cosas como el strip-tease eran desconocidas. Pero ciertamente no hay tal evidencia. Los anticonceptivos han hecho la permisividad sexual mucho menos costosa al interior del matrimonio y mucho más segura fuera de él de lo que nunca fue, y la opinión pública es menos hostil a las uniones ilícitas, e incluso a la perversión, de lo que ha sido desde los tiempos paganos. Tampoco la hipótesis de la “inanición” es la única que podemos imaginar. Todos saben que el apetito sexual, como el resto de nuestros apetitos, crece cuando nos abrimos a él. Las personas que sufren de hambre pueden pensar mucho en la comida, pero también lo hacen los glotones; a los que están hartos, al igual que a los famélicos, les gusta que los exciten.

Y ahora el tercer punto. Se encuentra a muy pocas personas que deseen comer cosas que realmente no son comida y hacer otras cosas con los alimentos en vez de comerlos. En otras palabras, las perversiones del apetito por la comida son raras. Pero las perversiones del instinto sexual son numerosas, difíciles de curar y terribles. Siento tener que entrar en todos estos detalles, pero debo hacerla. La razón por la que debo hacerla es que a ustedes y a mí, durante los últimos veinte años, se nos ha hecho tragar todos los días una buena cantidad de mentiras sobre el sexo. Se nos ha dicho, hasta que enferma el solo oírlo, que el deseo sexual tiene el mismo rango que cualesquiera de nuestros otros deseos naturales y que si tan solo abandonáramos la tonta y pasada de moda idea victoriana de que hay que acallarlo, todo en el jardín sería hermoso. No es verdad. Apenas se toman en consideración los hechos, lejos de la propaganda, puede verse que ello no es así.

Nos dicen que el sexo se ha transformado en un lío porque fue acallado. Pero durante los últimos veinte años no lo ha sido. Se ha hablado de él todo el día. Y todavía está hecho un lío. Si el haberlo acallado fuera la causa del problema, el ventilarlo lo habría corregido. Pero no lo ha hecho. Creo que es al contrario. Creo que originalmente la raza humana lo acalló porque se había transformado en un lío tan grande. La gente moderna siempre está diciendo, “el sexo no es nada de qué avergonzarse”. Puede que quieran decir dos cosas. Una es “no hay nada de qué avergonzarse en el hecho de que la raza humana se reproduce de cierta manera, ni en el hecho de que ello produce placer”. Si significa eso, tienen razón. El cristianismo dice lo mismo. El problema no es la cosa misma, ni el placer. Los antiguos maestros cristianos decían que si el hombre nunca hubiera caído, el placer sexual, en vez de ser menor de lo que es hoy, realmente sería mayor. Sé que algunos cristianos despistados han hablado como si el cristianismo pensara que el sexo, o el cuerpo, o el placer, fueran malos en sí mismos. Pero estaban equivocados. El cristianismo es casi la única de las grandes religiones que aprueban completamente el cuerpo, que creen que la materia es buena, que Dios mismo una vez se encarnó en un cuerpo humano, que se nos va a dar alguna clase de cuerpo incluso en el Cielo y que ese cuerpo va a ser una parte esencial de nuestra felicidad, nuestra belleza y nuestra energía. El cristianismo ha glorificado el matrimonio más que ninguna otra religión; y casi toda la poesía amorosa más importante del mundo ha sido producida por cristianos. Si cualquiera dice que el sexo, en sí mismo, es malo, el cristianismo inmediatamente lo contradice. Pero, por supuesto, cuando la gente dice, “el sexo no es nada de qué avergonzarse”, pueden querer decir “el estado en que hoy se encuentra el instinto sexual no es nada de qué avergonzarse”.

Si el significado es ése, creo que están equivocados. Pienso que tiene todo de qué avergonzarse. No hay nada de qué avergonzarse por gozar de la comida; habría todo de qué avergonzarse si la mitad del mundo hiciera de la comida el principal interés de sus vidas y se pasara el tiempo mirando imágenes de comida y babeando y chasqueando los labios. No digo que ustedes o yo seamos individualmente responsables por la situación actual. Nuestros antepasados nos han legado organismos que están desviados en este aspecto, y crecemos rodeados de propaganda que nos incita a no ser castos. Hay gente que desea mantener inflamado nuestro instinto sexual para hacer dinero a costa nuestra. Porque, por cierto, una persona con una obsesión es alguien con muy poca resistencia a las ventas. Dios conoce nuestra situación; El no nos juzgará como si no tuviéramos dificultades que vencer. Lo que importa es la sinceridad y perseverancia de nuestra voluntad de vencerlas.

Antes de que podamos ser sanados debemos desear sanarnos. Aquellos que realmente quieren ayuda la obtendrán; pero para mucha gente moderna, incluso el deseo es difícil. Es fácil pensar que queremos algo cuando en verdad no lo queremos. Hace mucho tiempo, un famoso cristiano nos dijo que cuando él era joven oraba constantemente pidiendo castidad, pero años después se dio cuenta de que mientras sus labios decían “oh, Señor, hazme casto”, su corazón secretamente agregaba “pero, por favor, no lo hagas de inmediato”. Esto también puede suceder en las oraciones por otras virtudes, pero hay tres razones por las cuales ahora nos es especialmente difícil desear -menos aún lograr- una completa castidad.

En primer lugar, nuestras naturalezas desviadas, los demonios que nos tientan y toda la propaganda contemporánea dirigida a la lujuria, se combinan para hacemos sentir que los deseos a los cuales estamos resistiendo son tan “naturales”, tan “saludables” y tan razonables, que es casi perverso y anormal resistirlos. Cartel tras cartel, película tras película, novela tras novela, asocian la idea de permisividad sexual con las ideas de salud, normalidad, juventud, franqueza y buen humor. Y esta asociación es una mentira. Como todas las mentiras poderosas, se basa en una verdad: la verdad, mencionada antes, de que el sexo en sí mismo (aparte de los excesos y obsesiones que se han desarrollado en tomo a él) es “normal” y “saludable”, y todo lo demás. La mentira consiste en la sugerencia de que cualquier acto sexual que te tienta en un momento dado es también saludable y normal. Esto, desde todo punto de vista, y totalmente separado del cristianismo, tiene que ser una sandez. Rendirse a todos nuestros deseos obviamente lleva a la impotencia, enfermedad, celos, mentiras, ocultamientos y todo aquello que es lo contrario de la salud, buen humor y franqueza. Cualquier felicidad, incluso en este mundo, requerirá una gran cantidad de restricción; así es que el reclamo que hace todo deseo, cuando es fuerte, de que es saludable y razonable, no cuenta para nada. Toda persona sana y civilizada debe tener un conjunto de principios por los cuales elige rechazar algunos de sus deseos y permitir otros. Una lo hace sobre la base de principios cristianos, otra por principios higiénicos, otra por principios sociológicos. El verdadero conflicto no es entre el cristianismo y la “naturaleza”, sino entre los principios cristianos y otros principios en el control de la “naturaleza”. Porque la “naturaleza” (en el sentido del deseo natural) tendrá que ser controlada de todas maneras, a no ser que vayamos a arruinar toda nuestra vida. Los principios cristianos son, reconocidamente, más estrictos que otros; pero pensamos que obtendremos ayuda para obedecerlos, una ayuda con la cual no contaremos para obedecer los otros.

En segundo lugar, algunas personas se ven frenadas de intentar en serio la castidad cristiana porque piensan (antes de tratar) que es imposible. Pero cuando se debe intentar algo, nunca hay que pensar acerca de posibilidades o imposibilidades. Si nos confrontamos con una pregunta optativa en un examen, calculamos si podemos hacerla o no; confrontados con una pregunta obligatoria, tenemos que hacer lo mejor que podamos. Podemos obtener algunos puntos por una respuesta muy imperfecta; ciertamente no obtendremos ninguno si dejamos la respuesta en blanco. No sólo en los exámenes sino en la guerra, cuando se suben montañas, al aprender a patinar o nadar o andar en bicicleta, incluso al abrocharse un cuello con los dedos helados, la gente a menudo hace lo que parecía imposible antes de hacerlo. Es maravilloso lo que puede hacerse cuando es necesario.

Podemos en verdad estar seguros de que la perfecta castidad -como la perfecta caridad- no puede lograrse a través de esfuerzos meramente humanos. Se debe pedir la ayuda de Dios. Incluso cuando ello se haya hecho, puede parecemos durante mucho tiempo que no se nos ha dado ninguna ayuda, o se nos ha dado menos de la que necesitamos. No importa. Tras cada falla, hay que pedir perdón, ponerse nuevamente de pie y tratar otra vez. Muy a menudo, aquello hacia lo cual Dios nos ayuda primero no es la virtud misma, sino este poder de tratar siempre de nuevo. Porque más allá de lo importante que la castidad (o la valentía, o la verdad, o cualquier otra virtud) pueda ser, este proceso nos entrena en hábitos del alma que son más importantes todavía. Cura nuestras ilusiones acerca de nosotros mismos y nos enseña a depender de Dios. Aprendemos, por una parte, que no podemos confiar en nosotros ni aun en nuestros mejores momentos; y, por otra, que no debemos desesperamos ni aun en los peores, porque se nos perdonan nuestras fallas. La única cosa fatal es contentarse con algo menos que la perfección.

En tercer lugar, la gente a menudo entiende mal lo que la psicología enseña acerca de las “represiones”. Nos enseña que el sexo “reprimido” es peligroso. Pero “reprimido” es aquí un término técnico: no significa “suprimido” en el sentido de “negado” o “resistido”. Un deseo o un pensamiento reprimido es uno que ha sido arrojado al subconsciente (generalmente a muy temprana edad) y ahora puede hacerse presente en la mente sólo en una forma disfrazada e irreconocible. Para el paciente, la sexualidad reprimida no parece ser para nada sexualidad. Cuando un adolescente o un adulto está ocupado en resistir un deseo consciente, no está tratando con una represión ni está en el menor peligro de crear una represión. Al contrario, aquellos que seriamente están intentando ser castos están más conscientes, y pronto saben bastante más acerca de su propia sexualidad, que ningún otro. Llegan a conocer sus deseos como Wellington conocía a Napoleón, o como Sherlock Holmes conocía a Moriarty; como un cazador de ratas conoce a las ratas o un plomero sabe de cañerías rotas. La virtud -incluso la virtud intentada- trae luz; la permisividad trae niebla.

Finalmente, aunque he tenido que referirme con cierta extensión al sexo, quiero dejar lo más claro posible que el centro de la moral cristiana no está aquí. Si alguien piensa que los cristianos miran la falta de castidad como el vicio supremo, está completamente equivocado. Los pecados de la carne son malos, pero son los menos malos de todos los pecados. Todos los peores placeres son puramente espirituales: el placer de hacer parecer culpables a otras personas, de mandonear y tratar con aire condescendiente y ser un aguafiestas, de calumniar; los placeres del poder, del odio. Porque hay dos cosas dentro de mí compitiendo con el ser humano en que debo intentar transformarme. Son el ser Animal, y el ser Diabólico. El ser Diabólico es el peor de los dos. Es por ello que el santurrón frío y presuntuoso que va regularmente a la iglesia puede estar mucho más cerca del infierno que una prostituta. Pero, por supuesto, es mejor no ser ninguno de los dos.

6. MATRIMONIO CRISTIANO

El último capítulo fue principalmente negativo. Examiné qué estaba mal con el impulso sexual de las personas, pero dije muy poco acerca de su funcionamiento correcto; en otras palabras, acerca del matrimonio cristiano. Hay dos razones por las cuales no tengo demasiados deseos de ocuparme del matrimonio. La primera es que las doctrinas cristianas sobre este tema son extremadamente poco populares. La segunda es que nunca he estado casado y, en consecuencia, sólo puedo hablar de segunda mano. Pero, a pesar de ello, siento que difícilmente puedo dejar fuera el tema en un recuento de la moral cristiana.

La idea cristiana del matrimonio se basa en las palabras de Cristo de que un hombre y su esposa deben ser considerados como un solo organismo, porque eso es lo que las palabras “una sola carne” serían en lenguaje moderno. Y los cristianos creen que cuando El dijo esto no estaba expresando un sentimiento, sino estableciendo un hecho, tal como uno está estableciendo un hecho cuando dice que una cerradura y su llave son un solo mecanismo, o que un violín y un arco son un solo instrumento musical. El inventor de la máquina humana nos estaba diciendo que sus dos mitades, el varón y la hembra, fueron hechos para ser combinados en parejas, no simplemente en el nivel sexual, sino totalmente combinados. La monstruosidad de la relación sexual fuera del matrimonio es que aquellos que se entregan a ella están tratando de aislar un tipo de unión (la sexual) de todas las otras clases de unión destinadas a darse junto a ella y constituir la unión total. La actitud cristiana no significa que haya nada malo respecto al placer sexual, como no lo hay en el placer de comer. Significa que no se debe aislar tal placer y tratar de obtenerlo por sí mismo, tal como no se debe intentar lograr los placeres del sabor sin tragar ni digerir, masticando las cosas y escupiéndolas después.

En consecuencia, el cristianismo enseña que el matrimonio es para toda la vida. En esto, por supuesto, hay una diferencia entre las distintas Iglesias: algunas no admiten el divorcio en ningún caso; otras lo permiten, aunque con renuencia, en casos muy especiales. Es una lástima que los cristianos discrepen en un tema como éste; para un laico común, sin embargo, lo importante es observar que todas las Iglesias concuerdan entre sí en lo relativo al matrimonio mucho más de lo que cualquiera de ellas lo hace con el mundo externo. Quiero decir, todas consideran el divorcio como cortar un organismo vivo, como una especie de operación quirúrgica. Algunas piensan que la operación es tan violenta, que no debe hacerse en absoluto; otras la admiten como un remedio desesperado para casos extremos. Todas están de acuerdo en que se parece más a cortarse ambas piernas que a disolver una sociedad comercial o incluso desertar de un regimiento. Con lo que todas discrepan es con aquella visión moderna según la cual el divorcio es un simple reajuste de socios, al que se recurre siempre que las personas sienten que ya no están enamoradas entre sí, o cuando una se enamora de otra persona.

Antes de examinar esta visión moderna en su relación con la castidad, no debemos olvidar hacerlo en relación a otra virtud, esto es, la justicia. La justicia, como dije antes, incluye el mantener las promesas. Ahora bien, todo el que se ha casado en una iglesia ha hecho una promesa solemne y pública de seguir con su pareja hasta la muerte. El deber de mantener esa promesa no está vinculado de manera especial con la moral sexual: está en la misma situación que toda otra promesa. Si, según proclama constantemente la gente moderna, el impulso sexual es como cualesquiera de nuestros otros impulsos, entonces debería ser tratado como el resto de nuestros impulsos; y como controlamos el ceder a ellos con nuestras promesas, igual debiera ser en este caso. Si, según creo, no es como el resto de nuestros impulsos, sino algo mórbidamente inflamable, entonces deberíamos tener especial cuidado en no permitir que nos conduzca a la deshonestidad.

Ciertas personas pueden responder a lo anterior diciendo que, para ellas, la promesa hecha en la iglesia fue una mera formalidad y nunca tuvieron la intención de mantenerla. ¿A quién, entonces, estaban tratando de engañar cuando la hicieron? ¿A Dios? Realmente fue algo muy insensato. ¿A sí mismas? Tampoco fue demasiado sensato. ¿A la novia, al novio, a los suegros? Eso fue traición. Más a menudo, creo, la pareja (o uno de sus miembros) quería engañar al público. Querían la respetabilidad vinculada al matrimonio sin intentar pagar el precio: esto es, eran impostores, engañaron tramposamente. Si todavía son tramposos felices, no tengo nada que decirles: ¿quién exhortaría hacia el alto y difícil deber de la castidad a personas que todavía no han deseado ser más honestas? Si han vuelto a sus cabales y quieren ser honestos, la promesa ya hecha los obliga. Y, como verán, esto cae bajo el encabezamiento de la justicia, no de la castidad. Si la gente no cree en el matrimonio permanente, quizás es mejor que vivan juntos sin casarse a que hagan votos que no tienen la intención de cumplir. Es verdad que al vivir juntos sin matrimonio serán culpables (ante los ojos cristianos) de fornicación. Pero una falta no se corrige agregándole otra: la ausencia de castidad no mejora añadiéndole perjurio.

La idea de que “estar enamorados” es la única razón para permanecer casados realmente no deja lugar alguno para el matrimonio como un contrato o una promesa. Si el amor es todo, la promesa nada puede agregar; y si no agrega nada, no se la debería hacer. Lo curioso es que los mismos amantes, mientras están realmente enamorados, saben más de esto que quienes hablan del amor. Como lo señaló Chesterton, los que están enamorados tienden naturalmente a atarse con promesas. En todo el mundo, las canciones de amor están llenas de votos de fidelidad eterna. La ley cristiana no está forzando sobre la pasión del amor algo que le es ajeno a la naturaleza propia de esa pasión: está exigiendo que los amantes tomen con seriedad algo que su pasión misma los impele a hacer.

Y, por supuesto, la promesa, hecha cuando estoy enamorado y porque estoy enamorado, de ser fiel al amado mientras viva, me compromete a ser fiel incluso si dejo de amar. Una promesa debe referirse a cosas que puedo hacer, a acciones: nadie puede prometer seguir sintiendo de una determinada manera. Igual se podría prometer no tener nunca un dolor de cabeza o no sentir nunca hambre. Pero, podría preguntarse qué sentido tiene mantener juntas a dos personas si ya no están enamoradas. Hay diversas razones sociales muy sensatas, como proveer un hogar para los hijos, proteger a la mujer (que probablemente ha sacrificado o dañado su propia carrera al casarse) de que el hombre la bote cuando se cansa de ella. Pero también hay otra razón de la cual me siento muy seguro, aunque encuentro un poco difícil explicarla.

Es difícil porque existe tanta gente a la que no se puede convencer de que cuando B es mejor que C, A puede ser todavía mejor que B. Les gusta pensar en términos de bueno y malo, no bueno, mejor y óptimo, o malo, peor y pésimo. Quieren saber si a tu juicio el patriotismo es algo bueno; si respondes que por supuesto es mucho mejor que el egoísmo individual, pero inferior a la caridad universal, y siempre debiera ceder el paso a la caridad universal cuando ambos entran en conflicto, piensan que estás evadiéndote. Te preguntan qué piensas de los duelos. Si respondes que es mucho mejor perdonar a un hombre que luchar en un duelo con él, pero que incluso un duelo podría ser mejor que una enemistad de por vida que se expresa en secretos intentos de arruinarlo, se van, quejándose de que no les das una respuesta directa. Espero que nadie cometa este error con lo que voy a decir ahora.

Lo que llamamos “estar enamorados” es un estado glorioso y, de diferentes maneras, bueno para nosotros. Contribuye a hacemos generosos y valientes, nos abre los ojos no sólo a la belleza de la amada sino a toda belleza, y subordina (especialmente al comienzo) nuestra sexualidad meramente animal; en ese sentido, el amor es el gran vencedor de la lujuria. Nadie en sus cinco sentidos negaría que estar enamorado es mucho mejor que la sensualidad común o el frío egocentrismo. Pero, como dije antes, “lo más peligroso que se puede hacer es tomar cualquiera de los impulsos de la propia naturaleza e instituirlo como aquello que debemos seguir a toda costa”. Estar enamorado es algo bueno, pero no es lo mejor. Hay muchas cosas que están por debajo, pero también hay otras que están por encima. No puede hacerse de ello la base de la vida en su totalidad. Es un sentimiento noble, pero no deja de ser un sentimiento. Y no se puede confiar en que sentimiento alguno perdure en toda su intensidad, o incluso que perdure. El conocimiento puede durar, los principios pueden durar, los hábitos pueden durar, pero los sentimientos vienen y van. Y, de hecho, más allá de lo que diga la gente, el estado conocido como “estar enamorado” generalmente no dura. Si se toma el viejo final de los cuentos de hadas, “vivieron felices para siempre” como “sintieron por los siguientes cincuenta años exactamente lo mismo que el día antes de casarse”, entonces está diciendo algo que probablemente nunca fue ni podría ser verdad, y que sería muy poco deseable si lo fuera. ¿Quién podría vivir en ese estado de exaltación siquiera por cinco años? ¿Qué sería de tu trabajo, tu apetito, tu sueño, tus amistades? Pero, por cierto, dejar de estar “enamorado” no necesariamente significa dejar de amar. El amor en este segundo sentido -el amor en tanto distinto al “estar enamorado”- no es meramente un sentimiento. Es una unidad profunda, mantenida por la voluntad y deliberadamente fortalecida por el hábito; reforzada (en los matrimonios cristianos) por la gracia que cada uno de los integrantes de la pareja pide, y recibe, de Dios.

Pueden tener este amor por el otro incluso en los momentos en que no se gustan mutuamente, tal como te amas a ti mismo incluso cuando no te gustas. Pueden retener este amor incluso cuando cada uno podría, si se lo permitiera, estar “enamorado” de otra persona. “Estar enamorados” primero los llevó a prometer fidelidad; este amor más tranquilo les permite mantener la promesa. Es con este amor que funciona la maquinaria del matrimonio; estar enamorados fue la explosión que la hizo partir.

Si discrepan conmigo, por supuesto dirán, “no sabe nada de esto, no está casado”. Es muy posible que tengan razón. Pero antes de decirlo, asegúrense de estarme juzgando por lo que realmente saben a partir de su propia experiencia y de observar las vidas de sus amigos, y no de ideas sacadas de novelas y películas. Esto no es tan fácil de hacer como cree la gente. Nuestra experiencia está matizada de un extremo al otro por libros y obras de teatro y películas, y se requiere paciencia y habilidad para desembrollar de allí las cosas que hemos realmente aprendido de la vida por nosotros mismos.

La gente saca de los libros la idea de que si uno se casa con la persona correcta, puede esperar seguir “estando enamorado” para siempre. Como resultado, cuando descubren que no lo están, piensan que eso prueba que han cometido un error y tienen derecho a un cambio; no se dan cuenta de que, cuando hayan hecho el cambio, en algún momento el hechizo se perderá en el nuevo amor tal como desapareció del antiguo. En este campo de la vida, como en todos los demás, los estremecimientos de emoción vienen al comienzo y no duran. La clase de emoción que tiene un chico ante su primera idea de volar no perdurará cuando haya entrado a la Fuerza Aérea y realmente esté aprendiendo a hacerla. La emoción que se siente la primera vez que se ve un lugar lleno de encanto se desvanece cuando realmente uno se va a vivir ahí. ¿Significa esto que sería mejor no aprender a volar y no vivir en ese lugar hermoso? De ninguna manera. En ambos casos, si se persevera en ello, el desvanecerse del primer estremecimiento se verá compensado por un tipo de interés más tranquilo y duradero. Más aún (y me cuesta encontrar palabras para decirles lo importante que creo que es esto), es justamente la gente que está dispuesta a someterse a la pérdida del estremecimiento y a entregarse al interés sobrio, la que tiene más posibilidades de encontrar nuevos estremecimientos en alguna dirección completamente diferente. El hombre que ha aprendido a volar y se ha transformado en un buen piloto, de repente descubrirá la música; el que se ha establecido en el lugar bello descubrirá la jardinería.

Esto es, creo, una pequeña parte de lo que Cristo quería decir con aquello de que una cosa no vivirá realmente si primero no muere. Simplemente no sirve tratar de hacer durar una emoción; es lo peor que puede hacerse. Permite que la emoción se vaya, deja que se desvanezca, sigue por ese período de muerte hacia el interés más tranquilo y la felicidad que lo siguen, y te encontrarás viviendo en un mundo de nuevas emociones todo el tiempo. Pero si decides hacer de las emociones intensas tu dieta diaria e intentas prolongarlas artificialmente, se harán cada vez más débiles, cada vez tendrás menos, y serás un anciano aburrido y desilusionado por el resto de tu vida. Es porque tan pocas personas comprenden esto, que se encuentra a tantos hombres y mujeres de edad madura divagando sobre su juventud perdida justo en la edad en que alrededor de ellos debieran estar apareciendo nuevos horizontes y abriéndose nuevas puertas. Es mucho más entretenido aprender a nadar que seguir permanentemente (y sin esperanza alguna) tratando de recuperar lo que se sintió la primera vez que uno chapoteó en el agua siendo niño.

Otra idea que sacamos de las novelas y del teatro es que “enamorarse” es algo muy irresistible; algo que simplemente le sucede a uno, como el sarampión. Y porque creen esto, algunas parejas casadas tiran la esponja y ceden cuando se sienten atraídos por alguien que recién conocen. Pero me inclino a pensar que estas pasiones irresistibles son mucho más escasas en la vida real que en los libros, al menos cuando uno es un adulto. Cuando conocemos a alguien hermoso e inteligente y simpático, por supuesto que, en un sentido, debemos admirar y amar esas buenas cualidades. Pero, ¿no depende en gran parte de nuestra elección el que ese amor se transforme, o no se transforme, en lo que llamamos “estar enamorado”? Es indudable que si nuestras mentes están llenas de novelas y dramas y canciones sentimentales, y nuestros cuerpos llenos de alcohol, transformaremos cualquier amor que sintamos en esa clase de amor, tal como si hay un surco en tu camino toda el agua de lluvia se meterá en ese surco, y si usas anteojos azules todo lo que veas se volverá azul. Pero ello será por nuestra propia culpa.

Antes de terminar el asunto del divorcio, querría distinguir dos cosas que a menudo se confunden. Una es la concepción cristiana del matrimonio; la otra es algo completamente diferente: hasta qué punto los cristianos, si son votantes o miembros del Parlamento, deben tratar de imponer sus puntos de vista sobre el matrimonio al resto de la comunidad, encarnándolos en leyes de divorcio. Un gran número de personas parece pensar que si uno es cristiano debe tratar de hacer difícil el divorcio para todos. Yo no pienso así. Al menos sé que me sentiría furioso si los mahometanos intentaran impedir que el resto de nosotros bebiéramos vino. Desde mi punto de vista, las Iglesias deberían reconocer francamente que la mayoría del pueblo británico no es cristiana y, por lo tanto, no puede esperarse de esas personas que vivan vidas cristianas. Debería haber dos tipos distintos de matrimonio: uno gobernado por el Estado con reglas válidas para todos los ciudadanos, y el otro gobernado por la Iglesia, con reglas impuestas por ella a sus propios miembros. La distinción debiera ser muy nítida, de manera que la gente supiera qué parejas están casadas en un sentido cristiano y cuáles no lo están.

Suficiente en cuanto a la doctrina cristiana acerca de la permanencia del matrimonio. Queda algo más que tratar, menos popular todavía. Las esposas cristianas prometen obedecer a sus maridos. En el matrimonio cristiano se dice que el hombre es la “cabeza”. Esto obviamente da lugar a dos interrogantes: 1) ¿Por qué tiene que haber una cabeza, por qué no igualdad? 2) ¿Por qué debe ser el hombre?

1) La necesidad de una cabeza se infiere de la idea de que el matrimonio es permanente. Por supuesto, en tanto el marido y la esposa estén de acuerdo, no se necesita sacar a colación el tema; y podemos esperar que ésta sea la situación normal en un matrimonio cristiano. Pero cuando hay un desacuerdo real, ¿qué hacer? Conversar las cosas, por supuesto; pero estoy asumiendo que lo han hecho, y aun así no han logrado llegar a un acuerdo. ¿Qué hacen después? No pueden decidirlo por votación, porque en un consejo de dos no puede haber mayoría. Con toda seguridad, sólo una de dos cosas puede suceder: o se separan y siguen cada uno su camino, o uno u otro de los esposos debe tener un voto decisivo. Si un matrimonio es permanente, una u otra de las partes debe, en último término, tener el poder de decidir la política familiar. No se puede tener una asociación permanente sin una constitución.

2) Si debe haber una cabeza, ¿por qué el hombre? Bueno, en primer lugar, ¿hay algún deseo realmente muy serio de que fuera la mujer? Como he dicho, yo no estoy casado, pero hasta donde he observado, incluso la mujer que quiere ser la cabeza de su propia casa generalmente no admira ese estado de cosas cuando lo ve en la casa vecina. Es mucho más probable que diga “¡Pobre señor X! Por qué permite que esa espantosa mujer lo mandonee como lo hace, es más de lo que puedo imaginar”. Ni siquiera creo que se sienta halagada si alguien menciona el hecho de que ella es la cabeza en su hogar. Debe haber algo antinatural en el dominio de las esposas sobre los maridos, porque las esposas mismas se sienten medio avergonzadas de ello y desprecian a los maridos a los que dominan. Pero hay también otra razón; y aquí hablo francamente como soltero, porque es una razón que puede verse desde fuera mejor que desde dentro. Las relaciones de la familia con el mundo externo -lo que podría llamarse política externa- debe depender, en último término, del hombre, porque él siempre debiera ser, y generalmente es, mucho más justo con la gente de afuera. La mujer se encuentra en primer lugar luchando por sus hijos Y su marido contra el resto del mundo. Naturalmente, y en cierto sentido casi con toda razón, para ella las demandas de esposo y prole pasan por sobre todas las demás demandas. A ella están consignados en especial los intereses de ellos. La función del marido es ver que no se le dé rienda suelta a esta preferencia natural de la esposa. El tiene la última palabra para proteger a otras personas de este intenso patriotismo familiar de la mujer. Si alguien duda de esto, permítame una simple pregunta. Si su perro ha mordido al niño del vecino, o si su hijo ha herido al perro del vecino, ¿con quién preferiría tener que vérselas, con el dueño de casa o con la señora? O, si usted es una mujer casada, déjeme preguntarle esto. Por mucho que admire a su esposo, ¿no diría que su principal falla es su tendencia a no defender sus derechos o los de usted en contra de los vecinos con tanto vigor como usted querría? ¿Un algo de Pacificador?

7. PERDON

Dije en un capítulo anterior que la castidad era la menos popular de las virtudes cristianas. Pero no estoy seguro de haber acertado. Creo que hay una todavía menos popular. Está en la norma cristiana “Amarás a tu prójimo como a ti mismo”. Porque en la moral cristiana “tu prójimo” incluye a “tu enemigo”, y así llegamos a este terrible deber de perdonar a nuestros enemigos.

Todos dicen que el perdón es una linda idea, hasta que tienen algo que perdonar, como lo tuvimos. durante la guerra. y entonces, basta mencionar el tema para encontrarse con aullidos de ira. No es que la gente crea que ésta es una virtud muy elevada o muy difícil: es que la creen odiosa y despreciable. “Ese tipo de frases me enferma”, dicen. Y la mitad de ustedes ya están deseando preguntarme, “Quisiera saber cómo se sentiría si tuviera que perdonar a la Gestapo y fuera polaco o judío”.

También yo lo querría. Quisiera saberlo. Tal como cuando el cristianismo me dice que no debo renegar de mi religión ni siquiera para salvarme de la muerte o la tortura, en verdad querría saber qué es lo que yo haría llegado a ese punto. En este libro no estoy intentando decirles qué es lo que yo podría hacer -puedo hacer muy poquito-, sino qué es el cristianismo. Yo no lo inventé. Y ahí, justo en su centro, encuentro “Perdona nuestras ofensas como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden”. No hay la menor indicación de que se nos ofrezca perdón en otros términos. Se deja perfectamente claro que si no perdonamos, no seremos perdonados. No hay dos alternativas al respecto. ¿Qué podemos hacer?

De todas maneras va a ser bastante difícil, pero creo que hay dos cosas que podemos hacer para que resulte más fácil. Cuando se comienza con las matemáticas no se empieza por el cálculo; se empieza con la simple suma. Del mismo modo, si de verdad queremos (pero todo depende de querer realmente) aprender a perdonar, quizás sea mejor que empecemos con algo más fácil que la Gestapo. Uno podría empezar perdonando a su marido o esposa, o a los padres o hijos, o al suboficial más cercano, por algo que han hecho o dicho la última semana. Probablemente eso será tarea suficiente por el momento. Y en segundo lugar, podríamos intentar comprender exactamente lo que significa amar a tu prójimo como a ti mismo. Tengo que amarlo como me amo a mí mismo. Y bien, ¿exactamente cómo me amo a mí mismo?

Ahora que lo pienso, no tengo exactamente un sentimiento de cariño o afecto por mí, y ni siquiera gozo siempre de mi propia compañía. Así es que aparentemente “Ama a tu prójimo” no significa “siente cariño por él” o “encuéntralo atractivo”. Debería haber visto eso antes, porque, evidentemente, no se puede sentir cariño por una persona haciendo un esfuerzo para ello. ¿Pienso bien de mí mismo, creo que soy un sujeto agradable? Bien, temo que a veces sí lo hago (y, sin duda, ésos son mis peores momentos), pero ésa no es la razón de que me ame. De hecho, es al revés: mi amor a mí mismo me hace pensar que soy agradable, pero creerme agradable no es la razón de que me ame. Así es que amar a mis enemigos aparentemente tampoco significa creerlos agradables. Yeso es un enorme alivio. Porque un buen número de personas imagina que perdonar a nuestros enemigos significa darse cuenta de que, después de todo, realmente no son tan malas personas, cuando es evidente que lo son. Demos un paso más. En mis momentos más lúcidos no sólo no me creo un hombre agradable, sino que sé que soy bastante detestable. Algunas de las cosas que he hecho me producen horror y repugnancia. Así es que aparentemente se me permite abominar y odiar algunas de las cosas que hacen mis enemigos. Ahora que lo pienso, recuerdo a algunos maestros cristianos que me decían hace mucho tiempo que debo odiar las acciones de un hombre malo, pero no odiar al hombre malo; o, como ellos lo decían, odiar el pecado pero no al pecador.

Durante mucho tiempo pensé que ésta era una distinción tonta que se quedaba en sutilezas: ¿cómo se podía odiar lo que un hombre hacía y no odiar al hombre? Pero años después se me ocurrió que había una persona a quien yo le había estado haciendo eso durante toda mi vida: yo mismo. Sin importarme cuánto pudiera disgustarme mi propia cobardía o engreimiento o codicia, seguía amándome. Nunca ha habido la menor dificultad en ello. De hecho, la razón exacta de que yo odiara esas cosas es que amaba al hombre. Justamente porque me amaba, me dolía encontrar que era la clase de persona que hacía esas cosas. En consecuencia, el cristianismo no quiere reducir ni en un átomo el odio que sentimos por la crueldad y la traición. Debemos odiarlas. No necesitamos retractamos de ni una sola de las palabras que hemos dicho sobre ellas. Pero el cristianismo sí quiere que las odiemos de la misma forma en que odiamos algo en nosotros mismos: lamentando que esa persona lo haya hecho, y esperando que -si de alguna manera es posible- de algún modo, alguna vez, en algún lugar, pueda sanar y hacerse humana nuevamente.

La verdadera prueba es ésta. Supongamos que uno lee una historia de atrocidades inmundas en el periódico. Supongamos ahora que surge algo que indica que esa historia podría no ser completamente verdadera, o no tan mala como se la presentó. Lo primero que uno siente es ¿”gracias a Dios que ni siquiera ellos son tan malos”, o un sentimiento de desilusión, e incluso una decisión de aferrarse a la primera historia por el simple placer de creer a nuestros enemigos lo más malos posibles? Si es lo segundo, entonces temo que se trate del primer paso en un proceso que, si lo seguimos hasta el final, hará demonios de nosotros. Vean ustedes, uno está empezando a desear que el negro sea un poquito más negro. Si damos rienda suelta a ese deseo, más tarde desearemos ver el gris como negro, y luego ver el blanco mismo como negro. Finalmente, insistiremos en ver todo -Dios y nuestros amigos, incluso nosotros mismos- como malo, y no podremos parar de hacerla: nos quedaremos fijos para siempre en un universo de puro odio.

Ahora un paso más. Amar a tu enemigo, ¿significa no castigarlo? No, porque amarme a mí mismo no significa que no deba someterme a castigo, incluso a la muerte. Si hubieras cometido un asesinato, lo correcto en sentido cristiano que tendrías que hacer es entregarte a la policía y ser ahorcado. Por lo tanto, es perfectamente correcto, en mi opinión, que un juez cristiano condene a muerte a un hombre, o que un soldado cristiano mate a un enemigo. Siempre he pensado así, desde que me hice cristiano, y mucho antes de la guerra, y todavía pienso así ahora que estamos en tiempos de paz. No sirve de nada citar “No matarás”. Hay dos palabras griegas: la palabra común matar y la palabra asesinar. Y cuando Cristo cita ese mandamiento, usa asesinar en los relatos de Mateo, de Marcos y de Lucas. Y me han dicho que existe igual diferencia en hebreo. No todo matar es asesinato, como no toda relación sexual es adulterio. Cuando los soldados se acercaron a San Juan Bautista preguntándole qué hacer, él ni remotamente les sugirió que dejaran el ejército; tampoco lo hizo Cristo cuando se encontró con un sargento mayor romano, lo que llamaban un centurión. La idea del caballero -el cristiano en armas para la defensa de una buena causa- es una de las grandes ideas cristianas. La guerra es algo terrible, y puedo respetar a un pacifista honesto, aunque pienso que está completamente equivocado. Lo que no puedo entender es esta suerte de semipacifismo existente hoy en día, que da a la gente la idea de que aunque tiene que pelear, debe hacerlo con la cara larga y como si le avergonzara. Es ése el sentimiento que despoja a muchos magníficos jóvenes cristianos que están en las fuerzas armadas de algo a lo que tienen derecho, algo que es el compañero natural del coraje: una cierta alegría y cordial entusiasmo.

Muchas veces he pensado para mí mismo qué habría sucedido si, cuando fui soldado en la Primera Guerra Mundial, yo y un joven alemán nos hubiéramos matado uno al otro al mismo tiempo y nos hubiéramos encontrado un instante después de la muerte. No puedo imaginar que ninguno de los dos hubiera sentido ningún resentimiento, ni siquiera vergüenza. Hasta creo que podríamos habernos reído del asunto.

Me imagino que alguien dirá, “bueno, si se nos permite condenar los actos del enemigo, y castigarlo, y matarlo, ¿cuál es la diferencia entre la moral cristiana y el punto de vista corriente?” Toda la diferencia del mundo. Recuerden, nosotros los cristianos pensamos que el hombre vive para siempre. Por lo tanto, lo que realmente importa son esas pequeñas marcas o torceduras en la parte interna central del alma, que van a transformarla, a la larga, en una criatura celestial o infernal. Podemos matar si es necesario, pero no debemos odiar ni solazamos en el odio. Podemos castigar si es necesario, pero no debemos gozar con ello. En otras palabras, algo en nuestro interior, el resentimiento, el querer desquitarse, simplemente debe morir. No quiero decir que persona alguna pueda decir en este momento que nunca más sentirá eso. No es así como suceden las cosas. Quiero decir que cada vez que ese sentimiento surja, día tras día, año tras año, durante toda nuestra vida, debemos golpearlo en la cabeza. Es un trabajo difícil, pero el intento no es imposible. Incluso mientras matamos y castigamos, debemos tratar de sentir por el enemigo lo mismo que sentimos respecto a nosotros mismos: desear que no sea malo, esperar que, en este mundo o en el otro, sea sanado; de hecho, desearle el bien. Eso es lo que significa, en la Biblia, amarlo: desear su bien; no significa sentir afecto por él ni decir que es agradable cuando no lo es.

Admito que lo anterior obliga a amar a gente que no tiene nada digno de amarse. Pero entonces, ¿tenemos nosotros mismos algo que sea amable? Amas a tu propio yo simplemente porque es tu propio yo. Dios quiere que amemos a todos los seres individuales en esa misma forma y por la misma razón, y nos ha dado la suma ya hecha en nuestro propio caso, para mostramos cómo opera. Debemos entonces ir y aplicar la regla a todos los otros individuos. Quizás lo haga más fácil si recordamos que así es como El nos ama. No por ninguna cualidad agradable o atractiva que creamos tener, sino simplemente porque somos esas cosas llamadas individuos. Porque realmente no hay nada más en nosotros que pueda amarse: criaturas que de hecho encuentran el odio tan placentero, que renunciar a él es como renunciar a la cerveza o al tabaco…

8. EL GRAN PECADO

Llegamos ahora a esa parte de la moral cristiana que la diferencia de manera más nítida de otros sistemas morales. Existe un vicio del que nadie en el mundo está libre, que todos en el mundo aborrecen cuando lo ven en otros, y del cual casi nadie, excepto los cristianos, llegan a imaginarse culpables. He escuchado a la gente admitir que tiene mal genio, o que no puede dejar de perder la cabeza frente a las mujeres o el alcohol, o incluso que es cobarde. Creo que jamás he escuchado acusarse de este vicio a alguien que no fuera cristiano. Y al mismo tiempo, rara vez he encontrado a alguien, que no fuera cristiano, que mostrara la menor compasión por tal vicio en otros. No hay falta alguna que haga a una persona menos popular, ni falta alguna de la que tengamos menos conciencia en nosotros mismos. Y mientras más la tenemos en nosotros, más nos disgusta en otros.

El vicio del que estoy hablando es el de la Soberbia u Orgullo; y la virtud opuesta a ese vicio, en la moral cristiana, es llamada Humildad. Podrán recordar, cuando hablaba acerca de la moral sexual, que les previne de que el centro de la moral cristiana no estaba ahí. Bien, ahora hemos llegado al centro. De acuerdo a los maestros cristianos, el vicio esencial, el vicio extremo, es la soberbia. En comparación con ella, la falta de castidad, la ira, la codicia, la ebriedad, y todo eso, son bagatelas: fue a través de la soberbia que el demonio llegó a ser el demonio; la soberbia lleva a todos los demás vicios; es el más completo estado de mente anti-Dios.

¿Les parece que exagero? Si es así, reflexionen. Señalé hace un momento que mientras más soberbia u orgullo uno tenía, más le disgustaba en otros. De hecho, si quieres descubrir cuán soberbio u orgulloso eres, el camino más fácil es preguntarse, “¿Cuánto me disgusta cuando otras personas me tratan con arrogancia, o rehúsan tomarme en cuenta, o me pasan a llevar, o me tratan con aire condescendiente, o son ostentosos?” El punto es que, en cada persona, la soberbia compite con la de todos los demás. Es porque quería ser el gran éxito de la fiesta que me siento tan molesto porque otro lo fue. Ladrón que roba a un ladrón… Ahora, lo que debe quedar muy claro es que la soberbia, el orgullo, sonesencialmente competitivos -son competitivos por su naturaleza misma-, mientras los otros vicios solamente son competitivos, por así decirlo, por accidente. La soberbia no obtiene placer en la posesión de algo, sino tan sólo en el poseer más de ese algo que el vecino. Decimos que las personas sienten orgullo de ser ricas, o inteligentes, o atractivas, pero no es así. Las hace orgullosas ser más ricas, o más inteligentes, o más atractivas que otras. Si todos llegaran a ser igualmente ricos, o inteligentes, o atractivos, no habría nada por que sentir orgullo. Es la comparación lo que hace orgulloso: el placer de estar por sobre los demás.

Una vez que desaparece el elemento de competencia, desaparece el orgullo. Tal es la razón que me lleva a decir que el orgullo, la soberbia, son esencialmente competitivos en un sentido en que no lo son los demás vicios. El impulso sexual puede llevar a dos hombres a competir si ambos desean a la misma mujer. Pero eso sólo sucede por accidente; igualmente podrían haber deseado a dos mujeres diferentes. Pero un hombre soberbio te quitará a tu mujer, no porque la desea, sino simplemente para probarse a sí mismo que es más hombre que tú. La codicia puede llevar a competir a las personas, si no hay suficiente para todos; pero el hombre soberbio, incluso cuando ya tiene más de lo que podría desear, tratará de obtener más tan sólo para imponer su poder. Casi todos aquellos males que la gente achaca a la codicia o al egoísmo, realmente son, en mucho mayor medida, resultado de la soberbia.

Tomemos el dinero, por ejemplo. La codicia por cierto hará desear dinero, para lograr una casa mejor, mejores vacaciones, mejor comida y bebida. Pero sólo hasta cierto punto. ¿Qué hace que un hombre que gana diez mil libras al año esté ansioso por obtener veinte mil? No es la codicia por más placer. Con diez mil libras se podrá conseguir todos los lujos que una persona puede realmente utilizar. Es la soberbia, el deseo de ser más rico que otras personas ricas, y (más aún) el deseo de poder. Porque, evidentemente, es el poder lo que realmente complace a la soberbia; nada hace sentirse a las personas tan superiores a otras como poder manejadas como soldaditos de juguete. ¿Qué hace que una mujer esparza desdicha dondequiera que va, en el afán de coleccionar admiradores? Ciertamente no su instinto sexual; ese tipo de mujer a menudo es frígida. Es la soberbia. ¿Qué hace que un dirigente político o toda una nación insistan en más y más demandas? Nuevamente la soberbia. La soberbia es competitiva por su naturaleza misma: es por ello que no se detiene nunca. Si soy un hombre soberbio, entonces, mientras haya un solo hombre en todo el mundo más poderoso, más rico o más inteligente que yo, será mi rival y enemigo.

Los cristianos tienen razón: es la soberbia lo que ha sido la principal causa de desgracia en toda nación y en toda familia desde comienzos del mundo. Otros vicios pueden, ocasionalmente, juntar a la gente: puede encontrarse buena camaradería y bromas y amistad entre borrachos o gente poco casta. Pero la soberbia siempre significa enemistad, es enemistad. Y no sólo enemistad entre hombre y hombre, sino enemistad con Dios.

En Dios se encuentra uno con alguien que es en todo aspecto inconmensurable mente superior a uno mismo. A no ser que se reconozca a Dios en esa forma -y, por lo tanto, se reconozca uno mismo como nada en comparación-, no se conoce a Dios en absoluto. Mientras se es soberbio, no se puede conocer a Dios. Un hombre soberbio siempre está teniendo en menos, mirando hacia abajo a las personas y las cosas; y, por supuesto, mientras uno esté mirando hacia abajo, no puede ver lo que está por sobre uno.

Esto hace surgir una terrible pregunta: ¿cómo es que personas a las que obviamente carcome la soberbia pueden decir que creen en Dios y sentirse muy religiosas? Temo que ello signifique que adoran a un Dios imaginario. En teoría admiten no ser nada en la presencia de este Dios quimérico, pero en realidad están todo el tiempo pensando en cómo El las aprueba y las cree mejores que las personas comunes; esto es, pagan unos peniques de humildad imaginaria a este Dios, y obtienen de vuelta una libra de soberbia dirigida a sus semejantes. Supongo que a esta gente se refería Cristo cuando dijo que algunos predicarían sobre El y expulsarían a los demonios en Su nombre, sólo para encontrarse al final de los tiempos con que El no los conocía. Y cualquiera de nosotros puede estar en cualquier momento en esta trampa mortal. Por suerte, tenemos una prueba. Siempre que nos encontremos con que nuestra vida religiosa nos está haciendo sentir que somos buenos -sobre todo mejores que otras personas-, creo que podemos estar seguros de que está operando en nosotros no Dios, sino el demonio. La verdadera prueba de estar en la presencia de Dios es que uno o se olvide totalmente de uno mismo, o se vea como algo pequeño y sucio. Es mejor olvidarse completamente de uno mismo.

Es una cosa terrible el que el peor de todos los vicios pueda meterse de contrabando en el centro mismo de nuestra vida religiosa. Pero podemos ver por qué sucede. Los otros vicios, que no son tan malos como la soberbia, provienen del demonio que opera en nosotros a través de nuestra naturaleza animal. Pero la soberbia viene directamente del Infierno. Es puramente espiritual; en consecuencia, es mucho más sutil y mortal. Por la misma razón, a menudo se puede usar la soberbia, el orgullo, para vencer a los vicios más simples. Los profesores, de hecho, a menudo apelan al orgullo de un muchacho, o, como lo llaman, a su amor propio, para hacer que se comporte decentemente; muchos han superado la cobardía o lujuria o mal humor aprendiendo a pensar que están por debajo de su dignidad, esto es, por orgullo. El diablo se ríe. Se siente perfectamente contento de verte haciéndote casto y valiente y autocontrolado, siempre que, al mismo tiempo, esté colocando en ti la dictadura de la soberbia, tal como se sentiría contento de ver curados tus sabañones si se le permitiera, a cambio, darte un cáncer. Porque la soberbia es cáncer espiritual: acaba con la posibilidad misma de que exista amor o contentamiento o incluso sentido común.

Antes de cerrar este tema, debo ponerlos en guardia frente a algunos malentendidos posibles:                   .

1) El placer de ser alabado no es soberbia. El niño al que se le palmotea la espalda por hacer bien una tarea, la mujer cuya belleza es admirada por su enamorado, el alma salvada a quien Cristo dice “bien hecho”, sienten placer, y así tiene que ser. Porque aquí el placer no está en lo que uno es, sino en el hecho de haber complacido a alguien a quien uno quería (con toda justicia) complacer. El problema comienza cuando se pasa de pensar, “lo he complacido; todo está bien”, a pensar “qué fantástica persona debo ser para haberlo hecho”. Mientras más te deleitas en ti mismo y menos en la alabanza, vas por peor camino. Cuando te deleitas enteramente por ti mismo y no te importa en absoluto la alabanza, has llegado al fondo. Es por eso que la vanidad, aunque es el tipo de soberbia más visible exteriormente, es en realidad la menos mala y más perdonable. La persona vanidosa quiere alabanza, aplauso y admiración en demasía, y siempre está a la caza de obtenerlos. Es una falta, pero una falta infantil y (en un modo curioso) humilde. Muestra que todavía no estás completamente satisfecho con tu propia admiración. Valorizas a las demás personas lo suficiente para querer que te miren. De hecho, todavía eres.

humano. La soberbia verdadera y diabólica aparece cuando desprecias tanto a los demás que no te importa lo que piensen de ti. Por supuesto, está perfectamente bien, y a menudo es nuestro deber, el que no nos preocupe lo que la gente piense de nosotros, si lo hacemos por una buena razón; esto es, porque nos importa incomparablemente más lo que Dios piensa. Pero el hombre soberbio tiene una razón diferente para su indiferencia. Dice “¿por qué debería importarme el aplauso de esa chusma, como si su opinión valiera algo? E incluso si sus opiniones tuvieran algún valor, ¿soy acaso el tipo de persona que se va a ruborizar de placer como una chiquilla flacuchenta en su primer baile? No, yo soy una personalidad integrada, adulta. Todo lo que he hecho ha sido para satisfacer mis propios ideales, o mi conciencia artística, o las tradiciones de mi familia, o -en una palabra- porque soy Esa Clase de Sujeto. Si a la plebe le gusta, dejémosla. No son nada para mí”. En esta forma, la soberbia cabal puede funcionar como un freno a la vanidad; porque, como decía recién, al demonio le encanta “curar” una falta pequeña dándonos una grande. Debemos tratar de no ser vanidosos, pero nunca debemos recurrir a nuestra soberbia para curar nuestra vanidad.

2) Decimos que un hombre se siente “orgulloso” de su hijo, o de su padre, o de su colegio, o de su regimiento, y podríamos preguntamos si el “orgullo”, en este sentido, es pecado. Creo que depende de qué entendemos exactamente cuando decimos “orgulloso de”. Muy a menudo, en tales frases, la expresión “está orgulloso de” significa “tiene una cálida admiración por”. Tal admiración por supuesto está muy lejos de ser pecado. Pero podría, quizás, significar que la persona en cuestión se da aires sobre la base de su importante padre, o porque pertenece a un regimiento famoso. Claramente, esto constituiría una falta; pero aun así, sería mejor que estar orgulloso simplemente de uno mismo. Amar y admirar cualquier cosa externa a uno es alejarse un paso de la completa ruina espiritual, aunque no estaremos bien mientras amemos y admiremos cualquier cosa más de lo que amamos y admiramos a Dios.

3) No debemos pensar que la soberbia es algo que Dios prohíbe porque Lo ofende a El, o que la humildad es algo que demanda como algo debido a Su propia dignidad, como si Dios mismo fuera soberbio. No le preocupa en absoluto Su dignidad. El punto es que desea que Lo conozcas: El quiere dársete. Y El Y tú son dos cosas de tal tipo que si te pones en cualquier clase de contacto con El, de hecho te harás humilde, deleitosamente humilde, sintiendo el infinito alivio de, por una vez, haberte liberado de todas las necedades acerca de tu propia dignidad que te han tenido inquieto e infeliz durante toda tu vida. Dios está tratando de hacerte humilde para hacer posible este momento; está tratando de sacarte ese montón de ropajes de fantasía tontos y feos en los que todos nos hemos metido y con los que nos pavoneamos como los pequeños idiotas que somos. Ojalá yo hubiera avanzado un poquito más en la humildad; si lo hubiera hecho, probablemente podría decirles más sobre el alivio, la comodidad de sacarse el traje de fantasía, liberarse del falso yo, con todos sus “Mírenme” y “¿No soy un buen chico?” y todas sus poses y posturas. Incluso acercarse a ello, siquiera por un instante, es como un vaso de agua fresca en el desierto.

4) No se imaginen que si conocen a un hombre realmente humilde, será lo que la mayoría de la gente llama “humilde” hoy en día: no será alguien untuoso, zalamero, que siempre está diciéndote que, por supuesto, él no es nadie. Probablemente todo lo que pensarás de él es que parecía un tipo alegre e inteligente que se interesaba realmente en lo que tú le decías a él. Si te disgusta ese hombre, será porque te sientes un poco envidioso de cualquiera que parezca gozar de la vida tan fácilmente. El no estará pensando en la humildad; no estará pensando en absoluto en sí mismo.

Si alguien deseara adquirir humildad, creo que puedo indicarle el primer paso. El primer paso es darse cuenta de que uno es soberbio. Y es un gran paso, también. Al menos, nada puede hacerse antes de él. Si piensas que no eres engreído, significa que indudablemente eres muy engreído.

9. CARIDAD

Dije en un capítulo anterior que había cuatro virtudes “cardinales” y tres virtudes “teologales”. Las tres virtudes teologal es son fe, esperanza y caridad. Trataré de la fe en los dos últimos capítulos. Traté la caridad en parte en el Capítulo 7, pero ahí me concentré en ese aspecto de la caridad que se llama perdón. Quiero agregar ahora algo más.

En primer lugar, en cuanto al significado de la palabra, “caridad” -”hacer una caridad”- ahora significa simplemente lo que solía llamarse “limosna”, esto es, dar a los pobres. Originalmente tenía un significado mucho más amplio. (Pueden ver cómo adquirió el sentido moderno. Si un hombre tiene “caridad”, dar a los pobres es una de las cosas más obvias que hace, y así la gente llegó a usar el término como si de eso se tratara toda la caridad. Es semejante al caso del término “rima”: como es el elemento más obvio de la poesía, la gente llega a pensar la “poesía” como simple y mera rima). Caridad significa “amor, en el sentido cristiano”. Pero amor, en el sentido cristiano, no significa una emoción. Es un estado no de los sentimientos, sino de la voluntad; el estado de la voluntad que tenemos naturalmente respecto a nosotros mismos, y que debemos aprender a tener respecto a otras personas.

Señalé en el capítulo sobre el perdón que nuestro amor por nosotros mismos no significa que nos gustemos. Significa que deseamos nuestro propio bien. Del mismo modo, el amor cristiano (o caridad) por nuestro prójimo es algo muy diferente del gustar o del afecto. Nos “gustan” o le tenemos “afecto” a algunas personas, y no a otras. Es importante comprender que este “gusto” natural no es ni un pecado ni una virtud, tal como los gustos o rechazos en materia de comida no son pecados ni virtudes. Es simplemente un hecho. Pero, por supuesto, lo que hacemos con ello es o pecaminoso o virtuoso.

El que naturalmente nos gusten o tengamos afecto por algunas personas facilita ser “caritativos” con ellas. En consecuencia, es normalmente un deber estimular nuestros afectos -hacer que nos “guste” la gente en la medida de lo posible (tal como a menudo es un deber alentar nuestro gusto por el ejercicio o la comida sana) -, no porque este gustar sea en sí mismo la virtud de la caridad, sino porque constituye una ayuda para llegar a ella. Por otra parte, también es necesario mantenerse extremadamente vigilantes para que el hecho de que una persona nos guste no nos haga poco caritativos, o hasta injustos, con otra. Incluso hay casos en que nuestro gusto por una persona entra en conflicto con la caridad hacia ella. Por ejemplo, una madre excesivamente afectuosa puede verse tentada, por su naturaleza misma, a “echar a perder” a su hijo; esto es, gratificar sus propios impulsos afectuosos a costa de la futura felicidad real del niño.

Pero aunque normalmente debiera estimularse el gusto natural por una persona, sería un error pensar que el camino para llegar a ser caritativo es quedarse en el intento de fabricar sentimientos afectuosos. Algunas personas son “frías” por temperamento; eso puede ser una desgracia para ellas, pero no constituye un pecado más de lo que puede serlo una mala digestión; y no les quita la oportunidad ni los excusa del deber de aprender a ser caritativos. La regla para todos es perfectamente simple. No pierdas el tiempo preguntándote si “amas” a tu prójimo; actúa como si lo hicieras. Tan pronto como hacemos esto, descubrimos uno de los grandes secretos. Cuando te comportas como si amaras a alguien, pronto llegarás a amarlo. Si dañas a alguien que te disgusta, te encontrarás con que te disgusta más. Si haces algo bueno por él, te encontrarás con que te disgusta menos. Hay, por supuesto, una excepción. Si haces algo bueno por él no para agradar a Dios y obedecer la ley de la caridad, sino para demostrarle cuán generoso y qué gran sujeto eres, y ponerlo en deuda contigo para luego sentarte a esperar su. “gratitud”, probablemente tendrás un desengaño. (La gente no es tonta: tiene un ojo muy rápido para todo lo que es ostentación y condescendencia.) Pero siempre que hacemos un bien por otro simplemente porque es un individuo, hecho (como nosotros) por Dios, y deseando su felicidad tal como deseamos la nuestra, habremos aprendido a amar un poquito más o, por último, a rechazar menos.

En consecuencia, aunque la caridad cristiana suena como algo muy frío para la gente que tiene la cabeza llena de sentimentalismos, y aunque es muy diferente del afecto, aun así, conduce al afecto. La diferencia entre un cristiano y un hombre mundano no es que el hombre mundano tenga sólo afectos o “gustos” y. el cristiano sólo “caridad”. El hombre mundano trata a ciertas personas con bondad porque le “gustan”; el cristiano, al intentar tratar a todos bondadosamente, se encuentra cada vez más con que le gustan más y más personas, incluidas aquellas que no se habría imaginado al comienzo.

Esta misma ley espiritual opera terriblemente en la dirección opuesta. Los alemanes al comienzo quizás maltrataban a los judíos porque los odiaban; después los odiaban mucho más porque los maltrataban. Mientras más cruel eres, más odiarás; y mientras más odies, más cruel te harás, y así en un círculo vicioso para siempre.

Tanto el bien como el mal aumentan a interés compuesto. Esa es la razón de que las pequeñas decisiones que ustedes y yo hacemos cada día sean de tan infinita importancia. La más pequeña de tus buenas acciones de hoy implica ocupar una posición estratégica desde la cual, en unos meses más, quizás puedas obtener victorias con las que nunca soñaste. Ceder de manera aparentemente trivial a la lujuria o a la ira hoy día, es la pérdida de una colina o una línea de ferrocarril o una cabeza de puente desde las cuales el enemigo puede lanzar un ataque que de otra manera habría sido imposible.

Algunos autores usan la palabra caridad para describir no sólo el amor cristiano entre seres humanos, sino también el amor de Dios por el hombre y el amor del hombre por Dios. A menudo las personas se preocupan por el segundo. Se les dice que deben amar a Dios. Y no pueden encontrar tal sentimiento en su interior. ¿Qué pueden hacer? La respuesta es la misma que antes. Actúa como si lo sintieras. No te instales a tratar de fabricar sentimientos. Pregúntate, “Si estuviera seguro de que amaba a Dios, ¿qué haría?” Cuando hayas encontrado la respuesta, anda y hazlo.

En general, el amor de Dios hacia nosotros es un tema mucho más seguro que nuestro amor por El. Nadie puede tener siempre sentimientos devotos; e incluso si pudiera, no son los sentimientos los que Le importan a Dios principalmente. El amor cristiano, ya sea hacia Dios o hacia el hombre, es asunto de la voluntad. Si estamos tratando de hacer Su voluntad, estamos cumpliendo el mandamiento “Amarás al Señor tu Dios”. El nos dará sentimientos de amor si así Le place. Nosotros no podemos creados por nosotros mismos, y no debemos pedidos como si se tratara de un derecho. Pero lo importante de recordar es que, aunque nuestros sentimientos vienen y van, Su amor por nosotros no lo hace. No se agota con nuestros pecados o nuestra indiferencia; y, por lo tanto, es inflexible en su determinación de que seamos sanados de aquellos pecados, sin importar el costo para nosotros, sin importar el costo para El.

10. ESPERANZA

La esperanza es una de las virtudes teologales. Esto significa que un continuo estar a la expectativa del mundo eterno no es (como piensan algunas personas modernas) una forma de escapismo o ilusión, sino una de las cosas que debe hacer un cristiano. No significa que debamos dejar el mundo actual tal como está. Si leen historia, encontrarán que los cristianos que más hicieron por este mundo fueron justamente aquellos que más pensaban en el mundo que viene. Los apóstoles mismos, que iniciaron la conversión del Imperio Romano, los grandes hombres que construyeron la Edad Media, los evangélicos ingleses que abolieron la trata de esclavos, todos dejaron su marca en la tierra, precisamente porque tenían la mente ocupada con el Cielo. Es desde que los cristianos han dejado mayormente de pensar en el otro mundo que se han hecho tan ineficientes en éste. Apunta al Cielo, y tendrás la tierra “de añadidura”; apunta a la tierra, y no obtendrás nada. Parece una regla extraña, pero se puede ver que algo parecido opera en otros ámbitos. La salud es una gran bendición, pero desde el momento en que haces de la salud uno de tus principales objetivos directos, te transformas en un maniático y comienzas a imaginarte que algo malo te pasa. Podrás lograr buena salud a condición de que desees más otras cosas: alimento, juegos, trabajo, diversión, aire libre. Del mismo modo, nunca salvaremos a la civilización mientras la civilización sea nuestro principal objetivo. Debemos aprender a desear con más fuerza otra cosa.

La mayoría de nosotros encuentra muy difícil desear el “Cielo”, excepto en la medida en que el “Cielo” signifique encontrar de nuevo a nuestros amigos muertos. Una razón para esta dificultad es que no hemos sido entrenados: toda nuestra educación tiende a fijar nuestras mentes en este mundo. Otra razón es que cuando el verdadero deseo del Cielo está presente en nosotros, no lo reconocemos. La mayoría de las personas, si realmente hubieran aprendido a mirar en sus propios corazones, sabrían que sí desean, y desean agudamente, algo que no se puede obtener en este mundo. Hay toda clase de cosas en este mundo que ofrecen dártelo, pero nunca cumplen realmente su promesa. Los anhelos que se despiertan en nosotros la primera vez que nos enamoramos, o cuando por primera vez pensamos en un país extranjero, o por primera vez tomamos alguna materia de estudio que nos estimula y encanta, son anhelos que ningún matrimonio, ningún viaje, ningún aprendizaje, pueden realmente satisfacer. No estoy hablando ahora de lo que comúnmente se llamaría matrimonios o vacaciones o carreras doctas que han terminado en el fracaso. Estoy hablando de las mejores experiencias posibles en cada uno de esos campos. Hubo algo que ansiosamente intentamos coger en ese primer momento de anhelo, algo que se va desvaneciendo en la realidad. Creo que todos saben de qué hablo. La esposa puede ser una buena esposa, y los hoteles y paisajes pueden haber sido excelentes, y la química puede ser un trabajo interesante, pero algo se nos ha escapado. Ahora bien, hay dos caminos erróneos para enfrentar este hecho y uno correcto.

1) El Camino del Tonto. El tonto culpa a las cosas mismas. Pasa toda su vida pensando en que si tan sólo hiciera la prueba con otra mujer, o eligiera unas vacaciones más caras, o lo que sea, entonces, esta vez sí, alcanzaría ese misterioso algo que todos perseguimos. La mayoría de los ricos aburridos y descontentos del mundo pertenecen a este tipo. Pasan toda su vida trotando de mujer en mujer (por los tribunales de divorcio), de continente en continente, de afición en afición, siempre pensando que la última es al fin “la Verdadera Cosa”, y siempre desilusionados.

2) El Camino del “Hombre Sensato” Desilusionado. Este pronto decide que todo el asunto es pura ilusión. “Por supuesto”, dice, “uno se siente así cuando es joven. Pero a mi edad, ya no sigues persiguiendo el final del arco iris”. Y se instala y aprende a no esperar demasiado y reprime esa parte de sí mismo que solía, como él diría, “llorar por la luna”. Este es, por supuesto, un camino mucho mejor que el primero, y hace de ese “hombre sensato” alguien mucho más feliz y menos cargoso para la sociedad. Tiende a hacer de él un pedante (puede sentirse algo superior a los que él llama “adolescentes”), pero, globalmente, va pasando por la vida de manera bastante cómoda. Sería la mejor línea que podríamos adoptar si el hombre no viviera para siempre. Pero, ¿y si la felicidad infinita realmente estuviera ahí, esperándonos? ¿Y si uno realmente pudiera llegar al final del arco iris? En ese caso, sería una lástima descubrir demasiado tarde (un instante después de la muerte) que nuestro supuesto “sentido común” ha sofocado en nosotros la capacidad de gozar de ella.

3) El Camino Cristiano. El cristiano dice, “las criaturas no nacen con deseos a no ser que exista satisfacción para esos deseos. Un bebé siente hambre: bien, hay algo que se llama comida. Un patito desea nadar: hay eso que llamamos agua. Los hombres sienten deseos sexuales: bien, está el sexo. Si encuentro en mí un deseo que nada de este mundo puede satisfacer, la explicación más probable es que fui hecho para otro mundo. Si ninguno de mis placeres terrenales lo satisface, eso no prueba que el universo sea un fraude. Probablemente los placeres terrenales jamás estuvieron destinados a satisfacerlo, sino tan sólo a excitado, a sugerir la cosa real. Si es así, debo tener cuidado, por una parte, de nunca despreciar o ser desagradecido ante estas bendiciones terrenales; y, por la otra, nunca confundidas con esa otra cosa de la cual son sólo una especie de copia, de eco, de espejismo. Debo mantener vivo en mí el deseo por mi verdadera patria, que no encontraré sino hasta después de la muerte; no debo permitir jamás que quede sepultado o dejado de lado; debo hacer que el objeto principal de la vida sea avanzar sin cejar hacia esa otra comarca y ayudar a los demás a hacer lo mismo”.

No hay para qué preocuparse de esos chistosos que tratan de ridiculizar la idea cristiana del “Cielo” diciendo que no quieren “pasar toda la eternidad tocando el arpa”. La respuesta para esa gente es que si no pueden entender los libros escritos para adultos, no deberían hablar de ellos. Toda la imaginería de las Escrituras (arpas, coronas, oro, etc.) es, por supuesto, un intento meramente simbólico de expresar lo inexpresable. Se mencionan instrumentos musicales porque para muchas personas (no todas) la música es, entre las cosas terrenales conocidas, la que mejor sugiere el éxtasis y el infinito. Se mencionan las coronas para sugerir el hecho de que aquellos que se han unido a Dios en la eternidad comparten Su esplendor y Su poder y Su gozo. Se menciona el oro para sugerir la atemporalidad del Cielo (el oro no se oxida) y cuán precioso es. La gente que toma literalmente estos símbolos bien podría pensar que cuando Cristo nos dijo que fuéramos como palomas, quiso indicar que debíamos poner huevos.

11. FE

En este capítulo debo hablar acerca de lo que los cristianos llaman fe. Gruesamente hablando, los cristianos parecen usar la palabra fe en dos sentidos o dos niveles, que exploraré uno después del otro. En el primer sentido, significa simplemente creencia: aceptar o considerar verdaderas las doctrinas cristianas. Ello es bastante simple. Pero lo que deja perpleja a la gente -al menos a mí solía dejarme perplejo- es el hecho de que los cristianos consideran la fe en este sentido como una virtud. A menudo preguntaba cómo era posible que fuera una virtud: ¿qué hay de moral o de inmoral en creer o no creer un conjunto de aseveraciones? Obviamente, solía decir, un hombre sano acepta o rechaza cualquier aseveración no porque lo desee o no lo desee, sino porque la evidencia lo satisface o no lo satisface. Si se equivocara acerca de lo satisfactorio o insatisfactorio de esa evidencia, ello no significaría que era una persona mala, sino tan sólo que no era muy inteligente. Y si pensara que la evidencia era insatisfactoria, pero a pesar de ello intentara obligarse a creer, sería simplemente estúpido.

Bien, creo que tomaré ese punto de vista. Sin embargo, lo que no veía en ese entonces -y mucha gente no ve todavía- era esto. Yo estaba suponiendo que si la mente humana acepta una vez que una cosa es verdadera, automáticamente seguirá considerándola verdadera, hasta que surja alguna razón real para reconsiderarlo. De hecho, estaba asumiendo que la mente humana está regida por la razón en su totalidad. Pero no es así. Por ejemplo, mi razón está perfectamente convencida, con buenas evidencias, de que los anestésicos no me asfixiarán y los cirujanos bien entrenados no comenzarán a operar hasta estar yo inconsciente. Pero eso no cambia el hecho de que cuando me tienen en la mesa de operaciones y me ajustan su horrible máscara en la cara, comienza adentro de mí un pánico simplemente infantil. Empiezo a pensar que me vaya ahogar, y me aterro ante la idea de que van a empezar a cortar antes de estar yo verdaderamente anestesiado. En otras palabras, pierdo mi fe en los anestésicos. No es la razón la que me hace perder la fe; al contrario, mi fe está basada en la razón. Lo hacen mi imaginación y mis emociones. La batalla se da entre la fe y la razón por un lado, y la emoción y la imaginación por el otro.

Cuando se piensa en ello, se descubre una gran cantidad de ejemplos de esto. Un hombre sabe, sobre la base de evidencia perfectamente buena, que una hermosa niña que conoce es una mentirosa e incapaz de guardar un secreto y que no debe confiarse en ella; pero cuando se encuentra con ella, su mente pierde la fe en ese conocimiento, comienza a pensar, “quizás sea diferente esta vez”, y una vez más se comporta como un tonto y le dice algo que no debiera haberle dicho. Sus sentidos y emociones han destruido su fe en lo que realmente sabe que es verdad. O tomen a un niño que está aprendiendo a nadar. Su razón sabe perfectamente que un cuerpo humano sin apoyo no necesariamente se hunde en el agua: ha visto a docenas de personas flotar y nadar. Pero todo el asunto es si podrá seguir creyendo esto cuando el instructor saque su mano y lo deje sin apoyo en el agua, o si súbitamente dejará de creerlo, le entrará el pánico y se irá al fondo.

Lo mismo sucede con el cristianismo. No le estoy pidiendo a nadie que acepte el cristianismo si su mejor razonamiento le dice que el peso de la evidencia está en contra. Ese no es el punto en que entra la fe. Pero suponiendo que la razón de un hombre decide que el peso de la evidencia está a favor, puedo decirle lo que le va a suceder en las próximas semanas. Llegará un momento en que haya malas noticias, o se presenten problemas, o esté viviendo entre muchas personas que no creen, y de súbito se despertarán sus emociones y lanzarán una especie de devastador ataque sobre su creencia. O vendrá un momento en que desea a una mujer, o quiere decir una mentira, o se siente muy satisfecho de sí mismo, o ve la oportunidad de ganar un poco de dinero en una forma no totalmente limpia; algún momento, de hecho, en el que sería muy conveniente que el cristianismo no fuera verdad. Y otra vez sus ganas y deseos se lanzarán al ataque. No estoy hablando de momentos en los cuales surja alguna nueva razón real contra el cristianismo. Estoy hablando acerca de momentos cuando un simple estado de ánimo se levanta contra él.

Ahora bien, la fe, en el sentido en que aquí estoy usando la palabra, es el arte de permanecer apegado a las cosas que la razón una vez ha aceptado, a pesar de los cambiantes estados de ánimo. Porque el ánimo va a cambiar, no importa cuál sea la perspectiva que la razón tome. Sé eso por experiencia. Ahora que soy cristiano, tengo estados de ánimo en que todo el asunto parece muy improbable; pero cuando era ateo, tenía estados anímicos en los que el cristianismo parecía terriblemente probable. Esta rebelión de los estados de ánimo en contra del verdadero yo sobrevendrá de todas maneras. Es por ello que la fe es una virtud tan necesaria: a no ser que se “ponga en su sitio” a los estados de ánimo, jamás podrás ser un cristiano cabal o ni siquiera un ateo cabal, sino tan sólo una criatura vacilando de aquí para allá, cuyas creencias dependen realmente del clima y de la digestión. En consecuencia, se debe entrenar el hábito de la fe.

El primer paso es reconocer el hecho de que los estados de ánimo cambian. El siguiente es asegurarse de que, si una vez se ha aceptado el cristianismo, entonces deliberadamente habrá que poner ante la mente todos los días algunas de sus principales doctrinas. Tal es la razón de que las oraciones diarias y las lecturas religiosas e ir a la iglesia sean partes necesarias de la vida cristiana. Necesitamos que se nos recuerde continuamente aquello en lo que creemos. Ni esta creencia, ni ninguna otra, permanecerá automáticamente viva en la mente. Debe ser alimentada. Y, de hecho, si se examinara a cien personas que han perdido la fe en el cristianismo, ¿cuántas de ellas, me pregunto, se habrán alejado llevadas racionalmente por argumentaciones honestas? ¿No sucede que la mayoría de la gente simplemente se deja arrastrar por inercia?

Ahora debo ocuparme de la fe en el segundo sentido, el más alto; y es lo más difícil que he enfrentado hasta ahora. Quiero enfocar el tema volviendo al de la humildad. Recordarán que dije que el primer paso hacia la humildad era darse cuenta de que uno es soberbio. Quiero agregar ahora que el paso siguiente es hacer un esfuerzo serio por practicar las virtudes cristianas. Una semana no es suficiente. A menudo las cosas van como una seda la primera semana. Traten seis semanas. Para ese entonces, habiendo -hasta donde uno puede ver- retrocedido completamente, o incluso retrocedido más allá del punto desde el cual comenzó, uno descubrirá algunas verdades acerca de sí mismo. Nadie sabe cuán malo es hasta que ha tratado muy intensamente de ser bueno. Es corriente encontrarse con la tonta idea de que la gente buena no sabe lo que significan las tentaciones. Esto es obviamente falso. Sólo aquellos que resisten la tentación saben lo fuerte que es. Después de todo, descubrimos la fuerza del ejército alemán luchando contra él, no rindiéndonos. Se descubre la fuerza de un viento intentando caminar contra él, no echándose al suelo. Un hombre que cede a la tentación tras cinco minutos simplemente no sabe cómo habría sido una hora después. Es por ello que la persona mala, en cierto sentido, sabe muy poco de la maldad. Ha vivido una vida protegida por el perpetuo ceder. Nunca descubrimos la fuerza del impulso maligno dentro de nosotros hasta que intentamos luchar contra él; y Cristo, porque es el único hombre que nunca sucumbió a la tentación, es también el único que sabe a cabalidad lo que significa la tentación, el único ser completamente realista. Muy bien, entonces. Lo principal que aprendemos de un intento serio de practicar las virtudes cristianas, es que fallamos. Cualquier idea de que Dios nos haya puesto una especie de examen, y de que podríamos obtener buenas calificaciones mereciéndolas, tiene que ser extirpada. Cualquier idea acerca de una especie de trato -cualquier idea de que podríamos llevar a cabo nuestra parte del contrato y así poner a Dios en deuda con nosotros, de tal manera que, en simple justicia, tuviera que llevar a cabo Su parte-, tiene que ser extirpada.

Pienso que todo aquel que tiene una vaga creencia en Dios, hasta el momento en que se hace cristiano tiene en mente la idea de un examen, de un trato. El primer resultado del verdadero cristianismo es hacer volar esa idea en pedazos. Cuando la encuentran en pedazos, algunas personas piensan que ello significa que el cristianismo es un fracaso, y se retiran. Parecen imaginarse que Dios es bastante simplote. En verdad, por supuesto, El sabe esto perfectamente. Una de las cosas que tiene a cargo el cristianismo es hacer volar en pedazos esta idea. Dios ha estado esperando que descubras que no se trata de ganar una buena nota en este examen, o ponerlo en deuda contigo.

Luego viene otro descubrimiento. Cada una de tus facultades, tu poder de pensar o de mover tus miembros de tiempo en tiempo, te ha sido dada por Dios. Si dedicaras todos los momentos de toda tu vida exclusivamente a Su servicio, no podrías darle nada que en cierto sentido ya no le perteneciera. Así es que cuando hablamos de alguien que hace algo por Dios o le ofrece algo a Dios, te diré de qué se trata exactamente. Es como un niño pequeño que va donde su padre y le dice, “Papá, dame seis peniques para comprarte un regalo de cumpleaños”. Por supuesto, el padre lo hace y se siente complacido con el regalo del niño. Todo es muy agradable y como debe ser, pero sólo un idiota pensaría que el padre ha quedado con seis peniques a su favor en la transacción. Cuando se descubren estas dos cosas, Dios realmente puede comenzar su obra. Es después de esto que comienza la vida real. La persona está despierta ahora. Ahora podemos hablar de la fe en el segundo sentido.

12. FE

Quiero comenzar diciendo algo en lo que quisiera que cada uno de ustedes se fijara cuidadosamente. Es esto. Si este capítulo no significa nada para ti, si parece estar intentando responder preguntas que nunca has planteado, déjalo inmediatamente. No te molestes con él para nada. Hay ciertas cosas en el cristianismo que se pueden entender desde fuera, antes de haberse hecho cristiano. Pero hay muchísimas otras que no se pueden comprender hasta después de haber avanzado un cierto trecho por el camino cristiano. Estas son cosas puramente prácticas, aunque no lo parecen. Son guías para manejarse en ciertas encrucijadas o frente a ciertos obstáculos en el viaje, y no tienen sentido sino hasta haber llegado a esos lugares. Siempre que encuentres alguna afirmación en un escrito cristiano que no significa nada para ti, no te preocupes. Déjala. Vendrá el día, quizás años más tarde, cuando de súbito veas lo que significaba. Si uno pudiera entenderla ahora, tan sólo le haría daño.

Por cierto, todo esto se refiere a mí tanto como a cualquier otro. Lo que voy a intentar explicar en este capítulo puede sobrepasarme. Puedo estar pensando que he llegado allí cuando no lo he hecho. Tan sólo les puedo pedir a los cristianos instruidos que vigilen cuidadosamente, y me avisen si’ me equivoco; y a los otros, que tomen con reservas lo que digo, como algo ofrecido porque puede ser de alguna ayuda, no porque me sienta seguro de estar en lo correcto.

Estoy intentando hablar de la fe en el segundo sentido, el más alto. Dije recién que la cuestión de la fe en este sentido surge después que la persona ha hecho el máximo esfuerzo para practicar las virtudes cristianas, y ha encontrado que falla, y ha visto que aunque pudiera, tan sólo le estaría devolviendo a Dios lo que ya Le pertenecía. En otras palabras, descubre su insolvencia. Ahora, nuevamente, lo que a Dios le importa no son exactamente nuestras acciones. Lo que le importa es que seamos criaturas de una cierta clase o calidad -la clase de criaturas que El dispuso que fuéramos-, criaturas relacionadas con El de una cierta manera. No agrego “y relacionadas entre sí de una cierta manera”, porque eso está incluido: si estás bien con El inevitablemente lo estarás con tus semejantes, tal como si todos los rayos de una rueda están bien ajustados en el cubo y en el aro, de seguro estarán en una buena relación entre sí. Y mientras una persona piense en Dios como en un examinador que le ha dado una especie de tarea, o como la contraparte en una especie de trato -mientras siga pensando en demandas y contrademandas entre él y Dios-, no está todavía en una relación correcta con El. Esa persona comprende mal lo que ella es y lo que Dios es. Y no puede establecer una relación correcta hasta que no haya descubierto el hecho de nuestra insolvencia.

Cuando digo “descubierto”, quiero decir exactamente descubierto: no estoy hablando como loro. Por cierto, cualquier niño, si se le da una cierta clase de educación religiosa, pronto aprenderá a decir que no tenemos nada que ofrecer a Dios que no Le pertenezca ya y que no podemos ofrecerle ni siquiera eso sin retener algo. Pero estoy hablando de descubrir realmente esto: realmente darse cuenta por experiencia de que es verdad.

Ahora bien, en ese sentido, no podemos descubrir nuestro fracaso en cumplir la ley de Dios, si no es intentándolo con toda nuestra fuerza (y luego fallando). A no ser que realmente lo intentemos, no importa lo que digamos, siempre nos quedará en el fondo de la mente la idea de que si lo intentamos con mayor fuerza la próxima vez, lograremos ser completamente buenos. Así, en cierto sentido, el camino de vuelta a Dios es un camino de esfuerzo moral, de tratar con más y más fuerza. Pero, en otro sentido, no es el tratar lo que alguna vez podrá llevamos de vuelta a casa. Todo este tratar conduce al momento vital en que te vuelves a Dios y dices, “Tú debes hacer esto. Yo no puedo”. Les imploro, no comiencen a preguntarse “¿he alcanzado ese momento?” No se instalen a vigilar su mente para ver si ya viene. En verdad eso los hará equivocarse de camino. Cuando nos suceden las cosas más importantes de la vida, a menudo no sabemos, en el momento mismo, lo que está sucediendo. No siempre las personas se dicen, “¡Hey! Estoy creciendo”. Con frecuencia es sólo cuando miran hacia atrás que se dan cuenta de lo que ha pasado y lo reconocen como lo que la gente llama “crecer”. Puede verse esto hasta en las cosas más sencillas. El que comienza a vigilar ansiosamente para ver si se va a dormir, probablemente permanecerá totalmente despierto. De la misma manera, aquello de lo que estoy hablando ahora puede no sucederles a todos como un súbito relámpago, según pasó con San Pablo o Bunyan; puede ser tan gradual que nadie pueda señalar una hora en especial, o ni siquiera un año en especial. Y lo que importa es la naturaleza del cambio en sí, no c6mo nos sentimos cuando está pasando. Es el cambio entre sentir confianza en nuestros propios esfuerzos y ese estado en que perdemos la esperanza de hacer algo por nosotros mismos y se lo dejamos a Dios.

Sé que las palabras “dejárselo a Dios” pueden ser mal interpretadas, pero debo dejarlas por el momento. El sentido en que un cristiano Le deja algo a Dios es que pone toda su confianza en Cristo: confía en que Cristo de alguna manera compartirá con él la perfecta obediencia humana que El mantuvo desde Su nacimiento a Su crucifixión; que Cristo hará al hombre más como El mismo y, en cierto sentido, hará buenas sus deficiencias. En lenguaje cristiano, compartirá Su “ser hijo” con nosotros, nos hará, como El mismo, “Hijos de Dios”. En el Libro IV intentaré analizar un poco más el significado de esas palabras. Si quieren ponerlo así, Cristo ofrece algo por nada: incluso ofrece todo por nada. En cierto sentido, toda la vida cristiana consiste en aceptar esa notable oferta. Pero el problema está en llegar al punto de reconocer que todo lo que hemos hecho y podemos hacer es nada. Lo que habríamos querido es que Dios contara nuestros puntos buenos e ignorara los malos. Por otra parte, en cierto sentido, podría decirse que no se vence ninguna tentación hasta que dejamos de tratar de vencerla, tiramos la esponja. Pero, a la vez, no podrías “dejar de tratar” en el buen sentido y por buenas razones, hasta que hubieras tratado al máximo. Y, en otro sentido aun, entregarle todo a Cristo por supuesto no significa que uno deje de tratar. Confiar en El significa, evidentemente, tratar de hacer todo lo que El dice. No tendría sentido decir que confías en una persona si no vas a seguir su consejo. Así, si realmente te has entregado a El, de ello se debe concluir que estás tratando de obedecerle. Pero tratando de una manera nueva, con menos ansiedad. No haciendo estas cosas para encontrar la salvación, sino porque El ya ha empezado a salvarte. No esperando llegar al Cielo como un premio a tus acciones, sino inevitablemente deseando actuar de una cierta manera porque un primer y débil resplandor del Cielo ya está en ti.

Los cristianos discuten con frecuencia acerca de si lo que lleva a un cristiano de vuelta a casa son las buenas acciones, o la fe en Cristo. Realmente no tengo derecho a hablar frente a tan difícil cuestión, pero sí me parece como preguntar cuál de las hojas de una tijera es más necesaria. Un esfuerzo moral serio es lo único que te llevará al punto en que tiras la esponja. La fe en Cristo es lo único que te salvará de la desesperación en ese punto: y de esa fe en El inevitablemente saldrán buenas acciones. En el pasado, diferentes grupos de cristianos se han visto acusados por otros cristianos de creer en dos parodias de la verdad; quizás ellas puedan hacer más clara la verdad. Un grupo fue acusado de decir “las buenas acciones son todo lo que importa. La mejor buena acción es la caridad. La mejor clase de caridad es dar dinero. La mejor cosa a la que dar dinero es la Iglesia. Así es que entréguennos diez mil libras y estarán al otro lado”. Por supuesto, la respuesta a esa tontería sería que las buenas acciones hechas por ese motivo, hechas con la idea de que el Cielo se puede comprar, no serían para nada buenas acciones, sino sólo especulaciones comerciales. El otro grupo fue acusado de decir “la fe es todo lo que importa. En consecuencia, si tienes fe, no importa lo que hagas. Peca, hijo mío, y pásalo bien y Cristo se encargará de que al final eso no haga ninguna diferencia”. La respuesta a esa tontería es que si lo que llamas tu “fe” en Cristo no implica tomar en cuenta para nada lo que El dice, entonces no es en absoluto fe, ni fe ni confianza en El, sino tan sólo aceptación intelectual de alguna teoría acerca de El.

La Biblia parece realmente decidir la cuestión cuando pone las dos cosas juntas en una asombrosa frase. La primera mitad es, “Sigan procurando su salvación con temor y temblor”, que hace parecer como si todo dependiera de nosotros y de nuestras buenas acciones; pero la segunda mitad sigue, “Pues Dios es el que produce en ustedes tanto el querer como el actuar”, que hace parecer como si Dios hiciera todo y nosotros nada. Temo que es el tipo de cosa con que nos encontramos en el cristianismo. Me deja perplejo, pero no me sorprende. Como ven, estamos tratando ahora de entender, y de separar en compartimientos herméticos lo que exactamente hace Dios y lo que hace el hombre cuando Dios y hombre trabajan juntos. Y, desde luego, empezamos pensando que es como dos hombres que trabajan juntos, de manera que se pueda decir, “El hizo esta parte y yo hice ésa”. Pero esta manera de pensar falla. Dios no es así. Está tanto dentro de ti como afuera; incluso si pudiéramos comprender quién hizo qué, no creo que el lenguaje humano pudiera expresarlo de manera apropiada. Al intentar hacerla, las diferentes Iglesias dicen cosas diferentes. Pero encontrarán que incluso aquellos que insisten con más energía en la importancia de las buenas acciones, te dicen que necesitas fe; e incluso aquellos que insisten con más energía en la fe, te dirán que hagas buenas acciones. En todo caso, es lo más lejos que puedo llegar.

Creo que todos los cristianos estarían de acuerdo conmigo si dijera que aunque el cristianismo al principio parece girar completamente en torno a la moral, a deberes y normas y culpa y virtud, sin embargo te lleva, a partir de todo ello, hacia algo más allá. Uno vislumbra una comarca donde no hablan de estas cosas, excepto quizás como una broma. Todo allí está lleno de lo que podríamos llamar bondad, tal como un espejo está lleno de luz. Pero no lo llaman bondad. No lo llaman nada. Están demasiado ocupados mirando la fuente de la cual proviene. Pero esto está cerca del nivel donde el camino pasa por sobre los confines de nuestro mundo. Los ojos de nadie pueden ver más allá de eso; los ojos de muchos pueden ver más que los míos.

 

LIBRO CUARTO

MAS ALLA DE LA PERSONALIDAD:
O PRIMEROS PASOS EN LA DOCTRINA DE LA TRINIDAD

 

 

1. HACER Y ENGENDRAR

Todos me han advertido que es mejor no decirles lo que vaya decirles en este último Libro. Dicen, “el lector común no quiere teología; déle religión sencilla y práctica”. No he seguido ese consejo. Creo que el lector común no es tan tonto. Teología significa “la ciencia de Dios”, y creo que cualquier persona que desee pensar en Dios querrá tener las más claras y exactas ideas disponibles acerca de El. Ustedes no son niños, ¿por qué tratarlos como tales?

En cierta forma, entiendo perfectamente por qué a ciertas personas las desconcierta la teología. Recuerdo una vez cuando estaba dando una charla en la Fuerza Aérea, que un viejo oficial, de esos endurecidos y obstinados, se levantó y dijo, “todo eso no me sirve para nada. Pero, vea usted, también soy un hombre religioso. Sé que hay Dios. Lo he sentido: allá en el desierto, en la noche, a solas: el terrible misterio. Y justamente por eso no creo en esas fórmulas y dogmas tan compuestitos acerca de El. Para cualquiera que se haya topado con la cosa real, ¡parecen tan mezquinos y pedantes e irreales!”

Ahora, en cierto sentido, estaba totalmente de acuerdo con ese hombre. Creo que probablemente él había tenido una real experiencia de Dios en el desierto. Y cuando se volvió de esa experiencia a los credos cristianos, creo que realmente se estaba volviendo desde algo real a algo menos real. Del mismo modo, si una vez una persona ha mirado el Atlántico desde la playa, y luego va y mira un mapa del Atlántico, también estará volviéndose de algo real a algo menos real: yendo de las olas reales a un pedazo de papel coloreado. Y aquí viene el punto. El mapa es reconocida mente sólo papel coloreado, pero hay dos cosas de él que debemos recordar. En primer lugar, se basa en lo que cientos y miles de personas han descubierto al navegar por el verdadero Atlántico. De esa forma, tiene tras sí masas de experiencia tan reales como la que puedes tener desde la playa; tan sólo que, mientras el tuyo es un solo vistazo, en el mapa se juntan todas esas diferentes experiencias. En segundo lugar, si quieres ir a cualquier lugar, el mapa es absolutamente necesario. Mientras te satisfagas con caminatas por la playa, lo que tus propios ojos avizoran es mucho más entretenido que un mapa. Pero el mapa será más útil que las caminatas por la playa si lo que quieres es viajar a América.

Ahora bien, la teología es como el mapa. El simple aprender y pensar en las doctrinas cristianas, si uno se detiene allí, es menos real y menos emocionante que la clase de cosa que mi amigo conoció en el desierto. Las doctrinas no son Dios: son tan sólo una especie de mapa. Pero ese mapa está basado en la experiencia de cientos de personas que realmente estaban en contacto con Dios, experiencias comparadas con las cuales las emociones o sentimientos piadosos que ustedes o yo podamos tener son muy elementales y muy confusos. Yen segundo lugar, si quieren llegar más lejos tienen que usar el mapa. Vean ustedes, lo que le sucedió a ese hombre en el desierto puede haber sido real, y ciertamente fue emocionante, pero nada sale de ello. No lleva a ninguna parte. No se puede hacer nada al respecto. De hecho, ésa es la razón de que una religión vaga -todo eso de sentir a Dios en la naturaleza y cosas por el estilo- sea tan atractiva. Es todo emociones y nada de trabajo; como mirar las olas desde la playa. Pero no llegarás a Terranova estudiando el Atlántico de esa manera, y no ganarás la vida eterna simplemente sintiendo la presencia de Dios en las flores o en la música. Tampoco llegarás a ninguna parte mirando mapas sin ir al mar. Ni estarás demasiado seguro si te internas en el mar sin un mapa.

En otras palabras, la teología es práctica, y lo es especialmente ahora. En tiempos antiguos, cuando había menos educación y se debatía menos sobre las cosas, quizás era posible arreglárselas con unas pocas ideas muy simples acerca de Dios. Pero no es así ahora. Todos leen, todos escuchan debates sobre las cosas. En consecuencia, si no escuchas sobre teología, ello no significa que no tengas ideas acerca de Dios. Significa que tienes un montón de ideas equivocadas, ideas malas, confusas, anticuadas. Porque muchas de las ideas acerca de Dios que hoy se sacan a relucir como novedades, son simplemente las mismas que verdaderos teólogos ensayaron hace siglos, y rechazaron. Creer en la religión popular de la Inglaterra moderna es regresión, como creer que la Tierra es plana.

Porque, cuando se la mira bien, ¿no es la idea popular del cristianismo simplemente esto: que Jesucristo fue un gran maestro moral y que si tan sólo siguiéramos Sus consejos podríamos establecer un mejor orden social y evitar otra guerra? Ahora, véanlo, eso es verdad. Pero dice mucho menos que la verdad completa acerca del cristianismo, y no tiene ninguna importancia práctica.

Es verdad que si siguiéramos los consejos de Cristo pronto estaríamos viviendo en un mundo más feliz. Ni siquiera tienes que ir tan lejos, ni siquiera tienes que pensar en Cristo. Si hiciéramos todo lo que Platón o Aristóteles o Confucio nos dijeron, nos iría mucho mejor de lo que nos va. ¡Yeso qué! Nunca hemos seguido los consejos de los grandes maestros. ¿Por qué empezaríamos ahora? ¿Por qué íbamos a seguir a Cristo, y no a los otros? ¿Porque El es el mejor maestro moral? Pero eso hace aun menos probable que Lo siguiéramos. Si no podemos tomar los cursos elementales, ¿hay alguna posibilidad de que tomemos el avanzado? Si el cristianismo no es más que otro poco de buenos consejos, entonces carece de importancia. No ha habido falta de buenos consejos en los últimos cuatro mil años. Un poco más no hace ninguna diferencia.

Pero tan pronto como miras cualquier escrito realmente cristiano, encuentras que hablan de algo completamente diferente a la religión popular. Dicen que Cristo es el Hijo de Dios (sea lo que sea que eso signifique). Dicen que aquellos que confían en El también pueden llegar a ser Hijos de Dios (sea lo que sea que eso signifique). Dicen que Su muerte nos salvó de nuestros pecados (sea lo que sea que eso signifique).

No sirve para nada quejarse de que estas declaraciones son difíciles. El cristianismo pretende estarnos hablando de otro mundo, de algo que está tras el mundo que podemos tocar y escuchar y ver. Pueden creer que esa pretensión es falsa; pero si fuera verdadera, lo que nos dice tendría que ser difícil, al menos tan difícil como la física moderna, y por la misma razón.

Ahora, el punto en el cristianismo que más nos asombra es la declaración según la cual al unimos a Cristo podemos “llegar a ser Hijos de Dios”. Uno pregunta, “¿no somos ya Hijos de Dios? ¿No es la paternidad de Dios una de las principales ideas cristianas?” Bien, en cierto sentido ya somos hijos de Dios. Quiero decir, Dios nos dio la existencia y nos ama y nos cuida, y en ese sentido es como un padre. Pero cuando la Biblia habla de “llegar a ser” Hijos de Dios, obviamente debe estar refiriéndose a algo diferente. Y ello nos lleva al centro mismo de la teología.

Uno de los credos[7] dice que Cristo es el Hijo de Dios “engendrado, no creado”; y agrega “nacido del Padre antes de todos los siglos”. ¿Podrían, por favor, entender claramente que esto no tiene nada que ver con el hecho de que cuando Cristo nació en la tierra como un hombre, ese hombre era el hijo de una virgen? No estamos pensando ahora en el Nacimiento Virginal. Estamos pensando en algo que sucedió antes que la Naturaleza fuera creada, antes que empezara el tiempo. “Antes de todos los siglos” Cristo fue engendrado, no creado. ¿Qué significa esto?

No se usan mucho las palabras engendrar engendrado en el lenguaje actual, pero todos saben aún lo que significan. Engendrar es ser el padre de; crear es hacer. Y la diferencia es ésta. Cuando tú engendras, engendras algo de la misma clase que tú. Un hombre engendra bebés humanos, un castor engendra castorcitos y un pájaro engendra huevos que se transforman en pajaritos. Pero cuando haces, haces algo diferente de ti mismo. Un pájaro hace un nido, un castor construye un dique, un hombre fabrica un aparato de radio, o puede hacer algo más parecido a sí mismo que una radio, digamos, una estatua. Si es un talla dar lo suficientemente hábil, puede hacer una estatua realmente muy parecida a un hombre. Pero, por supuesto, no es un hombre de verdad; sólo se le parece. No puede respirar o pensar. No está viva.

Ahora, eso es lo primero que hay que tener claro. Lo que Dios engendra es Dios, tal como lo que el hombre engendra es hombre. Lo que Dios crea no es Dios, tal como lo que el hombre hace no es humano. Es por ello que los hombres no son Hijos de Dios en el mismo sentido que Cristo lo es. Pueden ser como Dios en ciertos aspectos, pero no son cosas de la misma especie. Son más como estatuas o retratos pintados de Dios.

Una estatua tiene la forma de un hombre, pero no está viva. Del mismo modo, el hombre tiene (en un sentido que voy a explicar) la “forma” de, o semejanza a Dios, pero no tiene la clase de vida que Dios tiene. Tomemos el primer punto (la semejanza del hombre con Dios). Todo lo que Dios ha hecho tiene alguna semejanza con El. El espacio es como El en su inmensidad: no es que la grandeza del espacio sea igual a la grandeza de Dios, pero es una especie de símbolo de ella, o una traducción de ella a términos no espirituales. La materia es como Dios en cuanto tiene energía: aunque, nuevamente, por supuesto, la energía física es una cosa diferente al poder de Dios. El mundo vegetal es como El porque está vivo, y El es el “Dios viviente”. Pero la vida, en este sentido biológico, no es igual a la vida que hay en Dios: es sólo una especie de símbolo o sombra de ella. Cuando llegamos a los animales, encontramos otros parecidos, además de la vida biológica. La intensa actividad y fertilidad de los insectos, por ejemplo, es una primera y pálida imagen de la incesante actividad y creatividad de Dios. En los mamíferos superiores tenemos el comienzo del afecto instintivo. No es lo mismo que el amor que existe en Dios, pero es como ese amor, un poco en el sentido en que un dibujo hecho en una hoja de papel puede, sin embargo, ser “como” un paisaje. Cuando llegamos al hombre, el animal eminentemente superior, tenemos la imagen más completa de Dios que conocemos. (Puede haber criaturas en otros mundos que sean más semejantes a Dios que el hombre, pero no las conocemos). El hombre no sólo vive, sino que ama y razona: la vida biológica alcanza en él el nivel más alto conocido.

Pero lo que el hombre, en su condición natural, no tiene, es vida espiritual: la clase de vida que existe en Dios, superior y diferente. Usamos la misma palabra vida para ambas; pero si eso lleva a pensar que se trata de la misma cosa, sería como pensar que la “grandeza” del espacio y la “grandeza” de Dios son la misma clase de grandeza. En realidad, la diferencia entre la vida biológica y la vida espiritual es tan importante, que voy a darles dos nombres distintos. La clase biológica, que nos viene de la Naturaleza y que (como todas las cosas de la Naturaleza) siempre tiende a agotarse y decaer, de tal manera que sólo puede mantenerse con incesantes subsidios de la Naturaleza en la forma de aire, agua, alimento, etc., es Bios. La vida espiritual, que está en Dios desde toda la eternidad y que hizo todo el universo natural, es Zoe. Bios tiene, indudablemente, una cierta semejanza impalpable o simbólica conZoe, pero sólo el tipo de semejanza que hay entre una fotografía y un lugar, o una estatua y un hombre. El cambio de una persona que pasara de tener Bios a tener Zoe sería tan grande como el de una estatua que, de piedra tallada, se transformara en un hombre real.

Y de eso se trata precisamente el cristianismo. Este mundo es el taller de un gran escultor. Nosotros somos las estatuas, y corre un rumor por ahí de que algún día, algunos de nosotros comenzaremos a vivir.

2. EL DIOS TRIPERSONAL

El último capítulo trató acerca de la diferencia entre engendrar y hacer. Un hombre engendra un niño, pero sólo hace una estatua. Dios engendra a Cristo, pero sólo hace a los hombres. Pero al decir eso, he ilustrado únicamente un punto acerca de Dios, esto es, que lo que Dios Padre engendra es Dios, algo de la misma clase que El mismo. En ese sentido es como un hombre que engendra a un hijo humano. Pero no exactamente. Así es que intentaré explicar un poco más.

Actualmente, mucha gente dice, “Creo en un Dios, pero no en un Dios personal”. Sienten que ese misterioso algo que está tras todas las cosas tiene que ser algo más que una persona. Ahora bien, los cristianos están de acuerdo con eso. Pero los cristianos son las únicas personas que ofrecen alguna idea acerca de cómo sería un ser que está más allá de la personalidad. El resto de la gente, aunque dice que Dios está más allá de la personalidad, en verdad piensa en El como algo impersonal; esto es, algo que es menos que personal. Si estás buscando algo suprapersonal, algo más que una persona, entonces no es cuestión de elegir entre la idea cristiana y las otras ideas. La idea cristiana es la única en el mercado.

Por otra parte, algunas personas piensan que después de esta vida, o quizás después de varias vidas, las almas humanas serán “absorbidas” en Dios. Pero cuando tratan de explicar lo que quieren decir, parecen estar pensando que nuestro ser absorbidos por Dios es como el de una cosa material que se ve absorbida en otra. Dicen que es como una gota de agua que cae al mar. Pero, por supuesto, ése es el fin de la gota. Si eso es lo que nos pasa a nosotros, entonces ser absorbidos es lo mismo que dejar de existir. Únicamente los cristianos tienen una idea acerca de cómo las almas humanas pueden ser tomadas por la vida de Dios y, sin embargo, permanecer siendo ellas mismas; de hecho, mucho más ellas mismas de lo que eran antes.

Les advertí que la teología era práctica. El único propósito de nuestra existencia es ser tomados así en la vida de Dios. Las ideas erróneas acerca de lo que es esa vida lo harán más difícil. y ahora, durante unos minutos, debo pedirles que me sigan con atención.

Todos saben que en el espacio uno puede moverse en tres sentidos: de izquierda a derecha, hacia atrás o hacia adelante, hacia arriba o hacia abajo. Cada dirección es una de esas tres o una combinación entre ellas. Son llamadas las tres Dimensiones. Ahora adviertan esto. Si están usando sólo una dimensión, sólo pueden dibujar una línea recta. Si están utilizando dos, pueden dibujar una figura; por ejemplo, un cuadrado. Y un cuadrado está compuesto de cuatro líneas rectas. Ahora un paso adelante. Si tienen tres dimensiones, pueden construir lo que llamamos un cuerpo sólido; digamos, un cubo, algo como un dado o un terrón de azúcar. Y un cubo está hecho de seis cuadrados.

¿Ven el punto? Un mundo de una dimensión sería una línea recta. En un mundo bidimensional, todavía tienen líneas rectas, pero muchas líneas hacen una figura. En un mundo tridimensional, todavía obtienen figuras, pero muchas figuras hacen un cuerpo sólido. En otras palabras, a medida que se avanza a niveles más reales y más complicados, no se dejan atrás las cosas que se encontraron en los niveles más simples; todavía se las tiene, pero combinadas de nuevas maneras; maneras inimaginables si sólo se conocieran los niveles más simples.

Ahora, la explicación que los cristianos hacen de Dios implica idénticos principios. El nivel humano es un nivel simple y algo vacío. En el nivel humano una persona es un ser, y dos personas son siempre dos seres separados; tal como en dos dimensiones (digamos, en una hoja plana de papel) un cuadrado es una figura, y dos cuadrados cualesquiera son dos figuras separadas. En el nivel divino todavía se encuentran personalidades; pero allá arriba se encuentran combinadas de nuevas maneras, que nosotros, que no habitamos ese nivel, somos incapaces de imaginar. En la dimensión de Dios, por así decido, encontramos un ser que es tres Personas mientras sigue siendo un Ser, tal como un cubo es seis cuadrados mientras permanece siendo un solo cubo. Por supuesto nosotros no podemos concebir plenamente un Ser como ése, como tampoco podríamos jamás imaginamos adecuadamente un cubo, si estuviéramos hechos de una manera tal que sólo nos permitiera percibir dos dimensiones en el espacio. Pero podemos tener una especie de débil noción de él. Y cuando la logramos, por primera vez en nuestras vidas estamos llegando a una idea positiva, por débil que sea, de algo superpersonal, algo más que una persona. Es algo que jamás podríamos haber concebido, y sin embargo, una vez que se nos lo dice, casi sentimos que deberíamos haber podido imaginado, porque calza tan bien con todas las cosas que ya sabemos.

Podrían preguntar, “Si somos incapaces de imaginar un Ser tripersonal, ¿de qué sirve hablar de El?” Bien, no se saca nada con hablar de El. Lo que importa es ser en realidad atraído a esa vida tripersonal, y ello puede comenzar en cualquier momento; esta noche, por ejemplo.

Lo que quiero decir es esto: un cristiano común y corriente se hinca para decir sus oraciones. Está tratando de ponerse en contacto con Dios. Pero si es cristiano, sabe que lo que lo está impulsando a rezar también es Dios: Dios, por así decido, adentro de él. Y también sabe que todo su conocimiento real de Dios viene a través de Cristo, el Hombre que era Dios; que Cristo está a su lado, ayudándolo a rezar, rezando por él. Pueden ver lo que está pasando. Dios es aquello a lo cual le está rezando, la meta que está intentando alcanzar. Dios es también eso que se encuentra en su interior y que lo impulsa, la fuerza motriz. Dios es también el camino o el puente a lo largo del cual es empujado hacia esa meta. De tal manera que la totalidad de la vida tripartita del Ser tripersonal está de hecho operando en ese pequeño dormitorio corriente, donde un hombre corriente está diciendo sus oraciones. El hombre está siendo arrastrado a las formas más altas de vida, lo que llamé Zoe o vida espiritual: está siendo llevado a Dios, por Dios, mientras sigue siendo él mismo.

Y así fue como comenzó la teología. La gente ya sabía acerca de Dios de una manera vaga. Luego vino un hombre que afirmaba ser Dios; y, sin embargo, no era la clase de hombre que uno puede despachar como un lunático. Hizo que creyeran en El. Estuvieron con El tras haber visto como Lo mataban. Y entonces, después que se habían constituido en una pequeña sociedad o comunidad, encontraron a Dios de algún modo también adentro de ellos: dirigiéndolos, haciéndolos capaces de realizar cosas que antes no podían hacer. Y cuando trabajosamente reflexionaron en todo ello, encontraron que habían llegado a la definición cristiana de un Dios tripersonal.

Esta definición no es algo que hayamos inventado. La teología es, en cierto sentido, una ciencia experimental. Son las religiones simples las que son inventadas. Cuando afirmo que es una ciencia experimental “en cierto sentido”, quiero decir que es como las otras ciencias experimentales en algunos sentidos, pero no en todos. Si eres un geólogo que estudia rocas, tienes que ir y encontrar las rocas. Ellas no vendrán a ti, y si tú vas a ellas, no pueden huir. Toda la iniciativa está de tu lado. Las rocas no pueden ni ayudar ni obstaculizar. Pero supongamos que eres un zoólogo y quieres tomar fotografías de animales salvajes en sus guaridas naturales. Eso ya es un poco diferente que estudiar rocas. Los animales salvajes no vendrán a ti, pero sí pueden huir de ti. A no ser que te mantengas muy quieto, lo harán. Está comenzando a haber un pequeñísimo vestigio de iniciativa de su parte.

Ahora un peldaño más arriba: supongamos que quieres llegar a conocer a una persona. Si esa persona está decidida a no permitírtelo, no llegarás a conocerla. Tienes que ganarte su confianza. En este caso, la iniciativa está dividida por partes iguales: se necesitan dos para establecer una amistad.

Cuando se trata de conocer a Dios, la iniciativa es Suya. Si El no Se muestra, nada de lo que hagas te permitirá encontrarlo. Y, de hecho, El muestra mucho más de Sí mismo a algunas personas que a otras, no porque tenga favoritos, sino porque es imposible para El mostrarse a una persona cuya mente y carácter están en condición totalmente inadecuada para ello. Es como la luz del sol, que aunque no tiene favoritos, no puede reflejarse en un espejo polvoriento con la misma claridad que en uno limpio.

Podemos poner esto de otra manera, diciendo que mientras en otras ciencias los instrumentos que se usan son cosas externas a uno (cosas como microscopios y telescopios), el instrumento a través del cual vemos a Dios es la totalidad de nuestro ser. Y si el ser de un hombre no se mantiene limpio y brillante, lo que pueda vislumbrar de Dios será borroso, como la luna vista a través de un telescopio sucio. Tal es la razón de que las naciones horribles tengan religiones horribles: han estado mirando a Dios a través de lentes sucios.

Dios puede mostrarse a Sí mismo tal como realmente es sólo a hombres verdaderos. Y esto significa no simplemente a hombres que son individualmente buenos, sino a hombres que están unidos entre sí en un solo cuerpo, amándose mutuamente, ayudándose mutuamente, hombres que se muestran a Dios unos a otros. Porque así fue como Dios quiso que fuera la humanidad; como músicos de una misma banda, como órganos de un mismo cuerpo.

En consecuencia, el instrumento realmente adecuado para aprender acerca de Dios es la totalidad de la comunidad cristiana, todos sus miembros unidos esperándolo a El. La hermandad cristiana es, por así decirlo, el equipo tecnológico de esta ciencia, los pertrechos de laboratorio. Es por eso que toda esta gente que aparece cada ciertos años con una nueva religión simplificada que ellos mismos se han hecho como sustituto de la tradición cristiana, en realidad están perdiendo el tiempo. Es como un hombre que no tiene más instrumentos que un viejo par de anteojos de campaña, y que se apresta a enmendarles la plana a todos los verdaderos astrónomos. Puede ser un sujeto hábil, puede que sea más hábil que algunos verdaderos astrónomos, pero no tiene ninguna posibilidad. Y dos años más tarde todos se han olvidado completamente de él, mientras la ciencia verdadera todavía sigue ahí.

Si el cristianismo fuera algo que estuviéramos inventando, por supuesto lo podríamos hacer más fácil. Pero no lo es. No podemos competir, en simplicidad, con la gente que inventa religiones. ¿Cómo podríamos hacerlo? Nosotros nos enfrentamos a los Hechos. Por supuesto, cualquiera puede ser simple si no tiene que ocuparse de hechos.

3. TIEMPO Y MAS ALLA DEL TIEMPO

Una idea muy tonta es esa de que al leer un libro, no debes “saltarte” partes. Toda la gente sensata se salta con toda libertad los capítulos que a su parecer no le van a servir de nada. En este capítulo voy a hablar acerca de algo que puede significar alguna ayuda para ciertos lectores, pero que para otros puede parecer una mera complicación innecesaria. Si alguien pertenece a la segunda clase de lectores, le aconsejo no molestarse en absoluto con este capítulo, y pasar al siguiente.

En el último capítulo tuve que tocar el tema de la oración, y mientras todavía está fresco en sus mentes y en la mía, me gustaría referirme a una dificultad que algunas personas tienen frente a toda la idea de la oración. Un hombre me la hizo presente diciendo, “puedo creer en Dios, pero lo que no me puedo tragar es la idea de El atendiendo a varios cientos de millones de seres humanos que se dirigen a El al mismo tiempo”. Y me he encontrado con mucha gente que siente esto.

Ahora bien, lo primero que hay que advertir es que toda la fuerza de esa idea está en las palabras al mismo tiempo. La mayoría de nosotros se puede imaginar a Dios atendiendo cualquier cantidad de suplicantes si tan sólo se presentaran de a uno y El tuviera un tiempo sin fin para ello. Así es que lo que en verdad está tras esta dificultad es la idea de Dios teniendo que meter demasiadas cosas en un solo instante de tiempo.

Eso, por supuesto, es lo que nos sucede a nosotros. Nuestra vida nos llega momento a momento. Un momento desaparece antes de que venga el siguiente; y en cada uno hay espacio para muy poco. Así es el Tiempo. Y, por supuesto, ustedes y yo tendemos a dar por sentado que estas series de Tiempo -esta disposición de pasado, presente y futuro- no constituyen simplemente la forma en que la vida llega a nosotros, sino la forma en que todas las cosas existen. Tendemos a asumir que todo el universo, y Dios mismo, siempre se están moviendo del pasado al futuro, igual que nosotros. Pero muchos hombres doctos no están de acuerdo con eso. Fueron los teólogos los que primero empezaron con la idea de que algunas cosas no están en absoluto en el Tiempo; más tarde la continuaron los filósofos; y actualmente algunos científicos hacen lo mismo.

Casi con toda certeza, Dios no está en el Tiempo. Su vida no consiste de momentos que se siguen unos a otros. Si un millón de personas Le están rezando a las diez y media esta noche, El no necesita escucharlas a todas en ese pedacito que llamamos las diez y media. Las diez y media -y todos los demás instantes desde el inicio del mundo- son siempre el Presente para El. Si quieren ponerlo así, El tiene toda la eternidad para escuchar esa fracción de segundo de oración que dice un piloto mientras su avión se estrella en llamas.

Es difícil, lo sé. Déjenme intentar mostrarles algo, no lo mismo, pero parecido en cierta forma. Supongamos que estoy escribiendo una novela. Escribo “María dejó lo que estaba haciendo; al momento siguiente, alguien golpeó la puerta”. Para María, que tiene que vivir en el mundo imaginario de mi historia, no hay intervalo entre dejar su trabajo y escuchar el golpe. Pero yo, que soy el hacedor de María, no vivo para nada en ese mundo imaginario. Entre escribir la primera mitad de esa frase y la segunda, puedo sentarme durante tres horas y pensar continuamente en María. Podría pensar en María como si fuera el único personaje del libro y tanto como quisiera, y las horas pasadas en eso no aparecerían en el tiempo de María (el tiempo de la historia).

Por supuesto, ésta no es una ilustración perfecta. Pero puede permitir vislumbrar lo que creo que es la verdad. Dios no anda apurado en la corriente del Tiempo de este universo, como no lo está un autor en el tiempo imaginario de su novela. Tiene infinita atención para dar a cada uno de nosotros. No tiene que ocuparse de nosotros en masa. Estás tan a solas con El como si fueras el único ser que El hubiera creado. Cuando Cristo murió, murió por ti individualmente, como si hubieras sido el único hombre del mundo.

En lo que mi ilustración se cae en pedazos, es en esto: en ella el autor sale de una serie temporal (la real). Pero Dios, según creo, no vive en ninguna serie temporal. Su vida no se escurre de momento en momento como la nuestra: con El es, por así decirlo, todavía 1920 y ya 1960. Porque Su vida es El mismo.

Si se representan el Tiempo como una línea recta a lo largo de la cual debemos viajar, entonces deben representarse a Dios como toda la página en la que está dibujada la línea. Nosotros llegamos a las distintas partes de esta línea una por una: tenemos que dejar atrás A antes de llegar a B, y’ no podemos alcanzar C hasta haber dejado B atrás. Dios, desde arriba o desde fuera o todo alrededor, contiene toda la línea, y la ve entera.

Vale la pena intentar aprehender esta idea, porque elimina algunas dificultades aparentes del cristianismo. Antes de hacerme cristiano, una de mis objeciones era la siguiente: los cristianos decían que el Dios eterno que está en todas partes y hace funcionar todo el universo, en cierto momento se hizo un ser humano. Bien, entonces, decía yo, ¿cómo siguió funcionando el universo mientras El era un bebé, o cuando dormía? ¿Cómo podía El ser al mismo tiempo el Dios que lo conoce todo y un hombre que les preguntaba a sus discípulos, “quién me tocó”? Advertirán que el punto está en las palabras que indican temporalidad: “mientras El era un bebé”; “¿Como podía El ser al mismo tiempo?” En otras palabras, yo estaba asumiendo que la vida de Cristo como Dios estaba en el tiempo, y que Su vida como el hombre Jesús en Palestina era un período más corto sacado de ese tiempo, tal como el período en que serví en el ejército fue una parte sacada de la totalidad de mi vida. Y así es como la mayoría de nosotros tiende a pensar el asunto. Nos imaginamos a Dios viviendo un período en que Su vida humana estaba en el futuro; luego llegando a un período en que El podía mirarla hacia atrás como algo del pasado. Pero probablemente esto no corresponde a nada en los hechos reales. La vida terrenal de Cristo en Palestina no se puede poner en ningún tipo de relación temporal con Su vida como Dios más allá del espacio y del tiempo. Sugiero que es realmente una verdad eterna acerca de Dios el que la naturaleza humana, y la experiencia humana de debilidad y sueño e ignorancia, están de alguna manera incluidas en la totalidad de Su vida divina. Desde nuestro punto de vista, esta vida humana en Dios es un período particular de la historia de nuestro mundo (desde el año 1 D.C. hasta la Crucifixión). En consecuencia, la imaginamos también como un período en la historia de la propia existencia de Dios. Pero Dios no tiene historia. Es demasiado completa y totalmente real para tenerla. Porque, por supuesto, tener historia significa perder parte de tu realidad (ya que se ha ido en el tiempo, se ha quedado en el pasado) y no tener todavía otra parte (ya que aún está en el futuro); de hecho, no tener nada sino el pequeñísimo presente, que se ha ido antes de que puedas hablar de él. Dios no quiera que pensemos que Dios es así. Hasta nosotros podemos esperar que no estaremos siempre racionados en esa forma.

Otra dificultad con la que nos topamos si creemos que Dios está en el tiempo, es ésta: todos los que creen en Dios creen que El sabe lo que ustedes y yo vamos a hacer mañana. Pero si El sabe que voy a hacer esto y lo otro, ¿cómo voy a ser libre para hacer otra cosa? Bien, otra vez aquí la dificultad viene de pensar que Dios -al igual que nosotros- está avanzando por la línea del Tiempo, con la única diferencia de que El puede ver hacia adelante, y nosotros no. Bien, si eso fuera verdad, si Dios previera nuestros actos, sería muy difícil comprender cómo podríamos ser libres para no hacerlos. Pero supongamos que Dios está afuera y por sobre la línea del Tiempo. En ese caso, lo que llamamos “mañana” es visible para El del mismo modo en que lo es lo que llamamos “hoy”. Todos los días son “Ahora” para El. No es que El te recuerde haciendo cosas ayer; El simplemente te ve haciéndolas, porque aunque tú hayas perdido el ayer, El no lo ha hecho. El no te “prevé” haciendo cosas mañana; simplemente te ve haciéndolas, porque aunque el mañana no ha llegado aún para ti, sí lo ha hecho para El. Nunca has creído que tus acciones de este momento son menos libres porque Dios sabe lo que estás haciendo. Bien, El conoce lo que harás mañana de la misma manera, porque ya está en el mañana y simplemente puede observarte. En cierto sentido, El no conoce tu acción hasta que la has hecho; pero entonces el momento en que la has hecho ya es “Ahora” para El.

Esta idea me ha ayudado bastante. Si no los ayuda a ustedes, déjenla. Es una “idea cristiana” en el sentido de que grandes y sabios cristianos han creído en ella y no tiene nada contrario al cristianismo. Pero no está en la Biblia ni en ninguno de los credos. Se puede ser un buen cristiano sin aceptarla, o en verdad sin pensar para nada en el asunto.

4. BUENA INFECCIÓN

Comienzo esta capítulo pidiéndoles que se formen una cierta imagen claramente en sus mentes. Imagínense dos libros uno sobre otro en una mesa. Obviamente el libro de abajo mantiene arriba al otro, lo sostiene. Es por este libro de abajo que el de arriba está, digamos, dos pulgadas por encima de la superficie de la mesa en vez de tocándola. Llamemos al libro de abajo libro A y al de arriba, B. La posición de A está causando la posición de B. ¿Está claro? Ahora imaginemos -en verdad no podría pasar, pero servirá como ilustración-, imaginemos que ambos libros han estado en esa posición por los siglos de los siglos. En ese caso, la posición de B siempre habría sido consecuencia de la posición de A. De igual modo, la posición de A no habría existido antes de la posición de B. En otras palabras, la consecuencia no viene después de la causa. Por supuesto, las consecuencias generalmente tienen esa característica: te comes el pepino primero y tienes la indigestión después. Pero no es así con todas las causas y consecuencias. En un momento verán por qué creo que esto es importante.

Dije algunas páginas atrás que Dios es un Ser que contiene tres Personas y permanece como un solo Ser, tal como un cubo contiene seis cuadrados mientras sigue siendo un solo cuerpo. Pero tan pronto empiezo a tratar de explicar cómo se conectan estas tres Personas, tengo que usar palabras que lo hacen sonar como si una de ellas hubiera estado ahí antes que las otras. La Primera Persona es llamada el Padre, y la Segunda, el Hijo. Decimos que la Primera engendra o produce a la Segunda; lo llamamos engendrar, no hacer, porque lo que El produce es de la misma clase que El mismo. En ese sentido, la palabra Padre es la única que podemos utilizar. Pero desgraciadamente sugiere que El estaba ahí primero, tal como un padre humano existe antes que su hijo. Pero no es así. No hay antes ni después en esto. Y es por ello que creo importante aclarar cómo una cosa puede ser la fuente, o causa, u origen de otra, sin estar ahí antes. El Hijo existe porque el Padre existe, pero nunca hubo un tiempo antes de que el Padre produjera al Hijo.

Quizás la mejor manera de pensar esto es la siguiente. Les pedí recién que imaginaran esos dos libros, y probablemente la mayoría de ustedes lo hizo. Esto es, realizaron un acto de imaginación y como consecuencia tuvieron una imagen mental. Obviamente el acto de imaginación fue la causa y la imagen mental, la consecuencia. Pero ello no significa que primero imaginaron y luego obtuvieron la imagen. En el momento en que lo hicieron, la imagen estaba ahí. La voluntad de ustedes les mantenía la imagen al frente todo el tiempo. Y sin embargo, el acto de voluntad y la imagen comenzaron exactamente en el mismo momento y terminaron al mismo tiempo. Si hubiera un Ser que siempre había existido y siempre hubiera estado imaginando una cosa, su acto siempre habría estado produciendo una imagen mental; pero la imagen sería igualmente eterna que el acto.

Del mismo modo, debemos pensar el Hijo como siempre -por así decirlo- fluyendo del Padre, como la luz sale de la lámpara, o el calor emana del fuego, o los pensamientos brotan de la mente. El Hijo es la manifestación del Padre, lo que el Padre tiene que decir. Y jamás hubo un tiempo en que no estuviera diciéndolo. Pero, ¿han notado lo que está sucediendo? Todas estas imágenes de luz o calor están haciéndolo sonar como si el Padre y el Hijo fueran dos cosas en vez de dos Personas. Así es que, después de todo, la imagen del Nuevo Testamento de un Padre y un Hijo es mucho más exacta que nada con lo que tratemos de sustituirla. Es lo que siempre pasa cuando nos alejamos de las palabras de la Biblia. Está perfectamente bien alejamos de ellas por un instante, con el fin de aclarar algún punto en especial. Pero siempre hay que volver. Naturalmente Dios sabe cómo describirse a Sí mismo mucho mejor que nosotros. El sabe que la relación entre la Primera y la Segunda Persona es más como la de Padre e Hijo que como cualquiera otra en que podamos pensar. Gran parte de lo que en verdad importa saber es que es una relación de amor. El Padre se complace en Su Hijo; el Hijo venera a Su Padre.

Antes de seguir, adviertan la importancia práctica de esto. A gente de toda laya le gusta repetir la declaración cristiana de que “Dios es amor”. Pero no parecen notar que las palabras “Dios es amor” no tienen ningún sentido a no ser que Dios contenga al menos dos Personas. El amor es algo que una persona tiene por otra. Si Dios fuera una sola persona, entonces antes de que el mundo fuera creado, no era amor. Por supuesto, lo que esa gente quiere decir cuando afirma que Dios es amor, frecuentemente es algo muy distinto: realmente quieren decir “El amor es Dios”. Realmente quieren decir que debemos tratar con gran respeto nuestros sentimientos de amor, como sea y donde sea que ellos surjan, y sin importar sus consecuencias. Quizás debamos hacerla, pero eso es algo totalmente diferente a lo que los cristianos implican con su declaración “Dios es amor”. Ellos creen que la actividad viviente y dinámica del amor ha tenido lugar en Dios por siempre y ha creado todas las demás cosas.

Y ésa, a propósito, es la diferencia más importante entre el cristianismo y  el resto de las religiones: que en el cristianismo, Dios no es algo estático -ni siquiera una persona-, sino una actividad dinámica, pulsante, una vida, casi una especie de drama. Casi, si no me creen irreverente, una especie de danza. La unión entre el Padre y el Hijo es algo tan vivo y concreto que esta unión misma es también una Persona. Sé que esto es casi inconcebible, pero mírenlo así: ustedes saben que entre los seres humanos, cuando se juntan en una familia, en un club o en un sindicato, la gente habla del “espíritu” de esa familia o club o sindicato. Hablan de su “espíritu” porque los miembros individuales, cuando están juntos, de verdad desarrollan modos particulares de hablar y de comportarse que no tendrían si estuvieran separados.[8] Es como si surgiera una especie de personalidad colectiva. Por supuesto, no es una verdadera persona: es únicamente algo como una persona. Pero ésa es tan sólo una de las diferencias entre Dios y nosotros. Lo que brota de la unión de vida entre el Padre y el Hijo es una Persona real, de hecho es la Tercera de las tres Personas que son Dios.

En lenguaje técnico, esta tercera Persona se llama el Espíritu Santo, el “espíritu” de Dios. No se preocupen ni se sorprendan si encuentran esto (o a El) algo más vago u oscuro en la mente de ustedes que las otras dos Personas. Creo que hay una razón por la que debe ser así. En la vida cristiana generalmente no están mirándolo El. El siempre está actuando a través de ustedes. Si piensan en el Padre como algo “allá afuera”, frente a ustedes, y en el Hijo como algo junto a ustedes, ayudándolos a orar, intentando transformarlos en otro hijo, entonces deben pensar en la tercera Persona como algo adentro de ustedes, o tras ustedes. Quizás para algunos sea más fácil comenzar con la tercera Persona e ir hacia atrás. Dios es amor, y ese amor opera a través de los hombres, especialmente a través de la comunidad de cristianos en su totalidad. Pero este espíritu de amor es, desde toda la eternidad, un amor que va entre el Padre y el Hijo.

Y ahora, ¿qué importa todo esto? Importa más que nada en el mundo. Toda la danza, o el drama, o el diseño de esta vida tripersonal, será desarrollado en cada uno de nosotros; o (poniéndolo a la inversa) cada uno de nosotros tiene que entrar en este diseño, tomar su lugar en la danza. No hay ningún otro camino para alcanzar la felicidad para la cual nos hicieron. Ustedes saben que tanto las cosas buenas como las malas se obtienen por una especie de infección. Si quieren calentarse, deben ponerse cerca del fuego; si quieren mojarse, deben meterse al agua. Si quieren alegría, poder, paz, vida eterna, deben acercarse, o incluso entrar en aquello que tiene todas esas cosas. No son especies de premios que Dios podría, si así lo quisiera, simplemente dar a alguien. Son una gran fuente de energía y belleza que brota en el centro mismo de la realidad. Si están cerca de ella, se mojarán en su rocío; si no lo están, permanecerán secos. Cuando alguien se ha unido a Dios, ¿cómo podría no vivir para siempre? Cuando alguien se ha separado de Dios, ¿qué puede hacer, sino marchitarse y secarse?

Pero, ¿cómo unirse a Dios? ¿Cómo se hace posible para nosotros el ser llevados a esa vida tri-Personal?

Ustedes deben recordar lo que dije en el Capítulo II acerca deengendrar hacer. No somos engendrados por Dios, tan sólo nos ha hecho: en nuestro estado natural no somos hijos de Dios, sólo (por así decirlo) estatuas. Carecemos de Zoe o vida espiritual; sólo tenemos Bios o vida biológica, que luego va a agotarse y morir. Ahora, todo el ofrecimiento que el cristianismo nos hace es éste: que podemos, si dejamos actuar a Dios, llegar a compartir la vida de Cristo. Si lo hacemos, estaremos compartiendo una vida que fue engendrada, no hecha, que siempre ha existido y siempre va a existir. Cristo es el Hijo de Dios. Si compartimos este tipo de vida, también seremos hijos de Dios. Amaremos al Padre como Ello hace y el Espíritu Santo se levantará en nosotros. El vino a este mundo y se hizo hombre para esparcir entre otros hombres la clase de vida que El tiene, a través de lo que yo llamo una “buena infección”. Cada cristiano debe hacerse un pequeño Cristo. Toda la finalidad de hacerse cristiano es simplemente eso.

5. LOS PORFIADOS SOLDADOS DE JUGUETE

El Hijo de Dios se hizo hombre para permitir que los hombres se hicieran hijos de Dios. No sabemos -al menos yo no sé cómo habrían sido las cosas si la raza humana nunca se hubiera rebelado contra Dios y unido al enemigo. Quizás todas las personas habrían estado “en Cristo”, habrían compartido la vida del Hijo de Dios desde el momento mismo de su nacimiento. Quizás la Bios o vida natural habría sido elevada a la Zoe, la vida increada, de inmediato y como algo de todos los días. Pero todo eso es adivinanza. A ustedes y yo, lo que nos importa es cómo funcionan las cosas ahora.

Y el estado actual de las cosas es éste. Las dos clases de vida no son hoy sólo diferentes (siempre lo habrían sido), sino en realidad opuestas. La vida natural de cada uno de nosotros es autocentrada, quiere ser mimada y admirada, quiere aprovecharse de otras vidas, explotar el universo en su totalidad. Y especialmente quiere que la dejen tranquila: mantenerse alejada de cualquier cosa mejor o más fuerte que ella, cualquier cosa que la pudiera hacer sentir pequeña. Le teme a la luz y al aire del mundo espiritual, tal como la gente que ha sido criada en la suciedad le teme a un baño. y en cierto sentido, tiene toda la razón. Sabe que si se apodera de ella la vida espiritual, todo su egocentrismo y el hacer siempre su propia voluntad morirán, y está dispuesta a pelear con dientes y uñas para evitarlo.

¿Pensaron alguna vez, cuando eran niños, qué entretenido sería si sus juguetes comenzaran a vivir? Bien, supongamos que realmente hubieran podido hacerlos vivir. Imaginen transformando a un soldado de juguete en un verdadero hombrecito. Implicaría transformar el plomo en carne. Y supongan que al soldadito de plomo no le gustara. No le interesa la carne; todo lo que ve es que están echando a perder el plomo. Piensa que lo están matando. Hará todo lo posible para impedirlo. No dejará que lo transformen en un hombre, si puede evitarlo.

En verdad no sé qué habrían hecho con ese soldadito de plomo. Pero lo que Dios hizo con nosotros fue esto: la Segunda Persona de Dios, su Hijo, se hizo humana; nació en el mundo como un hombre real, un hombre real de una altura específica, con pelo de un color específico, hablando un idioma específico, y con un peso determinado. El Ser Eterno, que conoce todo y creó todo el universo, se hizo no sólo un hombre, sino (antes de eso) un bebé, y antes de eso un foetus adentro del cuerpo de una Mujer. Si quieren ver cómo es la cosa, piensen si les gustaría transformarse en una babosa o en un cangrejo.

El resultado de esto fue que ahora había un hombre que realmente era lo que todos los hombres estaban destinados a ser: un hombre en el cual la vida creada, derivada de Su Madre, se permitía a sí misma que la transformaran completa y perfectamente en vida engendrada. La criatura humana natural que había en El fue llevada a participar completamente del Hijo divino. Así, en un caso la humanidad había, por así decirlo, llegado: había pasado a la vida de Cristo. Y porque todo el problema para nosotros es que la vida natural tiene que ser, en un sentido, “muerta”, El eligió una carrera terrenal que implicaba matar Sus deseos humanos a cada momento: pobreza, incomprensión de Su propia familia, traición de uno de Sus amigos íntimos, la burla y maltrato de la policía, y la muerte por tortura. Y luego, después de haber muerto en esa forma -muerto día a día en cierto sentido-, la criatura humana en El, porque estaba unida al Hijo divino, volvió a la vida. En Cristo el Hombre se levantó nuevamente, no sólo el Dios. Ese es todo el punto. Por primera vez vimos un hombre verdadero. Un soldadito de plomo -de plomo de verdad, como todos los demás- estaba completa y espléndidamente vivo.

Y aquí, evidentemente, llegamos al punto en que mi ejemplo del soldadito de plomo deja de funcionar. En el caso de verdaderos soldados de juguete, o estatuas, es obvio que si uno comienza a vivir, ello no afecta para nada al resto. Están todos separados. Pero los seres humanos no lo están. Parecen separados porque se les ve andando por ahí separados. Pero es que estamos hechos de tal manera que sólo podemos ver el momento presente. Si pudiéramos ver el pasado, entonces por supuesto todo parecería diferente. Porque hubo un tiempo en que cada persona era parte de su madre, y (antes aún) también parte de su padre; y en que ellos eran parte de los abuelos de esa persona. Si pudieran ver a la humanidad esparcida en el tiempo, como Dios la ve, no parecería un conjunto de cosas separadas, salpicadas aquí y allá. Parecería una única cosa en crecimiento, algo como un árbol muy complejo. Cada individuo aparecería conectado con todos los demás. y no sólo eso. Los individuos no están en realidad más separados de Dios de lo que lo están entre sí. Todo hombre, mujer y niño a través de todo el mundo siente y respira en este momento sólo porque Dios, por así decirlo, “lo mantiene funcionando”

En consecuencia, cuando Cristo se hace hombre no es realmente como si uno de nosotros pudiera transformarse en un soldadito de plomo en particular. Es como si algo que siempre está afectando a la totalidad de la masa humana comenzara, en un punto, a afectar a la totalidad de la masa humana de una nueva manera. Desde ese punto, el efecto se esparce por toda la humanidad. Recae en gente que vivió antes de Cristo y también en los que vivieron después de El. Afecta a gente que nunca ha oído hablar de El. Es como echar en un vaso de agua una gota de algo que da a todo el contenido un nuevo sabor o un nuevo color. Pero, por supuesto, en realidad ninguna de estas ilustraciones funciona a la perfección. A la larga, Dios no es nadie sino El mismo, y lo que El hace no se parece a ninguna otra cosa. Difícilmente podría parecerse.

¿En qué, entonces, El ha cambiado a toda la raza humana? Se trata tan sólo de esto: que la tarea de hacerse hijo de Dios, de cambiar de cosa creada a cosa engendrada, de pasar de la vida biológica temporal a la vida eterna “espiritual”, ha sido hecha por nosotros. En principio, la humanidad ya está “salvada”. Nosotros los individuos tenemos que apropiamos de esa salvación. Pero el trabajo realmente duro -la parte que no podríamos haber hecho solos- ha sido hecha por nosotros. No tenemos que tratar de elevamos a la vida espiritual por nuestros propios esfuerzos: ya ha bajado a la raza humana. Si tan sólo nos abrimos al único Hombre en quien estaba completamente presente, y que, a pesar de ser Dios, es también un verdadero hombre, El lo hará en nosotros y por nosotros. Recuerden lo que dije acerca de la “buena infección”. Uno de nuestra propia raza tiene esta nueva vida: si nos acercamos a El, la adquiriremos de El como por contagio.

Por supuesto, se puede decir esto de diferentes maneras. Pueden decir que Cristo murió por nuestros pecados. Podrían decir que el Padre nos ha perdonado porque Cristo ha hecho por nosotros lo que nosotros debiéramos haber hecho. Podrían decir que la sangre del Cordero nos ha lavado. Podrían decir que Cristo ha vencido a la muerte. Todas son verdades. Si alguna de ellas no les atrae, déjenla y sigan con la fórmula que sí lo hace. Y, no importa lo que hagan, no empiecen a pelear con otras personas porque utilizan una fórmula distinta a la de ustedes.

6. DOS NOTAS

Con el fin de evitar malos entendidos, agrego aquí algunas notas sobre dos puntos que surgieron en el último capítulo.

1) Un crítico muy razonable me escribió preguntando por qué, si Dios quería hijos en vez de “soldados de juguete”, no engendrónumerosos hijos al principio, en vez de hacer primero soldados de juguete y luego llevarlos a la vida a través de un proceso tan difícil y doloroso. Una parte de la respuesta a esta pregunta es bastante fácil; la otra probablemente se encuentra más allá del conocimiento humano. La parte fácil es ésta: el proceso de ser transformado de criatura en hijo no habría sido difícil ni doloroso si la raza humana no se hubiera alejado de Dios hace muchos siglos. Pudieron hacer esto porque El les dio libre albedrío; El les dio libre albedrío porque un mundo de meros autómatas nunca podría amar y, por lo tanto, jamás conocería la felicidad infinita. La parte difícil es ésta: todos los cristianos concuerdan en que, en todo el sentido original, hay sólo un “Hijo de Dios”. Si insistimos en preguntar “Pero, ¿podría haber habido muchos?”, nos metemos en aguas muy profundas. Las palabras “podría haber habido”, ¿tienen sentido cuando se las aplica a Dios? Se puede decir que una cierta cosa finita en particular “podría haber sido” diferente de lo que es, porque habría sido diferente si otra cosa hubiera sido distinta, y esta otra cosa habría sido diferente si una tercera lo hubiera sido, y así sucesivamente. (Las letras de esta página habrían sido rojas si el impresor hubiera usado tinta roja, y habría usado tinta roja si le hubieran dicho que lo hiciera, y así sucesivamente). Pero cuando se habla de Dios -esto es, acerca del Hecho más profundo e irreductible del cual dependen todos los demás hechos-, no tiene sentido preguntar si podría haber sido de otra manera. Es lo que es, y ahí termina el asunto. Pero aparte de esto, veo un problema en la idea misma del Padre engendrando numerosos hijos por toda la eternidad. Para ser numerosos, tendrían que ser de alguna manera diferentes entre sí. Dos peniques tienen la misma forma. ¿Cómo es que son dos? Por ocupar distintos lugares y contener diferentes átomos. En otras palabras, para pensar en ellos como diferentes, habríamos tenido que introducir el espacio y la materia; de hecho, habríamos tenido que introducir la “naturaleza” o el universo creado. Puedo entender la distinción entre el Padre y el Hijo sin introducir el espacio o la materia, porque uno engendra y el otro es engendrado. La relación del Padre con el Hijo no es la misma que la del Hijo con el Padre. Pero si hubiera varios hijos, todos se relacionarían entre sí y con el Padre de la misma manera. ¿Cómo diferirían unos de otros? Por supuesto, al comienzo no se advierte el problema. Uno piensa que puede formarse la idea de varios “hijos”. Pero cuando lo piensa mejor, encuentra que la idea parecía posible sólo porque vagamente los estaba imaginando como formas humanas juntas en algún tipo de espacio. En otras palabras, aunque pretendía estar pensando en algo que existe antes de que ningún universo fuera hecho, en realidad estaba metiendo de contrabando la imagen de un universo y poniendo a ese algo adentro de él. Cuando dejo de hacer eso y sigo tratando de pensar en el Padre engendrando numerosos hijos “antes de todos los siglos”, me encuentro con que de verdad no estoy pensando en nada. La idea se diluye en meras palabras. (¿Acaso fue creada la naturaleza -espacio y tiempo y materia- para hacer posible la numerosidad? ¿Quizás no hay otra forma de obtener numerosos espíritus eternos si no es haciendo primero numerosas criaturas naturales, en un universo, y luego espiritualizándolas? Pero, por supuesto, todo esto es adivinanza).

2) No debe confundirse la idea de que toda la raza humana es, en cierto sentido, una cosa -un inmenso organismo, como un árbol-, con la idea de que las diferencias individuales no importan o que la gente real, Tomás y Diego y Juanita, de alguna manera son menos importantes que las cosas colectivas como las clases, las razas y todo ello. Las cosas que son partes de un organismo único pueden ser muy diferentes entre sí; las que no lo son, pueden ser muy parecidas. Seis monedas de un penique están separadas y son muy parecidas; mi nariz y mis pulmones son muy diferentes, pero sólo están vivos porque son partes de mi cuerpo y comparten su vida común. El cristianismo no piensa en los seres humanos individuales como meros miembros de un grupo o ítem de una lista, sino como órganos de un cuerpo: diferentes entre sí, y cada uno contribuyendo lo que ningún otro podría. Cuando te encuentras queriendo transformar a tus hijos, o alumnos, o incluso a tus vecinos, en gente exactamente como tú, recuerda que Dios probablemente nunca quiso que fueran así. Tú y ellos son órganos diferentes, pensados para hacer cosas diferentes. Por otra parte, cuando te ves tentado de no molestarte por los problemas de otra persona porque “no son asunto tuyo”, recuerda que esa persona es parte del mismo organismo que tú. Si olvidas que pertenece al mismo organismo que tú, te transformarás en un individualista. Si olvidas que es un órgano diferente a ti, si quieres suprimir las diferencias y hacer a toda la gente igual, te transformarás en un totalitario. Pero un cristiano no debe ser ni totalitario ni individualista.

Siento un fuerte deseo de decirles -e imagino que sienten un fuerte deseo de decirme- cuál de estos dos errores es el peor. Es el diablo echándonos mano. Siempre manda errores al mundo en parejas, parejas de contrarios. Y siempre nos anima a gastar un montón de tiempo pensando cuál es peor. Se dan cuenta por qué, ¿verdad? Cuenta con nuestro rechazo extra de un error para arrastramos gradualmente al opuesto. Pero no nos dejemos engañar. Debemos mantener nuestra vista fija en la meta y avanzar directamente entre ambos errores. Es lo único que debe preocupamos al respecto.

7. HAGAMOS COMO SI…

¿Puedo comenzar otra vez poniendo en sus mentes dos imágenes, o más bien dos historias? Una es la historia que todos ustedes han leído, llamada La Bella y la Bestia. La niña, lo recuerdan, por alguna razón tenía que casarse con un monstruo. Y lo hizo. Lo besó como si fuera un hombre. Y entonces, para gran alivio de ella, realmente se volvió un hombre y todo fue bien con ellos. La otra historia es acerca de alguien que tenía que usar una máscara, una máscara que lo hacía verse mucho mejor de lo que realmente era. Tuvo que usarla durante muchos años. Y cuando se la sacó, descubrió que su propia cara se había desarrollado hasta calzar con la máscara. Era ahora realmente hermoso. Lo que había comenzado como un disfraz se había transformado en realidad. Creo que estas dos historias podrían (de un modo fantástico, por supuesto) ayudar a ilustrar lo que tengo que decir en este capítulo. Hasta este momento, he estado tratando de describir hechos, lo que Dios es y lo que El ha hecho. Ahora quiero hablar acerca de la práctica: ¿qué hacemos después? ¿Qué cambia con toda esta teología? Puede empezar a cambiar algo esta noche. Si están lo suficientemente interesados para haber leído hasta aquí, probablemente lo están para ponerse a decir sus oraciones; y, sin importar qué otras cosas digan, probablemente dirán la Oración del Señor.

Sus primeras palabras son Padre Nuestro. ¿Ven ahora lo que significan esas palabras? Significan muy francamente que se están poniendo en el lugar de un hijo de Dios. Para decirlo de una vez, se están vistiendo de Cristo. Si prefieren, están fingiendo. Porque, por supuesto, apenas advierten lo que significan las palabras, se dan cuenta de que no son un hijo de Dios. No son un ser como El Hijo de Dios, cuya voluntad e intereses son uno con los del Padre: son un atado de egoístas temores, esperanzas, codicias, celos y amor propio, todos condenados a muerte. De tal manera que, en cierto sentido, este vestirse de Cristo es una atroz desfachatez. Pero lo curioso es que El nos ha ordenado hacerla.

¿Por qué? ¿Por qué aparentar ser lo que no somos? Bien, incluso en el nivel humano, saben ustedes, hay dos clases de aparentar. Hay una clase mala, donde el aparentar está ahí en vez de lo verdadero, como cuando una persona aparenta que te va a ayudar en vez de ayudarte realmente. Pero también hay una clase buena, donde el aparentar conduce a la cosa real. Cuando no te sientes especialmente amistoso pero sabes que deberías serlo, frecuentemente lo mejor que puedes hacer es actuar amistosamente, como si fueras una persona más agradable de lo que en realidad eres. Y en unos pocos minutos, como todos lo hemos visto alguna vez, estarás realmente sintiéndote más amistoso que antes. Muy a menudo la única manera de desarrollar verdaderamente una cualidad es empezar a comportarse como si uno ya la tuviera. Tal es la razón de que sean tan importantes los juegos de niños. Siempre están aparentando ser adultos, jugando a los soldados, al almacén. Y lo que todo el tiempo están haciendo es fortalecer sus músculos y agudizar sus mentes, de tal manera que el aparentar ser adultos los ayuda a crecer de veras.

Ahora bien, en el instante en que te dices “Aquí estoy, vistiéndome de Cristo”, es muy probable que veas de inmediato algún modo en que, en ese mismo momento, el aparentar pueda transformarse en menos un aparentar y más una realidad. Descubrirás que en tu mente dan vueltas diversas cosas que no estarían ahí si verdaderamente fueras un hijo de Dios. Bien, detenlas. O puedes advertir que, en vez de rezar, deberías estar abajo escribiendo una carta, o ayudando a tu esposa a lavar los platos. Bien, anda y hazlo.

Puedes ver lo que está sucediendo. El mismo Cristo, el Hijo de Dios que es un hombre (tal como tú) y Dios (tal como Su Padre), está en realidad a tu lado y en ese instante ya está comenzando a transformar tu aparentar en una realidad. Esta no es meramente una manera rebuscada de decir que tu conciencia te está diciendo lo que debes hacer. Si simplemente le preguntas a tu conciencia, obtienes un resultado; si recuerdas que estás poniéndote en el lugar de Cristo, obtienes uno diferente. Hay muchísimas cosas que tu conciencia no consideraría definitivamente malas (en especial algunas que sólo existen en tu mente), pero que de inmediato verás que no puedes continuar haciendo si seriamente estás intentando ser como Cristo. Porque ya no estás pensando simplemente en términos de bueno y malo; estás tratando de contagiarte de la buena infección de una Persona. Es más como pintar un retrato que como obedecer un conjunto de reglas. Y lo curioso es que si bien en un sentido es mucho más difícil que obedecer reglas, en otro es mucho más fácil.

El verdadero Hijo de Dios está a tu lado. Está comenzando a transformarte en el mismo tipo de cosa que es El. Está empezando, por así decirlo, a “inyectar” en ti Su clase de vida y pensamiento, Su Zoe; empezando a transformar el soldadito de plomo en un hombre vivo. La parte tuya a la que no le gusta es aquella que todavía es de plomo.

Algunos de ustedes pueden sentir que esto es muy diferente a su propia experiencia. Pueden decir “nunca he tenido la sensación de que me esté ayudando un Cristo invisible, pero a menudo me han ayudado otros seres humanos”. Eso es como la mujer que en la primera guerra mundial dijo que si hubiera escasez de pan a ella no le molestaría, porque siempre comían tostadas. Si no hay pan, no habrá tostadas. Si no hubiera ayuda de Cristo, no habría ayuda de otros seres humanos. El obra en nosotros en todo tipo de formas: no sólo a través de lo que pensamos nuestra “vida religiosa”. Obra a través de la naturaleza, a través de nuestros propios cuerpos, a través de libros, a veces a través de experiencias que (en el momento) parecieron anticristianas. Cuando un joven que ha estado yendo a la iglesia de manera rutinaria honestamente se da cuenta de que no cree en el cristianismo y deja de ir -siempre que lo haga por honestidad y no sólo para molestar a sus padres-, el espíritu de Cristo probablemente está más cerca de él de lo que nunca estuvo antes. Pero, sobre todo, El opera en nosotros a través de los demás.

Los hombres son espejos, o “portadores” de Cristo para otros hombres. A veces portadores inconscientes. Incluso quienes no están contagiados pueden ser portadores de esta “buena infección”. Gente que no era cristiana me ayudó a acercarme al cristianismo. Pero en general son aquellos que Lo conocen los que Lo llevan a otros. Es por eso que la Iglesia, la totalidad del cuerpo de cristianos que se muestran a Cristo unos a otros, es tan importante. Podrían decir que cuando dos cristianos están siguiendo a Cristo juntos no hay el doble de cristianismo que cuando están separados, sino dieciséis veces más.

Pero no olviden esto. Al comienzo es natural para un bebé tomar la leche materna sin conocer a su madre. Para nosotros es igualmente natural ver a la persona que nos ayuda sin ver a Cristo tras ella. Pero no debemos permanecer como bebés. Debemos proseguir hasta reconocer al verdadero Dador. Es locura no hacerlo. Porque, si no lo hacemos, estaremos dependiendo de seres humanos. Y nos vamos a decepcionar. Los mejores entre ellos cometerán errores; todos morirán. Debemos estar agradecidos de todas las personas que nos han ayudado, debemos honrarlas y amarlas. Pero nunca, nunca coloques toda tu fe en ningún ser humano: ni siquiera si es el mejor y el más sabio del mundo. Hay muchísimas cosas lindas que puedes hacer con arena, pero no trates de construir una casa con ella.

Y ahora comenzamos a ver qué es aquello de lo que el Nuevo Testamento siempre está hablando. Habla de los cristianos como “vueltos a nacer”; dice de ellos que “se ponen en Cristo”; habla de Cristo “formándose en nosotros”; de que lleguemos a “tener la mente de Cristo”.

Sáquense de la cabeza la idea de que éstas son sólo maneras fantasiosas de decir que los cristianos tienen que leer lo que Cristo dijo e intentar llevarlo a cabo, tal como una persona puede leer lo que Platón o Marx dijeron e intentar llevarlo a cabo. Son mucho más que eso. Significan que una Persona real, Cristo, aquí y ahora, en esta misma pieza donde estás diciendo tus oraciones, está haciéndote cosas. No se trata de un buen hombre que murió hace dos mil años. Es un Hombre viviente, todavía tan hombre como lo eres tú, y todavía tan Dios como lo era cuando creó el mundo, realmente presente e interfiriendo con tu ser mismo; matando el viejo ser natural en ti y reemplazándolo con la clase de ser que El tiene. Al principio, sólo por momentos. Luego por períodos más largos. Finalmente, si todo va bien, transformándote permanentemente en una clase de cosa diferente; en un nuevo pequeño Cristo, un ser que, a su propio y limitado modo, tiene el mismo tipo de vida que Dios; que comparte Su poder, alegría, conocimiento y eternidad. Y pronto hacemos dos nuevos descubrimientos.

1) Comenzamos a notar, además de nuestros actos pecaminosos particulares, nuestro carácter pecaminoso; a alarmamos no sólo por lo que hacemos, sino por lo que somos. Esto puede sonar algo difícil, así es que intentaré aclararlo poniendo como ejemplo mi propio caso. Cuando llego a mis oraciones vespertinas y trato de hacer un recuento de los pecados del día, nueve de cada diez veces el más obvio es algún pecado contra la caridad; he estado malhumorado o he hablado con brusquedad o me he mofado de alguien o lo he desairado o he estallado en cólera. Y la excusa que de inmediato me salta a la mente es que la provocación fue tan súbita e inesperada; me tomaron desprevenido, no tuve tiempo de serenarme. Ahora, ésa puede ser una circunstancia atenuante en relación a esas acciones particulares; obviamente serían peores si hubieran sido deliberadas y premeditadas. Por otra parte, ¿no es lo que alguien hace cuando lo toman desprevenido lo que mejor refleja la clase de persona que es? ¿Acaso no es la verdad aquello que salta antes de que la persona tenga tiempo de ponerse un disfraz? Si hay ratas en el sótano, es mucho más probable que las veas si entras muy de repente. Pero lo repentino no crea a los ratones: tan sólo les impide esconderse. Del mismo modo, lo repentino de la provocación no me hace una persona malhumorada: tan sólo muestra qué malhumorado soy. Las ratas están siempre ahí en el sótano, pero si entras gritando y haciendo ruido, se habrán puesto a cubierto antes de que prendas la luz. Aparentemente las ratas del resentimiento y del espíritu vengativo están siempre ahí en el sótano de mi alma. Ahora bien, ese sótano está fuera de alcance para mi voluntad consciente. Hasta cierto punto puedo controlar mis actos: no tengo control directo sobre mi temperamento. Y si (como dije antes) lo que somos importa más que lo que hacemos -si en verdad lo que hacemos importa principalmente como evidencia de lo que somos-, de ello se infiere que el cambio que más necesito que se produzca en mí es uno que mi propio esfuerzo directo y voluntario no puede producir. Y esto se aplica también a mis buenas acciones. ¿Cuántas de ellas fueron hechas por los motivos correctos? ¿Cuántas por miedo a la opinión pública, o un deseo de ostentación? ¿Cuántas por una especie de porfía o sentido de superioridad que, en otras circunstancias, igualmente podría llevar a alguna acción muy mala? Pero yo no puedo, a través de un esfuerzo moral directo, proponerme otros motivos. Tras los primeros pasos en la vida cristiana, nos damos cuenta de que todo lo que realmente nuestras almas necesitan que se haga con ellas, sólo lo puede hacer Dios. Y ello nos trae a algo en mi lenguaje que hasta ahora ha sido muy distorsionador.

2) He estado hablando como si fuéramos nosotros los que hacemos todo. En realidad, por cierto es Dios el que hace todo. Nosotros, a lo más, permitimos que se nos haga. En cierto sentido, hasta podrían decir que es Dios el que hace el fingir. El Dios Tri-Personal, por así decirlo, de hecho ve ante El un animal humano autocentrado, voraz, quejoso, rebelde. Pero dice “Hagamos como si ésta no fuera una mera criatura, sino nuestro Hijo. Es como Cristo en tanto es un Hombre, porque El se hizo Hombre. Hagamos como si también fuera como El en Espíritu. Tratémoslo como si fuera lo que de hecho no es. Finjamos, para transformar el fingimiento en una realidad”. Dios te mira como si fueras un pequeño Cristo: Cristo está a tu lado para transformarte en uno. Supongo que, al comienzo, esta idea de una simulación divina suena bastante rara. Pero, ¿lo es en realidad? ¿No es así como siempre lo más alto eleva a lo más bajo? Una madre enseña a hablar a su hijo hablándole como si entendiera, mucho antes de que realmente pueda hacerlo. Tratamos a nuestros perros como si fueran “casi humanos”: por ello al final llegan a ser realmente “casi humanos”.

8. ¿ES DIFICIL O FACIL EL CRISTIANISMO?

En el capítulo anterior considerábamos la idea de “ponerse en Cristo”, o de “vestirse de” hijo de Dios primero, para al final poder llegar a ser un verdadero hijo. Lo que quiero dejar en claro es que éste no es uno entre los muchos trabajos que un cristiano debe realizar; y no es una especie de ejercicio especial para la clase superior. Es la totalidad del cristianismo. El cristianismo no ofrece ninguna otra cosa. Y me gustaría señalar en qué es diferente de las ideas comunes de “moral” o “ser bueno” .

La idea corriente que todos tenemos antes de hacemos cristianos es ésta: tomamos como punto de partida nuestro yo ordinario con sus distintos deseos e intereses. Luego admitimos que otra cosa -llámenlo “moral” o “comportamiento decente” o “el bien de la sociedad”- le presenta demandas a este yo, demandas que interfieren con sus propios deseos. Lo que queremos decir con “ser bueno” es ceder a esas demandas. Algunas de las cosas que el yo ordinario quería hacer resultan ser lo que llamamos “malo”: bien, debemos renunciar a ellas. Otras cosas, que el yo no quería hacer, resultan ser lo que llamamos “bueno”: bien, tendremos que hacerlas. Pero todo el tiempo tenemos la esperanza de que cuando se haya respondido a todas las demandas, el pobre yo natural todavía tendrá alguna oportunidad, y tiempo suficiente, para seguir con su propia vida y hacer lo que quiere. De hecho, somos muy parecidos a un hombre honrado que está pagando sus impuestos. Claro que los paga, pero sí tiene la esperanza de que le quedará lo suficiente para seguir viviendo. Porque seguimos tomando nuestro yo natural como el punto de partida.

Mientras pensemos de esa forma, es probable que una u otra de dos consecuencias tenga lugar. O dejamos de intentar ser buenos, o realmente nos hacemos muy desgraciados. Porque, no se equivoquen: si en verdad van a tratar de cumplir con todas las demandas que se le hacen al yo natural, no quedará lo suficiente para seguir viviendo. Mientras más obedeces a la conciencia, más demandas te hará ella. y tu yo natural, al que así a cada momento se le infligen hambre y restricciones y tribulaciones, se enojará más y más. Al final, o dejarás de intentar ser bueno, o te transformarás en una de esas personas que, como ellas dicen, “viven para los demás”, pero siempre de un modo descontento y quejumbroso, siempre preguntándose por qué los demás no lo notan más y haciéndose los mártires. Y una vez que te hayas transformado en eso, serás una peste para cualquiera que tenga que vivir contigo, una peste mucho más grande que si hubieras permanecido francamente egoísta.

El camino cristiano es diferente: más duro, y más fácil. Cristo dice “Denme Todo. No quiero tanto de su tiempo y tanto de su dinero y tanto de su trabajo: los quiero a Ustedes. No he venido a atormentar su yo natural, sino a matarlo. Ninguna medida a medias sirve. No quiero cortar una rama aquí y otra allá, quiero botar todo el árbol. No quiero taladrar el diente, o ponerle una corona, o detener la carie, sino extraerlo. Entrega todo tu ser natural, todos los deseos que crees inocentes junto con los que piensas malvados, todas tus prendas. Les daré un nuevo ser a cambio. De hecho, les daré Mi Propio Ser: mi propia voluntad será la de ustedes”.

Más difícil y más fácil de lo que todos estamos intentando. Espero que habrán notado que Cristo mismo a veces describe el camino cristiano como muy difícil, y otras como muy fácil. Dice, “Tomen su Cruz”, en otras palabras, es como que a uno lo vayan a golpear hasta matarlo en un campo de concentración. Y al minuto siguiente dice, “Mi yugo es ligero y mi carga liviana”. Ambos son válidos. Y es fácil ver por qué ambos son verdad.

Los maestros les dirán que el chico más flojo de la clase es el que al final trabaja más. Quieren decir esto: si se les da a dos muchachos, por ejemplo, un teorema de geometría, el que está dispuesto a tomarse la molestia intentará comprenderlo. El flojo tratará de aprendérselo de memoria porque, en el momento, eso requiere menor esfuerzo. Pero seis meses más tarde, cuando se estén preparando para dar examen, el chico flojo estará haciendo horas y horas de trabajo penoso en cosas que el otro chico comprende, y realmente disfruta, en unos pocos minutos. La flojera significa más trabajo a la larga. O mírenlo de esta forma. En una batalla, o al escalar una montaña, frecuentemente hay una cosa que requiere mucho valor; pero también es, a la larga, la más segura. Si te amilanas, horas después te encontrarás en un peligro mucho peor. Las cosas cobardes son también las más peligrosas.

Aquí es igual. La cosa más terrible, la más imposible, es entregar todo tu yo -todos tus deseos y precauciones- a Cristo. Pero es mucho más fácil que lo que todos intentamos hacer a cambio. Porque lo que intentamos hacer es permanecer lo que llamamos “nosotros mismos”, mantener la felicidad personal como nuestra principal meta en la vida, y al mismo tiempo ser “buenos”. Todos estamos tratando que nuestra mente y nuestro corazón sigan su propio camino -centrados en el dinero o en el placer o la ambición-, y esperando, a pesar de ello, comportarnos honesta y casta y humildemente. Y eso es exactamente lo que Cristo nos previno que no podíamos hacer. Como El dijo, un cardo no puede dar higos. Si soy un campo que sólo contiene semillas de pasto, no puedo producir trigo. Podar el pasto lo puede mantener corto, pero seguiré produciendo pasto y no trigo. Si quiero producir trigo, el cambio tiene que ir más allá de la superficie. Debo ser arado y vuelto a sembrar.

Es por ello que el verdadero problema de la vida cristiana aparece donde la gente usualmente no lo busca. Aparece en el momento mismo en que despiertas cada mañana. Todos tus deseos y esperanzas para el día se abalanzan sobre ti como animales salvajes. y la primera tarea cada mañana consiste simplemente en empujarlos atrás; en escuchar a .esa otra voz, tomar ese otro punto de vista, dejar que esa otra vida, más grande, más fuerte y más tranquila, fluya en ti. Y así durante todo el día. Apartándote de tu natural alborotarte por naderías y tus naturales irritaciones; protegiéndote del viento.

Al comienzo sólo podemos hacerla por momentos. Pero a partir de esos momentos, la nueva clase de vida se esparcirá por todo nuestro sistema: porque ahora Lo estamos dejando trabajar en la mejor parte de nosotros. Es la diferencia entre la pintura, que meramente cubre la superficie, y la tintura o una mancha que impregna en profundidad. Cristo nunca dijo vacuidades difusas e idealistas. Cuando dijo “Sean perfectos”, hablaba en serio. Quería decir que debíamos sometemos a todo el tratamiento. Es difícil; pero el tipo de componenda tras la cual todos andamos es más difícil aún; de hecho, es imposible. Puede ser difícil para un huevo transformarse en un pájaro: harto más difícil le sería aprender a volar mientras seguía siendo un huevo. Ahora todos somos como huevos. Y no puedes permanecer indefinidamente siendo sólo un decente huevo común. O somos empollados o nos echamos a perder.

¿Puedo volver a lo que dije antes? De esto se trata todo el cristianismo. No hay nada más. Es tan fácil confundirse al respecto. Es fácil pensar que la Iglesia tiene una gran cantidad de diferentes objetivos: educar, construir, enviar misiones, realizar servicios religiosos. Es tan fácil como pensar que el Estado tiene muchos objetivos diferentes: militares, políticos, económicos, y de todo tipo. Pero en cierto sentido las cosas son mucho más simples. El Estado existe simplemente para promover y proteger la felicidad corriente de los seres humanos en su vida. Un marido y su esposa conversando a la orilla de la chimenea, un par de amigos jugando una partida de dardos en la taberna, un hombre que lee un libro en su cuarto o cava la tierra en su jardín, para eso está el Estado. Y a no ser que estén ayudando a aumentar y prolongar y proteger esos momentos, todas las leyes, parlamentos, ejércitos, cortes, policía, economía, etc., son simplemente una pérdida de tiempo. Del mismo modo, la Iglesia existe sólo para llevar a los hombres a Cristo, para hacerlos pequeños Cristos. Si no lo están haciendo, todas las catedrales, clérigos, misiones, sermones, incluso la Biblia misma, son simplemente una pérdida de tiempo. Dios se hizo Hombre con ningún otro propósito. Incluso es dudoso, saben ustedes, que el universo en su totalidad haya sido creado con otro propósito. La Biblia dice que todo el universo fue creado para Cristo y que todo será reunido en El. No creo que ninguno de nosotros pueda entender cómo sucederá esto en lo que se refiere a todo el universo. No sabes qué(si es que hay algo) vive en las partes de él que están a millones de millas de esta Tierra. Incluso en esta Tierra, no sabemos cómo se aplica a todo aquello que no es el hombre. Después de todo, es lo que podría esperarse. Se nos ha mostrado el plan sólo en lo que a nosotros concierne.

A veces me gusta imaginar que puedo ver cómo podría aplicarse a otras cosas. Creo que puedo ver cómo los animales superiores se ven en cierto sentido atraídos al Hombre cuando éste los ama y los hace (como de hecho sucede) mucho más cercanos a lo humano de lo que de otro modo podrían ser. Puedo incluso imaginar un sentido en que las cosas muertas y las plantas se ven atraídas al Hombre cuando éste las estudia y las usa y las aprecia. Y si hubiera criaturas inteligentes en otros mundos, podrían hacer lo mismo con sus mundos. Podría ser que, cuando entran en Cristo, las criaturas inteligentes llevan con ellas todas las demás cosas. Pero no lo sé: sólo supongo.

Lo que se nos ha dicho es de qué manera los hombres pueden ser llevados a habitar en Cristo, pueden llegar a ser parte de ese maravilloso regalo que el joven Príncipe del universo desea ofrecer a Su Padre, ese regalo que es El mismo, y así nosotros en El. Es lo único para lo cual hemos sido hechos. Y hay extrañas, emocionantes insinuaciones en la Biblia respecto a que, cuando seamos llevados al Padre en Cristo, muchas otras cosas de la naturaleza comenzarán a estar bien. El mal sueño habrá terminado: será el amanecer.

9. CALCULANDO EL COSTO

He visto que muchas personas se han sentido molestas por lo que dije en el capítulo precedente sobre las palabras de Nuestro Señor, “Sed perfectos”. Algunos parecen pensar que esto significa “a no ser que sean perfectos, no los ayudaré”; y como no podemos ser perfectos, si quiso decir eso, no tenemos esperanzas. Pero no creo que quisiera decir eso. Creo que quiso decir “la única ayuda que daré es aquella necesaria para ser perfecto. Pueden querer algo menos, pero no les daré nada menos”.

Déjenme explicar. Cuando era niño a menudo tenía dolor de muelas, y sabía que si iba donde mi madre, ella me iba a dar algo que acabaría con el dolor por esa noche y me permitiría dormir. Pero no iba donde mi madre, al menos no hasta que el dolor se hacía muy insoportable. Y la razón por la que no iba era ésta: no dudaba de que me daría una aspirina, pero sabía que también haría otra cosa. Sabía que a la mañana siguiente me llevaría al dentista. No podía obtener de ella lo que quería sin obtener algo más, que yo no quería. Quería alivio inmediato a mi dolor, pero no podía obtenerlo sin que me arreglaran definitivamente las muelas. Y yo conocía a esos dentistas; sabía que empezaban a meterse con un montón de otras muelas que todavía no me habían empezado a doler. No dejaban que los perros durmieran; les dabas la mano y te tomaban el codo.

Ahora, si me permiten decido así, Nuestro Señor es como los dentistas. Si Le das una mano, te toma el codo. Docenas de personas van a El para que las sane de un pecado en particular del que se avergüenzan (como la masturbación o la cobardía física) o que obviamente les está dañando la vida cotidiana (como el mal humor o el alcoholismo). Bien, lo va a sanar, pero no se detendrá ahí. Puede que eso sea todo lo que pedías; pero si una vez recurriste a El, te va a dar el tratamiento completo.

Es por eso que El advirtió a la gente que “calcularan el costo” antes de hacerse cristianos. “No se equivoquen”, dice, “si me lo permiten, los haré perfectos. Apenas se ponen en Mis manos, a eso se exponen. Nada menos, o diferente a eso. Tienen libre albedrío, y si así lo eligen, pueden echarme. Pero si no Me alejan, entiendan que voy a hacer este trabajo hasta el final. Sin importar el sufrimiento que les tenga que costar en su vida terrenal, sin importar la inconcebible purificación que les pueda costar después de la muerte, sin importar lo que Me cueste a Mí, no descansaré jamás, ni los dejaré descansar, hasta que sean literalmente perfectos, hasta que Mi Padre pueda decir sin reservas que está complacido de ustedes, tal como dijo que estaba complacido Conmigo. Esto es lo que puedo hacer y lo que haré. Pero no haré nada menos”.

Y aun así -ésta es la otra cara de ello, igualmente importante- este Ayudador que, a la larga, no se satisfará con nada menos que la perfección absoluta, también se sentirá encantado con el primer débil y vacilante esfuerzo que hagas mañana para cumplir el más simple de los deberes. Como lo señaló un gran escritor cristiano (George MacDonald), todo padre se siente complacido con los primeros pasos de su hijo pequeño: ningún padre se sentiría satisfecho con nada menos que un caminar firme, libre y varonil en su hijo adulto. Del mismo modo, dijo, “Es fácil complacer a Dios, pero es difícil satisfacerlo”.

El resultado práctico es éste: por una parte, la demanda de Dios por perfección no debe para nada desanimarte de tus intentos actuales de ser bueno, ni siquiera por tus fracasos actuales. Cada vez que caes, El te volverá a levantar. Y El sabe perfectamente que tus propios esfuerzos nunca te llevarán ni siquiera cerca de la perfección. Por otra parte, debes darte cuenta desde el principio que la meta hacia la cual te está comenzando a guiar es la perfección absoluta; y ningún pode:!r en todo el universo, excepto tú mismo, puede evitar que te lleve a esa meta. Es a eso que te expones. Y es muy importante darse cuenta de ello. Si no lo hacemos, es muy probable que después de un cierta punto comencemos a tironear en contra y a resistirlo. Creo que muchos de nosotros, cuando Cristo nos ha hecho capaces de vencer uno o dos pecados que obviamente nos fastidiaban, tendemos a sentir (aunque no lo ponemos en palabras) que ya somos suficientemente buenos. Ha hecho todo lo que queríamos que hiciera, y Le agradeceríamos que ahora nos dejara tranquilos. Como decimos, “nunca aspiré a ser un santo, sólo quería ser un tipo decente común y corriente”. Y cuando decimos esto, imaginamos estar siendo humildes.

Y éste es el verdadero error fatal. Por supuesto nunca quisimos, y nunca pedimos, que nos hicieran la clase de criatura en que El nos va a transformar. Pero el asunto no es lo que pensábamos ser, sino lo que El pensaba que fuéramos cuando nos hizo. El es el inventor, nosotros somos sólo la máquina. El es el pintor, nosotros sólo la pintura. ¿Cómo sabríamos lo que El ha pensado que seamos? Vean, ya nos ha hecho algo harto diferente de lo que éramos. Hace mucho tiempo, antes de que naciéramos, cuando estábamos dentro del cuerpo de nuestra madre, pasamos por diversas etapas. Una vez fuimos algo como vegetales, y otra algo como peces; fue sólo en una etapa posterior que nos transformamos en algo como bebés humanos. Y si hubiéramos sido conscientes en esas etapas tempranas, me atrevo a decir que nos habríamos sentido satisfechos de seguir como vegetales o peces, no habríamos querido transformamos en bebés. Pero todo el tiempo El conocía el plan que tenía para nosotros y estaba decidido a cumplirlo. Algo igual está sucediendo ahora en un nivel superior. Podemos estar satisfechos de seguir siendo lo que llamamos “gente común y corriente”, pero El está decidido a llevar a cabo un plan completamente diferente. Rehuir ese plan no es humildad: es pereza y cobardía. Someterse a él no es engreimiento o megalomanía: es obediencia.

He aquí otra manera de mostrar las dos caras de la verdad. Por una parte, jamás debemos imaginar que podemos depender de nuestros propios esfuerzos, sin ayuda, para que nos sostengan ni siquiera a través de las siguientes veinticuatro horas como una persona “decente”. Si El no nos apoya, ni uno solo de nosotros está a salvo de algún flagrante pecado. Por otra parte, ningún grado posible de santidad o heroísmo de los mayores santos que haya sido registrado, está más allá de lo que El está decidido a producir al final, en cada uno de nosotros. Tal obra no se verá completa en esta vida, pero El tiene la intención de hacemos adelantar lo más posible antes de la muerte.

Es por ello que no debemos sorprendemos si se nos aproximan tiempos difíciles. Cuando una persona se vuelve a Cristo y parece estarle yendo bastante bien (en el sentido de que ha corregido algunos de sus malos hábitos), frecuentemente siente que ahora sería natural que las cosas fueran fáciles. Cuando se presentan problemas -enfermedades, dificultades monetarias, nuevas tentaciones-, se decepciona. Siente que estas cosas podrían haber sido necesarias para despertarlo y hacerlo arrepentirse en el pasado, cuando se comportaba mal; pero, ¿por qué ahora? Porque Dios lo está obligando a ir más allá, o más arriba, a un nivel superior: poniéndolo en situaciones donde tendrá que ser mucho más valiente, o más paciente, o más caritativo de lo que nunca antes soñó ser. Nos parece tan innecesario, pero ello se debe a que todavía no tenemos ni la más leve noción de esa cosa tremenda en que quiere transformarnos.

Veo que deberé pedir prestada a George MacDonald otra parábola aún. Imagínense como una casa viviente. Dios entra a reconstruir esa casa. Al comienzo quizás puedan entender lo que hace. Está arreglando las cañerías y las goteras del techo y todas esas cosas: ustedes sabían que había que hacer esos trabajos, así es que no se sorprenden. Pero luego comienza a golpear la casa por todos lados de un modo que duele abominablemente y no parece tener sentido. ¿Qué diantres pretende? La explicación es que está construyendo una casa completamente diferente de la que ustedes pensaban, haciendo una nueva ala aquí, poniendo un piso extra allá, levantando torres, abriendo patios. Pensaron que los iba a transformar en una casita decente, pero El está construyendo un palacio. Pretende venir a vivir ahí El mismo.

El mandato Sed perfectos no es una vacuidad idealista. Ni tampoco es un mandato de hacer lo imposible. El nos va a transformar en criaturas capaces de obedecer ese mandato. Dijo (en la Biblia) que éramos “dioses” y va a cumplirlo. Si Lo dejamos -porque podemos impedírselo, si así lo elegimos- El hará del más débil e inmundo de nosotros un dios o una diosa, una criatura deslumbrante, radiante, inmortal, toda vibrante con una energía y alegría y amor que ahora somos incapaces de imaginar, un brillante espejo inmaculado que refleja hacia Dios con toda perfección (aunque, por supuesto, en una escala menor) Su propio ilimitado poder y deleite y bondad. El proceso será largo y a ratos muy doloroso; pero para eso estamos. Nada menos. El hablaba en serio.

10. GENTE AGRADABLE U HOMBRES NUEVOS

El hablaba en serio. Aquellos que se ponen en Sus manos se harán perfectos, como El es perfecto; perfecto en amor, sabiduría, alegría, belleza, inmortalidad. El cambio no será completo en esta vida, porque la muerte es una parte importante del tratamiento. Cuán lejos habrá llegado el cambio antes de la muerte en un cristiano en particular, no es seguro.

Creo que éste es el momento preciso para considerar una pregunta que con frecuencia aparece: si el cristianismo es verdadero, ¿por qué no son todos los cristianos obviamente más agradables que todos los no cristianos? Lo que se esconde tras tal pregunta es en parte algo muy razonable y en parte algo que no es razonable en absoluto. La parte razonable es ésta: si la conversión al cristianismo no mejora en nada las acciones externas de una persona -si sigue siendo tan presuntuoso o rencoroso o envidioso o ambicioso como antes-, pienso que debemos sospechar que su “conversión” fue en gran parte imaginaria; y después de nuestra conversión inicial, cada vez que uno piensa que ha hecho algún avance, ésa es la prueba que debe aplicar. Los hermosos sentimientos, las nuevas intuiciones, un mayor interés en la “religión”, no significan nada si no hacen mejor nuestro comportamiento real, tal como en una enfermedad, “sentirse mejor” no sirve de mucho si el termómetro muestra que la temperatura sigue subiendo. En ese sentido, el mundo externo está en lo correcto al juzgar el cristianismo por sus resultados. Cristo nos dijo que juzgáramos por los resultados. Se conoce un árbol por sus frutos; o, como decimos, la prueba de una torta va en el comerla. Cuando nosotros los cristianos nos comportamos mal, o fallamos en comportarnos bien, estamos haciendo no creíble el cristianismo en el mundo externo. Los carteles de tiempos de guerra nos decían que los Comentarios Descuidados cuestan Vidas. Es igualmente verdadero que las Vidas Descuidadas cuestan Comentarios. Nuestras vidas descuidadas despiertan comentarios en el mundo exterior; y les damos pie para decir cosas que arrojan dudas sobre la verdad del cristianismo mismo.

Pero hay otra manera de buscar resultados en que el mundo externo puede ser muy ilógico. Pueden pedir no sólo que la vida de cada persona mejore si se hace cristiana; también pueden querer, antes de creer en el cristianismo, ver el mundo en su totalidad limpiamente dividido en dos campos -cristianos y no cristianos- y que toda la gente del primer campo, en cualquier momento dado, sea obviamente más agradable que toda la gente del segundo campo. Esto es irracional por distintas causas.

1) En primer lugar, la situación del mundo real es mucho más complicada que eso. El mundo no consiste en gente ciento por ciento cristiana y ciento por ciento no cristiana. Hay personas (muchas) que lentamente están dejando de ser cristianas pero que todavía dicen serlo: algunas son clérigos. Hay otros que lentamente se están haciendo cristianos, aunque todavía no se dicen tales. Hay algunos que no aceptan toda la doctrina cristiana acerca de Cristo, pero a quienes El los atrae tan fuertemente que son Suyos en un sentido mucho más profundo de lo que ellos entienden. Hay gente de otras religiones que está siendo conducida por la secreta influencia de Dios a concentrarse en aquellas partes de su religión que concuerdan con el cristianismo, y que de esa manera pertenecen a Cristo sin saberlo. Por ejemplo, un budista de buena voluntad puede ser conducido a concentrarse más y más en las enseñanzas budistas acerca de la compasión y a dejar atrás (aunque podría decir que todavía cree en ello) la enseñanza budista referente a otros puntos. Muchos de los buenos paganos mucho antes del nacimiento de Cristo pueden haber estado en esta situación. Y siempre, por supuesto, hay mucha gente que está simplemente confusa y tiene una gran cantidad de creencias inconsistentes todas revueltas. En consecuencia, no sirve de mucho intentar emitir juicios acerca de los cristianos y no cristianos en masa. Puede ser de alguna utilidad comparar gatos y perros, o incluso hombres y mujeres, en masa, porque ahí uno sabe definitivamente cuál es cuál. También, un animal no se transforma (ni lenta ni súbitamente) de perro en gato. Pero cuando comparamos a los cristianos en general con los no cristianos en general, usualmente no estamos pensando acerca de gente real que conozcamos, sino sólo en un par de ideas vagas que hemos sacado de novelas y periódicos. Si quieres comparar el mal cristiano y el buen ateo, debes pensar en dos especímenes reales que en verdad hayas conocido. A no ser que de esa forma estemos pisando tierra firme, sólo estaremos perdiendo el tiempo.

2) Supongamos que hemos aterrizado el asunto y estamos hablando ahora no acerca de un cristiano imaginario y un no cristiano imaginario, sino sobre dos personas reales de nuestro propio vecindario. Incluso entonces debemos ser cuidadosos en cuanto a hacer la pregunta correcta. Si el cristianismo es verdad, se debería inferir a) Que cualquier cristiano será una persona más agradable de lo que sería la misma persona si no fuera cristiana. b)Que cualquiera que se hace cristiano será más agradable de lo que era antes. Del mismo modo, si la propaganda de la pasta de dientes Blancasonrisa es verdad, debería inferirse: a) Que quienquiera que la use tendrá mejores dientes que lo que tendría la misma persona si no la usara. b) Que cualquiera que comience a usarla, mejorará sus dientes. Pero señalar que yo, que uso ese dentífrico (y que también he heredado mala dentadura de mis padres), no tengo tan buenos dientes como un muchacho negro saludable que nunca ha usado pasta de dientes, no prueba por sí mismo que la propaganda no sea verdad. La cristiana señorita Bates puede tener una lengua mucho menos bondadosa que el no creyente Dick Firkin. Eso, por sí mismo, no nos dice si el cristianismo funciona. La cuestión es cómo sería la lengua de la señorita Bates si no fuera cristiana, y cómo sería Dick si se hiciera cristiano. La señorita Bates y Dick, como consecuencia de causas naturales y la educación temprana, tienen ciertos temperamentos: el cristianismo declara poner a ambos temperamentos bajo una nueva administración, si ellos se lo permiten. Lo que tienen derecho a preguntar es si esa administración, en caso de que se le permita asumir la dirección, mejora el asunto. Todos saben que lo que se maneja en el caso de Dick Firkin es mucho más “agradable” que lo que se maneja en el de la señorita Bates. Ese no es el punto. Para juzgar el manejo de una fábrica, se debe considerar no sólo lo que produce, sino también la planta. Considerando la planta de la Fábrica A, puede ser una maravilla que produzca siquiera algo; considerando el equipo de primera clase de la Fábrica B, su producción, aunque alta, puede ser mucho más baja de lo que debiera. Por supuesto que el buen administrador de la Fábrica A va a instalar maquinaria nueva apenas pueda, pero eso toma tiempo. Entre tanto, la baja producción no prueba que él sea un fracaso.

3) Y ahora, profundicemos un poco más. El administrador va a poner maquinaria nueva: antes de que Cristo haya terminado con la señorita Bates, de veras ella va a ser muy “agradable”. Pero si nos quedamos ahí, sonaría como si el único objetivo de Cristo fuera subir a la señorita Bates al mismo nivel en que Dick ha estado todo el tiempo. De hecho, hemos estado hablando como si Dick estuviera muy bien; como si el cristianismo fuera algo que la gente antipática necesita y que los simpáticos pueden darse el lujo de no tener; y como si la simpatía, el ser agradable, fuera todo lo que Dios pedía. Pero esto sería un error fatal. La verdad es que, a los ojos de Dios, Dick Firkin necesita “salvación” en exactamente la misma medida que la señorita Bates. En cierto sentido (explicaré cuál en un momento más), la simpatía tiene poco que ver en el asunto.

No pueden esperar que Dios mire el temperamento plácido de Dick y su carácter amistoso tal como lo hacemos nosotros. Son consecuencia de causas naturales que el mismo Dios crea. Al ser meramente temperamentales, desaparecerán si se altera la digestión de Dick. De hecho, la simpatía es el regalo que Dios le hace a Dick, no el regalo de Dick a Dios. Del mismo modo, Dios ha permitido que causas naturales, operando en un mundo dañado por siglos de pecado, produzcan en la señorita Bates la mente estrecha y nervios crispados a los cuales achacar gran parte de su carácter desagradable. El pretende, a Su propio tiempo, arreglar esa parte de ella. Pero éste no es, para Dios, el punto crítico. No presenta mayor dificultad. No es lo que Le preocupa. Lo que El vigila y espera y para lo cual trabaja, es algo que no es fácil ni siquiera para Dios, porque, dada la naturaleza del caso, ni siquiera El puede producirlo por un mero acto de poder. Lo espera y aguarda tanto en la señorita Bates como en Dick Firkin. Es algo que Le pueden libremente dar o libremente negar. ¿Se volverán o no a El, cumpliendo así el único propósito para el cual fueron creados? Su libre voluntad tiembla en ellos como la aguja de una brújula. Pero ésta es una aguja que puede elegir. Puede apuntar a su verdadero Norte, pero no está obligada a hacerla. ¿Girará la aguja, y se estabilizará, y apuntará a Dios?

El puede ayudarla a hacerla. No puede obligarla. No puede, por así decirlo, porque entonces no sería ya una voluntad libre. ¿Apuntará al Norte? Es la pregunta de la que todo depende. ¿Ofrecerán sus naturalezas a Dios la señorita Bates y Dick? El que las naturalezas que ofrecen o retienen sean, en el momento, agradables o antipáticas, es de importancia secundaria. Dios puede ocuparse de esa parte del problema.

No me malinterpreten. Por supuesto que Dios considera una naturaleza antipática como algo malo y deplorable. Y, por supuesto, considera una naturaleza simpática como algo bueno, bueno como lo es el pan o la luz del sol o el agua. Pero ésas son las cosas buenas que El da y nosotros recibimos. El creó los nervios sanos de Dick y su buena digestión, y tales cosas existen en gran cantidad allí de donde provienen. A Dios no le cuesta nada, hasta donde nosotros sabemos, crear cosas agradables; pero convertir las voluntades rebeldes Le costó Su crucifixión. Y porque son voluntades, pueden -tanto en la gente agradable como en la antipática- rehusar Su ruego. Y entonces, porque esa simpatía de Dick era meramente parte de la naturaleza, al final se hará trizas. La naturaleza llegará a su fin. En Dick se juntaron causas naturales para configurar un esquema psicológico agradable, tal como se juntan en una puesta de sol para conformar un agradable esquema de colores. Dentro de poco (porque así es como funciona la naturaleza) esa unión de elementos naturales se romperá y en ambos casos el esquema desaparecerá. Dick ha tenido la oportunidad de transformar (o, mejor, de dejar que Dios transformara) ese esquema momentáneo en la belleza del espíritu eterno; y no la ha aprovechado.

Hay en esto una paradoja. Mientras Dick no se vuelva a Dios, piensa que su simpatía le pertenece, y en tanto piense eso, no le pertenece. Es cuando Dick se da cuenta de que su simpatía no le pertenece, sino que es un don de Dios, y se la ofrece de vuelta a Dios, es sólo entonces que comienza a ser realmente de él. Porque ahora Dick está comenzando a tomar parte en su propia creación. Lo único que podemos retener es lo que libremente damos a Dios. Lo que intentamos guardar para nosotros es exactamente lo que con toda seguridad perderemos.

Por lo tanto, no debemos sorprendemos si encontramos entre los cristianos a gente que todavía es desagradable. Incluso hay una razón, cuando se piensa en ello detenidamente, para esperar que la gente desagradable se vuelva a Cristo en mayor número que la gente agradable. Eso era lo que la gente objetaba en Cristo durante Su vida en la tierra: parecía atraer a “gente tan atroz”. Es lo que todavía se objeta y que siempre se hará. ¿No ven por qué? Cristo dijo “Benditos sean los pobres” y “Qué difícil es para un rico entrar en el Reino”, y no hay duda de que en primer lugar se refería a los económicamente ricos y a los económicamente pobres. Pero, ¿no se aplican Sus palabras también a otro tipo de riqueza y pobreza? Uno de los peligros de tener mucho dinero es que uno puede satisfacerse completamente con la clase de felicidad que puede dar el dinero, y así no lograr tomar conciencia de nuestra necesidad de Dios. Si todo parece llegar simplemente por la firma de un cheque, podemos olvidar que en todo momento somos completamente dependientes de Dios. Y es evidente que los dones naturales presentan el mismo peligro. Si tienes nervios sanos e inteligencia y salud y popularidad y una buena educación, es probable que te sientas muy satisfecho con tu carácter tal como es. “¿Por qué meter a Dios en eso?”, podrías preguntar. Te resulta bastante fácil un cierto nivel de buena conducta. No eres una de esas criaturas miserables siempre arrastradas por el sexo, o la dipsomanía, o los nervios, o el mal humor. Todos dicen que eres un sujeto agradable y (entre nosotros) estás de acuerdo con ellos. Es muy probable que creas que todas esas bondades son obra tuya; y fácilmente puedes no sentir ~ necesidad de ninguna clase mejor de bondad. A menudo la gente que tiene todas estas bondades naturales no puede ser llevada a reconocer su necesidad de Cristo hasta que, un día, le fallan las bondades naturales y se hace trizas su satisfacción. En otras palabras, es difícil para los que son “ricos” en este sentido, entrar al Reino.

Es muy diferente para la gente desagradable: los pequeños, los inferiores, tímidos, descarriados, débiles, solitarios, o las personas vehementes, sensuales, desequilibradas. Cualquier intento de ser buenos los lleva a aprender, en la mitad de tiempo, que necesitan ayuda. Es Cristo o nada para ellos. Es tomar la cruz y seguir, o la desesperación. Son las ovejas perdidas; Elvino especialmente a buscarlas. Son (en un sentido muy real y terrible) los “pobres”: Ellos bendijo. Son “esa gente atroz” con la que Elanda y, por supuesto, de ella pueden decir los fariseos, como dijeron de la que iba con Cristo, “Si hubiera algo de verdad en el cristianismo, esa gente no sería cristiana”.

Hay aquí o una advertencia o un estímulo para cada uno de nosotros. Si eres una persona agradable -si la virtud te es fácil-, ¡cuidado! Mucho se espera de aquellos a quienes mucho se da. Si equivocadamente crees méritos tuyos los que en realidad son dones que Dios te hace a través de la naturaleza, y si estás satisfecho simplemente con ser agradable, todavía eres un rebelde; y todos esos dones tan sólo harán más terrible tu caída, más complicada tu corrupción, más desastroso tu mal ejemplo. ElDemonio una vez fue un arcángel; sus dones naturales eran tan superiores a los tuyos como los tuyos lo son respecto a los de un chimpancé.

Pero si eres uno de los pobres -envenenado por una crianza miserable en una casa llena de celos vulgares y peleas sin sentido; cargado, sin que tú lo eligieras, con alguna repugnante perversión sexual; importunado sin cesar, día tras día, por un complejo de inferioridad que te hace contestar de mal modo a tus mejores amigos-, no te desesperes. Elsabe todo eso. Eres uno de los pobres a quienes bendijo. Sabe qué miserable maquinaria estás tratando de conducir. Sigue adelante. Haz lo que puedas. Algún día (quizás en otro mundo, pero quizás mucho más pronto), El la arrojará al montón de desechos y te dará una nueva. Y entonces nos dejarás pasmados, y también lo estarás tú, porque habrás aprendido a conducir en una escuela difícil. (Algunos de los últimos serán los primeros, y algunos de los primeros serán últimos.)

Ser “agradable” -una personalidad sana, integrada- es algo excelente. Debemos poner todos los recursos médicos, educacionales, económicos y políticos que estén en nuestro poder al servicio de producir un mundo donde la mayor cantidad posible de gente se desarrolle siendo “agradable”, tal como debemos intentar hacer un mundo donde todos tengan suficiente de comer. Pero no debemos suponer que incluso si logramos hacer a todo el mundo personas agradables, habremos salvado sus almas. Un mundo de personas agradables, que se satisfacen con eso y no miran más allá, alejadas de Dios, tendría la misma desesperada necesidad de salvación que un mundo miserable, e incluso podría ser más difícil de salvar.

Porque la simple mejoría no es redención, aunque la redención siempre mejore a la gente incluso aquí y ahora, y al final la mejorará en un grado que aún no podemos imaginar. Dios se hizo hombre para transformar a las criaturas en hijos: no simplemente para producir mejores hombres del mismo tipo de antes, sino para producir una nueva clase de hombre. No es como enseñar a un caballo a saltar cada vez mejor, sino como transformar a un caballo en una criatura alada. Por supuesto que una vez que tenga sus alas se remontará por sobre vallas que antes jamás podría haber saltado, y así vencerá al caballo natural en su propio juego. Pero quizás haya un período, mientras las alas están recién comenzando a crecer, en que no pueda hacerlo; y en esa etapa, las protuberancias en sus hombros -mirándolas, nadie podría decir que van a ser alas- hasta pueden darle una apariencia torpe.

Pero quizás hemos pasado ya demasiado tiempo en este asunto. Si lo que quieren son argumentos contra el cristianismo (y recuerdo bien con cuánta ansiedad yo buscaba ese tipo de argumentos cuando comencé a temer que fuera verdad), fácilmente pueden encontrar un cristiano estúpido y poco satisfactorio y decir, “¡así es que ahí está el famoso hombre nuevo de que tanto te jactabas! Prefiero el viejo”. Pero si sobre otras bases ya has comenzado a ver que el cristianismo es probable, sabrás en tu corazón que sólo estás evadiendo el tema. ¿Qué es lo que en verdad puedes saber del alma de otras personas, de sus tentaciones, sus oportunidades, sus luchas? Conoces una sola alma en toda la creación: y es la única cuyo destino ha sido colocado en tus manos. Si hay un Dios, estás, en cierto sentido, a solas con El. No puedes desembarazarte de El con especulaciones acerca de tus vecinos o recuerdos de lo que has leído en algún libro. ¿Qué peso tendrán todas esas chácharas y rumores (¿siquiera podrás recordarlos?) cuando la niebla anestésica que llamamos “naturaleza” o “el mundo real” se desvanezca y la Presencia frente a la cual siempre has estado se haga palpable, inmediata e inevitable?

11. LOS HOMBRES NUEVOS

En el último capítulo comparé el trabajo de Cristo de hacer Hombres Nuevos con el proceso de transformar a un caballo en una criatura alada. Usé ese ejemplo exagerado para destacar el punto de que no es una simple mejoría, sino una Transformación. El paralelo más cercano en el mundo natural se encuentra en las notables transformaciones que podemos producir en insectos al aplicar ciertos rayos sobre ellos. Algunos piensan que así es como funcionó la Evolución. Las modificaciones sufridas por algunas criaturas de las cuales todo depende, pueden haber sido producidas por rayos provenientes del espacio exterior. (Por supuesto, una vez que las modificaciones se han producido, empieza a operar en ellas lo que llaman “selección natural”; esto es, sobreviven los cambios útiles y los otros son eliminados.)

Quizás una persona moderna pueda entender mejor la idea cristiana si la toma en conjunto con la evolución. Todos saben ahora acerca de la evolución (aunque, por supuesto, alguna gente culta no cree en ella): todos han escuchado que el hombre evolucionó a partir de formas inferiores de vida. En consecuencia, la gente a menudo se pregunta, “¿Cuál es el paso siguiente? ¿Cuándo va a aparecer ese algo que está más allá del hombre?” Algunos escritores imaginativos a veces intentan mostrar este paso siguiente, el “superhombre”, como lo llaman; pero, en general, sólo logran imaginarse a alguien bastante más desagradable que el hombre tal como lo conocemos, y luego tratan de compensarlo agregándole piernas o brazos extras. Pero, ¿y si el paso siguiente fuera algo incluso más diferente a las etapas anteriores de lo que nunca soñaron? ¿Y no es bastante probable que así sea? Miles de siglos atrás, evolucionaron criaturas inmensas, de pesadas corazas. Si en ese tiempo alguien hubiera estado observando el curso de la evolución, probablemente habría esperado que se avanzaría a corazas más y más pesadas. Pero se habría equivocado. El futuro tenía una carta en la manga que nada de lo existente en ese tiempo podía llevar a imaginar. Iban a aparecer unos animalitos pequeños, desnudos, sin caparazones, que tenían mejores cerebros; y con esos cerebros iban a dominar todo el planeta. No iban a tener simplemente más poder que los monstruos prehistóricos, iban a tener una nueva clase de poder. El siguiente paso no sólo iba a ser diferente, sino diferente con una nueva clase de diferencia. La corriente de la evolución no iba a fluir en la dirección en que ese observador la veía fluir: de hecho, iba a cambiar bruscamente de dirección.

Ahora, me parece que la mayoría de las predicciones populares acerca del Paso Siguiente están cometiendo el mismo tipo de error. La gente ve (o al menos cree ver) a los hombres desarrollando grandes cerebros y ganando más dominio sobre la naturaleza. Y porque piensan que la corriente fluye en esa dirección, imaginan que seguirá fluyendo en esa dirección. Pero no puedo evitar pensar que el Paso Siguiente será realmente nuevo; irá en una dirección que nunca habríamos soñado. Si no fuera así, ni siquiera merecería llamarse un Nuevo Paso. Yo esperaría no sólo diferencias, sino un nuevo tipo de diferencias. Esperaría no sólo cambios, sino un nuevo método de producir los cambios. O, para decir un contrasentido, esperaría que la nueva etapa de la evolución no fuera en absoluto una etapa en la evolución: esperaría que la evolución misma, como método de producir el cambio, fuera reemplazada. Y, finalmente, no me sorprendería nada si, cuando ello sucediera, muy poca gente se diera cuenta de que estaba sucediendo.

Ahora, si quieren hablar en estos términos, el punto de vista cristiano es que el Paso Siguiente ya ha aparecido. Y es realmente nuevo. No es un cambio de hombres sesudos ~ hombres más sesudos: es un cambio que va en una dirección totalmente diferente; un cambio desde ser criaturas de Dios a ser hijos de Dios. El primer ejemplo apareció en Palestina hace dos mil años. En cierto sentido, el cambio no es en absoluto “evolución”, porque no se trata de algo que surge del proceso natural de hechos, sino algo que viene a la naturaleza desde fuera. Pero eso es lo que yo esperaría. Llegamos a la idea que tenemos de la “evolución” estudiando el pasado. Si nos esperan verdaderas novedades, por cierto que nuestra idea, basada en el pasado, no dará cuenta de ellas. Y, de hecho, este Nuevo Paso difiere de todos los anteriores no sólo en tener su origen fuera de la naturaleza, sino en varios otros aspectos.

1) No se lleva a cabo por reproducción sexual. ¿Deberíamos sorprendemos de ello? Hubo un tiempo en que el sexo no había aparecido; el desarrollo se daba a través de otros métodos. En consecuencia, podríamos haber esperado que viniera un tiempo en que el sexo desapareciera, o (que es lo que en realidad está sucediendo) un tiempo en que el sexo, aunque continuara existiendo, dejara de ser la principal vía para producir un cambio.

2) En las etapas anteriores, los organismos vivientes o no han tenido posibilidad de elegir si dar el nuevo paso, o esa posibilidad ha sido muy reducida. El progreso era, en lo principal, algo que les sucedía, no algo que hacían. Pero el nuevo paso, el paso de ser criaturas a ser hijos, es voluntario. Al menos, voluntario en un sentido. No es voluntario en el sentido de que nosotros, por nosotros mismos, pudiéramos haber elegido darlo o incluso imaginario; pero es voluntario en el sentido de que cuando se nos lo ofrece, podemos rechazarlo. Podemos, si así lo queremos, rehuirlo; podemos resignamos y preparamos a ver cómo la nueva humanidad avanza sin nosotros.

3) He llamado a Cristo el “primer ejemplo” del hombre nuevo. Pero, por supuesto, El es mucho más que eso. No es meramente un nuevo hombre, un espécimen de la especie, sino el nuevo hombre. El es el origen y el centro y la vida de todos los hombres nuevos. Vino al universo creado, por Su propia voluntad, trayendo con EllaZoe, la nueva vida. (Quiero decir, por supuesto, nueva para nosotros: en su propio lugar, la Zoe ha existido por los siglos de los siglos.) Y El la transmite no por herencia, sino por lo que he llamado “buena infección”. Todo el que la adquiere, lo hace a través de un contacto personal con El. Otros hombres se hacen “nuevos” por estar “en El”.

4) Este paso se da a una velocidad diferente que los anteriores. Comparado con el desarrollo del hombre en este planeta, la difusión del cristianismo a través de la raza humana es como un relámpago, porque dos mil años es casi nada en la historia del universo. (Nunca olviden que todavía somos “los primeros cristianos”. Las actuales perversas e inútiles divisiones entre nosotros son, esperémoslo así, una enfermedad infantil: todavía nos están saliendo los dientes. El mundo externo sin duda piensa exactamente lo contrario. Piensa que estamos muriendo de viejos. Pero ya antes ha pensado muchas veces lo mismo. Una y otra vez ha pensado que el cristianismo estaba muriendo, muriendo por persecuciones externas y corrupciones internas, por el surgimiento del islamismo, el desarrollo de las ciencias físicas, el nacimiento de grandes movimientos revolucionarios anticristianos. Y cada vez el mundo se ha visto desengañado. Su primer desengaño fue con la crucifixión. El Hombre volvió a la vida. En cierto sentido -y bien me doy cuenta de lo terriblemente injusto que les debe haber parecido-, lo mismo ha estado sucediendo desde entonces. Continúan matando la cosa que El comenzó; y cada vez, justo cuando están emparejando la tierra sobre su tumba, de súbito escuchan que todavía está viva y hasta ha aparecido en algún otro lugar. De qué extrañarse si nos odian.)

5) Hay más en juego. En los pasos anteriores, al quedarse atrás una criatura perdía, a lo más, sus pocos años de vida en esta tierra; y a menudo no perdía ni siquiera eso. Al rezagarnos en esta etapa, perdemos un premio que es (en el más estricto sentido de la palabra) infinito. Porque ahora ha llegado el momento crítico. Siglo tras siglo Dios ha guiado la naturaleza hasta el punto de producir criaturas que pueden (si quieren) ser llevadas fuera de la naturaleza, transformadas en “dioses”. ¿Permitirán que las lleven? En cierto modo, es como la crisis del nacimiento. Hasta que nos levantamos y seguimos a Cristo, todavía somos parte de la naturaleza, todavía en el vientre de nuestra gran madre. Su preñez ha sido larga y dolorosa y llena de ansiedad, pero ha alcanzado su clímax. El gran momento ha llegado. El Doctor ha llegado. ¿”Resultará bien” el nacimiento? Pero, por supuesto, difiere de un nacimiento corriente en un aspecto importante: en un nacimiento corriente el niño no tiene mucho que elegir; aquí sí lo tiene. Me pregunto qué haría un niño corriente si tuviera la posibilidad de elegir. Podría preferir seguir en la oscuridad y tibieza y seguridad del vientre. Porque por supuesto pensaría que el vientre significaba seguridad. Y aquí es exactamente donde se equivocaría: porque si sigue ahí, morirá.

En esta perspectiva, la cosa ya ha sucedido: el nuevo paso ha sido dado y está siendo dado. Los nuevos hombres ya están diseminados aquí y allá por toda la tierra. Algunos, como lo he admitido, todavía son apenas reconocibles; pero se puede reconocer a otros. De vez en cuando se los encuentra. Sus mismas voces y rostros son diferentes a los nuestros; más fuertes, más serenos, más felices, más radiantes. Comienzan donde la mayoría de nosotros abandona. Son, digo, reconocibles, pero tienes que saber qué buscar. No se parecerán mucho a la idea de “gente religiosa” que te has formado a través de tus lecturas generales. No llaman la atención sobre sí mismos. Tiendes a pensar que eres bondadoso con ellos cuando realmente lo están siendo contigo. Te aman más que otras personas, pero te necesitan menos. (Debemos superar el deseo de ser necesitados: en algunas personas bastante buenas, especialmente mujeres, de todas las tentaciones es la más difícil de resistir). En general parecerá que tienen un montón de tiempo: te preguntarás de dónde vienen. Cuando hayas reconocido a uno de ellos, reconocerás al siguiente con mucho mayor facilidad. y tengo la fuerte sospecha (pero, ¿cómo podría saberlo?) de que ellos se reconocen entre sí inmediata e infaliblemente, a través de cualquier barrera de color, sexo, clase social, edad, e incluso de credos. De ese modo, hacerse santo es como ingresar a una sociedad secreta. Para ponerlo en lo más bajo, debe ser terriblemente divertido.

Pero no deben imaginarse que los hombres nuevos son, en el sentido corriente, todos iguales. Una buena parte de lo que he estado diciendo en este último libro podría hacerles suponer que inevitablemente tendría que ser así. Transformarse en hombres nuevos significa perder lo que ahora llamamos “mi propio yo”. Más allá de nuestro propio yo, hacia Cristo, debemos ir. Su voluntad se hará la nuestra y pensaremos Sus pensamientos, para “tener la mente de Cristo”, como dice la Biblia. Y si Cristo es uno, y si de este modo El va a estar “en” todos nosotros, ¿no seremos exactamente iguales? Ciertamente lo pareciera; pero de hecho no es así.

Es difícil encontrar una buena ilustración para esto; porque, evidentemente, no existen otras dos cosas relacionadas entre sí de la manera en que el Creador se relaciona con una de Sus criaturas. Pero intentaré hacerla con dos muy imperfectas ilustraciones que pueden dar un indicio de la verdad. Imaginen a una gran cantidad de personas que siempre han vivido en la oscuridad. Ustedes van e intentar describirles lo que es la luz. Podrían decirles que si salen a la luz, esa misma luz caería en ellos y la reflejarían y de ese modo se harían lo que llamamos visibles. ¿No es bastante posible que se imaginaran que, desde que todos estaban recibiendo la misma luz, y todos reaccionando a ella de la misma manera (esto es, todos reflejándola), todos se verían iguales? Mientras que ustedes y yo sabemos que la luz de hecho pondrá a la vista, o mostrará, cuán diferentes son. 0, por otra parte, supongan a una persona que no supiera nada de la sal. Le dan un poquito a probar y siente un sabor especialmente fuerte, acre. Le dicen entonces que en su país la gente usa sal en todas sus comidas. ¿No respondería “En ese caso, supongo que todos sus platos tienen el mismo gusto; el sabor de esa cosa que me acaban de dar es tan fuerte que debe matar el de todo lo demás”. Pero ustedes y yo sabemos que el efecto real de la sal es exactamente lo contrario. Lejos de matar el sabor de los huevos y de los callos y del repollo, en realidad lo resalta. El verdadero sabor de estos alimentos no aparece hasta que se les agrega sal. (Por supuesto, como les dije, ésta no es en verdad una ilustración muy buena, porque se puede, después de todo, matar los otros gustos poniendo demasiada sal, mientras no se puede matar el sabor de una personalidad humana poniendo demasiado Cristo en ella. Hago lo mejor que puedo).

Es algo parecido con Cristo y nosotros. Mientras más hacemos a un lado lo que ahora llamamos “nosotros mismos” y dejamos que El nos ocupe y se haga cargo de la dirección, más verdaderamente nosotros mismos nos hacemos. Hay tanto de El, que millones y millones de “pequeños Cristos”, todos diferentes, todavía serían demasiado pocos para expresarlo plenamente. Ellos hizo a todos. El inventó -tal como un autor inventa personajes en una novela- todas las diferentes personas que ustedes y yo estamos destinados a ser. En ese sentido, nuestros verdaderos “yo” están esperándonos en El. No sirve de nada tratar de “ser yo mismo” sin El. Mientras más me resisto a El y trato de vivir independiente, más dominado llego a estar por mi propia herencia y educación y ambiente y deseos naturales. De hecho, lo que tan orgullosamente llamo “yo mismo” se transforma en el mero lugar de encuentro para cadenas de hechos que nunca comencé y que no puedo detener. Lo que llamo “mis deseos” se transforman meramente en los deseos que arroja mi organismo físico o que me insuflan los pensamientos de otras personas, o incluso que me sugieren los demonios. Un par de huevos y alcohol y un buen sueño por la noche serán el verdadero origen de lo que en mi jactancia considero mi profundamente personal y selectiva decisión de enamorar a la niña sentada frente a mí en el carro del ferrocarril. La propaganda será el verdadero origen de lo que considero mis personales ideas políticas. No soy, en mi estado natural, ni de cerca todo lo persona que quisiera creer: la mayor parte de lo que llamo “yo” puede ser fácilmente explicada. Es cuando me vuelvo a Cristo, cuando me entrego a Su Personalidad, que recién empiezo a tener una verdadera personalidad propia.

Al comienzo dije que había Personalidades en Dios. Ahora iré más allá. No hay verdaderas personalidades en ninguna otra parte. Hasta que no me haya rendido y Le haya entregado a El mi yo, no tendré un verdadero yo. Se podrá encontrar más uniformidad entre los hombres más “naturales”, no entre aquellos que se rinden a Cristo. Qué monótonamente semejantes han sido todos los grandes tiranos y conquistadores; qué gloriosamente diferentes son los santos.

Pero debe haber un verdadero rendirse del yo. Hay que arrojarlo lejos “a ciegas”, por así decirlo. Cristo de veras te dará una personalidad real, pero no debes ir a El por ese motivo. Mientras sea tu propia personalidad lo que te preocupa, no estás yendo hacia El en absoluto. El primer paso es tratar de olvidarse enteramente del yo. Tu nuevo y verdadero yo (que es de Cristo y también tuyo, y tuyo precisamente porque es de El) no aparecerá en tanto estés buscándolo. Llegará cuando estés buscándolo a El. ¿Te suena raro? Sabes, el mismo principio vale para cosas más cotidianas. Incluso en la vida social, nunca producirás una buena impresión en otra gente hasta que dejes de pensar en la impresión que estás produciendo. Hasta en la literatura y el arte, nadie que se preocupe de ser original lo será jamás, mientras que si simplemente tratas de decir la verdad (sin que te importe un comino cuántas veces haya sido dicha antes), nueve veces de cada diez serás original sin siquiera notarlo. Ese principio recorre la vida entera, de principio a fin. Entrégate, y te encontrarás. Pierde tu vida y la salvarás. Sométete a la muerte, a la muerte de tus ambiciones y deseos favoritos todos los días, y a la muerte de todo tu cuerpo, al final; sométete con cada fibra de tu ser, y encontrarás la vida eterna. No retengas nada. Nada a lo que no hayas renunciado será verdaderamente tuyo. Nada en ti que no haya muerto se levantará jamás de entre los muertos. Búscate a ti mismo, y a la larga sólo encontrarás odio, soledad, desesperación, ira, ruina y descomposición. Pero busca a Cristo y Lo encontrarás y, con El, todo lo demás por añadidura.

 


[1]  Richard Baxter, 1615-1691; clérigo puritano y escritor inglés. (N. del T.)

[2]  No creo que eso sea todo, como verán más adelante. Quiero decir que, en el estado en que en este momento se encuentra la discusión, bien podría serlo.

[3]  Véase la nota al final de este capítulo.

[4]  Un auditor reclamó por la palabra malditas, calificándola de frívola imprecación. Pero le doy el exacto sentido que tiene: una tontería que está maldita está bajo el anatema de Dios, y llevará a quienes la creen (aparte de la gracia de Dios) a la muerte eterna.

[5]  Sir James Hopwood Jeans, 1877-1946; matemático, astrónomo, físico y escritor inglés.   Sir Arthur Stanley Eddington, 1882-1944; astrónomo y físico inglés. (N. del T.)

[6]  John Bunyan, 1628-1688; escritor y predicador inglés, autor deViaje del peregrino. (N. del T.)

[7]  El credo de Nicea-Constantinopla. (N. del T.)

[8]  Por supuesto, este comportamiento corporativo puede ser mejor o peor que su comportamiento individual.

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